Coronada por Cuatro Capítulo 9 El Edicto del Soberano
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Capítulo 9 El Edicto del Soberano

El líquido en el vial de cristal era espeso, opaco y de un color verde tan oscuro que casi parecía negro. Olía a tierra mojada, a hierro oxidado y a hierbas amargas aplastadas.

—Bébelo de un trago, Fina. Si lo saboreas, lo vomitarás —instruyó Clara, parada junto al tocador de Serafina con los brazos cruzados y el ceño fruncido con preocupación maternal.

Serafina cerró los ojos, exhaló por la nariz y se llevó el vial a los labios.

El supresor neuronal bajó por su garganta como lodo helado.

Inmediatamente, sintió un escalofrío antinatural recorrer su espina dorsal.

Sus sentidos se embotaron, y una gruesa capa de algodón mental pareció envolver su cerebro.

El latido sordo en su pecho, ese eco persistente de las cuatro mentes masculinas conectadas a la suya, disminuyó hasta convertirse en un zumbido distante y ahogado.

—Ha funcionado —murmuró Serafina, abriendo los ojos. Su propia voz le sonó extraña, carente de inflexión emocional—. Me siento... vacía.

—Esa es la idea de un supresor de clase cuatro —dijo Clara, recogiendo el vial vacío—.

Bloquea los receptores empáticos de tu red de aether.

Te mantendrá aislada de la Resonancia Etérea durante unas horas, el tiempo suficiente para que asistas al Edicto del Soberano sin colapsar en el podio.

Pero escúchame bien: esto es un parche temporal, no una cura.

Y cuando el efecto pase, el rebote te golpeará como una estampida de rinocerontes de obsidiana.

—Solo necesito sobrevivir a esta noche, Clara —Serafina se puso en pie y se alisó la falda de su uniforme de gala—. Necesito mirarlos a los ojos frente al Soberano y no sentir absolutamente nada. Debo ser la Auditora, no su... ancla.

Salió de sus aposentos, escoltada por dos guardias, y se dirigió a la Sala de los Tratados.

El ambiente en La Aguja Celestial había cambiado drásticamente desde el incidente del meteoro en los campos de entrenamiento.

El pánico inicial había sido reemplazado por un terror silencioso y paranoico.

Las paredes del castillo parecían sudar tensión.

Todos sabían que la exhibición pacífica había terminado.

Las muertes formales estaban a punto de ser legalizadas.

La Sala de los Tratados era un anfiteatro circular de piedra gris, severo y sin adornos, iluminado por antorchas de fuego mágico pálido.

Las delegaciones de las cuatro facciones ocupaban las gradas escalonadas, separadas por barreras de cristal rúnico para evitar altercados.

El Soberano y la Princesa Aurelia presidían desde un balcón elevado.

Serafina tomó su lugar en el podio central de la Auditoría, situado justo en el medio del piso de la sala, directamente debajo de la mirada del Soberano. Se aferró a los bordes de la madera pulida, sintiéndose segura bajo la manta fría del supresor de Clara.

Entonces, los campeones comenzaron a entrar.

Las pesadas puertas de bronce se abrieron para dar paso a Julio de Terra. Vestía un uniforme de combate estilizado, de cuero reforzado con placas de metal verde. Caminó con la pesadez de quien lleva un imperio sobre sus hombros.

Serafina miró hacia él. El supresor neuronal en su sangre reprimió la empatía, pero no pudo detener la reacción *física*.

Fue como si la gravedad de la sala se hubiera inclinado un grado hacia la izquierda.

Serafina sintió un tirón en el esternón, una necesidad magnética de dar un paso en dirección a Julio.

Sus nudillos se pusieron blancos al aferrarse al podio para no moverse.

Julio se detuvo en su lugar designado, pero sus ojos verdes se clavaron instantáneamente en ella, escrutando su rostro pálido con una preocupación que atravesó la sala como una flecha.

Segundos después, entró Elías de Aqua. A diferencia de Julio, Elías caminaba con una fluidez silenciosa, vestido con túnicas tácticas azules. No miró a las gradas; su atención estaba completamente focalizada.

El tirón gravitacional que Serafina sentía por Julio se complicó de inmediato.

La presencia de Elías fue como una marea invisible tirando de sus tobillos, arrastrándola hacia alta mar.

Su aether silenciado gemía bajo la superficie del medicamento, queriendo romper el dique y fluir hacia la mente abierta y analítica del erudito.

Elías ocupó su lugar, ajustándose unas gafas nuevas, y le dirigió a Serafina un asentimiento lento, reconociendo el muro antinatural que ella había levantado en su mente.

Luego vino Rodrigo. El mercenario de Aeris entró con las manos en los bolsillos, masticando lo que parecía una brizna de hierba, con una armadura de cuero asimétrica que dejaba un brazo al descubierto para la movilidad.

A pesar de su actitud relajada, sus ojos escaneaban cada rincón de la sala en busca de trampas.

La brisa en la sala cerrada se arremolinó repentinamente.

Serafina sintió el vacío. Una presión atmosférica negativa en su pecho que la instaba a llenar el espacio entre ella y el mercenario, a dejarse llevar por el viento.

Rodrigo no la miró de inmediato, pero giró la cabeza levemente hacia su dirección, las fosas nasales dilatándose imperceptiblemente, como si pudiera oler la alquimia en su sangre.

El supresor de Clara estaba fallando. Serafina comenzó a sudar frío. Separados, podría haberlos manejado. Pero juntos, en la misma habitación, las firmas de aether del Cuadrante se estaban llamando mutuamente, intentando completar el circuito, ignorando las barreras químicas de su cerebro.

Finalmente, las puertas se abrieron con un golpe sordo, y entró Carlos.

El Comandante de Ignis era una visión de ira contenida. Llevaba su armadura carmesí y negra completa, el metal reflejando la luz de las antorchas. No caminó hacia su lugar; acechó hacia él. La memoria de su conversación en la madrugada todavía estaba fresca.

Y con él, llegó el incendio.

El calor fantasma floreció en la base de la nuca de Serafina.

No era solo lujuria, era una atracción gravitatoria desesperada, como un planeta helado siendo atraído hacia un sol inestable.

Julio la anclaba al suelo, Elías la arrastraba como la corriente, Rodrigo la desestabilizaba en el aire, y Carlos amenazaba con consumirla.

Serafina se dio cuenta con horror de que Carlos estaba equivocado.

No quería solo al Comandante de Fuego. Su magia, su cuerpo entero, vibraba con la necesidad abrumadora de los cuatro.

Era una atracción magnética insoportable.

Quería estar en el centro de ellos, dejar que su magia estabilizadora fluyera y se entrelazara con las suyas.

Era un hambre espiritual que amenazaba con desgarrar su cordura.

Un frío antinatural y repulsivo cortó la tensión cálida de la sala, salvando a Serafina de colapsar.

Vano entró en la Sala de los Tratados.

El líder de la Facción del Abismo no estaba solo esta vez; lo escoltaban cuatro de sus monjes sombríos.

Vano sonreía con esa mueca afilada y sin alegría.

La presencia del vacío actuó como un cubo de agua helada sobre la Resonancia, el instinto de supervivencia anulando temporalmente la necesidad de vinculación.

Los cuatro campeones se tensaron simultáneamente. Carlos llevó una mano a la empuñadura de su espada. Julio endureció su postura. Rodrigo dejó de masticar su brizna de hierba, y Elías entrecerró los ojos, calculando trayectorias.

Serafina sintió, a través de la fina capa de supresor que aún funcionaba, la sincronía perfecta de sus protectores. Estaban listos para matar a Vano antes de que diera un paso en falso.

—Silencio en la sala —entonó el heraldo mágico.

El Soberano se levantó de su trono en el balcón elevado. Parecía aún más pálido y viejo que en la gala, la corona dorada pesando en su cabeza marchita. A su lado, la Princesa Aurelia mantenía la mirada baja, su destino atado a los hombres que estaban en la arena bajo ella.

—Campeones. Delegados. Auditoría —comenzó el Soberano, su voz resonando mágicamente en las paredes de piedra—.

El tiempo de la diplomacia ha terminado.

La exhibición pacífica ha demostrado que el poder de nuestra generación es...

volátil. Es imperativo que canalicemos esta volatilidad hacia las pruebas sagradas de La Vanguardia Apex.

El Soberano se apoyó pesadamente en su bastón.

—Mañana al alba, dará comienzo la Primera Prueba. Los competidores serán transportados al subsuelo de La Aguja Celestial, donde se enfrentarán al Laberinto de los Ecos.

Un murmullo de aprensión barrió las gradas de los diplomáticos. Serafina sintió un escalofrío. El Laberinto de los Ecos no se había utilizado en los últimos dos torneos debido a su alta tasa de letalidad.

—El laberinto es una antigua construcción de transmutación y espejismos —continuó el Soberano—.

No solo cambiará su arquitectura cada hora, atrapando a los incautos, sino que está habitado por bestias de aether fosilizado, criaturas ciegas que cazan sintiendo la magia activa.

El uso de sus habilidades será, por tanto, su mejor arma y su peor trampa.

Serafina miró instintivamente a Elías. El Erudito asintió levemente hacia ella. Tenía razón; entender los patrones sería la única forma de no quedar sepultado.

—El objetivo es simple —declaró el Soberano—.

En el centro del laberinto se encuentra el Corazón de Prisma.

El primer competidor que lo recupere y lo traiga a la superficie obtendrá la Inmunidad del Primer Ciclo y una ventaja táctica invaluable para la siguiente prueba.

Quien fracase... quien se rinda... o quien sea consumido por el laberinto, quedará eliminado. Permanentemente.

El Soberano hizo una pausa, y su mirada se desvió deliberadamente desde los cuatro campeones hacia la figura vestida de negro de Vano.