Coronada por Cuatro Capítulo 8 Secuelas y Confusión
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Capítulo 8 Secuelas y Confusión

Las habitaciones de la Auditora Real estaban diseñadas para ser un santuario de lógica y silencio, forradas con paneles de madera de cedro y encantamientos insonorizadores. Sin embargo, esa noche, para Serafina, el silencio era ensordecedor, y el santuario parecía una prisión.

Se encontraba sentada en el borde de su inmensa cama con dosel, temblando bajo las pesadas mantas de lana, a pesar de que la chimenea crepitaba vigorosamente a pocos metros de distancia. Su cuerpo entero dolía con una intensidad sorda y profunda, como si sus huesos hubieran sido reescritos.

El dolor no era por el impacto del meteoro de granito; no había sufrido ni un rasguño físico.

El dolor era puramente mágico. Sus venas se sentían como cables sobrecargados de energía eléctrica, latiendo con un residuo de aether que no le pertenecía.

Podía sentir ecos persistentes en su mente: la pesadez de la tierra de Julio, la fluidez helada de Elías, la brisa inquieta de Rodrigo y el calor latente de Carlos.

Cuatro hilos invisibles anclados directamente en el centro de su pecho.

La puerta del baño contiguo se abrió, y Clara salió envuelta en una nube de vapor curativo, llevando una bandeja de plata con una taza humeante.

Clara era la única amiga verdadera de Serafina en La Aguja Celestial.

Oficialmente, era su asistente principal y sanadora asignada, una maga de nivel medio con una aptitud excepcional para la medicina alquímica.

De baja estatura, con el cabello rizado de un brillante color caoba y ojos agudos y maternales, Clara no se dejaba intimidar por el rango ni por la fachada de hielo de su jefa.

—Bebe esto, Fina. Hasta la última gota —ordenó Clara, usando el apodo que solo ella tenía permitido pronunciar.

Dejó la bandeja en la mesita de noche y le tendió la taza.

Olía a valeriana, loto azul y aether estabilizado—.

No va a curar lo que sea que haya destrozado tus circuitos mágicos, pero al menos dejarás de temblar como una hoja al viento.

Serafina tomó la taza con ambas manos, que aún le temblaban levemente, y bebió. El líquido bajó ardiente y reconfortante por su garganta, adormeciendo un poco los bordes afilados de su ansiedad.

—El informe oficial dice que fue una sobrecarga defensiva —dijo Serafina, su voz ronca—. Un acto reflejo combinado para evitar la metralla...

—El informe oficial es basura escrita para calmar a los nobles aterrados, y lo sabes —la interrumpió Clara, sentándose a los pies de la cama.

Suspiró, cruzando los brazos—. Fina, te escaneé en la enfermería.

No estabas experimentando agotamiento por estrés mágico.

Tus canales de aether estaban... dilatados.

Como si hubieran intentado canalizar el océano a través de una manguera de jardín.

Y las firmas residuales... había cuatro de ellas.

Cuatro alineaciones elementales distintas, perfectamente entrelazadas en tu aura.

Serafina cerró los ojos, apretando la taza de porcelana. Clara era demasiado inteligente.

—No sé qué fue, Clara. Te lo juro —susurró Serafina, y por primera vez en años, sonó verdaderamente frágil—.

Por un momento, yo... yo era ellos. Pude sentir lo que sentían.

Sentí sus miedos, sus instintos. Y ahora...

ahora no puedo apagarlo. Los siento como un latido constante en el fondo de mi cabeza.

Clara frunció el ceño, la preocupación borrando cualquier rastro de su habitual severidad amistosa. Se inclinó hacia adelante y le tocó la rodilla suavemente a través de las mantas.

—He oído rumores en los pasillos médicos. Los eruditos más viejos están susurrando sobre mitos antiguos. Hablan de una Resonancia. Si eso es cierto, Fina... si estás vinculada a los campeones de las cuatro facciones justo antes de que se maten entre ellos en las pruebas...

—Me destituirán. O me juzgarán por sabotaje mágico —completó Serafina, el pánico frío volviendo a subir por su garganta—. El Soberano no permitirá que el torneo sea arbitrado por alguien que comparte una conexión empática con los competidores.

—Olvídate del torneo —espetó Clara—. ¡Preocúpate por tu vida! Si ellos reciben daño mañana en el laberinto, tú lo sentirás. Podrías sufrir un paro cardíaco por un trauma fantasma masivo. Necesito aislarte. Mañana pediré una baja médica oficial para ti...

—¡No! —Serafina dejó la taza de golpe en la mesita de noche, derramando un poco de té—. Si me retiro, pondrán al Sub-Auditor de la Facción de Hierro. Es un peón de los tradicionalistas. Dejará que Vano masacre a los demás si eso significa limpiar el tablero. Y si... si ellos mueren...

Serafina se interrumpió, incapaz de decir en voz alta lo que temía. Que si Carlos, Julio, Elías o Rodrigo morían, una parte de su propia alma sería arrancada con ellos.

Clara la observó en silencio durante un largo minuto, comprendiendo la gravedad de la situación mucho más allá de la política.

—Eres increíblemente terca, Auditora —dijo Clara suavemente, levantándose de la cama—.

Está bien. Si te empeñas en seguir con esto, me aseguraré de atiborrarte de supresores neuronales antes de la prueba de mañana.

Te dormirán las emociones, pero te mantendrán funcional.

Intentaré encontrar alguna literatura sobre cómo suprimir este vínculo.

—Gracias, Clara. Eres la única persona en quien confío.

—Y más te vale no olvidarlo. Intenta dormir. Te veré al amanecer.

Clara ajustó las luces mágicas para que quedaran en una penumbra cálida, tomó la bandeja y salió de la habitación, cerrando la pesada puerta de roble con un suave clic que indicó que los encantamientos de seguridad se habían activado.

Serafina se dejó caer sobre las almohadas. El té de loto azul comenzaba a hacer efecto, arrastrándola hacia una somnolencia pesada. Cerró los ojos, intentando visualizar un muro de piedra blanca y fría alrededor de su corazón, un ejercicio de meditación que solía ayudarla a calmar su aether pasivo.

Estaba a punto de conciliar el sueño cuando el aire de la habitación cambió.

La temperatura subió diez grados en un segundo. El olor a ozono y humo de leña ahogó el dulce aroma de los aceites esenciales de Clara.

El cerrojo de hierro de la puerta no fue forzado; simplemente se derritió, brillando al rojo vivo antes de gotear silenciosamente sobre la alfombra.

Serafina se incorporó de golpe, la manta cayendo de sus hombros. La adrenalina barrió el efecto del sedante de su sistema en un instante.

La puerta se abrió y se cerró rápidamente.

Allí, en la penumbra de su habitación privada, estaba Carlos.

Su aspecto era salvaje. Había perdido su impecable chaqueta de uniforme.

Su camisa negra estaba desabrochada y manchada de hollín, y su cabello oscuro estaba revuelto, casi enmarañado.

Pero lo más aterrador eran sus ojos; el ámbar habitual parecía estar literalmente en llamas, vibrando con una mezcla volátil de furia, confusión y pura desesperación.

Se movía como un animal enjaulado, respirando con dificultad. Su firma mágica estaba tan descontrolada que pequeños zarcillos de humo negro se elevaban desde sus hombros y puños apretados.

—Carlos, ¿qué demonios crees que haces aquí? —siseó Serafina, retrocediendo contra la cabecera de la cama. Si la guardia nocturna lo atrapaba en los aposentos de la Auditora, la ejecución sería la menor de sus preocupaciones.

Él no respondió a su pregunta. Cruzó la habitación en tres grandes zancadas hasta llegar al borde de la cama. La miró desde arriba con una intensidad que casi la quemó físicamente.

—¿Qué me hiciste? —exigió Carlos. Su voz era un gruñido áspero que raspaba como papel de lija.

Serafina se abrazó las rodillas.

—Yo no te hice nada. Baja la voz, o activarás las alarmas del pasillo.

—¡Al diablo con las alarmas! —rugió en un susurro ensordecedor.

Se llevó una mano al pecho, agarrando la tela de su propia camisa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—.

Mi magia no me obedece, Serafina. Intenté entrenar después de que nos sacaron de los campos.

Intenté invocar una simple llamarada... y mi aether se resistió.

No se dirigía a mi objetivo. Se dirigía hacia aquí. Hacia ti.

Serafina tragó saliva, el pánico de él alimentando el de ella a través del vínculo no deseado.

—Es un efecto secundario del choque de hoy. Pasará.

—¡No mientas! —Carlos apoyó las manos en el colchón, a ambos lados de las piernas de Serafina, acorralándola, acercando su rostro al de ella.

El calor que irradiaba era asfixiante—. Te siento.

Siento tu terror en mi garganta. Y lo que es peor...

siento estática. Siento lodo, viento y hielo rozando los bordes de mi mente.

—Su expresión se contorsionó en una mueca de puro asco—.

Estoy conectado a esos idiotas. A Elías.

A Julio. Al mercenario de quinta. Siento sus instintos asquerosos de posesión cada vez que pienso en ti. ¡Es una profanación!

La repulsión y los celos posesivos de Carlos latieron violentamente a través del vínculo, golpeando a Serafina como un puñetazo físico en el estómago. Ella jadeó, agarrándose las sienes, intentando bloquear la avalancha de emociones agresivas.

—¡Detente, Carlos! Me estás lastimando —suplicó ella, con los ojos cerrados con fuerza.

Esa sola palabra, y el tono roto de su voz, tuvieron un efecto inmediato. El fuego en los ojos de Carlos vaciló. La furia posesiva se apagó, reemplazada instantáneamente por un pánico gélido al darse cuenta de que su rabia la estaba hiriendo a ella de manera literal.

Retiró las manos del colchón y dio un paso atrás, tropezando ligeramente, mirándose las manos como si estuvieran manchadas de sangre.

—Yo... yo no quería... —murmuró Carlos, su voz perdiendo toda la arrogancia.

Serafina respiró profundamente un par de veces, estabilizando su ritmo cardíaco. Abrió los ojos y lo miró. El imponente e invencible Comandante de Ignis parecía ahora un hombre a punto de desmoronarse por el peso de algo que no podía golpear ni quemar.

—Se llama Resonancia Etérea —dijo Serafina, su voz volviéndose clínica, aferrándose a los hechos para no hundirse en la histeria—.

Elías me advirtió al respecto antes del incidente.

Es un emparejamiento armónico de firmas mágicas.

Somos un Cuadrante, Carlos. Tú, Julio, Elías, Rodrigo...

y yo en el centro. Nuestra magia reaccionó para salvarme, y al hacerlo, se fundió de una manera que los libros de historia consideran extinta.

Carlos la escuchó en silencio, procesando la información. Pasó de la conmoción a la negación en cuestión de segundos.

—No. Yo no comparto lo que es mío —dijo Carlos, su mandíbula tensándose con una terquedad inamovible—. No comparto mi magia. No comparto mi mente con rivales. Y maldita sea, no te compartiré a ti, Serafina.

—Esto no se trata de nosotros, ni de lo que tuvimos —replicó Serafina con dureza, herida por su insistencia en verla como una posesión más—.

Se trata de supervivencia. Si tú mueres en ese torneo, yo sufriré el golpe fatal de tu magia regresando a través del vínculo.

Si Julio recibe una herida mortal, todos sentiremos el eco.

Carlos dio un paso hacia ella nuevamente, pero esta vez, sus movimientos fueron cautelosos, controlados. Se sentó en el borde de la cama, la cercanía física enviando escalofríos reconfortantes a través de su vínculo, un contraste enloquecedor con la tensión verbal.

Extendió una mano y, dudando por una fracción de segundo, la posó suavemente sobre la mejilla de Serafina. Su pulgar rozó el pómulo de ella. El calor de su piel ya no era amenazador, era una brasa cálida y familiar en la oscuridad.

—Entonces ganaré rápido —susurró Carlos, sus ojos ambarinos fijos en los de ella, llenos de una promesa aterradora—.

Los aplastaré a todos en la primera prueba.

Romperé a Julio. Ahogaré a Elías. Destrozaré a Rodrigo.

Y mataré a Vano. Si rompo a los anclajes, si soy el único que queda... el vínculo será solo nuestro.

Serafina apartó la cara bruscamente de su mano, horrorizada por la frialdad de su lógica.

—¿Escuchas lo que dices? ¿Matarlos? ¡Julio te salvó de ser aplastado! ¡Rodrigo se lanzó sobre mí sin magia defensiva! Estás dispuesto a asesinarlos solo por tu necesidad enfermiza de control y poder.

—¡Estoy dispuesto a hacerlo por ti! —espetó Carlos, alzando la voz antes de controlarse a sí mismo—.

Y por el reino. ¡Lo has olvidado, Auditora!

Mañana empiezan las pruebas a muerte. Al final, el Soberano exige un único ganador que se case con la Princesa.

Si este "Cuadrante" nuestro significa que no podemos competir...

significa que Vano gana. Significa que el Abismo toma la corona.

Serafina se quedó en silencio. Esa era la trampa ineludible. La política del reino exigía competencia a muerte. Vano esperaba exactamente eso para masacrarlos. Y ahora, estaban atados por la vida y por la magia. Si uno caía, todos sangraban.

Carlos se puso de pie, su expresión endureciéndose hasta volver a ser la máscara inescrutable del guerrero ambicioso. Volvía a ponerse su armadura mental, cerrando, en la medida de lo posible, la compuerta de sus emociones.

—Mañana por la noche, el Soberano anunciará la naturaleza del primer laberinto —dijo Carlos, dándole la espalda y caminando hacia la puerta con la cerradura derretida—. Haz tu trabajo, Serafina. Audítanos. Míranos sangrar por esa estúpida corona de oro.

Se detuvo en el umbral, sin mirarla.

—Pero no te equivoques. Este vínculo... no cambia nada. Voy a ganar La Vanguardia Apex. Voy a ser el Soberano. Y encontraré una manera de reclamarte sin que esos otros tres parásitos estorben en mi cabeza.

Y con esa siniestra promesa, Carlos desapareció en el oscuro pasillo, dejando a Serafina sola de nuevo.

Pero el santuario de silencio de la Auditora ya no existía. En su mente, sintió el furioso fuego de Carlos alejarse por los pasillos. Sintió el sueño inquieto y perturbado de Elías; la ansiedad pétrea de Julio; y la vigilancia alerta y solitaria de Rodrigo en algún lugar de los tejados.

Estaba irrevocablemente conectada a todos ellos, y mientras la noche avanzaba hacia el amanecer del día de las pruebas, Serafina supo con absoluta certeza que el torneo del Soberano no iba a ser una competencia política. Iba a ser una masacre mutua e íntima. ```eof

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