Capítulo 3 La Amenaza Llega
El eco de las puertas destrozadas resonó en el Gran Salón como un trueno subterráneo. Las pesadas hojas de roble y hierro, que habían resistido asedios durante siglos, ahora yacían en el suelo de mármol, reducidas a astillas ennegrecidas y escoria humeante.
Pero lo más aterrador no fue la destrucción física, sino el silencio antinatural que la siguió.
La magia ambiental de La Aguja Celestial, que momentos antes cantaba con la energía de cientos de elementales, fue silenciada por una presión asfixiante.
Para los ojos de Serafina, la visión fue nauseabunda: las vibrantes corrientes de aether de color esmeralda, zafiro y rubí estaban siendo succionadas hacia la entrada, marchitándose al contacto con un aura de color negro mate que absorbía la luz misma.
De entre el polvo y la negrura emergió una figura solitaria, seguida por una docena de siluetas encapuchadas.
Vano.
El líder de la Facción del Abismo caminaba con la cadencia lánguida de un depredador que sabe que sus presas están atrapadas.
No llevaba armadura, ni sedas fastuosas.
Vestía un abrigo largo de cuero oscuro y desgastado, con broches de hierro negro.
Su rostro era pálido, afilado como una hoja de afeitar, con pómulos altos y cabello del color del ala de un cuervo que le caía sobre los hombros.
Pero eran sus ojos los que congelaban la sangre de los presentes: no tenían iris ni pupila distinguibles, solo dos orbes de pura oscuridad que parecían pozos sin fondo.
El aire a su alrededor destilaba escarcha y decadencia.
—Majestad —dijo Vano. Su voz no era un grito, pero resonó en las mentes de todos los presentes, resbaladiza y fría—. Qué descortesía. Parece que mi invitación a la gala de La Vanguardia se perdió en el correo. Tuve que abrir la puerta yo mismo.
Un murmullo de pánico reprimido recorrió el salón. Los Guardias Reales desenvainaron sus espadas rúnicas, pero vacilaron. La magia del abismo no podía combatirse fácilmente; se alimentaba de los ataques elementales.
En el estrado, el Soberano se aferró a su bastón de madera petrificada con los nudillos blancos. La Princesa Aurelia se encogió en su trono, su máscara de porcelana finalmente rompiéndose en una mueca de terror puro.
—¡Vano! —bramó el Soberano, su voz temblando por la edad y la furia—. ¡Cómo te atreves a profanar La Aguja Celestial! La Facción del Abismo fue exiliada de los tratados hace tres siglos. Eres un terrorista, un parásito de las líneas ley. ¡Guardias, apresadlo!
Los guardias dieron un paso vacilante hacia adelante. Vano ni siquiera se inmutó. Levantó una sola mano, enguantada en cuero negro, y chasqueó los dedos.
Una onda de choque silenciosa barrió la primera línea de la guardia real. Las runas luminosas de sus espadas se apagaron con un silbido de vapor frío, y los hombres cayeron de rodillas, jadeando, su energía vital y su aether drenados instantáneamente.
—Ah, ahorrémonos el teatro, anciano —suspiró Vano, bajando la mano—. Sabemos que tu guardia no puede tocarme. Y sabemos por qué estoy aquí.
El salón estalló en caos. Los embajadores retrocedían hacia las salidas laterales.
De repente, una columna de fuego abrasador, del color del sol al mediodía, se encendió en el flanco derecho del salón.
Carlos avanzó, empujando a los diplomáticos a un lado.
Su uniforme de gala ya no parecía formal; parecía la armadura de un dios de la guerra.
Las llamas lamían sus puños y sus ojos ambarinos brillaban con una intención asesina.
—No te necesitamos aquí, escoria —rugió Carlos, el calor de su poder contrarrestando el frío sepulcral de Vano, creando corrientes de viento hirviente en el salón—. Has venido al lugar equivocado para buscar mártires. Te quemaré hasta que no quede ni sombra de ti.
Serafina, observando desde su posición junto a la columna, sintió un terror agudo, no por Vano, sino por Carlos.
Con su visión de aether, vio la trampa formándose.
Vano no estaba asustado por el fuego del Comandante Ignis; estaba expectante.
El vacío alrededor de Vano se arremolinó, preparándose para absorber el inmenso poder de Carlos y devolverlo como una explosión letal.
Si Carlos atacaba en este recinto cerrado, mataría a la mitad de los presentes, se descalificaría del torneo por atacar fuera de las pruebas, y probablemente perdería su propia vida en el retroceso mágico.
—¡Carlos, no! —gritó Julio desde el otro lado del salón, sus manos brillando con energía verde, preparando escudos de roca que emergerían del suelo para proteger a la multitud—. ¡Es lo que quiere!
Incluso Elías, el siempre tranquilo Erudito de Aqua, había sacado un catalizador de zafiro de su túnica, su rostro pálido, calculando trayectorias de interceptación.
Carlos no escuchó. Levantó el puño, una esfera de fuego blanco concentrado condensándose en su palma, listo para lanzarla contra el líder del Abismo.
El instinto superó a la precaución. Serafina se movió.
No usó magia elemental para detenerlo. Usó las herramientas de su oficio. Extrajo su vara de supresión de platino y corrió directamente hacia la línea de fuego, interponiéndose exactamente entre Vano y Carlos.
—¡Alto! —La voz de Serafina restalló como un latigazo, reforzada por su autoridad legal—. ¡Por orden de la Auditoría Real, todo uso de fuerza letal en este recinto queda estrictamente prohibido bajo pena de ejecución inmediata!
Aterrizó en medio de las dos auras en conflicto.
La colisión de las presiones atmosféricas fue agonizante.
A su espalda, el inmenso calor del fuego de Carlos amenazaba con ampollar su piel a través de la levita.
Frente a ella, el abismo de Vano tiraba de su propia fuerza vital, un frío glacial que intentaba congelar la sangre en sus venas.
Serafina apretó los dientes, canalizando su propia magia pasiva, no para atacar, sino para estabilizar.
Clavó la vara de platino en el mármol agrietado.
Una onda de choque estéril, de color blanco pálido, se expandió en un radio de tres metros alrededor de ella.
Era la magia del Ojo de la Balanza: un campo de neutralidad absoluta que reprimía violentamente cualquier fluctuación de aether no autorizada.
Las llamas en el puño de Carlos parpadearon y murieron con un siseo humillante. El aura negra de Vano retrocedió unos palmos, chocando contra el escudo invisible de la Auditora.
El silencio volvió a caer. Serafina estaba temblando levemente por el esfuerzo, pero mantuvo la barbilla alta, negándose a mostrar debilidad. Miró primero a Carlos por encima de su hombro.
—Comandante —dijo ella, su voz temblorosa pero de acero—. Si desata ese hechizo, queda descalificado de La Vanguardia Apex antes de que comience. Baje las manos. Ahora.
Carlos la fulminó con la mirada, la frustración y la rabia marcando las venas de su cuello.
Por un momento, Serafina temió que la apartaría a un lado por la fuerza.
Pero tras un segundo agónico, él exhaló bruscamente por la nariz, apagando los zarcillos de humo que aún se aferraban a sus antebrazos, y dio un paso atrás.
Serafina se volvió entonces hacia la verdadera amenaza.
Vano la estaba estudiando. La sorpresa cruzó fugazmente sus ojos desprovistos de luz, reemplazada rápidamente por una sonrisa lenta y siniestra. Inclinó la cabeza hacia un lado, como un estudioso examinando un espécimen fascinante.
—Interesante —murmuró Vano, dando un paso cauteloso hacia el borde del campo de neutralidad de Serafina—. Un campo de supresión aethérica pura. Raro. Muy raro. Eres la Auditora de la que mis espías me advirtieron. Serafina, ¿verdad?
—Y usted está allanando un evento real sancionado, Vano —replicó ella, aferrando la vara con tanta fuerza que le dolían los nudillos—. Ordene a sus seguidores que se retiren o enfrentará a la coalición entera.
—Oh, pero yo no he venido a iniciar una guerra, querida Auditora. No esta noche —Vano levantó las manos en un gesto teatral de rendición, aunque la amenaza en su postura no disminuyó—. He venido a reclamar mi derecho de nacimiento.
Vano miró por encima de la cabeza de Serafina, dirigiéndose directamente al Soberano.
—El Edicto del Quinto Ciclo, escrito por los fundadores de La Aguja Celestial.
Establece que cualquier líder de una facción mágica, sin importar su alineación elemental, tiene el derecho inherente de competir en La Vanguardia Apex por el trono, siempre y cuando no haya sido derrotado en combate formal por el Soberano reinante.
—La sonrisa de Vano se ensanchó, mostrando dientes inusualmente afilados—.
Usted no me ha derrotado, anciano. Ha estado escondido detrás de sus muros.
Vengo a reclamar mi lugar en el torneo. Reclamo mi derecho a la mano de la princesa.
El jadeo colectivo fue ensordecedor.
—¡Absurdo! —gritó un diplomático de Terra—. ¡El Abismo no es un elemento!
—Magia es magia —replicó Vano suavemente—. Si son tan superiores, si sus puros elementos de agua, fuego, tierra y viento son tan poderosos... que sus herederos me derroten en las pruebas. ¿O acaso el gran Comandante de Ignis y el erudito de Aqua tienen miedo de un simple "terrorista"?
Vano había acorralado al Soberano. Negar el Edicto del Quinto Ciclo frente a todas las delegaciones sería admitir que el Soberano no respetaba las leyes fundacionales que legitimaban su propio trono. Sería admitir que tenían miedo.
El Soberano se hundió en su trono, de repente pareciendo veinte años mayor. Miró a Serafina, luego a Carlos, Julio y Elías. Finalmente, su mirada se posó con pesar en su hija.
—Que conste en las actas —dijo el Soberano, su voz pesada como el plomo—. La Facción del Abismo participará en La Vanguardia Apex. Pero advierto esto, Vano: si rompes una sola regla del torneo, la Auditora tiene el poder de ejecutar la sentencia de muerte.
Vano hizo una exagerada y burlona reverencia.