Capítulo 3 La Amenaza Llega #2
—Será un honor ser auditado por una dama tan formidable —dijo, dirigiendo una última mirada escalofriante a Serafina—. Nos veremos en las pruebas, campeones. Intenten no morir el primer día.
Con un movimiento fluido de su abrigo, Vano dio media vuelta. Él y sus acólitos encapuchados marcharon de regreso hacia la oscuridad de las puertas destrozadas, desapareciendo en la noche de la misma manera abrupta en que habían llegado.
El salón quedó en un estado de conmoción silenciada. La gala estaba arruinada. El miedo había envenenado el vino y asfixiado la música.
Serafina liberó la presión de su vara de platino, desactivando el campo. Sus rodillas amenazaron con ceder bajo el repentino agotamiento, pero se obligó a mantenerse erguida. Había evitado un baño de sangre, pero sabía que solo había pospuesto la carnicería. Vano estaba oficialmente en el torneo.
Mientras los sirvientes corrían a limpiar los destrozos y los diplomáticos comenzaban a evacuar el salón entre susurros de pánico, Serafina sintió una presencia a su lado. Era una brisa fresca, repentina y aguda, cargada con el olor a pino y a lluvia inminente.
—Eso fue... la cosa más estúpidamente valiente, o valientemente estúpida, que he visto en mi vida, burócrata.
Serafina se volvió para encontrarse con la mirada divertida de Rodrigo.
El mercenario de la Facción Aeris estaba apoyado contra la base de una estatua de mármol destrozada, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa ladeada que le daba un aire de pícaro peligroso.
A diferencia de los otros competidores, que estaban rígidos por la tensión o consolando a sus delegaciones, Rodrigo parecía casi... entretenido.
—No soy una burócrata. Soy la Auditora Real —corrigió Serafina mecánicamente, ajustándose los puños de su levita, intentando ocultar el ligero temblor de sus manos.
—Claro, claro. La Auditora con la varita mágica que hace que los chicos grandes dejen de pelear —Rodrigo se separó de la estatua y dio un paso hacia ella.
Se movía con la gracia fluida de alguien que ha pasado su vida esquivando flechas.
Su ropa de cuero estaba gastada, pero el metal de la empuñadura de su espada estaba pulido hasta brillar—.
Rodrigo de Aeris. A tu servicio. O al servicio de quien pague mejor, supongo.
—Sé quién es usted, mercenario.
—Oh, ¿leíste mi archivo? Qué halago. ¿Mencionaba que me gustan las mujeres que se lanzan frente a hechizos de destrucción masiva? —Él le guiñó un ojo, descaradamente.
Serafina no pudo evitar parpadear, desconcertada por su audacia. Después del intenso calor de Carlos, la pesada responsabilidad de Julio, y la inquietante presencia de Vano, la actitud despreocupada de Rodrigo era como un latigazo cervical.
—No creo que esto sea motivo de broma, Señor Rodrigo —dijo ella, frunciendo el ceño—. Vano acaba de alterar por completo el equilibrio del torneo. Su vida está ahora en un peligro significativamente mayor.
Rodrigo se encogió de hombros, la brisa a su alrededor revolviendo su cabello castaño claro y desordenado.
—Mi vida siempre está en peligro, dulzura.
Es la descripción de mi trabajo. Vano es solo otro contrato complicado.
Pero tú... —Rodrigo la observó de arriba abajo, sus ojos afilados evaluando algo más que su uniforme—.
Tú eres diferente. No pestañeaste frente a la muerte.
Tienes más acero en la columna vertebral que el idiota engreído de Fuego.
Serafina sintió que el calor subía a sus mejillas al mencionar a Carlos, pero lo atribuyó a la indignación.
—Estoy haciendo mi deber. Le sugiero que haga el suyo y se prepare para las pruebas de mañana. Necesitará más que chistes baratos contra el Abismo.
Se dio la vuelta para alejarse, necesitando desesperadamente el refugio de su oficina. Pero cuando pasó junto a Rodrigo, él extendió una mano y le tocó ligeramente el codo.
Fue solo un roce, piel contra tela.
En ese microsegundo, Serafina sintió que le faltaba el aire.
No fue un ahogo, sino la sensación de caer desde una gran altura.
Sus pulmones se llenaron de un aire tan puro, tan ligero, que se sintió mareada, como si la gravedad hubiera dejado de existir por un momento.
Un viento aullante resonó en sus oídos, no en la sala, sino dentro de su propia mente.
Rodrigo soltó un ligero siseo, retirando la mano rápidamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Sus ojos se abrieron de par en par, la sonrisa arrogante desapareciendo por completo, reemplazada por una genuina confusión.
Serafina se tambaleó un paso. Sus ojos buscaron los de él.
Había vuelto a suceder. Primero con Julio, esa atracción gravitacional profunda; ahora con Rodrigo, este torbellino desorientador.
Las piezas de su magia latían bajo su piel, vibrando con una frecuencia extraña que clamaba por conectar con ellos.
—¿Qué diablos fue eso? —murmuró Rodrigo, mirándose la mano con incredulidad.
—Electricidad estática —respondió Serafina rápidamente, repitiendo la misma mentira inútil que le había dicho a Julio. Su voz sonó ronca y poco convincente.
Sin darle tiempo a Rodrigo de interrogarla más, Serafina aceleró el paso, casi huyendo hacia los pasillos interiores de La Aguja Celestial. Su corazón martilleaba en su pecho con la fuerza de un tambor de guerra.
El torneo aún no había comenzado formalmente, y ya sentía que estaba perdiendo el control de absolutamente todo. Carlos la encendía. Julio la anclaba. Rodrigo la desorientaba. Y Vano amenazaba con destruirlos a todos.
Serafina llegó a la seguridad de sus aposentos, cerró la puerta y se dejó caer contra la fría madera.
Mañana comenzarían las pruebas de La Vanguardia Apex.
Sabía cómo auditar trampas mágicas, pero no tenía ni idea de cómo auditar a su propio corazón traicionero, o la extraña resonancia mágica que la ataba, sin remedio, a los hombres que estaba destinada a vigilar. ```eof
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