Capítulo 2 La Gala de la Vanguardia #2
La pregunta fue directa y peligrosamente perceptiva.
Nadie la desafiaba así en público. Antes de que pudiera responder, Julio extendió una mano, y con un movimiento de sus dedos, hizo que una pequeña y perfecta rosa de cristal de roca emergiera del suelo de mármol a los pies de Serafina.
La recogió con un gesto fluido y se la ofreció.
—Un regalo para la Auditora, que ve demasiado y dice muy poco.
Serafina tomó la rosa de cristal. Estaba caliente al tacto, imbuida con la magia vibrante de Terra. Sus dedos rozaron los de Julio al tomarla.
En ese instante, una extraña sacudida eléctrica subió por el brazo de Serafina.
No era el dolor fantasma y el fuego abrazador que sentía con Carlos.
Esto era un tirón profundo, un anclaje repentino en el centro de su pecho, como si la gravedad de repente se hubiera intensificado alrededor de ella y de Julio.
Julio parpadeó rápidamente, retirando la mano, y miró sus propios dedos con confusión.
—¿Sentiste...? —empezó a decir él, bajando la voz.
Serafina apretó la rosa en su mano, su corazón latiendo con fuerza. Su magia pasiva, la que solo debía *ver* el aether, se había agitado violentamente, intentando alcanzar la magia de Julio. Lo reprimió con un esfuerzo hercúleo de voluntad.
—Solo la estática de la sala, Señor Julio —mintió Serafina, con la voz perfectamente controlada—. Hay demasiada magia en este recinto.
Julio la estudió durante un largo momento, su mirada verde musgo buscando grietas en la fachada de hielo de la Auditora. Parecía que iba a presionar más el asunto, pero un grupo de aristócratas de la Facción Terra se acercó, reclamando la atención de su heredero.
—Mi deber me llama, Auditora —dijo Julio, recuperando su sonrisa encantadora, aunque sus ojos seguían pensativos—. Espero que nuestras interacciones durante el torneo sean... igual de estimulantes. Vigíleme de cerca, Serafina.
—Es mi trabajo, Señor Julio.
Se despidió con una reverencia impecable y fue absorbido por el mar de cortesanos. Serafina dejó escapar un aliento que no sabía que estaba reteniendo. Miró la rosa de cristal en su mano y, con un movimiento discreto, la guardó en el bolsillo interior de su levita.
*¿Qué había sido eso?*, se preguntó. La reacción térmica con Carlos podía explicarse por su historia íntima y la volatilidad del fuego. Pero esto... esto era diferente. Era una resonancia. Una afinidad mágica que no debería existir entre un auditor y un competidor.
Necesitaba despejar su mente. Serafina comenzó a caminar por el perímetro del salón, utilizando su autoridad para abrirse paso entre la multitud sin decir una palabra.
Mientras caminaba, localizó a los otros competidores clave.
Cerca de una de las grandes fuentes de vino en cascada, estaba Elías, el Erudito de la Facción Aqua.
A diferencia de los demás competidores que se pavoneaban o hacían política, Elías estaba de pie en silencio, observando la habitación con la calma aterradora de un mar profundo antes del tsunami.
Vestía túnicas de seda azul pálido y plata, y sostenía un pequeño cuaderno forrado en cuero donde parecía estar tomando notas.
Su firma mágica era tan serena que casi era invisible, fundiéndose con el entorno, adaptándose.
Serafina sabía que esa calma escondía a uno de los magos de combate táctico más peligrosos de su generación.
En la esquina opuesta de la sala, cerca de las puertas de servicio, había un marcado contraste.
Rodrigo. El mercenario que representaba a la Facción Aeris.
Aeris no tenía un linaje noble fuerte; eran un pueblo nómada y guerrero, regido por el mérito.
Rodrigo, con su armadura de cuero desgastada, su capa deshilachada y una espada de viento atada descaradamente a la espalda, destacaba como una cicatriz en el elegante salón.
Estaba ignorando a los diplomáticos y, en su lugar, coqueteaba descaradamente con una de las sirvientas que pasaba bandejas.
Su magia era caótica, impredecible, pequeños remolinos de aire que levantaban el polvo a su alrededor, reflejando su naturaleza salvaje.
Carlos el Ambicioso. Julio el Cautivo. Elías el Observador. Rodrigo el Indomable.
Serafina se detuvo junto a una columna, sintiendo el peso de la tarea que tenía por delante. Cuatro hombres con el poder para destruir montañas, secar mares y quemar ciudades. Uno de ellos sería el próximo Soberano. Y ella tenía que asegurarse de que las reglas...
De repente, la iluminación del Gran Salón parpadeó.
No fue un fallo mecánico. Fue una succión. Serafina lo vio con su visión periférica mágica: las corrientes de aether que alimentaban las columnas de cristal fueron arrancadas brutalmente hacia las pesadas puertas principales de roble del salón.
La música se detuvo con un chirrido disonante.
Las conversaciones murieron en un instante, reemplazadas por el siseo de cientos de magos instintivamente llevando sus manos a sus catalizadores y armas.
El aire en la sala se volvió gélido, y un olor a podredumbre y vacío absoluto invadió el ambiente, borrando el aroma a flores y vino.
Serafina dio un paso adelante, su instinto de Auditora encendiéndose. Su mano se dirigió a la vara de supresión de platino oculta en su cinturón. La temperatura mágica de la sala había pasado de la celebración a la hostilidad total en un segundo.
Las puertas principales de La Aguja Celestial no se abrieron; fueron destrozadas hacia adentro en una explosión de astillas negras y magia marchita.
La oscuridad se derramó en el umbral, y el salón entero contuvo el aliento. Alguien había roto los escudos del torneo antes de que siquiera comenzara. ```eof
He preparado este capítulo asegurando la introducción de Julio y sentando las bases para el conflicto que estalla en el Capítulo 3 con la llegada de Vano. Dime si te gustaría que sigamos con el siguiente capítulo o si hay algo que quieras ajustar.
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