Capítulo 1 El Encuentro Secreto #2
El hechizo se había roto. Serafina sintió una punzada de frío reemplazar el calor de su piel. Se bajó de la mesa y comenzó a arreglarse su propio uniforme, abrochando los botones de su blusa con dedos mecánicos. La máscara de la Auditora Real comenzaba a soldarse de nuevo sobre su rostro.
—Esto va a tener que parar, Carlos —dijo Serafina.
Su voz era firme, aunque odiaba lo vacía que sonaba—.
La ceremonia de apertura es en menos de dos horas.
Una vez que La Vanguardia Apex comience, estaré bajo observación constante por el consejo de los Soberanos.
Tú estarás vigilado por los jueces, tus rivales y tu propia facción. No podemos volver a arriesgarnos así.
Carlos se abotonó la camisa, la tensión endureciendo las líneas de su mandíbula.
—Lo sé —respondió cortantemente—. El torneo lo exige. Todo lo exige.
Serafina se ajustó la chaqueta y se alisó la falda.
Miró el rostro de Carlos, notando la pesada carga que parecía asentarse sobre sus hombros.
Él no era solo un hombre hambriento de poder.
Era el Comandante de la Facción Ignis, y sobre él recaía la presión de asegurar que su facción, conocida por su fuerza militar pero marginada políticamente, tomara el control.
—Estás tenso —observó Serafina, adoptando su tono profesional—. Más de lo habitual para un combate. ¿Es por la Princesa Aurelia? ¿Nervioso por cortejarla frente a todo el reino?
Las palabras tenían un ligero matiz de veneno, un rastro de celos que Serafina se maldijo internamente por dejar escapar. Ella no tenía derecho a sentir celos. Carlos tenía que casarse con la princesa si ganaba; ese era todo el punto de La Vanguardia Apex.
Carlos soltó un bufido despectivo.
—Aurelia es un medio para un fin, Serafina, y lo sabes perfectamente —dijo él, acercándose de nuevo a ella, pero esta vez sin intenciones carnales.
Su rostro estaba grave—. No me importa la corona de oro, ni los bailes, ni las estúpidas ceremonias de la corte.
Me importa el poder militar que viene con el título de Soberano Apex.
—Siempre tan ambicioso —murmuró ella, dándose la vuelta para recoger los pergaminos que habían tirado al suelo.
—¡No es solo ambición ciega! —La voz de Carlos se elevó, y una pequeña llamarada brotó de las yemas de sus dedos antes de que lograra extinguirla—. ¿Has visto los informes de las fronteras orientales, Auditora? ¿Los has leído realmente, más allá de tus revisiones contables de aether?
Serafina se detuvo, con un mapa arrugado en las manos. Sí. Los había leído.
—La Facción del Abismo ha estado activa —concedió ella en voz baja.
—Han estado más que activos. Están preparándose para una guerra total —Carlos la agarró de los brazos, obligándola a mirarlo.
Sus ojos ardían con una urgencia desesperada—.
Vano no es solo un líder radical. Es un monstruo.
Está corrompiendo las líneas ley, absorbiendo magia de las aldeas más pequeñas.
El actual Soberano es débil, tiene demasiado miedo de provocar un conflicto directo.
Si un erudito de Aqua o ese niño mimado de Terra ganan este torneo, el reino caerá en menos de cinco años.
Serafina sostuvo su mirada, procesando el peso de sus palabras.
Vano, el líder de la Facción del Abismo.
El nombre solo provocaba escalofríos en los salones de los altos magos.
La magia del abismo no era elemental; era la ausencia de ella, un vacío consumidor y caótico.
Se rumoreaba que Vano tenía la intención de presentarse en La Aguja Celestial, aunque la Facción del Abismo no estaba formalmente invitada ni prohibida por los antiguos tratados.
—Debo ganar, Serafina —continuó Carlos, su agarre aflojándose pero su tono volviéndose más intenso—.
Debo convertirme en el Soberano Apex para movilizar a las cuatro facciones unidas contra el Abismo.
Es la única manera de evitar que Vano desmantele nuestra sociedad mágica.
Lo haré a cualquier costo. A *cualquier* costo.
Serafina dio un paso atrás, liberándose suavemente de sus manos. El miedo y la determinación en los ojos de Carlos eran reales. Pero ella tenía un juramento que cumplir.
—A cualquier costo, excepto haciendo trampa —dijo Serafina, su voz volviéndose gélida y autoritaria.
La Auditora Real estaba ahora completamente al mando—.
Entiende esto, Comandante. No me importa si tus intenciones son nobles.
No me importa si crees que eres el salvador de este reino.
Mi trabajo es mantener la integridad de La Vanguardia Apex.
Si te veo desviar maná ilícitamente, si te atrapo saboteando los tótems en los laberintos, o si intentas sobornar a los jueces de las pruebas...
te expondré. No dudaré en descalificarte.
Carlos la miró en silencio durante un largo momento. La tensión entre ellos volvió a cambiar; ya no era lujuria, sino un desafío puro, el choque inamovible del fuego contra el hielo de la ley.
Lentamente, una media sonrisa torcida, arrogante y peligrosa, apareció en el rostro de Carlos.
—No esperaría menos de ti, Auditora —dijo él, dando un paso hacia atrás hacia la puerta oculta por la que había entrado—. Vigílame todo lo que quieras. Sígueme con tus ojos que ven la magia. Disfrutaré dándote un buen espectáculo.
Serafina tragó saliva, ignorando el cosquilleo de anticipación en su nuca.
—Vete, Carlos. Asegúrate de que no te vean salir del cuadrante sur.
Él asintió, su rostro endureciéndose nuevamente en la fachada del impasible Comandante Ignis. Antes de abrir la puerta, se volvió hacia ella una última vez.
—Sobrevive a la política esta noche, Serafina. Mañana, la sangre empieza a correr.
Con esas palabras, Carlos desapareció por la puerta secreta, dejando tras de sí un olor a humo y un vacío repentino en la habitación que hizo que Serafina se estremeciera a pesar de sí misma.
Se quedó sola en la sala de mapas abandonada.
Caminó hacia un espejo empolvado que colgaba en una de las paredes y se miró.
Su cabello negro estaba perfectamente recogido en un moño apretado.
Su uniforme estaba pulcro. Su expresión era ilegible.
Nadie sospecharía nunca que bajo el emblema de la balanza de plata latía un corazón que acaba de ser marcado por el fuego.
Serafina sacó un reloj de bolsillo de plata de su chaleco. Faltaba una hora para que las puertas de oro del Gran Salón se abrieran y La Vanguardia Apex diera inicio formalmente.
—Neutralidad —se susurró a sí misma en el espejo, como una plegaria o una maldición—. Absoluta neutralidad.
Dio media vuelta y salió de la habitación, caminando de regreso hacia los pasillos principales de La Aguja Celestial.
Su mente se puso a trabajar, organizando los protocolos de inspección, repasando mentalmente los perfiles de los competidores: Julio de Terra, Elías de Aqua, Rodrigo el mercenario de Aeris... y Carlos.
Pronto, estarían todos juntos en la gala.
Todos compitiendo. Y ella estaría allí para juzgarlos.
Lo que Serafina no sabía mientras subía las escaleras de mármol hacia su destino, era que la magia que residía en su interior, aquella que le permitía ver el aether de los demás, estaba a punto de despertar a algo mucho más antiguo y peligroso que cualquier intriga política.
El torneo estaba a punto de comenzar, y las chispas que Carlos había dejado en su piel eran solo el preludio de un incendio que consumiría al reino entero. ```eof
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