EPÍLOGO
RAFAEL
Estoy esperando en el despacho del ruso que, para sorpresa de todos, se ha terminado convirtiendo en mi cuñado oficial.
El ambiente en esta estancia de la mansión de Ladoga es denso, cargado con el olor a madera noble y el eco del silencio que traemos desde el recibidor.
Hay algo entre mi padre y Alekséi que todavía no nos han contado del todo.
Por lo que he podido descifrar entre dientes, alguien a quien daban por enterrada en el pasado realmente sigue respirando.
Y eso, en nuestro mundo, solo significa una cosa: guerra.
Las pesadas puertas de madera maciza se abren de golpe, rompiendo la calma. Alekséi cruza el umbral con el rostro serio, tenso, y con Igor guardándole las espaldas como una sombra fiel.
—Sentaos —dice Alekséi con esa voz suya que parece sacada de un bloque de hielo, señalando los sillones de cuero frente al escritorio de roble.
Mi padre y yo tomamos asiento sin apartar los ojos de él.
El ruso se coloca tras la mesa, apoya las manos curtidas sobre la superficie y nos clava una mirada que me hiela la sangre.
No hay rastro del hombre desesperado que hace diez minutos suplicaba por mi hermana arriba en la escalera. Vuelve a ser el líder de la Bratva.
—Lo que os voy a decir tiene que quedarse entre estas cuatro paredes —arranca, directo al grano—. Rosa está viva.
El nombre cae como una bomba en mitad del despacho. Siento cómo se me tensa cada músculo del cuerpo y mi padre aprieta la mano sobre el pomo de su bastón.
—Esa mujer no ha muerto —continúa Alekséi, entornando los ojos con pura frialdad—.
Ha estado moviéndose en las sombras y quiere recuperar lo que considera que es suyo.
Sulamita ya lo sabe todo; se lo he contado antes de que llegarais.
Pero ahora nos toca a nosotros mover ficha antes de que esa loca pise nuestro terreno.
Me quedo completamente confundido. Siento un zumbido extraño en los oídos y me inclino hacia delante en el asiento, clavando la mirada primero en mi padre y después en Alekséi, buscando una explicación a esta maldita locura.
—¿De qué estáis hablando? —escupo, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Qué Rosa estáis diciendo?
Mi padre no me responde de inmediato. Se queda mirándome fijamente mientras sostiene el bastón por delante con las dos manos, con un semblante de profunda preocupación que jamás en la vida le había visto. El viejo parece haber envejecido diez años en un segundo.
—Es tu madre, hijo —suelta al fin, con una voz que tiembla por el peso del secreto—. Creíamos que había muerto en el incendio del barco... Pero allí pasaron cosas que intenté ocultaros a ti y a tu hermana. No quería que tuvieseis el recuerdo de que vuestra madre era el peor de los monstruos.
—¿De qué estás hablando? —Me levanto del sillón de golpe, con el ceño fruncido y los puños apretados a los lados del cuerpo—. Mi madre murió en el accidente de ese barco. No vengas ahora a conocer otra historia, papá. ¡No juegues con eso!
La tensión en el despacho se vuelve insoportable. Estoy a punto de perder los papeles, pero la voz grave de Alekséi corta el aire, firme y autoritaria.
—Rafael, escucha a tu padre y después enfádate si quieres —interviene el ruso, cruzándose de brazos desde su sitio—. Pero primero tienes que conocer lo que en verdad sucedió allí.
Trago saliva, intentando contener la rabia que me quema el pecho, y asiento levemente con la cabeza ante las palabras de Alekséi. Me quedo de pie, rígido como una estatua, esperando la estocada.
Mi padre clava sus ojos viejos en los míos, con una pena infinita.
—Hijo... Ese día descubrí que tu madre me engañaba y que había hecho un trato con un hombre de fuera. Él le prometió poder a su lado a cambio de una sola condición: ella tenía que entregarle a tu hermana Sulamita.
Espera. ¿Qué coño...?
Las palabras de mi padre me golpean con la fuerza de un camión. Me quedo sin aire, congelado en mitad del despacho de Alekséi, mientras la cabeza me da vueltas a mil por hora.
—¿Qué estás diciendo, papá? —consigue articular, con los dientes apretados—. Explícate bien.
Mi padre suelta un suspiro pesado, apoyando las manos en el pomo de su bastón, con los ojos fijos en la madera del suelo.
—Todo lo que ha ocurrido con Sulamita desde el primer día...
era ella la que estaba detrás, Rafael. Tu madre.
Kemal estaba aliado con Rosa para capturar a tu hermana y llevársela con ella; a cambio de su ayuda, Rosa le había prometido la mano de Sulamita para que gobernaran juntos.
Pero la ambición de esa mujer no tenía límites.
También en el pasado intentó matar a Alekséi en su momento para quedarse con la herencia de la Bratva rusa y fusionar ambos imperios bajo su control, pero por suerte no lo logró.
Alekséi permanece en silencio a su lado, con la mandíbula rígida y la mirada sombría, confirmando cada palabra del viejo con la cabeza.
—La noche del incendio en el barco —continúa mi padre, con la voz rota por el recuerdo de la traición—, las cosas se salieron de control.
Tuvimos que escapar antes de que todo desapareciera bajo las llamas y las explosiones.
Estábamos convencidos de que ella había caído al agua junto con los restos del barco, que el mar se había cobrado sus pecados.
Pero nos equivocamos. Consiguió salir viva de ese infierno.
La verdad entra en mi sangre como veneno puro.
Siento una oleada de calor violenta, una furia ciega y salvaje que me nubla la vista por completo.
La rabia me quema las entrañas al procesar que la mujer que nos dio la vida es el mismo demonio que ha estado cazando a mi hermana pequeña como si fuera una mercancía.
Doy un puñetazo atronador sobre la mesa de Alekséi, haciendo retumbar los papeles y los tinteros, y me inclino hacia mi padre con los ojos inyectados en sangre.
—Si eso que estás diciendo es verdad... —escupo, con una voz que tiembla de pura ira contenida—, juro por mi vida que levantaré hasta la última mota de polvo de este maldito planeta para encontrarla. Me plantaré delante de ella, le reclamaré cada una de sus maldades y la haré pagar con su sangre.
Me giro hacia Alekséi, buscando su mirada de asesino, sintiendo el peso de la mafia calé corriendo por mis venas a un nivel que jamás había experimentado.
—Nadie amenaza a un Machín, y mucho menos a mi hermana. Me da igual que sea nuestra propia madre; si Rosa está viva, yo mismo me encargaré de cavar su tumba.
Mi padre me observa en silencio durante unos segundos, miendo la intensidad de mi furia. Clava el bastón en el suelo y mira de reojo a Alekséi antes de volver a clavar sus ojos en mí.
—Por eso mismo te vas a quedar en Rusia un tiempo, hijo —suelta Machín con voz firme, decretando el destino de mi nueva misión—.
Alekséi tiene los contactos de la Bratva aquí arriba, pero tú tienes el instinto de nuestra sangre.
Quiero que te quedes en Ladoga para coordinar la búsqueda y localizarla lo antes posible, antes de que intente mover ficha para acercarse a Sulamita.
Mi hija no puede saber nada de esto todavía.
La propuesta de mi padre termina de descolocarme. ¿Quedarme en este desierto de neblina y rusos? La rabia, la impotencia y el peso del secreto me queman tanto el pecho que siento que las paredes del despacho se me echan encima. No puedo seguir metido en esta habitación ni un maldito segundo más.
—Haz lo que tengas que hacer, papá —le espeto, dándole la espalda—. Pero a mí dejadme en paz.
Salgo del despacho a zancadas violentas, pegándole un portazo a la madera maciza que resuena en todo el pasillo.
Camino a paso rápido, ciego de ira, intentando abrocharme los botones de la chaqueta mientras noto cómo la mandíbula me tiembla por la tensión.
Juro por Dios que si tengo a esa mujer delante ahora mismo, la arrastro del pelo hasta Cádiz.
Giro bruscamente en la esquina del pasillo del ala este, buscando la salida hacia los jardines para que el aire húmedo del lago me enfríe la cabeza. Pero me freno en seco.
No me he chocado con nadie, pero la presencia que me corta el paso me obliga a clavar los pies en el suelo.
Apoyada contra el gran ventanal que da al lago, con los brazos cruzados sobre el pecho y una taza humeante entre las manos, está ella.
Vika. Su mirada gris, tan gélida y analítica como el mismísimo paisaje ruso, me recorre de arriba abajo sin pestañear.
No dice nada. No hace falta. Su postura es la de un felino que lleva rato escuchando los rugidos de la fiera desde la distancia, divirtiéndose con mi pérdida de control.
Me le quedo mirando con la respiración entrecortada, con los puños aún cerrados y los ojos inyectados en sangre.
Ella ni se inmuta; da un sorbo lento a su taza, sosteniéndome un pulso silencioso que, por primera vez en mi vida, me hace olvidar por una milésima de segundo la maldita existencia de mi madre.
Rusia se va a volver un auténtico infierno, y esta mujer va a ser la primera en prender la mecha.