CAPITULO 65
ALEKSÉI
La noche ha caído como un manto de plomo sobre las aguas oscuras del lago Ladoga.
La neblina flota sobre la superficie, pero dentro de la habitación solo queda el rastro del calor que nos hemos dado.
Me incorporo despacio sobre el colchón, mirándola a los ojos mientras el aire acondicionado de la estancia nos devuelve a la realidad.
—Voy a bajar un momento a la cocina a por agua, tsygánka —le susurro, dejando un beso corto en sus labios—. Prepárate después. El radar de la finca me ha avisado de que el coche que viene del aeródromo ya ha cruzado la verja. Machín y Rafael acaban de llegar de España. Nos toca dar la cara.
Me visto a medias, subiéndome solo un pantalón de chándal gris, y salgo del cuarto con la garganta seca.
Bajo los escalones de madera en silencio, pero antes de que pueda pisar la encimera, el rugido de un motor diésel rompe la calma del bosque exterior.
Se apagan los faros. Un segundo después, la puerta principal de mi mansión se abre de golpe, dejando entrar la humedad de la noche rusa.
Son ellos. Se han plantado en mi propia casa. Machín y Rafael cruzan el umbral con el rostro cansado del vuelo transcontinental, pero con la postura recta de quienes no temen a ningún imperio.
Me planto en mitad del recibidor, descalzo, con el torso desnudo y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Siento la adrenalina disparárseme por las venas, preparándome para lo peor.
Machín da un paso al frente, clavando su bastón en el suelo con fuerza, y me clava una mirada de acero.
—He cruzado media Europa desde Cádiz solo para decirte que esto se ha acabado, Alekséi —suelta el viejo capo, con una voz que reverbera en las paredes altas—.
La amenaza en España está eliminada. Los padres de Alfredo ya van camino del destierro, fuera de Andalucía; me da igual que su hijo esté muerto, nadie toca la sangre de un Machín y se queda para contarlo.
Y la rata de Kemal ya no es un problema.
Así que el contrato expira hoy. Vengo a llevarme a mi hija de vuelta a casa.
El suelo parece desaparecer bajo mis pies.
Me quedo completamente petrificado en mi propio territorio, con la mente bloqueada.
¿Llevarársela? ¿Ahora? Un pánico salvaje, un miedo que jamás había sentido ni ante el cañón de una pistola, me atenaza el corazón.
Por dentro, rezo a un Dios en el que no creo para que Sulamita se quede arriba, escondida, a salvo de este nido de lobos.
Pero el destino es un hijo de puta.
El eco de unos pasos ligeros me obliga a levantar la vista.
Sulamita está bajando las escaleras, con su pijama de seda.
Trae una sonrisa pequeña, buscándome en la penumbra, hasta que sus ojos tropiezan con las siluetas de su padre y de su hermano.
Su sonrisa muere en el acto. Se queda congelada en el último escalón, agarrándose a la barandilla con los nudillos blancos por la sorpresa.
Machín se gira hacia ella, cambiando el semblante a una tranquilidad pasmosa, como si no supiera que hace unos minutos su hija estaba entregándome el alma en mi cama.
—Es hora de volver a Andalucía, hija —le dice, ofreciéndole la palma de la mano.
Verla dar un paso adelante me arranca la cordura.
Que le den por culo a la Bratva, al pacto entre mafias y a mi maldito orgullo de heredero.
No voy a perderla. Me muevo a zancadas violentas, devorando la distancia, y me interpongo físicamente entre Machín y Sulamita.
Me coloco como un escudo humano ante ella, con las manos extendidas en un gesto de pura desesperación, exponiendo mi vulnerabilidad ante el único hombre que podría desatar una guerra santa contra mi familia.
—Machín... amigo, joder, no te la puedes llevar porfavor —mi voz suena rota, grave, sin rastro de la frialdad del asesino—.
Escúchame bien. Cada puta parte de mí, cada suspiro que me queda en esta maldita vida le pertenece a ella.
Amo a tu hija. Sé que rompí mi palabra, sé que firmamos un contrato que debía ser sagrado, pero quemaría mi propio orgullo mil veces con tal de no perderla.
Así que no voy a permitir que nadie, ni siquiera tú, me la arranque del lado. De aquí no se va.
El silencio que se instala en el recibidor es tan denso que casi se puede cortar.
Rafael se tensa, echándose la mano al interior de la chaqueta, pero Machín lo frena en seco levantando el bastón.
El viejo gitano me observa detalladamente, leyendo los tatuajes de mi pecho, midiendo la verdad en mis ojos.
Luego, arrastra los pies despacio hacia mí.
Clac. Clac. El impacto del bastón contra el mármol suena como una sentencia.
Se para a milímetros de mi pecho desnudo. Sostiene la mirada con una seriedad tan fúnebre que juro que espero el frío de un acero entre mis costillas.
Hasta que la comisura de sus labios se eleva.
—Pensaba que no lo dirías nunca, ruso —suelta.
Y una carcajada profunda, ronca y libre de toda malicia estalla de su garganta, llenando todo el vestíbulo de la casa del lago.
Me quedo completamente descolocado, con la mandíbula apretada y mirando a Rafael, que ahora sonríe de medio lado, sin entender una puta mierda.
—¿De qué coño te ríes, Machín? No estoy para bromas —le espeto, con los puños cerrados.
El viejo se contiene, mirándome con el orgullo de quien ha ganado la partida antes de empezar a jugar.
—Alekséi, muchacho... El día que pisaste Cádiz por primera vez para hablar conmigo, mi único propósito real era ofrecerte la mano de mi hija.
Quería una alianza de sangre con la Bratva.
Pero las cosas con Kemal se torcieron y tuve que improvisar.
No hizo falta que te lo pidiera; te invité a aquella boda en España para ponerte el cebo en la boca y darte la excusa de protegerla.
Sabía que un lobo como tú no tardaría en morder el anzuelo.
Solo necesitaba que te enamoraras tanto de ella como para mandar nuestro maldito contrato al suelo y plantarme cara. Bien hecho, yerno.
Sulamita, que se ha quedado de piedra en el último escalón escuchando toda la verdad, da un paso al frente. Sus mejillas están completamente encendidas en un color carmesí y aprieta los puños contra la tela de su pijama.
—Papá... —consigue articular con una voz temblorosa por la pura vergüenza de saber que su padre lo tenía todo planeado desde el principio.
Machín ignora el apuro de su hija y se acerca a nosotros con paso firme.
Deja a un lado el bastón por un momento y, con sus manos curtidas por los años y el poder, atrapa mi mano grande y la mano pequeña de Sulamita.
Con un movimiento ceremonioso y rotundo, une nuestras palmas, obligándonos a entrelazar los dedos frente a él.
—Jamás en la vida iba a permitir que mi hija se quedara con un niñato —suelta Machín, mirándonos con una seriedad que de pronto se vuelve puro orgullo—.
Mi Sulami necesita a un hombre de verdad a su lado para gobernar, y no a un pichafloja como era el muerto de Alfredo, que en paz descanse el pobrecito.
A mi lado, Rafael suelta un resoplido de diversión, cruzándose de brazos mientras me recorre con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mi torso desnudo y el pantalón de chándal.
—Bueno, bueno... —interviene Rafael, con esa sonrisa guasona tan suya, buscando pincharme—.
Mucho lobo ruso de la Bratva, mucho tatuaje de pantera asesina, pero a la primera de cambio mi hermana te pone a desfilar en chándal y descalzo por el recibidor.
Da gracias a que mi padre te ha aceptado, cuñadito, porque con esas trazas en Cádiz no te dábamos cobijo ni en el corral.
Aprieto la mandíbula, clavándole a Rafael una mirada que en otras circunstancias habría significado su sentencia de muerte, pero una chispa de diversión brilla en mis ojos.
Nos conocemos bien. Sé perfectamente que me está buscando las cosquillas, y aunque nos mostremos los dientes, sé que nos respetamos.
Intento recuperar mi máscara de frialdad y compostura de heredero, enderezando la espalda para verme tranquilo ante mi suegro, a pesar de que sigo medio desnudo y con el corazón en la garganta.
—Hagan el favor de esperarme en mi despacho de la planta baja —les digo a Machín y a Rafael, forzando una voz firme y profesional—. Voy a subir a vestirme como Dios manda. Tenemos que hablar de algo muy importante y prioritario sobre Rusia.
Machín asiente con la cabeza, recuperando su semblante de hombre de negocios, y agarra su bastón listo para caminar hacia el pasillo. Justo en ese momento, la figura impecable e imponente de Irina aparece por el arco del vestíbulo. Como siempre, no le tiembla el pulso ante las visitas.
—Irina —le ordeno, manteniendo la voz firme—. Haz el favor de acompañar al señor Machín y a Rafael al despacho. Sírveles algo de beber mientras subo.
—Por aquí, caballeros —dice Irina con una reverencia perfecta, extendiendo la mano para guiarlos.
En cuanto sus siluetas ya desaparecen por el fondo del pasillo y el eco del bastón de Machín se apaga, el silencio vuelve a inundar el recibidor.
Me giro hacia Sulamita. Nos habíamos quedado completamente congelados y me doy cuenta de que todavía la tengo agarrada de la mano, con nuestros dedos entrelazados con una fuerza casi desesperada.
No puedo esperar ni un maldito segundo más.
La adrenalina y el miedo contenido me golpean de golpe.
La atrapo por la cintura y, sin decir una sola palabra, la subo en volandas por las escaleras, devorando los escalones de tres en tres hasta llegar a la seguridad de nuestra habitación.
Cierro la puerta de un portazo y echo el cerrojo.
Necesito estar cinco minutos a solas con ella. Solo cinco minutos para procesar que no la he perdido.
La acorralo contra la madera de la puerta, hundiéndome en su cuello con una necesidad salvaje, casi dolorosa.
Mis manos le recorren la espalda, los hombros, el pelo, asegurándome de que es real, de que sigue aquí, de que su piel sigue pegada a la mía.
Mi pecho desnudo choca contra el suyo en jadeos erráticos.
—Joder, gitanilla... —le susurro contra la piel, con la voz rota por un sentimiento tan grande que me asusta—.
He sentido cómo se me paraba el corazón ahí abajo.
Por un instante... por un maldito instante he pensado que te perdía.
Que te apartaban de mi lado y que tendría que quemar el mundo entero para traerte de vuelta.
Sulamita me rodea el cuello con los brazos, pegándose a mí con la misma urgencia, temblando pero con los ojos brillando con una devoción absoluta.
—No vas a perderme nunca, Alekséi. Ya lo has oído... pertenecemos al mismo bando desde el principio —me susurra, acariciándome la mandíbula con ternura—. La bestia ya tiene a su reina.
La miro a los ojos, perdiéndome en esa mirada morena que un día me desafió y que hoy es mi único refugio.
Le planto un beso cargado de promesas, de posesión y de un amor oscuro y eterno que ninguna ley de la mafia podrá romper jamás.
El contrato original está en el suelo, pero el pacto que acabamos de sellar con nuestras almas es para siempre.
Tengo una reunión crucial esperándome en el despacho, un futuro que liderar y enemigos que destruir en el horizonte.
Pero ahora mismo, con ella entre mis brazos en la casa del lago, sé que la Bratva rusa y el clan de Cádiz han firmado la alianza más peligrosa de la historia.
Hemos unido dos imperios de sangre: mi mundo y esa mafia calé oculta, un secreto de etnia gitana que muy pocos en el planeta conocen y al que todos temen.
En esta ruleta rusa, yo ya he ganado mi mayor jodida batalla.
Porque el mundo entero puede arder a nuestros pies, pero ella ya es mía. Moya tsygánka. Mi perdición y mi jodida reina.