CAPITULO 64
ALEKSÉI
Tenerla desnuda bajo mi cuerpo es lo único que mantiene a raya mis demonios en este maldito momento.
No hay paciencia en mí, no después de verla al borde del abismo.
Me hundo en el hueco de su cuello, respirando el aroma a limpio y a seda de su piel recién lavada, intentando borrar el olor a pólvora y a sangre que traigo pegado a las manos.
Me ensaño con uno de sus pezones, atrapando ese botón duro entre mis labios y devorándolo con una lentitud que me quema.
Siento su espalda arquearse contra el colchón, buscando más de mi boca, y un gemido ahogado me vibra directamente en el pecho.
Me vuelve loco. Me desquicia ver cómo reacciona a mi crudeza.
Bajo la pelvis con brusquedad, presionando la mole de mi polla contra la delicada barrera de sus bragas.
Todavía hay tela de por medio, pero no va a durar más que un maldito suspiro.
Me deshago de mis pantalones con un movimiento torpe y violento, dejándolos caer al suelo, y me posiciono de rodillas entre sus muslos abiertos. Es una visión letal: ella, tan jodidamente morena y pura; yo, cubierto de la tinta oscura de la Bratva y con las venas ardiendo en pura adrenalina.
No quiero perder ni un maldito segundo alejado de su mirada.
Sin romper el contacto visual, meto mis manos grandes por los lados de sus caderas, aferrando el elástico de sus bragas, y de un solo tirón firme y cargado de urgencia deslizo la prenda hacia abajo, desnudándola por completo.
Mis dedos rozan la delicada piel de sus muslos en el proceso, haciéndola soltar un suspiro tembloroso que reverbera en la habitación.
Termino de quitárselas y las tiro hacia algún lado del suelo.
Ahora sí. Ya no hay malditos secretos entre nosotros. Solo dos cuerpos hambrientos listos para destrozarse con la lujuria del momento.
Sujeto sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano, anclándola a mí, mientras con la otra acaricio la línea de su mandíbula hasta forzarla a abrir la boca con mis dedos. Se los introduzco con exigencia, reclamando su saliva, adueñándome de su respiración.
—La otra vez mi polla no te entró por completo en la boca, tsyganka... —le susurro al oído, con la voz rota, áspera como la lija—. Pero te aseguro que te entrará la próxima vez. Te voy a hacer espacio en cada rincón de tu maldito cuerpo.
Le retiro los dedos despacio y ella se relame los labios, sosteniéndome la mirada con un desafío que me enciende las entrañas. No hay miedo en sus ojos; hay un hambre idéntica a la mía.
—Eso puedes comprobarlo cuando quieras, Alekséi —me provoca, desafiando al monstruo.
Suelto un juramento en ruso entre dientes.
Mis dedos bajan directos a su clítoris, rozando su centro ya empapado.
Empiezo a cariciarla con un ritmo rápido, implacable, y ella suelta un gruñido bajo, un sonido sucio que me taladra la cabeza.
La tengo tan jodidamente dura que me duele.
Sé que debería ir despacio, que debería cuidarla tras el shock de descubrir la verdad sobre Rosa, pero es que ella es la única capaz de despertar a la bestia y, Dios me perdone, sé que a mi gitanilla le encanta que la tome sin piedad.
No aguanto más. Me alineo con su intimidad y me hundo en ella de una sola estocada, hondo, hasta el fondo de su coño.
Un gruñido salvaje me arranca la garganta al sentir cómo sus paredes calientes me atrapan y me aprietan.
No hay espacio para la delicadeza. Empiezo a embestirla con ganas, con impactos firmes que hacen crujir la madera de la cama, llevándola al límite de la cordura.
Me encanta ver cómo se le nubla la mirada por la lujuria, cómo se deshace bajo el peso de mis tatuajes.
—Te tengo tan clavada en la mente que no pude evitar tatuarte aquí —le digo entre jadeos graves.
Suelto sus muñecas y, con un movimiento rápido y posesivo, atrapo su mano pequeña para estampar su palma directamente contra mi pecho desnudo, justo sobre las letras en cirílico que marcan mi piel.
Obligo a sus dedos a delinear la tinta, a sentir cómo mi corazón amenaza con romperme las costillas con cada golpe furioso que le doy.
—Estás metida bajo mi puta piel, Sulami.
Suelto un gemido cuando noto que su centro se contrae, inundándome en su propio jugo con cada impacto. Aparto la mano que sostenía la suya y le envuelvo el cuello con los dedos, apretando con la fuerza justa para someterla, obligándola a clavar sus ojos en los míos mientras termino de devorarla...
—Eres mía, tsyganka. Mía.
Ella me rodea la nuca con sus manos, aferrándose a mi cabello sin parar de besarnos ni un solo segundo mientras sigo con mis embestidas implacables.
Pero entonces, en un movimiento rápido y coordinado, dejo que sea ella quien tome el mando.
Me relajo sobre el colchón y permito que se incline para ponerse encima de mí, a horcajadas, atrapando mi miembro por completo en su interior.
Se agacha sutilmente, rozando con sus labios la zona de mi cuello, y su respiración caliente me eriza la piel.
—Quiero que me veas en los reflejos de tus espejos —me susurra directamente en el oído, con una voz cargada de una picardía y una seguridad que me desarman.
Sonrío de lado, fascinado por su audacia, y desvío entonces la mirada hacia arriba.
Los espejos del techo me muestran toda la estampa: la espalda recta y perfecta de Sulami, la curva de sus caderas y el movimiento hipnótico y salvaje de su cuerpo sobre el mío.
Que me torturen si miento... lo que veo ahí arriba es la viva imagen de la lujuria reflejada.
Verla cabalgar sobre mí, adueñándose de mi ritmo, me quema la maldita cordura.
—Entonces muévete y hazte tuya mi polla —le susurro con la voz rota por el esfuerzo, mientras subo mis manos para apretar con fuerza la piel de su trasero, guiando ligeramente sus caderas—. Quiero disfrutar del espectáculo en primera y segunda vista. Muéstrame cómo te rompes por mí, tsyganka.
Siento cómo la estrechez de su coño se vuelve una trampa deliciosa, exprimiéndome la polla con espasmos cada vez más rápidos.
Sulami echa la cabeza hacia atrás, con los ojos entrecerrados fijos en el espejo de arriba, completamente perdida en el placer que ella misma está provocando.
Sus embestidas se vuelven erráticas, urgentes, y sus uñas se clavan en mis hombros tatuados, hundiéndose justo encima de mis panteras, buscando un punto de apoyo en mi piel.
—Alekséi... ¡oh, Dios mío, voy a...! —gime con la voz rota, ahogándose en su propio clímax mientras su cuerpo empieza a temblar violentamente sobre el mío, al borde de la sumisión absoluta.
Verla romperse de esa manera, saber que soy yo el único dueño de su perdición, me revienta la puta cordura.
Le hundo los dedos en las nalgas con una fuerza que le dejará mis marcas impresas mañana, empujando mi pelvis hacia arriba con brusquedad para recibirla, encajando mis golpes contra su centro en un ritmo salvaje que nos hace perder el sentido del mundo.
El calor de sus jugos me quema por dentro y sé que mi autocontrol ha muerto.
—¡No pares, joder, no pares! —le rujo desde las entrañas, con la voz ronca, completamente poseído por la fiera que ella misma ha liberado—. ¡Apriétame ahí dentro y vente conmigo, tsyganka!
Un segundo después, Sulamita se contrae a mi alrededor con una fuerza brutal, soltando un grito ahogado que entierro de inmediato en mi boca al atrapar sus labios en un beso desesperado, hambriento, que sabe a posesión.
Su orgasmo me arrastra directo al abismo.
Suelto un gruñido gutural y me corro dentro de ella con una fuerza que me hace tensar cada músculo de la espalda, reclamando cada rincón de su cuerpo, inundándola por completo y vaciándome como si me fuera la puta vida en ello.
Nos quedamos suspendidos en ese instante de gloria, flotando entre los jadeos pesados que llenan la habitación a oscuras.
Ella se desploma exhausta sobre mi pecho, con el corazón latiéndole a mil por hora justo sobre el tatuaje con su nombre en cirílico, mientras yo la envuelvo con mis brazos como si el mundo fuera a acabarse mañana, negándome a soltarla.
Lo hemos borrado todo. En esta cama ya no existen los monstruos del pasado, solo la bestia y su reina.