CORONA DE SANGRE CAPITULO 63
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CAPITULO 63

SULAMITA

Irina se encarga de preparar todo lo necesario en el cuarto de baño mientras yo me quedo sentada en el borde de la enorme cama, con la mirada fija en un punto indeterminado de la habitación.

Mi mente es un caos absoluto. Mi madre está viva...

Joder, está viva. He pasado todo este tiempo llorando su pérdida, creyendo que descansaba en paz, mientras ella seguía respirando como si nada en algún maldito rincón del mundo.

Pero hay algo que no me cuadra en absoluto y me quema por dentro.

¿Por qué Alekséi y mi padre me ocultaron que la habían matado?

¿Por qué hicieron creer a todo el mundo que su muerte en aquel barco fue un trágico accidente?

Mis pensamientos van a mil por hora. ¿Será esa la supuesta deuda que Alekséi tiene con mi padre?

Necesito respuestas. Necesito que Alekséi se siente frente a mí y me explique exactamente qué sucedió ese maldito día.

La voz de Irina interrumpe mis pensamientos desde el interior del baño. Todo está listo. Me levanto mecánicamente; necesito sumergirme en esa agua y quitarme de encima la desagradable sensación de pesadez que arrastro.

Al cruzar el umbral, el vaho y el calor del agua caliente es lo primero que me golpea el rostro. La bañera de Alekséi es descomunal, tan grande que cabrían dos personas perfectamente.

—El señor Alekséi me ha ordenado que suba un poco más la calefacción de la casa para que usted esté más cómoda, señora —dice Irina, dedicándome una mirada respetuosa mientras camina hacia la salida del baño—. Cualquier cosa que necesite, solo llámeme.

—Gracias, Irina —le respondo en un hilo de voz.

En cuanto la puerta se cierra, me sumerjo en el agua humeante. Me paso casi una hora allí dentro, frotando mi piel hasta que queda rosada, intentando borrar los fantasmas de la pantalla de mi cabeza. El calor me adormece los sentidos, pero no logra apagar la ansiedad de mi pecho.

Al salir, me seco con rapidez y me deslizo dentro de un camisón de seda que descansa sobre la cama.

Me miro al espejo; el cabello húmedo me cae por los hombros y el tejido se pega suavemente a mi cuerpo.

Intento esperar quieta, pero los nervios me carcomen.

El silencio de la mansión se me hace insoportable.

No puedo evitarlo. Necesito ver a Alekséi ya mismo, saber que está bien, obligarlo a hablar.

Giro el pomo con el corazón latiéndome con fuerza y abro la puerta de la habitación.

Pero no me hace falta bajar las escaleras para buscarlo.

Apenas doy dos pasos en el pasillo, me detengo en seco.

Alekséi viene caminando directamente hacia mí por el corredor oscuro.

Va sin la camisa, descalzo y con los pantalones oscuros ligeramente caídos en la cadera.

Se le nota cansado, exhausto, pero sus ojos, fijos en mí desde el fondo del pasillo, brillan con una intensidad salvaje que me corta la respiración de golpe.

A contraluz, la forma imponente de su torso desnudo revela el intrincado diseño de sus tatuajes: las figuras feroces de sus panteras, Lira y Veles, rugiendo sobre sus pectorales, flanqueadas por las estrictas letras cirílicas rusas que sellan su juramento de sangre.

Lo veo sonreír levemente mientras acorta la distancia que nos separa. Me rodea la cintura con sus brazos firmes y, con un movimiento tierno y seguro, me arrastra contra su pecho desnudo, apoyando la barbilla en la parte superior de mi cabeza.

—¿Qué haces aquí fuera? ¿Me echabas de menos? —escucho su voz baja, ronca, vibrando directamente contra mi oído. Me permito cerrar los ojos un segundo y disfrutar de su calor, rodeando su torso con mis brazos también.

—Pues claro que sí —le devuelvo la frase con una pequeña risa, rompiendo por un instante la gravedad que nos rodea.

Nos quedamos así por un momento, balanceándonos en un vaivén casi imperceptible, como si estuviéramos burlándonos con ternura del mundo exterior. Me aparto solo un poco, lo justo para mirar hacia arriba y encontrarme con sus ojos azules observándome desde su altura.

—Dime, moya tsyganka, ¿qué es lo que pensaba esa cabecita tuya cuando decidiste envenenarnos con ese maldito zumo?

—Levanta una mano y me aparta con una delicadeza extrema un mechón de pelo húmedo que se me había pegado a la frente.

Me trata con tanto tacto que, por un segundo, logro olvidar lo que ha tenido que hacer en ese sótano.

Porque lo sé. Sé perfectamente que ese sótano es el lugar donde libera a la bestia sin cadenas.

—Pues lo que pensó fue que cometerías un error y te matarían por mi culpa... porque a la que querían era a mí —le confieso, mientras reanudamos ese pequeño balanceo con nuestros cuerpos en mitad del pasillo.

—¿Y tú no sabes que si te pierdo a ti, la bestia saldría a la luz sin miedo a nada, importándole una puta mierda las consecuencias?

Me regaña con la mirada, no con sus palabras. En el fondo de sus ojos azules puedo ver un destello de auténtico terror, el miedo real de haberme perdido. Sonrío de lado y aprieto los labios de forma inconsciente, reuniendo el valor necesario para suplicar la verdad que me falta.

—¿Qué sucedió en realidad en ese barco, Alekséi? —Mi voz suena tranquila, segura de que el hombre que me sostiene no me va a mentir.

Él me acaricia el hombro con suavidad, deslizando sus dedos por mi brazo hasta entrelazar su mano con la mía.

Tira de mí con firmeza para guiarme hacia el interior de la habitación; ambos sabemos que una conversación de este calibre no debe tener lugar en mitad de un pasillo.

En cuanto entramos, empuja la puerta con el pie, cerrándola a nuestras espaldas, y vuelve a colocarse frente a mí, atrapándome de nuevo en su abrazo protector.

—Sulami... tu madre nos tenía completamente engañados a tu padre y a mí —comienza a relatar, con la mandíbula tensa—.

Me llevó engañado a ese barco diciéndome que Machín estaba metido en un problema político muy grave y que intentaban quitarlo de en medio, que necesitaba mi ayuda.

Yo no dudé en ir con ella. Pero cuando llegué a la cabina, tu padre no estaba.

En su lugar, había dos hombres escondidos a los que no vi al entrar; se me echaron encima y me inmovilizaron.

Alekséi aprieta el agarre en mi cintura, reviviendo la rabia de aquel día.

—Rosa quería que le entregara la herencia de poder que mi padre me había dejado al ser el heredero de la Bratva.

Como no cedí, decidió que lo mejor era quitarme de en medio.

Pero justo en ese momento apareció tu padre con un par de sus hombres.

A ella siempre le ha podido más el ansia de poder antes que su propia familia, Sulami.

Tú eras muy pequeña para acordarte, pero tu madre estuvo dispuesta a entregarte a ti también con tal de crecer y posicionarse en lo más alto de la pirámide.

No sé los detalles exactos de con quién hablaba, pero cuando Machín la descubrió, le gritó que jamás le entregaría su hija a un político corrupto para obtener el jodido poder.

Siento un escalofrío al escuchar la crudeza de sus palabras.

—En medio del forcejeo, tu padre la empujó hacia el asiento de la cabina para intentar atarla, pero con tan mala suerte que ella se golpeó la cabeza con fuerza contra el borde afilado.

Machín vio toda la sangre, se asustó y pensó que la había matado en el acto.

En ese mismo instante nos dimos cuenta de que el barco estaba ardiendo por culpa de un fallo en los motores o un sabotaje...

no lo sé. Tuve que sacar a tu padre a rastras de allí porque estaba en shock.

Pensamos que había muerto quemada en el mar. Eso es todo lo que sucedió.

La rabia y el dolor se me acumulan en cada rincón de mi cuerpo, asfixiándome.

Durante años guardé el recuerdo de mi madre como algo sagrado; pensaba que me amaba, que era la mejor madre del mundo y que un maldito e injusto accidente me la había arrebatado demasiado pronto.

Qué estúpida fui. Al saber que la realidad era una farsa repugnante, todas mis estructuras se derrumban.

Ahora lo entiendo todo. Entiendo que mi padre me hizo creer la mentira del accidente náutico solo para evitarme el dolor insoportable de saber la verdad: que la mujer que me dio la vida era un monstruo que estuvo dispuesta a venderme al mejor postor por un trozo de poder.

Un sollozo roto se me escapa de la garganta y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos sin control, arrastrando el dolor de una traición que viene desde mi infancia.

Alekséi, al ver cómo me derrumbo, me aprieta con más fuerza contra su pecho desnudo. Siento sus manos grandes y cálidas acariciarme la espalda con una urgencia desesperada, intentando recomponer mis pedazos rotos.

—Shh... Llora, moya tsyganka, saca todo ese veneno fuera —me susurra contra el oído, besando mi sien mientras yo empapo su piel con mis lágrimas—. Machín lo hizo para proteger tu inocencia. Quería que crecieras con el recuerdo de una madre perfecta, no con la sombra de una víbora.

—Me d-duele, Alekséi... —consigo articular entre los sollozos, aferrándome a sus hombros tatuados como si fuera mi único salvavidas en mitad de una tormenta—. Quiso venderme... Su propia hija...

—Y por eso pagará, te lo juro por mi vida —sisea él, y noto cómo la vibración de su voz se vuelve letal, la bestia rugiendo de nuevo al verme sufrir—. Nadie que te haga llorar de esta manera merece seguir respirando. Mírame, Sulami. Mírame, mi reina.

Apoya sus pulgares en mis mejillas, obligándome a levantar la cabeza para que sostenga su mirada encendida.

Sus ojos oscuros brillan con una mezcla peligrosa de furia protectora y un deseo salvaje que empieza a prender fuego al ambiente.

Limpia el rastro de mis lágrimas con delicadeza, pero la tensión de su cuerpo descalzo y la forma en que su pecho sube y baja me indican que su autocontrol está pendiendo de un hilo muy fino.

El dolor de la traición de mi madre sigue ahí, pero el calor de la seda de mi camisón rozando su piel desnuda despierta una necesidad completamente diferente en mi interior.

Necesito borrar el pasado. Necesito sentir que le pertenezco al hombre que mataría al mundo entero antes de dejar que me toquen un solo cabello.

Solo con sentir su contacto sé, con cada fibra de mi ser, que estoy completamente protegida.

Pero en el fondo siempre lo supe. Desde aquel maldito avión que me trajo a la fuerza hasta aquí, cuando lo abracé por primera vez presa del pánico a volar, busqué inconscientemente esa seguridad que solo sus brazos fuertes saben darme.

—Una sola lágrima de sufrimiento que ruede de esos ojos gitanos será una vida menos para quien se atreva a provocarla —me jura contra los labios, con una promesa tan oscura como su propio mundo.

Sonrío entre el llanto porque lo amo, lo necesito con una urgencia que me quema las entrañas.

Escuchar su devoción me empuja a inclinarme de puntillas para poder alcanzar su boca.

Sostengo su rostro esculpido entre mis manos y él me responde al instante con una intensidad brutal, devorándome como si fuera el aire que le falta.

Nuestros alientos se mezclan, transformándose en una tormenta salvaje en el interior de nuestras bocas.

Alekséi me aprieta con más saña contra su cuerpo y la dura evidencia de su deseo presiona con fuerza mi vientre, haciéndome jadear.

Sus manos grandes y rudas comienzan a acariciarme la espalda en un descenso lento y abrasador, bajando cada vez más hasta alcanzar el borde de seda de mi camisón.

Con un solo movimiento ascendente y certero, me despoja de la prenda, que cae al suelo como un suspiro.

Me quedo expuesta ante él, vistiendo únicamente mis bragas, con mis pechos completamente descubiertos bajo la luz tenue de la habitación.

Se aparta un milímetro, con la respiración entrecortada, y clava sus ojos en mi anatomía.

—Qué maravillosa bendición de dos paraísos... —dice con la voz rota y ronca por la lujuria mientras agarra uno de mis pechos con firmeza, moldeándolo a su antojo antes de volver a besarme con una fuerza aún mayor—. Intentaré... intentaré no ser tan bestia contigo esta noche, Sulami.

—Pero es que no quiero que lo intentes —le susurro, rozando mis labios húmedos contra los suyos, entregándome por completo al fuego—. Quiero que seas mi bestia. No tengas piedad de mí.

Mis palabras terminan de dinamitar el último ápice de su cordura.

Alekséi emite un gruñido gutural que me retumba en el pecho y, sujetándome con firmeza por el trasero, me levanta en vilo sin el menor esfuerzo.

Mis piernas se envuelven instintivamente alrededor de su cintura, aferrándome a su torso tatuado, mientras él me traslada con pasos rápidos y hambrientos hacia la inmensidad de la cama.