CORONA DE SANGRE CAPITULO 62
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CAPITULO 62

ALEKSÉI

Bajo las escaleras con una sonrisa ladeada de pura satisfacción, sintiendo cómo la adrenalina me recorre las venas al saber que tengo en mi salón de juegos privado a las dos escorias preparadas exclusivamente para mí.

Abro las pesadas puertas de acero. Entro en el espacio frío y subterráneo, deteniéndome un segundo para observar el panorama.

Lo primero que veo es a Lira, sentada majestuosamente en una esquina, y a Veles, que muerde con tranquilidad un trozo de hueso que seguro pertenece al coreano que torturé la semana pasada.

Mis panteras están en alerta máxima, con las orejas alzadas, esperando mis órdenes.

Camino con lentitud hacia el centro del sótano, fijando mi mirada al frente, directo hacia mi primer entrenamiento: Alfredo.

Está atado justo como a mí me gusta, rodeado por esos alambres de espino que se clavan en la carne y derraman la sangre de mis víctimas con el más mínimo movimiento.

Sobre su cabeza, las cadenas que cuelgan del techo parpadean bajo la luz mortecina, listas para los diferentes usos que mi imaginación decida darles.

—Joder, hermano... Esto es demasiado... Por favor... —gime el patético niñato de los putos cojones, con las lágrimas mezclándose con el sudor de su rostro.

—¿Demasiado? —Me agacho lo suficiente para quedar cara a cara con él, forzándolo a sostener mi mirada gélida—.

Mi mujer ha pasado casi dos meses encerrada por vuestra culpa.

He tenido que traerla a la otra parte del mundo y mantenerla con seguridad las veinticuatro horas del día —le siseo en un susurro cargado de una furia asesina, mientras saco la navaja del bolsillo de mi pantalón—.

Ella confiaba en ti. Hasta me desafiaba a mí, su marido, para protegerte... Y por tu culpa casi muere, joder.

Al recordar el maldito momento en que casi la pierdo, cuando se hirió el costado con la rama de un árbol al escapar de aquel tiroteo masivo, mi bestia interior ruge con una sed de sangre incontrolable.

Deslizo el seguro, sacando la hoja afilada de la navaja, y sin previo aviso, se la clavo con saña, introduciendo media hoja directamente en su entrepierna.

El alarido de dolor de Alfredo desgarra el eco del sótano, un grito agudo y desgarrador mientras se retuerce inútilmente contra el alambre de espino, desgarrándose más la piel.

—Tranquilo, eso ya no te hará ninguna falta a donde vas —le digo con desprecio, extrayendo la navaja de un tirón limpio.

Me enderezo y limpio la sangre de la hoja en mi manga, girándome hacia Igor—.

Asegúrate de que la puerta de acero está bien cerrada.

No quiero que se escape ni un solo grito y que Sulami lo escuche desde arriba.

Todo el sótano está perfectamente insonorizado con tecnología militar, pero cuando se trata de la paz mental de mi gitana, prefiero asegurarme dos veces. Igor asiente con una sonrisa oscura y empuja la manivela de la puerta principal, sellándonos del resto del mundo.

Giro la cabeza lentamente y clavo mis ojos en Kemal. A diferencia del niñato que llora en la silla, el turco es un tipo duro; sabe perfectamente lo que le espera y lo acepta sin tanta humillación, manteniendo la barbilla alzada a pesar de estar encadenado.

—Disfruta del espectáculo, Kemal —le advierto, guardando la navaja—. Porque cuando termine con él, tú estarás en primera fila. Y te aseguro que tengo una imaginación excelente cuando me motivan de esta manera.

Kemal me sostiene la mirada, con los ojos inyectados en furia y las mandíbulas apretadas. Intenta parecer imperturbable, pero sé perfectamente que se está cagando de miedo por dentro.

Puedo oler su terror. Y eso solo hace que disfrute más de la velada.

Aras, que está de pie al lado de la puerta, mira la escena con pura curiosidad. Ha estado conmigo en algunas ejecuciones en el pasado, pero nunca me ha visto en mi momento más esquizofrénico y desatado.

—¿Sabes lo que les sucede a los que mienten y traicionan?

—Pregunto con una calma gélida. Alargo el brazo por encima de la cabeza de Alfredo, alcanzo dos pequeños ganchos metálicos que cuelgan del techo y los bajo con un chirrido metálico a la altura de su rostro—. Dejan de poder hablar de por vida.

Sostengo su mandíbula con una mano, buscando el único hueco donde el alambre de espino no le rodea la cara.

Le aprieto los huesos con una fuerza descomunal para obligarlo a abrir la boca y, sin pizca de piedad, le clavo un gancho en cada extremo de las comisuras, atravesando la carne hasta que las puntas sobresalen por sus mejillas.

Alfredo emite un quejido ahogado, bañado en sangre.

Chasqueo la lengua dos veces. Al escuchar la orden, Veles suelta de golpe el hueso que estaba royendo y se lanza sobre él como una exhalación, clavando sus garras en su abdomen y rasgando los tejidos para empezar a devorar sus entrañas mientras el niñato aún respira.

Me acerco a Kemal, ignorando por completo los gritos agonizantes y el ahogo de sangre que resuena a mi espalda.

—Me lo he pensado mejor, turco —le digo, limpiándome una salpicadura de la cara—.

No me apetece pasarme aquí abajo tantas horas perdiendo el tiempo cuando tengo a mi mujer esperándome arriba, asustada.

Así que terminemos con esto rápido. Es una pena, porque en otras circunstancias tú y yo nos habríamos divertido de lo lindo.

Kemal tiene las manos firmemente atadas a la espalda.

Al verlo así, el recuerdo del hombre que torturé en Cádiz me viene a la mente en un destello.

En aquella ocasión, tuve que romperlo a mi manera, de forma limpia y matemática, para que no levantara sospechas y su familia no sufriera las consecuencias de la Bratva.

Con Kemal pienso hacer exactamente lo mismo, pero multiplicado por diez.

Cojo el gancho pesado de la grúa industrial del techo y lo encajo entre los alambres que mantienen unidas sus muñecas a la espalda.

Presiono el botón del mando a distancia de la grúa.

El motor ruge y el cable empieza a tensarse, levantando el cuerpo de Kemal en el aire hacia atrás.

En un segundo, el crujido seco y espantoso de los huesos de sus hombros descolocándose de su sitio resuena en todo el sótano.

Él ahoga un alarido de dolor puro mientras su cuerpo sigue subiendo hasta quedar completamente suspendido en el aire, con los brazos dislocados sosteniendo todo su peso.

Justo en ese momento, escucho un ruido húmedo a mi espalda. Alguien está echando la pota. Giro la cabeza lentamente y veo a Aras doblado a la mitad, devolviendo el estómago en una esquina del sótano.

—Joder, tío... Tienes un puto problema muy serio en la cabeza... —dice Aras, limpiándose la boca con el dorso de la mano mientras me mira con un gesto fruncido, entre el asco y la admiración—. Pero mola. Joder si mola.

Sonrío en medio de los gritos desgarradores de Kemal, que resuenan en las paredes de hormigón, y el cuerpo ya casi inerte de Alfredo, que sigue siendo devorado con saña por Veles.

Cuando veo que Kemal empieza a temblar violentamente por el dolor de sus hombros dislocados y la falta de aire, sé que es el momento de terminar mi parte del trabajo.

Vuelvo a hacer el mismo sonido corto y agudo con la lengua a mis panteras.

Esta vez, tanto Lira como Veles saltan sincronizadas sobre el cuerpo suspendido del turco, hundiendo sus colmillos con precisión para destrozarlo lentamente.

Conozco a mis bestias; se encargarán de que no muera rápido, obligándolo a sentir cómo le arrancan cada centímetro de piel mientras siga respirando.

Me doy la vuelta, dándole la espalda a la carnicería, y me sacudo los puños de la camisa.

—Aquí hemos acabado —les anuncio a mis hombres, con una tranquilidad que contrasta de forma macabra con el caos que hay detrás de mí—. Voy a limpiarme un poco. Igor, llévate a Aras afuera para que le dé un poco el aire.

Vuelvo a sonreír de lado al ver la cara de absoluta impresión que se le ha quedado a mi soldado. Aras intenta componer su postura de tipo duro, pero el color no ha regresado a sus mejillas.

Los dos asienten y se marchan a toda prisa, cerrando la pesada puerta tras de sí.

Yo camino hacia el pequeño cuarto de baño que está empotrado al fondo del sótano.

Me quito la camisa blanca, ahora empapada de sangre enemiga y completamente inservible, y la tiro sin miramientos a un cubo de metal.

Enciendo el grifo, dejando que el agua fría corra con fuerza, y meto las manos debajo del chorro.

Empiezo a frotarme con calma, retirando los chorretones de sangre de los dos cadáveres que se desangran al otro lado de la puerta.

Me enjuago la cara, quitándome los restos de la masacre, y observo mi reflejo en el espejo gastado.

La mirada del monstruo empieza a disiparse poco a poco, dejando espacio a la urgencia que me quema el pecho desde que entramos en la mansión.

Ya limpié el tablero de juego. Ya eliminé la basura. Ahora es el momento de subir a la habitación y encerrarme con mi reina.