CAPITULO 61
ALEKSÉI
Kemal ensancha su sonrisa sádica, saboreando el triunfo antes de tiempo. Se cree el rey del mundo con esa pistola apuntándome a la frente, relamiéndose con una prepotencia que casi me hace gracia.
—Se acabó el juego, Pakhan —se burla, con los ojos brillando de pura locura—. Tu imperio se queda aquí, y tu mujer se viene conmigo. Has perdido.
No le doy el placer de ver un solo rastro de miedo en mi rostro. Inspiro hondo, inflo el pecho y suelto un silbido fuerte, agudo y largo que desgarra el aire de la oficina como una maldición.
Es la señal de caza.
En un parpadeo, la puerta de madera sale volando de sus bisagras, destrozada por completo. El pánico estalla en los ojos de Kemal cuando la enorme silueta de Lira irrumpe en la habitación como una exhalación del mismísimo averno.
—¡¿Pero qué cojones...?! —grita, perdiendo toda la compostura.
Preso del terror, Kemal da un paso atrás e intenta huir hacia la esquina de la oficina mientras levanta el arma y dispara dos veces a ciegas.
Los estruendos de los balazos retumban en las cuatro paredes.
Pero Lira es una máquina de matar perfecta; con un reflejo felino sobrehumano, desvía su trayectoria en el aire, librándose de recibir las balas por apenas unos centímetros.
Antes de que el turco pueda volver a apretar el gatillo, los doscientos kilos de la pantera impactan de lleno contra su pecho, derribándolo con una violencia brutal contra el suelo.
Al mismo tiempo, Veles entra detrás como una sombra negra y embiste a Alfredo con una fuerza salvaje. El impacto contra el guardaespaldas es tan seco y brutal que el cuchillo táctico se le escurre de los dedos, saliendo despedido por el suelo hacia un rincón.
Las panteras no muerden para arrancarles el cuello, aún no; conocen mis reglas.
Se quedan agazapadas sobre ellos, inmovilizándolos por completo bajo sus garras gigantescas, con los colmillos gélidos pegados directamente en sus nucas.
Un solo milímetro que Kemal o Alfredo intenten moverse, y les reventarán las vértebras en el acto.
Sulamita, reaccionando con una valentía que me inflama el pecho de orgullo, no pierde un segundo.
Se levanta de la silla y, aunque tiene las manos atadas hacia delante, se agacha a toda prisa para agarrar el cuchillo de Alfredo del suelo.
Rodea mi silla con el cuerpo temblando por la adrenalina y, de un solo tajo limpio, corta las cuerdas de mis muñecas, devolviéndome la libertad.
Me deshago de las cuerdas en un segundo en cuanto el filo del cuchillo las corta, sintiendo cómo la sangre vuelve a circular por mis muñecas.
Me giro de inmediato hacia Sulamita, ignorando por completo los gemidos de terror de Kemal y Alfredo bajo las garras de mis panteras.
Necesito verla. Necesito observar cada centímetro de su cuerpo y asegurarme con mis propios ojos de que esos bastardos no le han dejado ni un solo rasguño.
—Estoy bien... —dice ella en un hilo de voz, con el cuerpo todavía temblando por la adrenalina del asalto.
No le respondo. Estoy demasiado ocupado inspeccionándola, recorriendo su silueta con una fijación casi enfermiza.
Mis manos vuelan directas hacia sus muñecas para quitarle las ataduras.
Al apartar las cuerdas, una punzada de furia pura me atraviesa el pecho: tiene la piel canela completamente roja, marcada con pequeños rasguños y cortes vivos por haber intentado soltarse a la fuerza.
—Maldita sea, Sulami... —maldigo entre dientes, más para mí que para ella, sintiendo cómo una sed de sangre insaciable me quema por dentro. Si Kemal ya estaba muerto antes de entrar aquí, ahora me voy a encargar de que su agonía sea eterna.
Logro liberarla por completo. El pánico rezagado de haber estado a punto de perderla, de haber imaginado mi mundo sin ella por culpa de su imprudencia, me golpea de golpe. Desesperado, la atraigo hacia mi cuerpo con un movimiento brusco, posesivo y cargado de una urgencia salvaje.
La abrazo con tanta fuerza que apenas dejo espacio entre los dos, hundiendo mis dedos en su cabello y escondiendo mi rostro en su cuello, respirando su aroma para autoconvencerme de que está a salvo, de que vuelve a estar donde pertenece: en mis brazos.
—No vuelvas a hacer una puta locura así, ¿me oyes? —le susurro contra la piel, con la voz rota y grave—. Casi me vuelves loco, gitana.
Sulamita se aferra a mi camisa con una fuerza desesperada, escondiendo la cara en mi pecho mientras su cuerpo se estremece por el llanto acumulado.
—Tenía tanto miedo, Alekséi... Miedo de perderte, de que te pasara algo horrible por mi culpa.
Por eso lo hice, por eso vine sola —solloza, levantando la mirada hacia mí, con sus grandes ojos oscuros fijos en los míos, buscando mi protección—.
No creo ni una sola palabra de lo que ese bastardo y ella me han dicho.
Sé perfectamente que ni tú ni mi padre la matasteis en ese barco.
Sé que solo estuvisteis protegiéndome todo este tiempo...
Porque si Rosa ha sido capaz de atreverse a hacer toda esta locura, es porque es capaz de hacer cosas muchísimo peores.
Dime qué está pasando con ella, Alekséi. Por favor.
Le acaricio la mejilla con el pulgar, limpiando el rastro de sus lágrimas mientras una extraña calma, fría y peligrosa, se asienta en mi pecho al escuchar su declaración de confianza. Mi gitana no duda de mí. Sabe quiénes son los verdaderos monstruos aquí.
—Sulami, te lo contaré todo en casa. Todo lo que yo sé, te lo prometo, pero salgamos de aquí. Quiero sacarte de este maldito lugar ya mismo —le aseguro, besando la coronilla de su cabeza con urgencia.
En ese preciso momento, la puerta termina de abrirse y Aras e Igor irrumpen en la oficina.
Tienen las respiraciones agitadas, la ropa manchada de pólvora y el eco de la guerra de plomo que acaban de desatar ahí abajo aún vibrando en sus cuerpos.
Entran riéndose a carcajadas, como si toda la matanza hubiera sido una simple broma entre amigos.
—No se te suba a la cabeza, hermano —le dice Igor a Aras, guardándose el arma en la pistolera con total tranquilidad—. Los dos últimos bastardos te los he dejado en bandeja.
Estos dos siguen bromeando sobre quién ha acumulado más bajas en el tiroteo. Los miro seriamente, con los ojos entrecerrados y una frialdad que helaría a cualquiera. Esto no es ningún jodido juego, y hasta que no estemos completamente fuera del campo de batalla, aquí nadie celebra una mierda.
—Dejad de medir quién de los dos tiene la polla más grande y llevaos a estos dos sacos de huesos directamente al sótano de la mansión —les ordeno con una voz sorda e implacable, señalando con la cabeza a Kemal y a Alfredo, que siguen inmovilizados en el suelo—.
Voy a estar unos cuantos días muy entretenido con mis dos nuevos juguetes.
A la mención del sótano y la tortura, los ojos de Aras se iluminan con una chispa sádica.
—Tranquilo, Pakhan... Pero yo quiero estar dentro de ese sótano contigo —Aras hace una mueca, suplicando con la mirada para que acepte—. Vamos, hombre... Me lo prometiste.
No dejo de acariciar la espalda de Sulamita en ningún momento, manteniendo mi mano firme y posesiva sobre ella para calmar sus temblores. Al escuchar a Aras, asiento levemente con la cabeza, aceptando su petición. Sabe que se ha ganado ese derecho en el frente.
—Alekséi... quiero irme a casa, por favor —me pide Sulamita en un susurro, hundiéndose todavía más contra mi pecho, exhausta y superada por el horror de haber tenido a su madre en esa pantalla.
—Nos vamos ya, mi vida —le aseguro en voz baja.
Mientras Aras e Igor, junto con un par de hombres que entran detrás, se encargan de levantar a golpes a Kemal y a Alfredo para arrastrarlos hacia donde les he mandado, yo rodeo la cintura de mi tsygánka con un brazo, pegándola por completo a mi costado.
La guío con firmeza hacia la salida, cruzando el umbral de esa oficina destartalada para sacarla para siempre de este infierno.
Después de un par de horas de trayecto en carretera, los coches se detienen frente a la imponente fachada de la mansión.
Nos bajamos de inmediato. Sulamita y yo cruzamos las grandes puertas dobles, adentrándonos en el recibidor, mientras Lira y Veles caminan a nuestro lado.
Las panteras conocen perfectamente el camino de vuelta a su territorio, el sótano, pero antes de enfilar las escaleras hacia abajo, se detienen un segundo.
Pasan rozando el cuerpo de Sulamita y se despiden restregando con suavidad sus enormes cabezas contra su pierna.
Hay una reina en esta casa, y hasta mis bestias más salvajes lo saben.
Detrás de ellas, el ambiente se vuelve hostil y ruidoso. Mis hombres traen a los prisioneros a rastras, magullados y atados.
—¡Vamos, hijo de puta! ¡Camina! —brama uno de mis soldados, empujando a Alfredo con brusquedad hacia la boca del sótano.
Alfredo, con el rostro pálido y los ojos desencajados por el pánico, se planta frente al primer escalón, resistiéndose con todas sus fuerzas a bajar hacia la oscuridad. Sabe perfectamente lo que le espera allí abajo.
—¡Sulamita, por favor...! ¡Joder, perdóname! —suplica con la voz rota, mirándola con desesperación—. ¡Él me engañó! ¡Yo no quería...! ¡Yo...!
—¡Muere con orgullo, niñato de mierda! —le grita Kemal desde atrás, arrastrando las cadenas mientras intenta soltarle una patada a Alfredo para que deje de humillarse.
No quiero que Sulamita siga presenciando el patético espectáculo de estas dos escorias, ni que sus ojos se manchen con la basura que estoy a punto de limpiar. En ese momento, Irina aparece en el recibidor, acudiendo al instante al notar nuestra llegada. Su presencia es oportuna.
Miro a mi gitana, acunando su rostro con mis manos para captar toda su atención y alejarla de los gritos que resuenan en la escalera.
—Hagamos una cosa... —le digo con la voz grave pero cargada de una ternura que solo ella posee, antes de estampar un beso posesivo en sus labios—.
Subirás con Irina. Deja que te prepare una bañera relajante para que te quites el frío y el olor de ese lugar.
En cuanto termine aquí abajo, subiré contigo y te lo contaré todo. ¿De acuerdo, mi vida?
Sulamita asiente lentamente con la cabeza, asimilando mis palabras.
Sus pequeñas manos suben por mi pecho hasta envolver mi rostro, obligándome a inclinarme para sellar un beso tan dulce y profundo que me quema las entrañas.
Joder. Si no tuviera un maldito trabajo sangriento que hacer en este mismo instante, la cargaría en brazos escaleras arriba y prepararía esa bañera para los dos.
Nos separamos a regañadientes. Ella me dedica una última mirada llena de una confianza ciega y se gira hacia Irina, dispuesta a subir a nuestro santuario. Me quedo inmóvil en el recibidor, viéndola subir cada peldaño hasta que desaparece de mi vista.
Solo cuando sé que está completamente a salvo en la planta de arriba, la calidez de mi rostro se evapora por completo.
Me giro hacia la puerta del sótano, estirando el cuello y dejando que la fría y despiadada máscara del Pakhan tome el control absoluto de mi cuerpo.
Me quito la chaqueta, desabotono los puños de la camisa y la remango lentamente hasta los codos.
Llegó la hora del monstruo.