CORONA DE SANGRE CAPITULO 60
90%

CAPITULO 60

ALEKSÉI

Hemos tenido que dejar los coches a la distancia necesaria para no ser vistos ni escuchados.

La señal del móvil de Sulami nos ha traído directos hasta un lugar escondido y aparentemente abandonado en mitad de la maleza, rodeado de árboles densos.

La nave industrial es grande, vieja, y por lo que alcanzo a ver desde mi posición, hay varios hombres de Kemal custodiando la entrada principal.

Siento una furia ciega quemándome las entrañas. Pienso despellejar vivo a ese bastardo turco, centímetro a centímetro, y voy a dejar que mis panteras se den un festín con sus malditas vísceras mientras aún respire. Nadie toca lo que es mío y vive para contarlo.

A una orden mía, mis hombres se despliegan de inmediato, moviéndose como sombras en la penumbra y tomando posiciones en diferentes puntos estratégicos de la zona para asegurar el perímetro.

Yo avanzo al frente, con el arma en posición y el dedo en el gatillo.

Aras e Igor cubren mi espalda a escasos centímetros.

Junto a nosotros, Lira y Veles se mueven en un completo y absoluto silencio; son dos máquinas de matar perfectas, mimetizándose con la oscuridad de la batalla, camufladas entre la maleza y atentas únicamente a mis órdenes.

Levanto la mano derecha, marcando la señal en el aire. Es el momento. Nos ponemos en marcha para iniciar la emboscada.

Esos hijos de puta no tienen ni la más puta idea del infierno que se les viene encima en los próximos minutos. Se creen que han cazado a una gitana indefensa, pero no saben que el mismísimo Lucifer se va a presentar ante ellos para torturarlos hasta que rueguen por la muerte.

Hago una leve señal con los dedos a mis hombres, indicándoles que inicien la primera fase del asalto.

A Lira y Veles las mantengo pegadas a mi costado con un sutil gesto de la mano; las panteras se quedan atrás como nuestro último recurso sorpresa.

Nadie espera que soltemos a dos bestias de doscientos kilos en mitad de un tiroteo, y voy a usar esa ventaja cuando estemos dentro.

La nave está plagada de enemigos, hay muchos más de los que calculamos en un principio. Hay hombres de Kemal moviéndose como hormigas tanto fuera como dentro de la estructura, cargando cajas y preparando vehículos; se están organizando a toda prisa para llevarse a Sulami lejos de Rusia.

No van a salir vivos de este bosque.

El primer disparo de Igor revienta la cabeza del centinela de la torre de control, y en un parpadeo, el infierno se desata.

El eco de los fusiles retumba entre los árboles.

Nos abrimos paso poco a poco, ganando terreno en mitad del tiroteo masivo, utilizando las coberturas metálicas y los camiones como escudos.

Aras a mi izquierda desata una lluvia de plomo mientras yo avanzo en línea recta, implacable, con la mirada fija en el gran portón de acceso.

Varios hombres armados salen a nuestro encuentro bloqueando la entrada principal.

Siento el muelle de mi corredera golpear hacia atrás: me he quedado sin munición.

Con una frialdad matemática, calculo la trayectoria del último bastardo que corre hacia mí con un subfusil.

Apunto directo a su rostro y aprieto el gatillo; la última bala le perfora la frente en un impacto seco, matándolo en el acto.

Sin perder una milésima de segundo, tiro mi pistola vacía al suelo, agarro el cuerpo del tipo antes de que se desplome contra el cemento y le arrebato su arma de un tirón limpio.

Empiezo a disparar a ráfagas cortas contra los que intentan flanquearnos, avanzando como un tanque.

Cuando un tipo enorme se me echa encima intentando desviarme el cañón, le encajo un culatazo en la mandíbula que le hace crujir los dientes, seguido de una combinación salvaje de puñetazos directos al rostro hasta que lo dejo inconsciente a mis pies.

La adrenalina me ruge en las venas, nublándome todo excepto el instinto de recuperar a mi mujer.

Me abro paso a base de fuego, sangre y golpes limpios hasta cruzar el umbral de la nave, quedando justo en la base de la primera escalera de hierro que da acceso a la planta de arriba.

Cambio de estrategia en el acto. Apoyo la espalda contra la estructura metálica de la escalera y regulo mi respiración, obligando a mi ritmo cardíaco a estabilizarse.

Ya no puedo seguir haciendo ruido; ahora que estoy dentro de su territorio, un solo paso en falso podría costarle la vida a mi gitana.

Empiezo a subir lentamente escaleras arriba, peldaño a peldaño, pegado a la pared.

Con el arma alzada y la mirada gélida, reviso minuciosamente cada rincón, cada ángulo ciego y cada esquina de los pasillos superiores de la nave.

Me muevo como un fantasma en mitad del caos que Aras e Igor siguen provocando abajo.

Esquivo a dos hombres de Kemal que corren hacia el tiroteo general, dejándolos pasar de largo en la penumbra para no delatar mi posición.

Mi único objetivo es la cabeza de la serpiente.

Sigo el rastro sutil de su perfume mezclado con el olor a pólvora hasta el fondo del corredor. La puerta de una oficina destartalada está entreabierta. Me asomo con cautela, y la escena que encuentro dentro hace que se me congele la sangre antes de que una furia asesina me nuble la vista.

Sulamita está allí, amarrada a una silla de madera. Tiene las lágrimas secas en las mejillas y el rostro desencajado. Kemal está de pie, agachado a su altura, con una de sus malditas manos apoyada con descaro en la mejilla de mi mujer.

Doy un paso al frente, irrumpiendo en el espacio como una maldición, apuntando con el arma directo al centro de la frente del turco.

—Aparta tus sucias manos de ella ahora mismo si no quieres que te arranque la piel a tiras —siseo con una voz tan grave y letal que parece salida del mismísimo averno.

Kemal se tensa y se gira de golpe, con los ojos abiertos de par en par por la pura sorpresa. No se esperaba que cruzara su perímetro tan rápido.

—¡Alekséi! —grita Sulamita. Al verme, intenta levantarse de la silla con desesperación, pero Kemal, reaccionando rápido, la agarra del hombro con brusquedad y la estampa de nuevo contra el asiento.

—Vaya, vaya... El gran Pakhan ha venido a morir por su trofeo —Kemal recupera la compostura a los pocos segundos y suelta una carcajada fría, cargada de una confianza que me descoloca—.

Eres rápido, ruso, pero llegas tarde. Deberías hablar con tu mujer; resulta que tiene una bonita charla pendiente contigo sobre el pasado... sobre Rosa.

El nombre de Rosa me golpea como un puñetazo directo al estómago, congelándome la sangre en las venas.

Aquella maldita nota anónima y las dos fotografías que recibí hace poco...

Joder, mis sospechas eran ciertas. No estaba loco al pensar que seguía respirando en algún rincón del mundo.

En un destello de lucidez absoluta, las imágenes de Sulamita de niña junto a Machín y a mí cobran un sentido completamente nuevo, real y retorcido.

Rosa está viva, la confirmación cae sobre mí como una losa y ahora comprendo con horror que este bastardo turco está compinchado con ella.

El impacto de ver mi teoría confirmada y encajar las piezas de esa traición familiar me hace dudar apenas una milésima de segundo. Bajé la guardia el tiempo justo. Ese pestañeo es mi sentencia.

Aprovechando mi milésima de segundo de shock, Alfredo da un paso marcial al frente.

Saca un cuchillo táctico de su cinturón y, con una rapidez fría, rodea el cuello de Sulamita con su brazo, plantando la hoja afilada directamente sobre su garganta. Presiona el metal lo justo para rozar su piel canela.

—¡Alekséi, no! —grita ella, con la voz ahogada por el pánico, intentando no moverse para que el filo no la corte.

La furia me ruge en las venas, un instinto asesino tan destructivo que me cuesta contenerlo. Aprieto el agarre de mi pistola, deseando reventarle la cabeza a Alfredo de un disparo, pero la distancia es arriesgada y un solo milímetro en falso podría costarle la vida a ella.

—Suelta el arma y pon las manos detrás de la espalda, ruso —ordena Kemal, cruzándose de brazos con una sonrisa de victoria—. O deja que Alfredo decore esa bonita piel con un corte de oreja a oreja. Tú decides.

Miro a Sulamita. Veo el miedo en sus ojos oscuros, pero también veo que está viva, y no voy a arriesgar su jodida existencia por mi orgullo. Por primera vez en mi puta vida, me veo obligado a ceder. Muerdo el polvo por ella.

Con los ojos inyectados en sangre y fijos en Kemal, relajo los dedos lentamente.

Dejo caer la pistola, que impacta contra el suelo con un chasquido metálico.

Alzo las manos en señal de rendición y las coloco detrás de mi espalda, permitiendo que los hombres de Kemal que entran por la puerta me agarren con brusquedad.

No me resisto mientras me empujan y empiezan a atarme a una silla de metal frente a ella.

No me hace falta. Los miro a la cara uno a uno, memorizando sus malditos rostros mientras una promesa silenciosa y gélida se graba en mi mente: los voy a despellejar vivos a todos.

El infierno acaba de encerrarse en esta habitación con ellos.

Mis ojos buscan desesperadamente los suyos.

Necesito comprobar si tiene algún rasguño, si ese malnacido la ha tocado, pero lo único que encuentro son sus ojos hinchados de tanto llorar.

Me mira rota por dentro, pidiéndome perdón en silencio con la mirada.

No tengo absolutamente nada que perdonarle.

Si acaso, admito que estoy un poco molesto con ella, pero no por haberme drogado, sino por haber intentado hacer esto sola y arriesgarse de esta manera.

Sé perfectamente que su cabeza está llena de preguntas y dudas por culpa de Kemal, pero ya habrá tiempo de explicárselo todo con calma.

—Lo siento... Tenía miedo de que te pasara algo por mi culpa —susurra Sulamita, con la voz quebrada y temblorosa.

—Tranquila —le respondo en el mismo tono, y le guiño un ojo esbozando una pequeña sonrisa ladeada—. He estado en situaciones peores.

El eco de unas palmadas lentas e irónicas resuena por toda la oficina, rompiendo nuestro momento. Kemal camina con arrogancia, poniéndose justo enfrente de Sulamita y de mí, disfrutando del espectáculo.

—Qué tierno... —se burla el turco, relamiéndose los labios—. Pero antes de que aparecieras aquí con tus perros, nos has cortado en mitad de una conversación muy importante entre madre e hija.

Kemal señala con prepotencia hacia un lado de la habitación. Desvío la mirada y veo la tableta apoyada sobre la mesa de metal. En la pantalla, nítido y con una frialdad que estremece, destaca el rostro inmaculado de la psicópata de Rosa.

—Hija de puta —digo en voz baja, mirándola fijamente a los ojos a través de la cámara y sonriendo con puro sarcasmo.

Kemal reacciona al instante ante mi falta de respeto.

Da un paso al frente y me asesta un puñetazo brutal directamente en el estómago.

El impacto me pilla atado, obligándome a doblar el cuerpo hacia delante mientras toso varias veces para recuperar el aire.

Aprieto los dientes, tragándome el dolor.

Me da igual el golpe. Solo necesito ganar tiempo y esperar a que mis panteras actúen; Lira y Veles no tienen que tardar en asomar sus orejas por la puerta, agazapadas en las sombras del pasillo, esperando hambrientas mi señal para atacar.

—Hola, yerno... Aunque no por mucho tiempo —escucho decir a Rosa. Su voz, filtrada por el altavoz de la tableta, suena cargada de una elegancia despiadada que hiela la sangre.

—Tuviste tu oportunidad de ceder, Alekséi —continúa Rosa a través del altavoz, cruzando sus dedos enjoyados sobre el escritorio con una tranquilidad pasmosa—.

Pudiste haber dejado las rutas tranquilas y haberme entregado lo que me pertenecía en su momento.

Pero elegiste el orgullo de la Bratva. Ahora, me temo que me toca actuar a mí.

—Provocaste tu propia muerte, Rosa —le devuelvo la palabra con la voz grave, ignorando el dolor del estómago—. Sabías perfectamente en qué barco te subías y fuiste tú la primera que intentó matarme.

Rosa suelta una risa suave, gélida, que pone los pelos de punta. Desvía sus ojos oscuros en la pantalla, ignorándome por completo para fijar su atención en mi mujer. Su expresión se suaviza de una forma falsamente maternal que me revuelve las entrañas.

—Sulamita, mi niña... —dice Rosa, y veo a Sulamita estremecerse en su silla, mirándola con el rostro desencajado—. No llores más. Pronto estaremos juntas y podremos recuperar todo el maldito tiempo que nos quitaron. Todo esto terminará muy pronto.

—¿Juntas...? —Sulamita niega con la cabeza, con la voz rota—. Madre, ¿de qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver Kemal en todo esto?

Kemal da un paso al frente, ensanchando su sonrisa sádica, colocándose al lado de la tableta como un trofeo. Es Rosa quien responde, con una frialdad matemática.

—Porque Kemal es tu verdadero prometido, Sulamita.

Al principio, el trato era muy simple: él solo iba a ayudarme a sacarte de Rusia para traerte de regreso conmigo, a cambio de un lugar muy alto en mi nuevo mundo.

Pero las cosas cambiaron. Después de verte en el Club Zafiro...

—Rosa hace una pausa, mirando a Kemal con aprobación—.

Kemal quedó completamente fascinado contigo.

Me llamó esa misma noche. Dijo que ya no solo quería el poder de las rutas; quería tu mano. Y como buena madre, se la ofrecí.

—Eres una maldita psicópata —escupo, tensando los músculos de mis brazos contra las cuerdas, sintiendo cómo la rabia me nubla la vista—. No es tuya para ofrecerla. Es mi mujer. Mía. Y de aquí no os la vais a llevar.

Kemal suelta una carcajada, sacando una pistola de su cinturón y apuntándome directamente al entrecejo. Alfredo, detrás de él, aprieta un poco más el agarre sobre el hombro de Sulamita para mantenerla quieta.

—Mírate, Pakhan —se burla Kemal, quitando el seguro del arma con un chasquido metálico—. Estás atado a una silla, sangrando y rodeado. Tu Bratva está perdiendo la nave ahí abajo y tu suegra acaba de firmar tu sentencia de muerte. ¿Quién cojones te crees que eres para decir qué es tuyo?

Sulamita mira desesperada la pantalla y luego a Kemal, con el pánico y el enfado rompiéndole la voz.

—¡No le toques! ¡Kemal, déjalo en paz! ¡Madre, haz algo! —grita Sulamita, intentando forcejear contra Alfredo—. ¡No voy a ir contigo a ninguna parte si le haces daño!