CAPITULO 59
SULAMITA
Me encuentro en los asientos traseros de un coche en marcha, con la cabeza completamente cubierta por un saco de tela basta que apenas me deja respirar y las muñecas atadas a la espalda con fuerza.
Llevamos lo que calculo que son unas dos horas de trayecto en un silencio sepulcral, perdiendo la noción del espacio, hasta que el vehículo se detiene de golpe.
Escucho el chasquido metálico de la puerta del conductor al abrirse y cómo este sale, cerrándola de un portazo.
Un segundo después, la puerta de mi lado se abre de par en par.
No puedo evitar el instinto ciego de encoger los hombros y tensar el cuerpo, esperando lo peor.
Unas manos bruscas me agarran de los brazos, tirando de mí para sacarme del coche.
Dejo que me guíe a empujones hacia donde quiera que se esconda el hijo de puta de Kemal, guiada únicamente por el sonido de nuestros pasos que reverberan en lo que parece ser un espacio amplio y vacío.
De pronto, el tipo me suelta el agarre. Me quedo quieta en mi sitio, desorientada en la oscuridad del saco, hasta que una mano me empuja con fuerza hacia abajo por los hombros, obligándome a sentarme en una silla de madera.
Antes de que pueda protestar, me retiran el saco de la cabeza de un tirón violento.
Parpadeo repetidamente, cegada por la cruda luz fluorescente que cuelga del techo. Miro a mi alrededor, intentando enfocar el lugar —una nave industrial abandonada y fría—, pero lo que veo justo delante de mí me confunde por completo. El aire se me congela en los pulmones.
—¿Alfredo...? —mi voz sale en un susurro roto, cargado de incredulidad.
Lo miro fijamente. No hay rastro de la cinta americana en su boca, ni de los ojos hinchados, ni de la sangre de la videollamada.
Alfredo está de pie, impecable, con la espalda recta y las manos entrelazadas detrás del cuerpo en una perfecta posición de guardia.
Está colocado justo detrás de Kemal, inmóvil, escoltándolo con una frialdad que jamás le había visto.
Como si no fuera la misma persona que vi arrastrándose por el suelo hace apenas unas horas.
—Te presento a mi nuevo integrante —anuncia Kemal con un tono teatral, señalando a Alfredo con la mano abierta mientras una sonrisa sádica e insoportable se dibuja en sus labios.
El estómago se me revuelve por completo, provocándome unas náuseas brutales.
Mi mente lucha con uñas y dientes para no procesar lo que estoy sospechando...
No puede ser. No, joder, no. Es matemáticamente imposible que Alfredo haya estado compinchado todo este tiempo con Kemal.
El amigo que me protegió, el que supuestamente arriesgaba su vida por mí...
no puede haberme vendido al enemigo de esta manera.
El silencio de la nave industrial se vuelve espeso, asfixiante.
Miro a Alfredo, esperando ver en sus ojos un ápice de culpa, de vergüenza o de la compasión del amigo que creía conocer, pero solo encuentro una máscara gélida y obediente.
El miedo me atenaza el pecho, un terror frío que me susurra lo indefensa que estoy en esta silla, atada y sin salida.
Me duele el alma no tener el cuerpo enorme de Alekséi cubriéndome la espalda, extraño su olor, su control y esa sensación de que el mundo podía arder pero yo estaría a salvo con él.
Sin embargo, en mitad de mi agonía, una punzada de alivio me recorre las entrañas.
Menos mal que está dormido en el suelo de la cocina.
Menos mal que cayó. Todo esto es una maldita trampa diseñada para destruirlo, y aunque me cueste la vida, me alegro de haberlo dejado a salvo en la mansión.
El dolor del desengaño se transforma de golpe en una furia hirviente que me enciende la sangre. Clavo mis ojos en Kemal, negándome a mostrarme débil ante ese desgraciado.
—¿Por qué? —escupo, y mi voz, aunque tiembla por el miedo, resuena cargada de un enfado monumental—. No lo entiendo... Si Alfredo estaba contigo todo este tiempo, ¿por qué demonios nos alertó aquel día de que los coreanos estaban rondando la mansión de Alekséi? ¿Por qué nos dio el chivatazo?
Kemal suelta una carcajada seca, dándole una palmada condescendiente en el hombro a Alfredo, quien ni siquiera pestañea.
—Ah, eso... —Kemal camina un par de pasos hacia mí, mirándome como quien explica un juego a un niño—.
Verás, gitanita, en eso mi querido Alfredo se equivocó.
Tomó una mala decisión. Cuando descubrió que los coreanos se estaban organizando y que su verdadero plan era secuestrarte a ti, se puso nervioso.
Y yo no iba a permitir que unos malditos perros de Seúl te pusieran las manos encima, porque tú eras para mí, Sulamita. Solo para mí.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que me cruje la mandíbula. El turco se detiene justo frente a mi silla, inclinándose levemente.
—Estuve a punto de matarlo por actuar a mis espaldas —continúa, con una sonrisa que me revuelve el estómago—.
Pero decidí darle a Alfredo una nueva oportunidad para enmendar su estupidez.
Y fíjate por dónde, a este chico tan listo se le ocurrió una idea brillante: ponerse él mismo de cebo en una videollamada para que tú solita, movida por esa estúpida culpa del pasado, vinieras directa a mis brazos sin necesidad de pegar un solo tiro.
Desvío la mirada hacia Alfredo, con el corazón roto en mil pedazos por su traición.
—¿Por cuánto te has vendido, Alfredo? —le pregunto, inyectando todo el veneno y el desprecio que soy capaz de reunir—. ¿Tanto valía toda nuestra vida?
Alfredo permanece recto, pero es Kemal quien responde por él, disfrutando de mi humillación.
—Le prometí un puesto directo a mi lado, gitanita.
Le prometí el poder y el estatus que un muerto de hambre jamás podría soñar en este mundo criminal si te entregaba a mí.
Y tengo que admitir que su plan fue una gran idea.
Una idea simple, pero jodidamente efectiva.
Mírate dónde estás. El gran Pakhan ruso estará en una casa vacía, burlado por su propia mujer, mientras tú estás aquí, donde perteneces.
Una risa siseante brota de la garganta de Kemal mientras da unos pasos alrededor de mi silla, como un buitre rodeando a su presa.
—Aunque tengo que ser justo... —añade el turco, entornando los ojos con malicia—. Alfredo no ha sido mi única ayuda en esta travesía. He tenido el apoyo de alguien muy importante. Alguien que me prometió tu mano si te traía de vuelta con ella.
Frunzo el ceño, con el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que me cuesta respirar. ¿Con ella? ¿De quién demonios está hablando?
—Dice que te echa muchísimo de menos, gitanita —continúa Kemal, relamiéndose los labios al ver mi confusión—.
Que lamenta mucho que te hayan mentido de esa manera tan asquerosa durante todo este tiempo.
Te hicieron creer que estabas sola en el mundo, pero la realidad es que tu madre no está muerta, Sulamita. Tu adorada Rosa sigue viva.
El suelo parece desaparecer bajo mis pies por segunda vez en el día. Me quedo sin aire, mirándolo fijamente mientras la cabeza me da vueltas y el nombre de mi madre resuena en las paredes de la nave como un eco maldito.
—¿Qué...? —un sollozo desgarrador me quema la garganta y las primeras lágrimas de pura desesperación rompen a correr por mis mejillas—. No... ¡No! ¡Mientes! ¡Eres un maldito mentiroso de mierda! Mi madre murió en aquel maldito barco... ¡Me contaron lo que pasó!
Niego con la cabeza una y otra vez, descontrolada, tirando de las ataduras de mis muñecas con tanta violencia que la cuerda empieza a cortarme la piel. No puedo entenderlo, mi mente se niega a aceptar que la mujer por la que tanto he llorado no se ahogara ni se quemara en el mar aquella noche.
—Oh, el incendio del barco personal de tu padre...
claro que te contaron —suelta Kemal, disfrutando de cada una de mis lágrimas con un sadismo insoportable e inclinándose hacia mí—.
Pero lo que no te contaron, preciosa, es que ese fuego no fue un accidente.
Rosa no desapareció en medio de las llamas porque fuera débil; huyó para salvar el pellejo.
Tu querido padre, Machín, en santa alianza con Alekséi, provocaron ese maldito incendio.
Intentaron asesinarla, quemarla viva para quitarla del medio y quedarse con el control absoluto de las rutas.
El hombre que ahora metes en tu cama intentó calcinar a la mujer que te dio la vida.
—¡No! ¡Es mentira! ¡Alekséi no haría eso! —grito con el alma rota, quebrándome por completo en la silla. El llanto me asfixia, el dolor me desgarra por dentro.
La duda me carcome la mente como el ácido.
Aunque una parte de mí quiere gritar que es una mentira de Kemal para manipularme, sé de lo que es capaz la Bratva, sé de lo que es capaz Alekséi cuando actúa como una bestia.
¿Y si Kemal dice la verdad? ¿Y si mi madre es la única buena en esta historia de monstruos y lleva años escondida huyendo de ellos?
Kemal borra la sonrisa de su rostro, recuperando esa seriedad fría que da órdenes en el submundo. Gira la cabeza hacia atrás, sin quitarme los ojos de encima.
—Alfredo, coge la tableta —le ordena con voz firme—. Vamos a demostrarle a la gitanita que aquí los únicos que le han guardado secretos son su hombre y su padre.
Alfredo asiente con la cabeza. Camina con paso marcial hacia una de las mesas de metal de la nave, coge el dispositivo digital y regresa al lado de Kemal.
Sus dedos se mueven con rapidez sobre la pantalla táctil, marcando un número privado.
Apenas dos tonos después, la llamada se conecta.
Alfredo da un paso al frente y gira la tableta, plantando la pantalla justo delante de mis ojos empañados por el llanto.
Miro la pantalla a través del velo de mis lágrimas y el corazón se me paraliza. El rostro que aparece al otro lado de la videollamada hace que me quede completamente muda. Es ella. Es Rosa.
Pero no es la madre que yo recordaba.
No hay rastro de la mujer asustada del pasado, ni marcas del incendio.
La mujer me mira desde la pantalla que proyecta un poder gélido.
Su cabello negro está recogido a la perfección.
Aunque los años han pasado, sus facciones inmaculadas solo transmiten la autoridad de quien gobierna desde las sombras.
Su expresión es de puro hielo. Cuando sus labios, calcados a los míos, se curvan en una leve sonrisa, siento un escalofrío atroz. No se ve como una víctima; se ve como una reina dispuesta a reclamar lo que es suyo.