CAPITULO 58
ALEKSÉI
Dos horas antes...
Estoy tumbado en la cama, completamente despierto, limitándome a contemplar la salvaje belleza de mi tsygánka.
Su cabello oscuro y revuelto cae en ondas provocativas sobre mis sábanas negras, una estampa jodidamente perfecta que me tienta a devorarla de nuevo, justo como hice anoche sobre los cristales del gimnasio.
Soy plenamente consciente de lo que ha significado para ella haberse entregado a mí de esa manera, rompiendo sus propios muros.
No pienso decepcionarla; voy a ser el único hombre en su vida, el que la posea y la proteja, de la misma forma en que ella es la única dueña de mi puta cordura.
El repentino zumbido del móvil sobre la mesita de noche rompe la paz del cuarto. Me giro despacio, con movimientos calculados para no alterar su sueño, y cojo el aparato. Un mensaje de Aras hace que todos mis instintos de Pakhan se pongan en alerta roja:
«Kemal cruzó tus fronteras. Estoy de camino a la mansión, nos vemos ahora».
Bien. Dejemos que ese bastardo infeliz se crea que lleva la ventaja.
Pero la furia abrasadora que me revuelve las entrañas hace que apriete el teléfono con tanta fuerza que la pantalla cruje bajo mis dedos.
Escucho a Sulami ronronear entre sueños mientras estira un brazo buscando mi calor en el colchón.
Me toca soberanamente los cojones tener que apartarme de su cuerpo divino, porque eso es exactamente lo que he estado haciendo durante toda la noche, enganchado como un adicto a su piel canela.
Logro levantarme sin hacer ruido, me visto con ropa cómoda y salgo del dormitorio directo hacia mi despacho a esperar a Aras. No tarda ni diez minutos en aparecer.
—Buenos días —dice Aras, cruzando las imponentes puertas dobles con Igor guardándole la espalda.
Les devuelvo el saludo con un leve asentimiento de cabeza y les hago un gesto con la mano para que se sienten en los sofás de cuero.
—El muy imbécil está muy confiado, cree que no vamos detrás de sus pasos —empieza a explicar Aras, aunque frunce el ceño, visiblemente dudoso de algo—.
Sabemos con certeza que ya está en suelo ruso, pero le perdimos el rastro hace un par de horas en el sector industrial.
Mis hombres no tardarán en volver a localizarlo, Alekséi, pero hay algo que no me cuadra.
Muevo la mandíbula de izquierda a derecha, liberando la tensión acumulada antes de clavar mis ojos en él.
—Habla claro, Aras.
—Lo que me está mosqueando es que se mueve de forma demasiado limpia, muy silenciosa. Esos movimientos tácticos no son propios de un simple mafioso de pacotilla de Turquía. Aquí hay alguien de muy alto rango que le está cubriendo las espaldas y ayudándole a burlar nuestros radares.
La rabia me tensa los hombros. Alguien está jugando, y cuando descubra quién es, desearía no haber nacido.
—Tendremos que ir preparándonos para la cacería —le ordeno, con la voz gélida—. Igor, luego, cuando salgamos, ponte en contacto con Rafael. Dile que ya puede venirse para la mansión central y que mis panteras tienen hambre. Él ya sabe perfectamente lo que significa esa orden.
Igor, que está sentado de lado sobre el apoyabrazos del sillón, asiente con una sonrisa sádica y letal dibujándose en su rostro.
—Definitivamente, por fin tendremos algo de diversión de la buena —suelta Igor, frotándose las manos y mostrando su típica impaciencia por la tortura y la sangre—. Ya empezaba a aburrirme de tanta calma.
Sonrío de lado, compartiendo esa misma sed de violencia. Nos complementamos juntos de puta madre; somos monstruos alimentando a otros monstruos. Lo que Kemal y el traidor que lo acompaña no saben es que acaban de meterse voluntariamente en la jaula del lobo.
Presente...
Escucho mi nombre a lo lejos, como un eco difuso atrapado en mitad de una oscuridad densa y pesada de la que no logro escapar.
Intento con todas mis fuerzas avanzar hacia esa voz, luchar contra la neblina que me arrastra hacia el fondo.
A lo lejos, veo cómo la figura de Sulami se va desvaneciendo en la penumbra, alejándose de mí.
El pánico me golpea el pecho y, obligando a mis músculos a reaccionar, abro los ojos de golpe.
Un dolor punzante y brutal me atraviesa las sienes, como si me hubieran metido un maldito balazo en la cabeza.
—Alekséi, joder... Pensaba que no ibas a despertar —la voz de Aras suena a mi lado. Está de cuclillas junto a mí, dándome unos golpecitos secos en la mejilla para hacerme reaccionar.
Me incorporo sobre el suelo de mármol, ignorando el dolor de cabeza ensordecedor que me hace ver borroso.
Desvío la mirada de al instante, barriendo con los ojos cada rincón de la cocina.
Busco desesperadamente el rostro de Sulami, pero no está.
Joder. Los recuerdos de los últimos minutos antes de desplomarme me golpean la mente como un camión: el sabor del zumo, sus lágrimas sobre mi pecho, sus manos sosteniéndome el rostro mientras me juraba que me amaba...
y su confesión de que tenía que hacer algo peligroso.
El pánico absoluto se apodera de mí. Me pongo en pie de inmediato, tambaleándome por el mareo, teniendo que apoyarme con fuerza en la isla de la cocina para no volver a caerme al suelo.
—¿Dónde está? —pregunto con la voz rota, respirando agitadamente mientras el corazón me late desbocado en la garganta—. ¡Joder, maldita sea! Hay que buscarla ya. ¡Abrid las pantallas, buscad su puto teléfono!
A unos metros, Igor, todavía visiblemente aturdido y arrastrando los pies por los efectos del sedante, saca su radio y empieza a llamar a gritos a los guardias del perímetro.
Aras se pone en pie a mi lado, frotándose las sienes con una mueca de dolor, pero no puede evitar mirarme con una mezcla de incredulidad y un respeto retorcido.
—Tu mujer definitivamente es una psicópata, Alekséi... —suelta, llevándose las manos a la cabeza mientras suelta un bufido—. Justo el tipo de mujer que te gusta. Nos ha jodido a los tres ella solita.
Ignoro por completo el comentario de Aras y me encamino a zancadas hacia el grifo de la cocina.
Abro la llave a fondo y me empapo la cara con agua congelada una, dos, tres veces, obligando a mi sistema nervioso a espabilarse a la fuerza.
El frío me despeja un poco la mente y, aunque el dolor de sienes sigue ahí, me siento algo mejor.
Con el control recuperado, la furia empieza a sustituir al pánico.
Maldita sea, Sulami... ¿Dónde cojones estás? Como te pase el más mínimo rasguño, yo... No. Joder, no. No le va a pasar nada porque voy a despellejar vivo a cualquiera que la toque.
Salgo de la cocina como un torbellino junto con Aras, recorriendo el pasillo principal. Al llegar al vestíbulo, veo a Igor acercándose a nosotros a paso rápido con una tableta militar en las manos.
—Señor, estamos siguiendo la ubicación del móvil de Sulami en tiempo real —informa Igor con voz tensa—. Todavía está cerca de los perímetros de la ciudad, se mueve en un vehículo hacia el sector industrial.
—Sacad a las panteras. ¡Ya! —le ordeno sin frenar el paso, con una frialdad que asusta—. Son las únicas que localizarán su aroma sin fallar si ese bastardo apaga el GPS. Pero no le quitéis el ojo a la pantalla; mandad tres patrullas por delante para que cierren las salidas.
Me doy la vuelta, dirigiéndome directo hacia la pesada puerta de hierro que conduce al sótano. Igor da la orden al instante.
Al bajar los escalones de piedra, dos de mis hombres de confianza ya me esperan abajo.
Tienen el rostro pálido y las manos les tiemblan ligeramente por el miedo mientras manipulan los cerrojos de alta seguridad, abriendo las compuertas blindadas para dejar salir a las bestias.
En cuanto el metal cede, suelto el silbido de guerra, un sonido agudo y letal que solo ellas reconocen.
Las dos panteras negras surgen de la penumbra como dos sombras de puro músculo y muerte, rugiendo bajito, atentas únicamente a mis órdenes. Sus ojos amarillos brillan en la oscuridad del sótano, dispuestas a despedazar el mundo entero si se lo ordeno.
—Buscadla —les siseo, mostrándoles la bata de seda que Sulami dejó tirada en mi cama antes de vestirse. Los felinos olfatean el tejido y sus pupilas se dilatan—. Traedme a mi gitana.