CAPITULO 57
SULAMITA
Cuando llega la mañana y los primeros rayos del sol alcanzan mi rostro, abro un ojo perezosamente.
Ladeo la cabeza para mirar a mi lado, pero Alekséi se ha levantado antes que yo; el lado de su cama está frío, aunque su aroma a tabaco y colonia cara sigue impregnado en las sábanas.
Me incorporo despacio, estirando los músculos doloridos por la salvaje noche en el gimnasio, y miro hacia la mesita de noche.
Al lado de su reloj de oro veo una pequeña nota de papel.
En cuanto la cojo para leerla, una sonrisa tonta e inevitable se dibuja en mis labios...
«Te espero en la cocina, Moyá tsygánka».
Me levanto de la cama envuelta en la bata de seda y me dirijo a paso rápido hacia mi habitación, que es donde tengo toda mi ropa y mi teléfono móvil.
Abro la puerta, entro en mi santuario y empiezo a buscar en el armario algo cómodo: unos vaqueros ajustados y un jersey blanco de lana.
Camino por todo el cuarto cantando entre dientes, con una ligereza que no sentía desde hace meses.
Hace muchísimo tiempo que no cantaba, y hoy el cuerpo me pide hacerlo en voz alta.
Cuando entro en la ducha, el agua caliente empieza a caer sobre mi cuerpo, pero mi mente no deja de pensar en Alekséi.
Su forma tan sucia y devota de hablarme, la manera posesiva en la que me mira...
me hace sentir exactamente como siempre imaginé que sería el hombre que yo eligiera para mí.
Aunque tiene una bestia sádica en su interior, me doy cuenta de que yo también amo a esa bestia que esconde del resto del mundo.
Termino de relajar los músculos bajo el chorro de agua y salgo para vestirme.
Me acerco a la mesita para coger el móvil y, al encender la pantalla, frunzo el ceño.
Veo dos llamadas perdidas de Alfredo. Me quedo extrañada; hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de él ni de dónde diablos estaba metido.
De repente, el teléfono vuelve a vibrar con una fuerza que me sobresalta.
Es él otra vez. Deslizo el dedo por la pantalla y acepto la llamada de inmediato.
—Alfredo, te agradezco que intentaras...
—No soy Alfredo, preciosa —me corta una voz extraña, arrastrada y con un acento que me hiela la sangre en las venas.
Frunzo el ceño de golpe. Una punzada de pura adrenalina me atraviesa el pecho. Esto no me gusta para nada.
—¿Quién eres? —pregunto, bajando el tono de mi voz a un susurro tenso—. ¿Y Alfredo dónde está? Dile que se ponga ahora mismo.
—Verás... ahora mismo tu amiguito no puede ponerse al teléfono —suelta el tipo con una tranquilidad asquerosa—. Tiene la boca bien tapada y las manos muy bien atadas a la espalda.
Un nudo frío me oprime el estómago. Me retiro de la puerta a zancadas, pegándome a la esquina más alejada del cuarto para asegurarme de que nadie en el pasillo, ni ninguno de los hombres de Alekséi, pueda escuchar una sola palabra de esta llamada.
—Te lo voy a decir una sola vez más, pedazo de cabrón —siseo, apretando el móvil con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven blancos—. ¿Quién coño eres?
—Qué pronto te has olvidado de mí, gitanita... —la voz suelta una carcajada desagradable al otro lado de la línea—. Con lo bien que lo pasamos en aquel club, el Zafiro.
En ese milisegundo, todas mis alarmas internas se disparan, aterradas. El suelo parece desaparecer bajo mis pies. Es Kemal. El maldito turco del club. Alfredo lo tiene secuestrado; por eso mi amigo había estado desaparecido todo este tiempo, lo tenían retenido para moneda de cambio.
—Mira, pedazo de mierda —le amenazo, tragándome el pánico y dejando que la frialdad de la Bratva que he aprendido de Alekséi maneje mis cuerdas vocales—.
Como Alfredo tenga un solo rasguño en el cuerpo, te juro que tengo dos gatitos negros en el jardín trasero que están deseando conocerte y arrancarte la piel a tiras.
Al otro lado de la línea solo escucho una risa ronca. El muy hijo de puta se está partiendo el culo, no me toma en serio.
—Quiero que cuelgues y cojas la videollamada que te voy a hacer ahora mismo —ordena Kemal, recuperando la seriedad—. Lo saludarás tú misma para que veas con tus propios ojos que sigue respirando.
La llamada se corta. Dos segundos después, la pantalla se ilumina con una solicitud de videollamada.
Le doy a aceptar con las manos temblorosas.
La cámara enfoca un suelo de cemento mugriento, lleno de humedad.
Alfredo está allí tirado, atado de pies y manos, con una cinta americana gris sellándole la boca y los ojos hinchados a golpes. Se me corta la respiración.
—Ahora voy a hablar muy claro, gitana, y harás exactamente lo que te diga si no quieres que tu amiguito vuelva a Cádiz metido en diferentes cajas de cerillas —la voz de Kemal suena implacable detrás de la cámara—.
Tienes tres horas exactas para salir de esa mansión.
Irás completamente sola, sin que nadie sospeche absolutamente nada, hacia la dirección que te acabo de pasar por WhatsApp.
Sola. Allí te esperará uno de mis hombres y él te traerá a donde yo estoy.
Si veo un solo coche de la mafia rusa detrás de ti, le vuelo la tapa de los sesos aquí mismo.
La pantalla se va a negro. La videollamada se corta.
Mi respiración es un puto desastre, el corazón me golpea las costillas como un animal enjaulado.
Me quedo mirando fijamente el teléfono, viendo la dirección que me acaba de llegar por mensaje.
Tres horas. No puedo decírselo a Alekséi; si Alekséi se entera, armará una maldita guerra y Kemal matará a Alfredo antes de que los rusos tiren la puerta abajo.
Tengo que ir sola. Es lo único que rige mis pensamientos mientras el pánico intenta apoderarse de mí.
Llevo las manos a la cabeza, tirando de mis propios mechones oscuros mientras camino de un lado a otro de la habitación.
Las paredes del cuarto parecen cerrarse sobre mí; el aire me falta y el espacio se me está haciendo jodidamente pequeño a cada segundo que pasa el reloj.
El tiempo corre. Tres horas. Me detengo en seco en mitad de la alfombra cuando una idea me cruza la mente como un relámpago al acordarme de mis pastillas, los fuertes sedantes que me recetaron para dormir y no tener pesadillas.
Me quedo mirando al vacío, procesando el plan.
Es una idea o muy astuta... o una puta mierda que me va a costar la vida.
Pero ahora mismo, con el pánico congelándome la sangre, es lo único que se me ocurre para poder salir de esta maldita fortaleza sin que él me detenga.
Voy a mi mesita de noche a zancadas, abro el cajón de un tirón y cojo el paquete de pastillas. Me guardo varias en el bolsillo del vaquero y escondo el resto.
Bajo las escaleras a paso lento, forzando a mis pulmones a respirar con normalidad, intentando por todos los medios ocultar el pánico que me devora por dentro.
Cada escalón me pesa una tonelada. Paso directamente a la cocina con el corazón en la boca, mirando a todos lados para ver si está Alekséi.
No está, gracias a Dios. La enorme cocina de acero está completamente vacía, silenciosa.
Tengo que darme prisa antes de que aparezca.
Con las manos temblorosas, empiezo a coger naranjas grandes y gordas de la cesta.
Agarro un cuchillo y comienzo a abrirlas por la mitad, colocándolas en el exprimidor para hacer zumo.
El ruido del aparato me pone de los nervios, haciéndome mirar hacia la puerta cada dos segundos.
Cuando por fin tengo hecha una buena jarra de zumo natural, fresca y con ese color cítrico tan intenso, llega el momento.
Saco las pastillas del bolsillo con dedos torpes.
Utilizo la parte trasera de una cuchara pesada para machacar unas cuantas contra la encimera, reduciéndolas a un fino polvo blanco.
Con el corazón golpeándome las costillas a mil por hora, vierto el polvo en el zumo y remuevo la mezcla con fuerza hasta que se disuelve por completo, asegurándome de que no quede ni un solo rastro.
Miro la jarra. Acabo de drogar el desayuno del líder de la mafia rusa. Si esto sale mal, no habrá panteras que me salven de su furia.
De repente, el sonido de unas risas masculinas rompe el silencio del pasillo, acercándose hacia la cocina.
El corazón se me frena en seco. Es Alekséi quien cruza primero el umbral de la puerta, con paso relajado y las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de chándal.
Al verlo, el pánico me araña la garganta.
—Buenos días, tsygánka —dice con esa voz grave que anoche me gobernaba el cuerpo.
Se acerca a mí con total confianza, me rodea la cintura con una mano y me planta un beso profundo en los labios. Un beso que me sabe a gloria y a traición a la vez, haciéndome sentir unas ganas inmensas de llorar por lo que acabo de hacerle a sus espaldas.
Para mi desgracia, no viene solo. Aras entra a la cocina justo detrás de él, flanqueado por Igor. Joder, ¿es que hoy se han puesto todos de acuerdo para aparecer juntos en el peor momento posible?
—Pero bueno... —Aras se ríe, claramente sorprendido al presenciar el beso, cruzándose de brazos con diversión—. ¿Me he perdido algo importante estas últimas horas?
Igor se limita a sonreír de lado, manteniendo su habitual postura de vigilante.
A mí no me queda otra opción que tragarme el nudo de terror que tengo en la garganta, forzar una sonrisa lo más natural posible y coger tres vasos de cristal de la encimera.
Con las manos temblando imperceptiblemente, los lleno hasta el borde con el zumo envenenado y se los tiendo.
—Tomad, lo acabo de hacer —les digo, intentando que mi voz no tiemble.
—Gracias, Sulami. Nos viene de perlas —dice Aras, agarrando el suyo.
Los tres hombres, confiando ciegamente en mí porque soy la mujer del temible ruso, se tragan el líquido de un solo trago largo.
Yo me quedo petrificada, estática en mi sitio, incapaz de apartar los ojos de Alekséi mientras el líquido fluye por su garganta.
La culpa me ahoga, me quema por dentro, y el tic-tac del reloj en mi cabeza empieza a correr más rápido que nunca.
En cuestión de minutos, los tres caerán.
Alekséi me agarra de la cintura con firmeza y tira de mí, colocándome por delante de él mientras se recuesta de espaldas contra la isla de la cocina, atrapándome entre sus piernas.
—Siento no haber estado aquí antes de que bajaras, tsygánka —susurra contra mi oído, acariciándome los costados—. He tenido que hablar con Aras e Igor unas cosas de última hora.
—No te preocupes —sonrio mientras me refugio en sus brazos.
A un lado, Aras se sienta en una de las banquetas de la cocina. Empieza a abrir y cerrar los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza como si intentara despejarse de una neblina repentina. Mira el vaso vacío que le he dado con una mueca de extrañeza.
—Te lo robaré unas horas, Sulami —dice Aras, arrastrando un poco las palabras—. Los negocios no descansan... Joder, qué sueño tengo de repente.
Observo de reojo cómo tanto Igor como Aras intentan mantenerse erguidos, pero se nota a la legua que el potente sedante les está haciendo efecto en el torrente sanguíneo.
Un frío atroz me recorre la espina dorsal.
No está bien lo que estoy haciendo, sé que es una puta locura, pero no quiero que le pase nada a Alekséi por intentar ayudarme.
Dios sabe qué sería capaz de hacer él, a cuánta gente mataría o qué guerra desataría si supiera quién me ha llamado y el peligro en el que está Alfredo.
Lo hago para salvar a mi amigo, pero también para proteger a mi ruso.
—Señor... creo que algo... no va bien —consigue articular Igor. El enorme guardaespaldas empieza a tambalearse, dando un paso en falso hasta que se apoya contra la encimera—. Creo que...
No termina la frase. El cuerpo de Igor cede por completo y cae el primero, redondo contra el suelo, provocando un estrépito que me hace dar un brinco.
Alekséi reacciona por puro instinto criminal.
Intenta ponerse en guardia, pero sus piernas no le responden.
Sus rodillas fallan y cae al suelo de rodillas justo detrás de mí.
Me giro asustada para sostenerlo, amortiguando su peso con mi propio cuerpo para ayudarle a no golpearse la cabeza contra el mármol.
—¿Qué coño está... pasando? —consigue arrastrar Alekséi.
Su voz es un hilo pastoso, pero sus dedos grandes y tatuados se clavan en mi jersey blanco con una fuerza desesperada. No me suelta. En ningún momento ha dejado de tocarme desde que entró a la cocina, y ahora parece que su instinto le grita que si me suelta, me va a perder para siempre.
—Serás... —Aras intenta levantarse de la silla de golpe, con los ojos inyectados en sangre, dándose cuenta en un milisegundo de lucidez de que he sido yo quien les ha dado el zumo.
Intenta alcanzar su arma, pero el sedante lo fulmina y es el segundo en caer redondo al suelo, quedando completamente inconsciente.
Las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas, calientes y amargas. Me caigo de rodillas junto a Alekséi, sosteniéndole el rostro entre mis manos con una desesperación que me parte el pecho en dos.
—Lo siento... Lo siento tanto, mi amor...
—Sulami... ¿Pero qué...? —intenta preguntar él. Sus ojos azules luchan contra el peso invisible que le cierra los párpados, obligándose a mantener la vista fija en mí, resistiéndose con una fuerza sobrehumana a perder el control.
—Lo siento, Alekséi —le lloro sobre los labios, acariciándole las mejillas con un dolor que me nace de lo más profundo de las entrañas—. Tengo algo que hacer, algo muy peligroso, y sé perfectamente que tú nunca me dejarías ir si estuvieras despierto.
—Joder... Sulami... no... —gruñe, y su agarre en mi ropa empieza a perder fuerza a medida que sus músculos se relajan por completo.
—Te amo, mi amor, te amo... —sorbo por la nariz, con la voz rota por el llanto, mientras le ayudo a tumbarse del todo sobre el suelo de la cocina para que esté cómodo. Mis lágrimas caen directamente sobre su pecho—. No te olvides nunca de que te amo, Alekséi. Te amaré siempre, pase lo que pase hoy.
Un segundo después, el silencio más absoluto inunda la estancia. Los tres hombres más peligrosos de Rusia están completamente dormidos a mis pies, neutralizados por las mismas pastillas que debían curar mis pesadillas.
Me levanto lentamente, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
Me quedo unos segundos quieta, mirando a cada uno de ellos en el suelo, observando la auténtica locura que acabo de cometer.
Lo he arriesgado todo; he traicionado a la Bratva y he puesto a dormir a los monstruos más peligrosos que conozco.
Pero sé, con el corazón destrozado y la mente fría, que lo he hecho por una única razón: para salvar la vida de Alfredo, y para proteger al único y verdadero amor de mi vida.
Dando la espalda a los hombres que gobiernan el país, salgo de la cocina a paso firme. Kemal me espera, y no pienso hacerle esperar.