CORONA DE SANGRE CAPITULO 56
85%

CAPITULO 56

SULAMITA

«La próxima intentaré follarte menos duro». No puedo evitar echarme a reír con ganas al escuchar esa frase salir de sus labios.

—Lo quiero duro, mi ruso —le digo con diversión, clavando mis ojos en los suyos con un tono de pura picardía que sé perfectamente cómo le afecta.

Él me devuelve la risa, una vibración grave y ronca que le nace del pecho.

Hago el intento de bajarme de la superficie de la máquina de musculación, pero en cuanto mis pies descalzos rozan el suelo del gimnasio, mis piernas vuelven a flojear por culpa del cansancio y del éxtasis que todavía me recorre el cuerpo.

Alekséi no lo duda ni un solo segundo; antes de que pueda perder el equilibrio, me rodea con sus brazos firmes y me levanta en vilo sin el menor esfuerzo.

Salimos del sótano en un silencio cómplice.

Alekséi sube las imponentes escaleras conmigo en brazos mientras yo mantengo mis manos rodeándole el cuello, disfrutando del calor de su piel tatuada.

No puedo estarme quieta. Me inclino ligeramente hacia su rostro y comienzo a darle pequeños besos por todo su cuello, ascendiendo lentamente y recorriéndole la línea de la mandíbula con pequeños mordiscos juguetones que hacen que sus músculos se tensen bajo mi boca.

—Si sigues de esta manera, llegarás a mañana sin acordarte de cómo se anda —advierte con voz ronca, aunque una sonrisa ladeada delata lo mucho que le gusta mi juego.

—¿Sabes? Antes me resultaría muy extraño escuchar esas palabras salir de ti, pero me encanta cómo me las dices —le confieso, apoyando mi mejilla morena contra su hombro.

—Eso es porque al único que esperabas toda tu vida era a mí —responde con esa arrogancia implacable que tanto lo caracteriza, pero que ahora suena extrañamente dulce.

Me encanta la manera que tiene de hacerme reír, de derribar mis defensas con esa seguridad tan suya.

Sin embargo, cuando aparto la mirada de su rostro por un momento para ver por dónde vamos, me doy cuenta de que no se dirige hacia el pasillo de mi dormitorio.

Estamos cruzando el umbral de las puertas dobles que conducen directamente al suyo.

—Alekséi... esta no es mi habitación —le digo, mirándolo con un deje de sorpresa.

—Siempre lo ha sido, Sulami —me corrige, mirándome con una fijeza que me eriza la piel—. Este es tu verdadero lugar en la casa, y aquí es donde debes descansar a partir de ahora.

Cruza la enorme estancia en penumbra y me deja con un cuidado infinito sobre las sábanas de su cama, que huele a su perfume caro, a tabaco y a ese magnetismo oscuro que lo envuelve.

No me da tiempo a moverme; de inmediato, Alekséi se coloca encima de mí, apoyando los antebrazos a cada lado de mi cabeza para no dejar caer todo su peso, atrapándome por completo en su territorio.

Sus ojos oscuros brillan con una devoción casi sagrada bajo la tenue luz de la noche rusa.

—Me encantará respirar tu aroma toda la noche —susurra, inclinándose lo justo para rozar mi nariz con la suya, adueñándose de mi espacio, de mi aire y de mi vida entera.

Ladeo la cabeza hacia un lado, desviando por un instante la mirada de sus ojos azules para observar el techo.

Me quedo con la boca entreabierta al descubrir que toda la superficie que corona su cama también está cubierta de paneles de espejo, devolviéndonos el reflejo exacto de nuestros cuerpos en la penumbra.

Desde mi posición, solo alcanzo a ver la enorme y poderosa espalda de Alekséi, un mapa de cicatrices que contrasta con la delicadeza de las sábanas.

—Entonces... ¿Los espejos que tienes por toda la casa son por algún fetiche? —le pregunto con una sonrisa pícara, volviendo a clavar mis ojos en los suyos.

Alekséi asiente lentamente con la cabeza, sin rastro de vergüenza.

—Sí —confiesa, y su voz baja me vibra directamente en la piel—. Y te aseguro que ni el mejor de los cristales es capaz de reflejarte de la manera tan jodidamente perfecta en la que yo te veo.

—Vaya... El gran jefe de la Bratva resulta ser un verdadero romántico —bromeo, ensanchando mi sonrisa.

—No seas mala, tsygánka... No quisiera tener que castigarte ahora que sé que estás dolorida —advierte con un deje de peligro divertido en la voz.

Mientras habla, su mano grande y tatuada comienza a recorrer mi cuerpo por debajo de la fina seda de la bata.

Asciende con parsimonia por mis piernas hasta llegar a mi intimidad, deteniéndose justo ahí.

Deja su gran palma descansando encima de mí, ejerciendo una presión cálida, posesiva y extrañamente reconfortante, como si fuera una caricia protectora.

—Esta noche ya has tenido bastante —susurra, pegando sus labios a mi frente—. Debo cuidar de este coñito moreno.

El estómago se me encoge de golpe ante su crudeza y mi corazón se acelera con fuerza, pero no hay miedo en mí, solo un deseo ardiente que empieza a transformarse en paz.

Alekséi se mueve con suavidad hacia mi costado, liberándome de su peso, pero sin romper el contacto.

Mete su brazo fuerte por debajo de mi cabeza para que me apoye en él y me arrastra hacia su cuerpo, acomodándome de espaldas contra su pecho húmedo.

Me envuelve por completo, encajándome en su anatomía como si fuera la última pieza de su rompecabezas.

—Descansa, Sulami —me dice al oído, exhalando un suspiro pesado—. Mañana será un nuevo día para ambos.

Nos quedamos así, unidos en ese abrazo inquebrantable, fundidos el uno con el otro durante toda la noche.

Por primera vez en mucho tiempo, duermo profundamente, del tirón y sin que una sola pesadilla venga a atormentarme en la oscuridad.

Porque ahora lo sé con total certeza: el olor de mi ruso, esa mezcla de tabaco, colonia cara y peligro, es lo único en este maldito mundo capaz de calmar a mi propio monstruo.