CORONA DE SANGRE CAPITULO 55
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CAPITULO 55

ALEKSÉI

Estar dentro de su coño es desquiciadamente bueno.

Siento su calor húmedo aprisionándome, obligándome a perder los estribos, y estoy al borde de correrme.

El límite me quema la base de la columna, pero me niego a terminar todavía.

Quiero que esto dure un poco más, quiero saborear cada maldito segundo de la tormenta que ella misma ha provocado al bajar aquí.

Le voy a dar toda la bestia que soy, el monstruo que tanto miedo tenía de enseñarle.

Aunque intento retenerme en algunas ocasiones por miedo a lastimarla, el instinto animal me domina y es inevitable golpear su cuerpo con fuerza.

Sigo follándomela sin piedad mientras la tengo atrapada entre la máquina de hierro y mi cuerpo, pero necesito más.

Necesito verla de frente. Me aparto lo justo para darle la vuelta, rompiendo la penetración por un milisegundo que me arranca un gruñido de frustración.

La obligo a quedar frente a mí, la tomo por el trasero con mis manos vendadas y la levanto en vilo, obligándola a que envuelva sus piernas alrededor de mis caderas.

Sujetando todo su peso, la acerco a los espejos que cubren la pared.

Deslizo mi polla de nuevo en su apretado coño, hundiéndome hasta la raíz en un único golpe seco que nos hace jadear a los dos.

No puedo parar. No puedo dejar de comerme su boca, devorando sus labios con una desesperación salvaje mientras la embisto contra el cristal.

—Te amo, joder, y me jode que lo sepas... —bramo contra su rostro, estampando su espalda con firmeza contra los espejos, haciendo que el cristal vibre tras nosotros—. Pero me encanta que hagas lo que quieras conmigo.

Intento escupir las palabras con una voz agitada, rota, preñada de una frustración que me nace del fondo de las entrañas.

Me reconozco vencido, encadenado a ella, pero ya no me importa una mierda el honor.

Después de esto, me cargaré a quien sea que intente arrebatármela de los brazos.

Iré a la guerra contra el mundo entero si hace falta; incluso mataría a su padre, a Machín, si intentara interponerse entre los dos o sacarla de Rusia.

Sulamita es mía, y de aquí solo sale muerta.

—Yo solo quiero estar contigo... —dice ella entre mis labios. Su respiración está completamente agitada por el esfuerzo, y en mitad de su frase siento cómo su interior se contrae de golpe, apretándome con una fuerza que me nubla la vista.

Está preciosa, jodidamente perfecta. Su rostro canela está encendido por un sonrojo salvaje que la hace lucir aún más peligrosa, y los mechones de su cabello oscuro se le pegan a la cara por culpa del sudor.

Es una reina gitana reclamando su trono de hielo, y yo soy el esclavo dispuesto a quemar el mundo por ella.

Maldita sea, tengo que hacer que se corra antes de que lo haga yo.

Estoy al límite, sintiendo cómo la presión se acumula en mi entrepierna de una forma que jamás había experimentado, y sé que no voy a poder contenerme mucho más.

No quiero correrme dentro de ella; mi mente me grita que hay líneas que no debo cruzar, aunque cada fibra de mi cuerpo jodidamente enfermo me suplica que la marque y la llene por completo.

La bajo de mis caderas con un movimiento rápido y la giro de manera implacable, obligándola a apoyar el frente de su cuerpo contra el espejo.

Sus pezones se pegan directamente contra el cristal frío, creando un contraste abrasador con el calor de su piel sudorosa.

La agarro con firmeza por la garganta, no para hacerle daño, sino para fijarla en su sitio y hacerle sentir el peso de mi dominio.

Sin darle tiempo a recuperarse, la vuelvo a penetrar desde atrás con una estocada brutal.

En esta posición, Sulamita reacciona de una forma que me vuela la cabeza: echa el culo hacia atrás de manera instintiva, buscándome, encajándose a la perfección contra mi anatomía. Qué diosa, joder. Me va a volver loco.

—Vamos, Moyá tsygánka... Vente conmigo —le ordeno con la voz rota, apoyando mi frente con fuerza en la parte de atrás de su cabeza mientras la embisto sin piedad.

Ante mis palabras, su interior se contrae en una oleada de espasmos calientes que casi me hacen perder el sentido.

—Dime... dime qué significa —consigue articular entre jadeos desesperados, con la voz casi rota por el llanto del placer, suspendida justo al borde del orgasmo.

Ralentizo un poco el ritmo, conteniendo el rugido que me sube por el pecho, pero sin dejar de moverme ni un solo segundo dentro de ella.

Sulamita tiene el rostro y las manos completamente pegados al cristal empañado por nuestro aliento.

Me inclino hacia delante, ladeando la cabeza para acercar mis labios a su oído, pegando mi pecho a su espalda húmeda hasta que nuestras respiraciones agitadas se juntan y se vuelven una sola.

—Moyá tsygánka... Mi gitana —le digo en un susurro cargado de una posesión tan oscura que me quema la garganta.

Y en cuanto las palabras salen de mi boca, acelero con una fuerza salvaje, hundiéndome en ella con rabia, sin apartar mi cuerpo de su espalda.

Es en ese maldito instante cuando Sulamita estalla.

Su interior se cierra en torno a mi miembro con una violencia tan brutal, un espasmo tras otro, que mi jodido autocontrol se destruye en mil pedazos.

No puedo evitarlo. No tengo tiempo ni de reaccionar, ni de salir, ni de pensar en las consecuencias.

Me corro dentro de ella.

Me vacío en su fondo con tanta fuerza que suelto varios gruñidos roncos y seguidos, clavando los dedos en sus caderas mientras mi propia simiente inunda su interior.

El placer es tan agudo que me nubla la vista y me obliga a espaciar las embestidas hasta quedar completamente quieto, jadeando contra su cuello.

Cuando la tormenta amaina y la realidad empieza a golpearme la cabeza, me doy cuenta de que sus piernas tiemblan de forma muy evidente.

Sus rodillas ceden por el cansancio y el éxtasis.

Tengo que sujetarla con fuerza de las caderas, pegándola contra mi cuerpo, porque temo seriamente que se caiga al suelo del gimnasio si la suelto.

La he reclamado. He roto las malditas reglas de su padre y las mías propias, y ya no hay vuelta atrás.

Mientras la sostengo firmemente para que no se caiga, salgo de ella con lentitud, sintiendo una punzada de pérdida inmediata al romper el contacto.

De un solo movimiento, sin apartarme de su lado, deslizo un brazo por debajo de sus rodillas y la cojo en brazos.

Su peso no es nada para mí, pero la delicadeza con la que la trato contrasta por completo con la bestia que acabo de ser hace un instante.

Camino unos pasos por el gimnasio y la dejo sentada sobre el cuero de una de las máquinas de musculación, asegurándome de que está estable.

Me alejo apenas un metro para recoger su bata de seda del suelo, y hago lo mismo con mi pantalón de chándal.

Me meto en los pantalones con rapidez, subiendo la tela por mis caderas, antes de regresar junto a ella.

Con suavidad, envuelvo su cuerpo oliva con la fina tela oscura de la seda, acomodándosela sobre los hombros sin dejar de mirarla a los ojos ni un solo segundo.

La realidad de lo que acabo de hacer empieza a asentarse en mi cabeza.

—Sulamita, sabes lo que esto significa, ¿verdad? —le pregunto, con la voz aún ronca, seria, cargada con el peso de la Bratva y del pacto roto.

En respuesta, ella alza sus brazos y los envuelve alrededor de mi cuello, atrayéndome hacia su espacio. Me acerco a ella sin oponer resistencia, colocándome justo en medio de sus piernas abiertas, permitiendo que me atrape.

—Sulami... —me corrige en un susurro, mirándome con una fijeza que me desarma—. Deja de llamarme con mi nombre largo. Y sí, sé perfectamente lo que significa. Significa que tendrán que matarme para poder alejarme de ti.

Suelto una sonrisa involuntaria, sintiendo una profunda oleada de satisfacción en el pecho al escucharla decir esas palabras con tanta seguridad.

Esta mujer no le tiene miedo al diablo porque ha aprendido a gobernar el infierno conmigo.

Me inclino hacia delante y le doy un ligero beso en los labios, un roce tierno que sella su promesa.

—No se atreverán —le aseguro, y la promesa de muerte en mi voz es real—. A nadie en su sano juicio le gustará verme desatado con mis instintos asesinos.

—Yo los acabo de ver... —se ríe con un toque de dulce sarcasmo, echando la cabeza un poco hacia atrás, recordando perfectamente la manera tan bestia en la que la acabo de hacer mía sobre la colchoneta y contra el cristal.

—No ha sido mi intención, Sulami —le confieso, acariciándole la mejilla con los dedos vendados—. Solo que lo que provocas en mí... es inevitable controlarlo. Pero te prometo que para la próxima intentaré follarte menos duro.

Ella se vuelve a reír, una risa limpia y musical que reverbera entre las paredes de cemento y metal del gimnasio.

Escucharla me llena por completo. Me encanta.

Soy yo el que le está devolviendo la vida, soy yo el que la está haciendo sonreír después de todo lo que ha sufrido por culpa de los planes de los hombres.

Y me juro a mí mismo, mirando su rostro iluminado por la luz tenue, que el resto de los días que me queden de vida...

así será. Sulami seguirá sonriendo, y sonreirá únicamente para mí.