CORONA DE SANGRE CAPITULO 54 #2
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CAPITULO 54 #2

Mis pasos descalzos no hacen ningún ruido mientras me dirijo a su habitación. Empujo la puerta con cautela, esperando encontrármelo allí, pero la estancia está vacía y la cama permanece impecablemente hecha. Un ramalazo de frustración me recorre, pero no me rindo.

Bajo las escaleras hacia la planta principal, guiada por un instinto primitivo y por un sonido sordo, rítmico y lejano que reverbera en los cimientos de la casa.

Impactos secos. Golpes violentos. Sigo el sonido hasta la zona de la última habitación del pasillo, donde se encuentra el gimnasio privado de la mansión.

Al llegar frente a la puerta de madera pesada y cristal esmerilado, veo su silueta recortada a través del traslúcido.

Alekséi está allí dentro. Empujo la puerta con una lentitud milimétrica, colándome en el espacio como una exhalación silenciosa, y la cierro a mis espaldas sin hacer el menor ruido.

El ambiente dentro del gimnasio es denso, cargado del olor a cuero, metal y al sudor de Alekséi.

Las luces están a media potencia, reflejándose en las enormes paredes cubiertas de espejos que duplican cada rincón de la sala.

Alekséi está de espaldas a mí, vestido únicamente con un pantalón de chándal gris que se le ajusta a la cadera, dejando al descubierto su imponente espalda cubierta de cicatrices y tatuajes.

Tiene las manos vendadas y sigue dándole golpes brutales, feroces, a un pesado saco de boxeo.

Cada impacto resuena como un trueno. Está descargando toda la rabia y la frustración que le provoqué esta mañana.

Me quedo quieta junto a la puerta, observándolo, disfrutando de la tensión de sus músculos perfectos. De repente, Alekséi detiene el puño a escasos centímetros del saco. Su respiración es un jadeo agitado. No necesita girarse; ha visto mi reflejo en uno de los espejos frontales que nos rodean.

Se da la vuelta con una lentitud peligrosa, entornando esos ojos oscuros que ahora mismo prometen tormenta. El sudor le corre por el pecho, haciendo brillar sus tatuajes bajo la luz tenue.

—¿Qué haces aquí, Sulamita? —su voz es un gruñido rasgado, peligroso—. Te dije que no me pusieras más pruebas. Vuelve a tu habitación.

—No tengo sueño, Alekséi —le respondo, dando un paso hacia el centro de la sala. Mi voz suena extrañamente firme, cargada de una sensualidad que me nace del puro instinto—. Y tampoco tengo ganas de dormir sola.

—Vete —advierte, dando un paso hacia mí, con las manos vendadas aún en posición de guardia—. No tientes al diablo en su propio territorio. No respondo de lo que pueda pasar si te quedas un segundo más.

En lugar de retroceder, le sostengo la mirada a través del espejo lateral. Mis manos ascienden lentamente hacia mi cintura. Alekséi clava sus ojos en mis dedos, y noto cómo su mandíbula se tensa al límite, conteniendo la respiración.

Con un movimiento pausado y felino, deshago el nudo de la bata. La seda se desliza por mis hombros y resbala por mis brazos, cayendo al suelo en un susurro inútil.

Me quedo completamente desnuda ante él, bajo la luz del gimnasio, reflejada desde todos los ángulos en los cristales de la sala.

Es en ese milisegundo cuando todo estalla por completo.

La poca cordura que le quedaba al líder de la Bratva se evapora en el aire.

Alekséi suelta un rugido animal, acorta la distancia entre los dos con zancadas brutales y se lanza sobre mí.

Me atrapa con una ferocidad implacable, estampando sus labios contra los míos y empezando a besarme como si fuera un loco hambriento que lleva una eternidad muriéndose de sed.

Sus manos me agarran las mejillas y el cuello, devorando mi boca con una necesidad tan salvaje que me deja sin aliento.

Sin romper el beso, sin poder dejar de besarme y de acariciar cada rincón de mi piel morena, me empuja con desespero hacia una de las colchonetas negras del suelo.

Se sitúa entre mis piernas, despojándose de su pantalón con brusquedad.

Sus ojos oscuros, inyectados en puro deseo, se clavan en los míos mientras sus manos recorren mis curvas con una mezcla de adoración y posesión.

Al fin me penetra. Su entrada es una estocada firme y profunda que me hace arquear la espalda de golpe, abriendo los ojos como platos.

Siento una presión inmensa, un fuego que me desgarra el vientre, y aunque Alekséi intenta controlar sus embestidas por ser mi primera vez, fracasa con total éxito; el éxtasis acumulado y la lujuria contenida sabotean cualquier rastro de cordura que le quede.

Se mueve de forma rítmica, implacable, hundiéndose en mí con una fuerza que me sobrepasa.

—Alekséi... —gimo, enterrando las uñas en sus hombros perfectos mientras las lágrimas de dolor y placer se me agolpan en los ojos—. Alekséi, es demasiado grande...

El tamaño y la potencia de su miembro me abruman por completo.

Trato de retroceder un poco sobre la colchoneta de manera instintiva, buscando aliviar la intensa embestida que me llena las entrañas.

Pero Alekséi, completamente loco por el fin de tenerme para él solo, no me deja escapar.

Sus manos grandes y tatuadas me sujetan con fuerza de las caderas, clavando los dedos en mi piel oliva para evitar de golpe que me aleje.

—Ahora te la tragas entera, maldita sea, no te muevas...

—gruñe contra mis labios, con una voz rota, a medio camino entre la excitación más pura y la frustración de saber que ha perdido el control de su propia existencia.

Me retiene contra su anatomía, hundiéndose de nuevo hasta el fondo, obligándome a recibirlo por completo, desatando una marea de placer abrasador que borra cualquier atisbo de dolor.

Mis gemidos desbocados rebotan en las paredes del gimnasio, fundiéndose con sus respiraciones agitadas.

Estoy flotando en mitad del éxtasis más absoluto, completamente entregada a su ritmo letal, cuando Alekséi me sujeta con firmeza por la cintura.

Sus brazos fuertes me levantan de la colchoneta sin el menor esfuerzo, manteniéndome unida a él mientras camina unos pasos por la sala.

El roce continuo me hace perder el sentido.

Me hace reclinar hacia delante sobre una de las máquinas de musculación de hierro.

Apoyo las manos en la estructura metálica, jadeando, mientras él se posiciona justo detrás de mí.

La penetración desde atrás es profunda, directa y desquiciante.

A un costado de la máquina, los enormes cristales y espejos nos devuelven la imagen exacta de nuestra entrega: el tono cálido y moreno de mi piel contrastando con su cuerpo bronceado y cubierto de tatuajes rusos que me embiste sin piedad, reclamando cada milímetro de mi ser.

Alekséi se inclina sobre mi espalda, pegando su pecho húmedo a mi piel.

Sus manos me agarran por las caderas, marcando el ritmo brutal de sus embestidas, mientras sus labios buscan la curva de mi cuello.

Se pega a mi oreja, exhalando un aliento caliente y quebrado por el esfuerzo, y me susurra con una devoción oscura y posesiva que me sella el destino para siempre:

—Eres jodidamente preciosa en todos los ángulos, Moyá tsygánka... Eres mía.