CAPITULO 54
SULAMITA
Lo que acaba de pasar en esta habitación no me lo creería ni yo misma si me lo contaran.
El eco del portazo que ha dado Alekséi al encerrarse en el baño todavía reverbera en las paredes, pero yo me quedo de pie en mitad de la estancia, completamente inmóvil.
No puedo evitar morderme el labio inferior, saboreando el triunfo, mientras mi cuerpo sigue procesando la brutalidad de la experiencia.
Todavía tengo grabada en el paladar la sensación de su miembro inmenso y caliente; sentí perfectamente cómo esa vena gruesa palpitaba con fuerza contra mi lengua y cómo la potencia de sus embestidas directas me obligaba a atragantarme.
Me obligó a tragarme su orgullo, pero mis lágrimas no eran de dolor.
Eran del puro placer de ver cómo el gran líder de la Bratva se desmoronaba por completo ante lo que yo le provocaba.
Verlo perder los papeles, escuchar sus gemidos rotos y sentir cómo se derramaba de esa manera tan salvaje dentro de mi boca me ha dado la respuesta que necesitaba.
Cuando tragué hasta la última gota de lo que derramó por mi garganta, tibia y espesa, sonreí para mis adentros.
Me di cuenta definitivamente de que he encontrado algo mejor que mi helado.
Esto es el poder absoluto. El pecado original.
Me paso el dorso de la mano por los labios húmedos, recolocándome la ropa con parsimonia mientras miro de reojo la puerta cerrada del servicio.
Escucho el sonido del agua correr al otro lado.
Sé que ahora mismo se estará lavando la culpa, odiándose por haber cedido, pero ya es demasiado tarde.
El diablo ya ha firmado mi contrato con su propia simiente.
Pienso seguir con este juego hasta las últimas consecuencias.
Alekséi cree que su fría advertencia de hace un momento va a hacerme retroceder, pero no tiene ni idea de la sangre que corre por mis venas.
Estaremos juntos, de eso ya no me cabe la menor duda.
He visto la devoción y la locura en sus ojos, y sé que me pertenece tanto como yo a él.
Y a quien no le guste... que se joda. Me da igual mi etnia, me dan igual los códigos de la mafia y me da igual el maldito pacto con mi padre.
Esto es para siempre, y voy a cobrármelo bajo mis propias reglas.
Giro sobre mis talones y camino hacia la salida de la habitación con paso firme y la cabeza bien alta, sintiendo una corriente de adrenalina recorriéndome la columna.
Abro la puerta y salgo al pasillo, bajando las imponentes escaleras de mármol con una elegancia que no sabía que poseía.
No tengo intención de huir como si hubiera hecho algo malo; esta es mi casa ahora, y me muevo por ella con la seguridad de quien sabe que ha ganado la primera batalla.
Al llegar abajo, en el gran vestíbulo, me encuentro de frente con Irina, la venerable ama de llaves de la mansión.
Se detiene al verme, sosteniendo una bandeja de plata, y me observa con esos ojos sabios que han visto pasar demasiadas cosas en esta casa como para no notar la chispa de fuego que traigo en la mirada.
—Señorita Sulamita —saluda con una reverencia impecable y una cortesía que suaviza sus facciones rusas—. ¿Le apetece tomar algo de beber? ¿Un té caliente, tal vez?
—No, gracias, Irina. Estoy bien —le respondo con una sonrisa tranquila, manteniendo mi tono lo más sereno posible.
Me encamino hacia el salón principal y me siento en el enorme sillón de cuero oscuro que preside la estancia, justo frente a la gran chimenea donde los troncos crujen perezosamente. En cuanto me acomodo, sintiendo el tacto frío del cuero contra mi piel, un sutil movimiento capta mi atención.
Lira y Veles, las dos imponentes panteras negras de Alekséi, emergen de las sombras del salón con pasos silenciosos y felinos.
Avanzan hacia mí con una sincronía letal que a cualquiera le helaría la sangre, pero a mí me produce una profunda paz.
Veles se acerca primero y, con una sumisión asombrosa, se acuesta pesadamente justo sobre mis pies, brindándome un calor reconfortante.
Segundos después, Lira se posiciona a mi lado; se yergue con elegancia y apoya su enorme cabeza oscura directamente en el respaldo del sillón, pegada a mi hombro, exhalando un aliento cálido.
Suelto una sonrisa lenta, cargada de suficiencia, y dejo caer mis manos sobre su pelaje oscuro. Empiezo a acariciar a ambas bestias con suavidad, sintiendo sus sutiles ronroneos vibrar bajo mis dedos. Las mascotas del Pakhan ahora me cuidan a mí. El territorio está marcado.
El repentino zumbido de mi teléfono móvil sobre la mesa auxiliar rompe el trance. Al estirar la mano para cogerlo y mirar la pantalla, el corazón me da un vuelco al leer el nombre en la pantalla: es mi padre, Machín.
Respiro hondo antes de deslizar el dedo para descolgar, obligándome a adoptar la postura de la hija sumisa que él cree que sigo siendo.
—¿Papá? Hola —hablo, intentando que mi voz suene limpia.
—Sulamita, hija mía —la voz grave y profunda de mi padre resuena al otro lado de la línea, cargada de ese acento gitano tan arraigado y de un respeto que intenta disimular su preocupación—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras, mi niña?
—Estoy bien, papá. Recuperándome del todo ya. ¿Por qué has tardado tanto en llamarme? Pensé que te habías olvidado de mí en este fin del mundo —le digo, dejando caer un sutil reproche en mis palabras.
Al otro lado de la línea, escucho un suspiro pesado, el sonido de un hombre que mide muy bien sus palabras por el amor que me profesa.
—Sabes bien que no es así, Sulami. No te he llamado antes porque sabía perfectamente lo enfadada que estabas conmigo por haberte mandado a Rusia, y sabía que necesitabas tu tiempo y tu espacio para que se te pasara el berrinche —explica con voz pausada—.
Y después, cuando sucedió ese maldito accidente donde fuiste herida...
—su tono se vuelve más tenso y sombrío—.
Alekséi me mantuvo informado de todo al minuto, pero yo no quería molestarte, hija.
Sabía que necesitabas descanso absoluto para recuperarte pronto y no quería alterarte con mis llamadas.
Solo quería que estuvieras sana. Pero dime...
¿ese hombre te está tratando como es debido? ¿Cumple con su palabra?
Mis ojos se desvían inconscientemente hacia la planta de arriba, hacia la habitación donde el líder de la Bratva se debate en su propio infierno de culpa por haberme saboreado hasta el final. Acaricio la oreja de Lira con un dedo, ensanchando mi sonrisa.
—Sí, papá —le respondo, con una seguridad que a mi padre le transmite calma, pero que oculta un doble sentido letal—. Alekséi está cumpliendo su palabra al pie de la letra. Me está cuidando... a su manera. No te preocupes por mí, sé perfectamente cómo ganarme mi sitio aquí fuera.
—Está bien, mi niña. Espero que todo esto termine y puedas volver a casa pronto —concluyó él, aliviado por mis palabras.
—Yo también lo espero, papá. Te quiero.
Cuelgo la llamada y dejo mi teléfono sobre la mesita de al lado, soltando un leve suspiro. Volver a casa pronto... Mi padre todavía cree que soy la niña indefensa que necesita ser rescatada, sin saber que estoy empezando a construir mi propio imperio en este rincón congelado del mundo.
Me reclino de nuevo en el sillón de cuero y vuelvo a centrar mi atención en Lira y Veles, dispuesta a seguir mimando a estos dos gatitos tan adorables.
Sus cuerpos cálidos y su respiración acompasada me transmiten una extraña paz en mitad de la tormenta.
Mientras mis dedos se hunden en su pelaje oscuro, cierro los ojos por un instante, saboreando el silencio de la mansión y pensando meticulosamente en cuál será mi siguiente movimiento.
La primera línea de defensa de Alekséi ha caído, y no pienso darle tiempo a que vuelva a levantar sus muros.
~~~
El resto del día transcurre en una tensa y pesada calma.
Alekséi no vuelve a aparecer por las zonas comunes de la mansión, como si se hubiera exiliado a sí mismo en sus propios demonios, e Irina se encarga de servirme la cena en un silencio sepulcral.
Las panteras han vuelto a las sombras, y el frío de la noche rusa comienza a golpear con fuerza los ventanales.
Cuando me encierro en mi habitación, el corazón me late a un ritmo frenético. Siento la adrenalina recorrer mis venas porque el plan ya está trazado en mi mente y no pienso echarme atrás. Voy a ejecutar mi siguiente movimiento.
Me acerco al vestidor y abro los cajones de la lencería con manos ligeramente temblorosas.
Los nervios amenazan con traicionarme. Empiezo a rebuscar entre las prendas, pero me desespero al instante; todo lo que tengo me parece demasiado infantil o no lo suficientemente decente para lo que pretendo hacer.
Joder ningún puto conjunto de encaje parece estar a la altura de la guerra que le voy a declarar a Alekséi.
¿Qué hombre se resistiría a una mujer en ropa interior?
Ninguno. Pero yo necesito algo más letal.
Frunzo el ceño, muerdo mi labio inferior con decisión y cierro el cajón de golpe. Si voy a jugar a este juego de seducción, voy a hacerlo con todas las consecuencias.
Me despojo de la ropa, dejándola caer en un montón sobre el suelo.
Con el cuerpo completamente desnudo, sintiendo el aire frío de la habitación erizarme la piel, alargo la mano y cojo una fina bata de seda oscura.
Me la coloco sobre los hombros, anudando el cordón a la cintura con un lazo simple.
No llevo nada debajo. Estoy completamente expuesta, protegida únicamente por una fina capa de tela que se deslizará con un solo tirón.
Respiro hondo, obligándome a tragarme el miedo, y salgo al pasillo en penumbra.