CORONA DE SANGRE CAPITULO 53
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CAPITULO 53

ALEKSÉI

El agua helada de la ducha no ha servido de una maldita cosa.

Salgo del baño secándome el cabello con una toalla pequeña, dejando que otra de color blanco se quede liada con descuido alrededor de mi cintura.

El vapor empaña los cristales de mi habitación mientras arrastro los pies, agotado por una guerra interna que me está consumiendo los sesos desde que esa maldita gitana entró en mi vida de nuevo esa noche.

Creía que dejando a Sulamita lejos, a la cabaña de mi hermana Vika, ganaría unas horas de tregua.

Creía que la distancia congelaría el fuego que me dejó grabado en las manos y en la retina la pasada noche en el pasillo.

Qué maldito estúpido soy. El diablo no concede treguas, y ella es mi propio demonio personal.

El sonido sordo de la puerta de mi habitación al abrirse me hace ponerme en alerta de inmediato.

Me giro de golpe, con cada músculo de mi espalda en tensión y los puños cerrados, listo para matar a quien haya osado invadir mi espacio.

Pero la respiración se me corta en la garganta y el aire se vuelve plomo al ver quién cruza el umbral.

Es ella.

Sulamita entra sin llamar, cerrando la puerta a sus espaldas con un clic sutil que resuena como un disparo en el silencio de este cuarto de aislamiento.

Está pálida, con las mejillas encendidas por el frío del exterior o por la audacia de lo que planea hacer.

Hay una rigidez en sus hombros que delata los nervios que intentan devorarla por dentro, pero sus ojos...

Dios, sus ojos están cargados de una determinación salvaje, una fijeza letal que jamás le había conocido.

Es la mirada de alguien que va a reclamar un reino.

Se clavan en mi pecho desnudo, recorriendo los tatuajes de mi piel, y descienden lentamente por mi anatomía hasta detenerse, con una fijeza que me quema, en la toalla que me cubre la pelvis.

—¿Estás bien? —le pregunto, obligando a mi voz a sonar firme, dictatorial, como el Pakhan que se supone que soy. Pero el tono me sale traicionero: grave, rasgado, cargado de una anticipación que me avergüenza.

Sulamita no responde. No dice ni una sola palabra. El silencio que se instala entre los dos es tan denso, tan cargado de electricidad estática, que casi se puede palpar en el ambiente.

Con paso lento, medido, casi felino, empieza a acortar la distancia que nos separa.

Camina sobre la alfombra oscura con la elegancia de las panteras que corren junto al lago Ládoga.

Cada uno de sus pasos hace que mi corazón golpee contra mis costillas con una violencia que me enfurece.

Siento que soy un maldito animal acorralado en mi propio territorio.

Cuando llega hasta mí, se detiene a escasos centímetros.

Puedo oler el frío del invierno ruso pegado a su ropa, mezclado con ese aroma a lavanda y piel limpia que me trastorna el sentido cada vez que respira cerca.

Levanta una mano con una lentitud tortuosa y apoya la palma de sus dedos delicados justo en el centro de mi pecho.

Su tacto es una marca al rojo vivo. Ejerce una presión firme, constante, obligándome a dar un paso hacia atrás.

Podría detenerla con un solo movimiento de mis brazos; podría rodearle las muñecas con una sola mano y recordarle con quién está jugando, pero estoy completamente paralizado.

Estoy hipnotizado por el brillo de su mirada, por la osadía de esta gitana que ha decidido que las reglas de su etnia y los contratos de la mafia no significan nada para ella.

Doy otro paso atrás, y luego otro, sintiendo cómo el orgullo se me evapora entre los dedos, hasta que la parte trasera de mis muslos choca contra el borde de mi inmensa cama.

Me dejo llevar, rendido, con la respiración completamente acelerada, devorando sus facciones mientras trato de asimilar que la distancia que construí hace unas horas se ha derrumbado por completo.

Sulamita clava sus ojos en los míos, sosteniéndome un duelo silencioso que acabo de perder de la forma más humillante posible.

Sin previo aviso, sus dedos descienden desde mi pecho, acariciando mi abdomen tenso, hasta llegar al nudo de la toalla en mi cintura.

Da un tirón suave, pero firme y certero.

La tela blanca resbala por mis caderas, cayendo al suelo en un montón inútil y dejándome completamente desnudo ante ella. La brisa que entra por la rendija de la ventana me golpea el cuerpo, pero lo único que siento es el calor abrasador que emana de ella.

Ninguno de los dos dice nada. Las palabras están de más cuando la tensión sexual es un monstruo que nos está devorando vivos, reclamando su tributo de sangre y deseo.

Sé lo que va a pasar antes de que suceda; veo la intención en la forma en que su pecho sube y baja con fuerza, en cómo humedece sus labios.

Sulamita flexiona las piernas y se desliza lentamente hacia abajo.

Verla descender ante mí es la imagen más erótica y destructiva que he presenciado en mis treinta y tres años de vida.

Hinca las rodillas en la alfombra, justo entre mis piernas, colocándose en una posición de sumisión absoluta, pero que a la vez me demuestra que ella tiene todo el maldito control de la situación.

Ella ha decidido esto. Ella me está obligando a pecar.

Cuando sus manos pequeñas y cálidas rodean mi miembro, que ya está completamente erecto y latiendo por su cercanía, echo la cabeza hacia atrás con un gemido ahogado que desgarra mi garganta.

Cierro los ojos con fuerza, aprieto los puños, tratando de contener el torrente de sensaciones que me golpea el estómago.

Joder, qué puta maravilla es tener mi polla en su boca.

No puedo creer que esté pasándome esto, no a mí, no con ella.

El contraste de su boca cálida y húmeda contra mi piel congelada me hace perder la noción de la realidad.

Siento que la cordura se me escapa, que cada código de honor que le juré a Machín se está quemando en el infierno que Sulamita ha desatado entre mis muslos.

Siento la presión de sus labios, la forma en que me envuelve, y la necesidad de verla me vence.

Echo la cabeza hacia abajo para ver la maravilla que tengo a la vista, recreándome en el espectáculo de mi propia perdición.

Su cabello oscuro y suelto cae hacia delante, ocultándome parte de sus facciones y el movimiento de sus labios.

No lo permito. Necesito verla, necesito que me mire mientras me destroza.

Le aparto con las manos el cabello que tiene en la cara y se lo agarro con una sola mano, tirando con suavidad pero con firmeza, apretando los mechones entre mis dedos como si mi puño fuera su coletero.

Quiero su rostro despejado, quiero ver el brillo de sus ojos gitanos devorándome.

No puedo hablar. Las palabras se me han atascado en el pecho, sustituidas por gemidos roncos, bajos, que vibran en las paredes de mi garganta.

El instinto animal me domina por completo; pierdo la delicadeza, pierdo el respeto y el miedo a las consecuencias.

Empiezo a mover las caderas hacia delante, dictando un ritmo implacable, empujando con lentitud pero con una fuerza que me nace desde las entrañas, hasta sentir la profundidad de su garganta.

Observo cómo ella la recibe de la hostia, sin tener experiencia, dejándose llevar por la misma corriente salvaje que nos arrastra a ambos.

Es una jodida santa entregándose al demonio, convirtiéndose en mi cómplice.

Veo cómo se atraganta ligeramente con los fluidos que mi polla suelta en su boca, el sonido sordo de su garganta intentando procesar mi tamaño y mi excitación me enloquece por completo.

La visión de sus ojos lagrimeando sutilmente por el esfuerzo, fijos en los míos, me nubla el juicio.

Ya no hay marcha atrás. No puedo dejar de empujar con fuerza, mis embestidas se vuelven más rápidas, más urgentes, guiadas por el desespero de un hombre que sabe que está cruzando una línea de la que no se regresa.

El placer es tan agudo, tan jodidamente intenso, que siento que voy a estallar en cualquier segundo.

Estoy a punto de correrme, el límite está ahí, quemándome la base de la columna.

—Trágatelo, Sulamita... joder, trágatelo —le digo con una voz desesperada, rota, que me sale con una furia contenida. Estoy furioso más conmigo mismo que con ella, odiando mi maldita debilidad, odiando amar este pecado por encima de mi propia vida.

Pero ya no hay freno. El orgasmo me golpea con la fuerza de un camión, nublándome la vista.

—La hostia... —bramo, echando el cuerpo hacia delante mientras me derramo por completo dentro de su boca.

Siento las pulsaciones de mi propio cuerpo vaciándose, caliente y espeso, y mantengo mi posición.

Me quedo inmóvil, la dejo dentro para que se trague hasta la última gota de mi esencia, obligándola a saborear la prueba irrefutable de mi caída.

Mis dedos siguen enredados en su cabello, sosteniendo su cabeza mientras recupero el aire que me falta en los pulmones.

El silencio vuelve a reinar en la habitación, roto únicamente por el sonido de nuestros jadeos pesados que se mezclan con el vapor del baño.

El ardor del orgasmo empieza a disiparse, y con el frío de la realidad llega el peso muerto de la culpa.

La lucidez me golpea como un puñetazo en la cara.

Contemplo lo que acabo de hacer, contemplo a la hija de mi amigo de rodillas ante mí, y el código de la Bratva me grita en la cabeza que he vuelto a fallar. He vuelto a profanar el pacto de honor.

Suelto su cabello con brusquedad, casi con miedo de mi propio tacto la apartó, y la tomo por los brazos para obligarla a levantarse del suelo.

Sulamita se pone en pie, con las piernas un poco temblorosas pero con una altanería que me desarma.

Me mira fijamente, con los labios húmedos, la respiración agitada y esa maldita chispa de triunfo brillando en sus ojos oscuros que me desquicia por completo.

Ella sabe que ha ganado esta batalla. Sabe que me tiene a sus pies cada vez que le da la gana.

La rabia me inunda las venas, una frustración salvaje dirigida contra mi propia falta de voluntad. Me inclino hacia ella, acortando la distancia hasta que mis labios rozan la curva de su oreja, sintiendo el calor que desprende su piel.

—Espero que lo hayas disfrutado tanto como yo —le susurro, inyectando en mis palabras una frialdad gélida, cortante, que intenta ocultar el temblor de mi voz—.

Porque no volverá a pasar. No me pongas ni una puta prueba más, Sulamita.

No tientes a la suerte con un hombre que no tiene nada que perder.

Me aparto de ella bruscamente, rompiendo el contacto visual para que no vea la derrota en mis ojos.

Sin esperar a ver su reacción, recojo la toalla del suelo con manos torpes, me encierro de nuevo en el servicio y pego un portazo que hace vibrar las paredes.

Apoyo la frente contra los azulejos fríos, respirando el aire húmedo mientras me maldigo en silencio.

Soy el Pakhan de la Bratva, el hombre que gobierna con mano de hierro el norte de Rusia, pero cuando se trata de esa gitana, no soy más que un jodido esclavo de su boca.

Fuera, en mitad de la habitación, sé que ella se ha quedado sola.

Me imagino sus pensamientos, me imagino su rabia, pero también conozco su orgullo.

Sé de sobra que mis amenazas de hielo no van a congelar el fuego que lleva dentro.

Que intente esconderse detrás de sus malditos códigos todo lo que quiera, porque Sulamita no es de las que se rinden.

He intentado levantar mis muros de piedra una vez más, pero en el fondo de mi mente corrupta sé la verdad: la cuerda se está tensando, y es solo cuestión de tiempo antes de que me rompa del todo y la reclame entera. Bajo sus malditas reglas.