CAPITULO 52 #2
—No —le digo a Igor con firmeza, sosteniéndole la mirada por el espejo—. No le digas nada a Alekséi. Esto lo voy a solucionar yo.
Igor asiente despacio, aunque sé de sobra que su lealtad primera le pertenece a su jefe y que ocultarle cosas al diablo nunca es una buena idea.
Minutos después, el coche aminora la marcha al divisar la estructura de madera de la cabaña.
Vika me espera, y sé que este va a ser mi único refugio para aclarar mis caóticos pensamientos.
Nos detenernos por completo frente a la propiedad de Vika.
La cabaña es una estructura imponente de troncos de madera oscura, rústica pero elegante, que destaca con fuerza en mitad del paisaje boscosco.
Grandes ventanales reflejan las aguas grises del Ládoga, y el humo blanquecino que sale de su chimenea de piedra promete un calor que necesito con desesperación.
Vika ya me está esperando fuera, de pie en el porche, con esa sonrisa tan dulce de siempre.
En cuanto bajo del coche, me acerco a ella a paso rápido y la abrazo con una fuerza casi desesperada. No tengo a nadie más en esta parte del mundo a quien contarle mis cosas o pedirle consejo sobre cómo actuar, y Vika, aparte de haberse convertido en una gran amiga, es mi único refugio.
—¿Estás bien? —me devuelve el abrazo de inmediato, acariciándome la espalda con suavidad.
Yo solo niego con la cabeza contra su hombro. No estoy bien. Me encuentro en ese punto límite en el que siento que las lágrimas van a derramarse en cualquier momento.
Se aparta un poco, sosteniéndome por los hombros mientras me mira atentamente a los ojos, analizando mi rostro.
—¿Qué te ha hecho ese imbécil? —pregunta, refiriéndose a su hermano. Me rodea la cintura con el brazo, pegándose a mi lado para guiarme al interior.
—Estaré aquí fuera, señorita, vigilando el perímetro —interviene la voz grave de Igor, que se ha quedado apoyado contra la chapa del coche.
Miro por encima del hombro y le respondo asintiéndole con la cabeza, agradecida por esa seguridad silenciosa que siempre me brinda.
Cruzamos el umbral y el olor a leña y café me envuelve. Nos adentramos en la calidez de la cabaña, dirigiéndonos directamente a la cocina, que cuenta con una gran isla central de madera tratada. Me siento en una de las butacas altas mientras ella se acerca a la encimera para preparar el café.
—Dime qué pasó anoche cuando te sacó del club de esa manera —me pide, sin rodeos.
Siento cómo las mejillas se me encienden al instante. Agacho la mirada, abrumada por la vergüenza al recordar la forma tan salvaje en la que Alekséi me devoró en ese pasillo. Me doy cuenta de que, en mi cabeza, imaginaba esta conversación mucho más fácil, pero tengo que ser valiente e intentarlo.
—Bueno... La cosa fue... —empiezo a balbucear.
Vika se gira al notar mi titubeo. Deja a un lado lo que estaba haciendo en la encimera y camina decidida hacia la isla para sentarse en la butaca que está justo a mi lado.
—Ahora sí que tienes toda mi atención —dice, entornando los ojos—. Porque entre mi hermano y tú han pasado cosas, y no te atrevas a decirme que no.
Solo soy capaz de levantar la mirada con timidez, sintiendo el calor en mi rostro, pero ella sabe leerme tan bien que entiende todo lo demás al instante.
—¡Joder! ¿En serio? —exclama, con los ojos iluminados por la ilusión.
Sonrío de lado, sintiendo un pequeño alivio al ver que alguien puede alegrarse por lo nuestro, pero la alegría de Vika se transforma rápidamente en sospecha al notar la tensión que me domina el cuerpo. Se recoloca en el taburete, poniéndose seria.
—Vale... ahora dime en qué la ha cagado Alekséi —inclina la cabeza hacia un lado y con delicadeza me aparta un mechón de pelo, dejándolo detrás de mi oreja—. Puedes contármelo, no tengas vergüenza. Solo dime qué hizo y yo te ayudo.
Aprieto los labios un segundo, trago saliva y cojo aire con valentía.
—Anoche tuvimos un momento... muy intenso, por así decirlo.
—Dios mío... ¿Os acostasteis?
—¡No! —salto de inmediato, aunque un segundo después hago un gesto de duda con la mano—. O sí... No sé cómo hay que llamar a lo que hicimos anoche, la verdad.
Vika frunce el ceño, completamente confundida por mi respuesta.
—¡Dilo claro, Sulamita! ¿Te la metió o no te la metió?
—¡No, eso no! —abro los ojos como platos, sintiendo que la vergüenza me va a hacer estallar—. Se inclinó... y... —hago una señal vaga con el dedo hacia mi entrepierna.
—Te comió el coño, ¡madre mía! —Vika suelta una carcajada, mirando hacia los lados con complicidad—. Así que la niña buena ya no es tan buena, ¿eh?
—Vika, en serio —le pido, un poco molesta por su diversión—. El problema es que ahora él quiere que me comporte como si no hubiera pasado nada entre nosotros. Como si pudiera borrarlo.
—Vale, vale, perdona... —me sostiene las manos con cariño, suavizando el tono—.
Mi hermano se está comportando como un gilipollas de manual, en eso tienes toda la razón.
Pero escucha, Sulamita... Alekséi es un hombre chapado a la antigua, un hombre de palabra.
Si se ha atrevido a tocar a la hija de su amigo, rompiendo sus propios códigos, es porque tiene que sentir algo extremadamente fuerte por ti. Un impulso que no ha podido frenar.
—Vale, puedo entender que le deba la vida o un respeto a mi padre, pero quiero que sepa que la que decide sobre con quién quiere estar soy yo —le digo con firmeza, apretando sus manos—.
Mi padre o mis costumbres no me van a obligar a hacer algo que yo no quiera, ni me van a alejar de lo que deseo.
Sé que Alekséi es fiel a su palabra con mi familia, pero algún día yo elegiré mi destino, y mi padre tendrá que aceptarlo tarde o temprano.
Vika se muerde el labio inferior, quedándose pensativa durante un momento. Conozco bien esa expresión; esa mirada me dice claramente que lo que está cruzando por su mente es una auténtica locura, pero estoy tan desesperada y decidida que estoy dispuesta a escuchar cualquier cosa.
—Por lo que me has contado, creo que mi hermano solo necesita un pequeño empujón para que espabile —comienza a decir, y de repente me guiña un ojo con una chispa de malicia—.
Él necesita cambiarlo todo a su favor, como siempre hace en sus negocios, pero para eso solo necesita la motivación correcta.
Y yo sé perfectamente cómo debes hacerlo.
Provócalo, Sulami... Provócalo hasta que se rinda, hasta que pierda los papeles y entienda que, pase lo que pase, no te vas a ir de su lado.
Me muevo un poco en la butaca, asimilando sus palabras mientras el corazón me da un vuelco. Vika se inclina hacia delante, suavizando el tono pero con una fijeza absoluta en sus ojos.
—Él sabe muchísimo más de vuestras costumbres que yo —continúa—.
Alekséi entiende perfectamente vuestros códigos.
Sabe que si decides entregarle por voluntad propia lo que tú consideras que es sagrado, lo que es solo para la persona correcta, no habrá contrato ni deuda en este mundo que lo detenga.
Comprenderá que, por muchas guerras que haya ahí fuera, tú siempre vas a estar con él. Al pie del cañón. Como su mujer.
Las palabras de Vika resuenan en las paredes de la cocina, mezclándose con el aroma del café caliente.
Siento un escalofrío que no es de miedo, sino de pura determinación.
Provocar al Pakhan. Desafiar al monstruo en su propio terreno hasta que no pueda más y rompa sus malditas promesas de contención.
Es peligroso, es jugar con fuego con un hombre que puede quemar ciudades enteras, pero es la única opción si quiero reclamar mi lugar en su trono.
—¿Crees que funcionará? —le pregunto en un susurro, apretando los labios—. Es testarudo como una mula cuando se trata de su maldito honor.
Vika suelta una pequeña sonrisa de suficiencia y me da un apretón cariñoso en las manos.
—Es un hombre, Sulamita. Y además, es mi hermano; lo conozco muy bien. Créeme, ya está medio loco por ti. Solo tienes que darle el empujón definitivo para que termine de caer al abismo contigo.
Y con esa idea fija en la cabeza, me despido de ella y me dirijo de nuevo hacia la mansión.
Voy a provocarlo. Aunque estoy completamente aterrada de exponerme de esta manera y, joder, si ni siquiera tengo idea de cómo tengo que comportarme para volver loco a un hombre como él...
Será mejor que me deje llevar por mis instintos y que sea lo que Dios quiera.