CORONA DE SANGRE CAPITULO 52
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CAPITULO 52

SULAMITA

No he podido dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, el frío de la mesilla de madera volvía a rozar mi piel y el calor de Alekséi me quemaba las entrañas.

Cuando el primer destello del amanecer se asoma por el horizonte, tiñendo el cielo de un tono violáceo, decido que no puedo seguir atrapada entre las cuatro paredes de mi habitación.

Abro la puerta trasera de la mansión en silencio, necesitando con desesperación que el aire fresco de la mañana me limpie los pensamientos.

Frente a mí se extiende el lago privado Lagoda.

A estas horas, el agua es un espejo de plata vieja, tan quieto y oscuro que parece albergar secretos tan profundos como los de la propia Bratva.

Una fina capa de niebla flota sobre la superficie, difuminando los bordes de la orilla, dándole al paisaje un aspecto místico, casi irreal.

Respiro hondo, llenando mis pulmones con el aroma a tierra mojada y agua estancada, obligándome a calmar el temblor de mis manos.

Al abrir los ojos, dos sombras negras rompen la bruma.

Las dos panteras de Alekséi corren por el borde del lago con una elegancia letal, sus músculos moviéndose con perfecta sincronía bajo el pelaje oscuro.

Las observo fascinada. Ellas, al igual que yo, pertenecemos a este entorno salvaje, pero a diferencia de esos animales, yo no planeo vivir en una jaula de oro.

No puedo quitárme de la mente, ni de mi cuerpo, la marca invisible de sus manos y de su boca.

Aún siento el rastro de su semilla quemando mi piel, una prueba física que él intentó borrar con su camisa pero que se ha quedado grabada a fuego en mi memoria.

Dejé que me tocara, que hiciera lo que quisiera, porque en el espejo del techo vi la verdad: sus ojos me devoraban con una devoción que ningún contrato puede fingir.

Sé que me quiere. Sé que se muere por mí, pero algo lo detiene, y sé perfectamente que es ese maldito pacto que acordó con mi padre.

Apretando los puños con rabia. Me acerco un paso más a la orilla del agua, viendo cómo las panteras se detienen a lo lejos, fijando sus ojos amarillos en mí, como si reconocieran a su nueva ama.

—No soy una moneda de cambio, Alekséi —susurro para mí misma, dejando que el viento se lleve mis palabras hacia el centro del lago—. Quiero que entiendas que no soy como las demás gitanas de mi clan. Yo no espero a que un hombre decida mi destino. Yo elijo el mío, y te he elegido a ti.

Quiero estar con él. Quiero que sea él, siempre. Y si tengo que romper su maldito autocontrol y destrozar cada código de honor que comparte con mi padre para que lo entienda, lo haré. No me importa el precio.

Un crujido de hojas secas a mi espalda me hace ponerme en alerta.

No necesito girarme para saber quién es; el aroma a tabaco y vodka caro lo delata antes de que dé el primer paso.

Giro lentamente hasta quedar frente a él.

El aire se vuelve denso en un segundo. Alekséi está imponente, vestido solo con una bata abierta y un pantalón oscuro de pijama que le marca esa perfecta V en la pelvis; es una visión que a cualquier mujer la dejaría sin aliento, pero me obligo a no hacer ni un solo gesto de asombro.

Ahora mismo estoy tan enfadada que, si me dice una sola palabra fuera de lugar, me va a salir la gitana que llevo dentro.

Y os aseguro que eso no le conviene a nadie, ni siquiera al líder de la Bratva.

—Deberías ponerte algo más si quieres salir aquí fuera —rompe él el silencio, con esa voz grave que todavía me resuena en la piel—. Estás acostumbrada a otro clima.

—Mira quién lo dice —le respondo con ironía, apuntando con un dedo hacia su pecho desnudo—. Pero bueno, no me sorprende... Tú tienes hielo en vez de sangre, Alekséi.

Un pequeño escalofrío me recorre la espalda, pero me niego a mostrar debilidad ante él.

Me cruzo de brazos y desvío la mirada hacia un lado, observando cómo las dos panteras se acercan lentamente.

Veles camina hacia mí hasta quedarse pegado a mi pierna, y yo dejo caer mi mano sobre su cabeza, acariciando su pelaje oscuro.

El animal se relaja bajo mi tacto, un recordatorio silencioso de que este territorio también me pertenece.

—Me iré a donde Vika —le digo, volviendo a clavar mis ojos en los suyos.

Me duele. Me duele en el alma verlo tan distante, tan estricto, cuando sé perfectamente que por dentro los dos estamos librando la misma maldita batalla: el impulso salvaje de acortar la distancia y no separarnos nunca. Pero su silencio me quema más que su rechazo.

—La dejé sola con Aras en el club —añado como excusa.

Aparto la mano de la pantera y avanzo con paso firme, pasando por el lado de Alekséi en dirección a la entrada de la casa. No voy a quedarme aquí a rogar por un poco de calidez.

—Yo te llevo... —empieza a decir a mis espaldas, dando medio giro para seguirme con la mirada.

—Igor me llevará —le interrumpo de golpe, deteniéndome un segundo sin mirarlo—. Necesito hablar algunas cosas con ella y no tengo ganas de verte ahora mismo.

El silencio que sigue es sepulcral. Por el rabillo del ojo, veo cómo Alekséi asiente con resignación, bajando la vista hacia el suelo, incapaz de rebatirme el argumento. Es el precio que tiene que pagar por querer jugar al hombre de honor.

Cruzo el umbral de la puerta trasera y la cierro detrás de mí, dejando al rey de la mafia a solas con sus bestias y su maldito autocontrol.

Igor ya me está esperando fuera, de pie al lado del coche.

Mientras me acerco, él se apresura a abrirme la puerta trasera con su habitual respeto.

Le doy las gracias con un asentimiento, pero antes de meterme dentro del habitáculo, no puedo evitar levantar la vista hacia la ventana de arriba.

Él está ahí, de pie tras el cristal, observándome en un cruce de miradas helado que me eriza la piel.

Entro al fin y la puerta se cierra detrás de mí con un golpe seco.

Igor arranca el motor y, mientras nos alejamos de la mansión rodeando la inmensidad grisácea del lago, me quedo mirando por la ventanilla cómo la densa nieve ha desaparecido de los caminos principales, dejando paso al fango congelado.

El silencio dura poco dentro del pequeño habitáculo; el repentino timbrado de mi teléfono rompe la tensión.

Al mirar la pantalla, veo el número de mi prima Ana.

Me extraña muchísimo su llamada estando yo en Rusia, pero lo cojo porque, aunque no sea muy de mi agrado por sus decisiones del pasado, la quiero.

Cuando me enteré de que se había ido con un clan de Madrid que tenía la maldita fama de tratar mal a las mujeres, se me encogió el estómago.

—Hola, Ana. ¿Cómo estás? —hablo, forzando una sonrisa que ella no puede ver.

—Yo estoy bien, pero, Sulami... me enteré por Saray de que tuviste un accidente. ¡Joder! ¿Cómo estás?

Su voz suena genuinamente preocupada. Intento respirar hondo para que no note que tengo otros problemas en los que centrarme, como el hecho de que voy de camino a la cabaña de Vika, la hermana del hombre que se supone que solo está aquí para protegerme por un trato.

Me repito mentalmente que tengo que encontrar la manera de quedarme a su lado, de hacerle entender a Alekséi de una vez por todas que soy yo la que decide sobre mi vida y no las costumbres de mi etnia.

—Estoy bien, no te preocupes —le aseguro, cambiándome el móvil de oreja mientras me percato de que Igor me mira muy atento por el espejo retrovisor—.

Ana, me enteré de que te fuiste con uno de la familia Heredia.

Joder, ¿es que no encontraste a otro con peor fama?

—digo con sarcasmo, aunque la angustia me aprieta la garganta—.

Quiero que me digas la verdad... ¿Te maltrata o te hace algo que tú no quieras?

—No...

Siento la duda flotando en su voz, esa milésima de segundo de vacilación que me pone los pelos de punta.

De repente, un gran portazo resuena al otro lado de la línea, seguido de unas voces violentas y distorsionadas que irrumpen a través del teléfono.

Intento entender lo que gritan en un idioma que conozco bien, pero solo capto palabras sueltas que me hielan la sangre: «...

perra...», «...muertos...», «...zorra... ».

—Sulami, tengo que colgar —dice Ana en un susurro bajo, tembloroso, cargado de un miedo que jamás le había escuchado—. Después te llamaré.

—¡No, Ana, no me cuel...!

La línea se corta. Mierda.

Dejo el móvil sobre el asiento de cuero y me paso las manos por el cabello con un sonoro resoplido de frustración. Tiene problemas graves en España y yo, atrapada en mitad del invierno ruso, no puedo hacer nada desde aquí. Tampoco puedo hablar de más.

—¿Todo está bien, señorita? —pregunta Igor desde el asiento delantero, rompiendo la tensión—. He escuchado que era su prima Ana.

Miro fijamente sus ojos grises a través del retrovisor. Sé que la Bratva tiene recursos, información y ojos en cada rincón de Europa, incluso entre los gitanos de Madrid si se lo proponen.

—Sí, era ella... y no, Igor. No sé si realmente las cosas están bien —confieso, apretando los puños sobre mis muslos—. Creo que está en un pozo muy oscuro y no sé cómo sacarla de allí.

Igor guarda silencio durante unos segundos, midiendo sus palabras con la precaución de un lobo viejo, antes de responder.

—Si esa familia de Madrid causa problemas que alteren su tranquilidad, señorita Sulamita, solo tiene que decírselo. Alekséi tiene formas muy efectivas de hacer que los hombres recuerden sus modales, sin importar el país en el que se escondan.

Su respuesta me deja pensando mientras el coche avanza entre los árboles secos.

Alekséi está tratando de alejarse de mí por su estúpido código de honor, y la última opción que tengo es ir a llorarle por los problemas de mi familia en España.

No quiero que me vea como una niña indefensa a la que tiene que salvar por obligación. Quiero que me vea como su igual.