CORONA DE SANGRE CAPITULO 51
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CAPITULO 51

ALEKSÉI

Sigo de rodillas, saboreando hasta la última gota de su placer.

Tengo la polla tan dura que me duele de una forma infernal.

Doy una última lamida con la lengua por toda la base de su clítoris, suspiro y apoyo mi frente justo ahí, en su coño, rindiéndome un segundo ante ella.

Cuando alzo la vista, me encuentro con sus mejillas encendidas, su respiración hecha un desastre y los labios entreabiertos.

—Mírame, tsygánka —le pido en un susurro ronco—. No cierres los ojos. Quiero que veas lo que me haces.

Ella baja la mirada, todavía temblando, y susurra con la voz rota:

—Es... es demasiado, Alekséi. Siento que me voy a romper.

—No te romperás —le aseguro mientras me levanto lentamente—. Eres de fuego, y el fuego no se rompe, solo quema.

Me quedo todavía entre sus piernas. Recorro con mis dedos el contorno de su mandíbula, observándola más de cerca. Le doy un beso largo, profundo, y me aparto solo un centímetro para susurrarle contra la boca:

—Tendrás que ayudarme con una cosita...

Desvío la mirada hacia abajo. Ella me sigue y, al darse cuenta, asiente.

Aparto mis manos de su cuerpo y lentamente me desabrocho el cinturón.

Bajo la cremallera y libero mi polla; está como un maldito resorte, latiendo con fuerza.

Sé que todo esto es nuevo para ella y no quiero asustarla; solo quiero que este momento sea nuestro, lejos de sus costumbres y de Machín.

Tomo su delicada mano y la llevo a mi pecho.

—Siente esto —le ordeno—. Mi corazón solo va así de rápido por ti.

Lentamente, guío su mano bajando por mi pecho, luego por mis abdominales, y antes de descender más, vuelvo a mirarla.

—Envuélveme la polla con tu mano y acaríciame de arriba abajo.

Cuando cierra sus dedos alrededor de mi miembro, este da un pequeño brinco. Me inclino hacia ella, uniendo mi frente con la suya.

—No quiero hacerte daño, yo nunca he... —su voz suena temblorosa.

—No lo harás —le corto con suavidad, dándole un beso corto en la punta de la nariz—. Tú tienes el control ahora. Tú me tienes a tus pies, ¿no lo ves?

Tomo su muñeca con cuidado, ayudándola a empezar el movimiento. Ella se deja guiar, aprendiendo el ritmo que mi cuerpo exige.

—Sí, así. No pares —gruño, cerrando los ojos por un instante—. Maldita sea, Sulamita... si supieras lo que me estás haciendo.

Suelto su muñeca y ella sigue por su cuenta. Me dedico a morder esos labios que tanto he deseado, mientras mi polla roza la parte interna de sus muslos. El contraste de su piel con mi calor me hace gruñir, luchando contra la urgencia de reclamarla de una vez por todas.

Todo se intensifica en este maldito pasillo.

La frialdad de la mesilla de mármol bajo sus muslos contrasta con el calor abrasador que emana de nosotros.

Mis caderas se mueven buscando su mano con una desesperación que no reconozco en mí mismo.

Jadeo contra la piel de su cuello mientras nuestra imagen rebota contra los cristales del techo.

Muerdo suavemente la curva de su cuello, marcando mi territorio en un lugar donde cualquiera podría vernos.

—Te he visto mirar los espejos mientras te hacía correrte... —susurro, las palabras salen forzadas, como si me estuviera ahogando en el placer—. Para eso sirven. Para que puedas observar cada ángulo de cómo te poseo, para que veas lo que este monstruo es capaz de hacerte.

Ella se arquea hacia mí, buscando más contacto, y ese movimiento termina por destrozar mi cordura. Estoy a punto de llegar al límite, y sé que, por sus costumbres, por Machín, no debería quedar ni un rastro de esto entre nosotros. Debería ser un pacto de silencio, un pecado sin huellas.

Pero el momento es inevitable. Sulamita se inclina hacia delante, atrapada en su propio deseo, y sus labios recorren mi cuello en una caricia que me hace perder el sentido.

Me corro tan fuerte que el mundo se vuelve blanco por un segundo.

Intento echarme hacia un lado en el último suspiro, tratando de salvar su pureza ante los ojos de su clan, pero es inútil.

La he puesto perdida. Su muslo derecho, expuesto sobre el mueble de mármol, está manchado de mi líquido blanco. El contraste de mi semilla sobre su piel morena es la prueba física de que he roto todas mis promesas.

—Mierda... —gruño en un tono bajo, apoyando mis manos a los lados de sus caderas, todavía temblando por el orgasmo.

La miro a los ojos, esperando ver el peso de la culpa o el miedo a ser descubiertos en este pasillo, pero Sulamita me devuelve una mirada que no conocía. Sus dedos se entierran en mis hombros, obligándome a no apartarme.

—No te disculpes —dice ella, con la voz cargada de una seguridad nueva que me deja helado—. No intentes protegerme de algo que yo misma he buscado.

La calidez de mi rastro resbala por su pierna, pero ella no se inmuta. Me sostiene la mirada, desafiando al Pakhan, desafiando al hombre de treinta y tres años que cree que puede decidirlo todo.

—Escúchame bien, Alekséi —continúa, y su tono es un susurro afilado—. Ya no eres tú ni mi padre o mis costumbres los que dictan las reglas. Ahora la que decide soy yo. Y he decidido que te quiero así: roto por mí, aunque el mundo entero esté al otro lado de esa puerta.

Me quedo sin palabras. El silencio del pasillo se vuelve ensordecedor mientras proceso que la niña que rescaté se ha convertido en la mujer que acaba de ponerme una soga al cuello.

Limpio con mi pulgar una gota de semen que resbala por su piel, sin poder apartar los ojos de ella.

—Ten cuidado con lo que deseas —le advierto con la voz todavía rota—. Si tú decides, entonces no habrá piedad cuando decida reclamar el resto de lo que me pertenece.

Cierro los ojos con fuerza. El eco del puñetero contrato y las palabras de mi amigo resuenan en mi cabeza como una condena: “Me la devolverás intacta”.

Doy un paso hacia atrás, marcando una distancia que me quema.

Me recoloco el miembro por dentro de los pantalones, sintiendo todavía el latido del orgasmo.

Me agacho para recoger mi camisa del suelo y empiezo a limpiar el desastre que he causado en su muslo.

Paso la tela con un movimiento casi sagrado, como si intentara borrar el pecado antes de que se convierta en una mancha permanente.

—Piensa cuando tengas la mente fría —le digo, sin ser capaz de mirarla a los ojos.

Sulamita se queda en silencio, observándome con esa mirada que me desarma. Cuando acabo, dejo la camisa a un lado de la superficie fría y la tomo en brazos. Noto que sus piernas todavía tiemblan contra mis costados.

—Puedo andar, esto no es necesario —protesta, aunque su instinto es rodearme el cuello con el brazo.

—Para de hablar y deja que te mime solo esta vez —le corto. Porque es mucho más difícil de explicar que de entender.

Soy un hombre de honor y de palabra. Machín fue muy claro sobre los límites que no debía sobrepasar.

Aunque Sulamita tenga sus dieciocho años, su padre sigue teniendo la última palabra y sé que me la arrebataría si fallara.

Y no lo haría porque tenga más poder que yo, sino porque los códigos que nos unen son más fuertes que las balas.

Desde aquel día en el barco, cuando puso mi vida por delante de la suya y la de su mujer —a pesar de que Rosa siga viva—, se selló una deuda. Eso no se traiciona. Nunca.

Camino por el pasillo con ella en brazos, envueltos en un silencio que pesa más que su cuerpo. Cruzo el umbral de su habitación y la deposito en la cama con una delicadeza que me resulta extraña.

—Cuando puedas, te duchas y descansas. Ya hemos tenido bastante diversión por hoy —suelto con una sonrisa de lado, una máscara de arrogancia para ocultar mi frustración.

Ella aparta la mirada, dolida. La entiendo. Yo también lo estaría si alguien me hiciera suyo de esa manera y después fingiera que no ha pasado nada. Pero en mi mundo, la supervivencia depende de no dejar que el corazón dicte las órdenes.

—Buenas noches.

Nos quedamos cinco minutos mirándonos, un duelo silencioso entre lo que queremos y lo que debemos hacer. Finalmente, me doy la vuelta y salgo de la habitación, cerrando la puerta tras de mí y dejando mi cordura al otro lado.

Entro en mi cuarto y lo primero que hago es dirigirme a la mesilla de las bebidas. No me molesto con vasos; mando todo a la mierda y agarro directamente la botella de Vodka. Me dejo caer en el pequeño sillón de cuero, sintiendo cómo el peso del día —y de mis propios errores— me hunde en el asiento.

Saco el paquete de tabaco del bolsillo, tomo un cigarrillo con los dientes y lo enciendo con la mano libre.

Doy una calada larga y profunda, dejando que el humo denso recorra cada recoveco de mis pulmones, intentando que ese ardor calme el fuego que todavía me quema por dentro.

Frunzo el ceño y levanto la botella de Vodka, brindando con las sombras de la habitación.

—Por la cagada del año —murmuro con una sonrisa cargada de una ironía dolorosa.

Doy un trago largo, dejando que el alcohol se una con el humo. El líquido me quema la garganta, pero es un dolor necesario para enfriarme la sangre. Joder, he estado a punto de echarlo todo a perder por un instante de debilidad.

Tengo que centrarme en lo importante y mantener la cabeza fría.

No puedo volver a cruzar esa línea con ella, no todavía.

Si Machín se entera de que he roto el pacto antes de tiempo, se me echará encima todo su clan, y lo último que necesito ahora es una guerra interna en Cádiz mientras Kemal y Alfredo siguen moviéndose en las sombras.

Tengo que mantener las distancias y ponerme un maldito límite, por mucho que me cueste, hasta que limpie el tablero de juego.

Primero me desharé de las amenazas; después, reescribiré las reglas.

Porque Sulamita no nació para ser una moneda de cambio ni una gitanilla protegida entre muros de piedra. Su lugar es ser la dueña del jefe de la Bratva. Su lugar es mi trono, y quemaré el mundo entero antes de dejar que alguien la aleje de mi lado. Pero cada cosa a su tiempo.

Apoyo la cabeza en el respaldo del sillón, viendo cómo el humo del cigarrillo dibuja formas caprichosas en el aire. El juego ha cambiado. Ahora me toca jugar a la contención, ser el maldito témpano de hielo que ella cree que soy, aunque por dentro me esté cayendo a pedazos por volver a tocarla.