CORONA DE SANGRE CAPITULO 50
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CAPITULO 50

SULAMITA

Mis zapatos salen volando por la inercia del giro brusco que me obliga a dar Alekséi.

Me planta frente a él, y yo le sostengo la mirada, desafiándolo con la barbilla en alto, aunque mis ojos son dos cuencas a punto de desbordar lágrimas de impotencia.

No quiero mostrarle esa debilidad; no hoy, no después de este desastre.

—Vale, hablemos. Adelante —suelto, mientras veo cómo su mandíbula se aprieta hasta casi crujir.

—¡¿Sabes lo que has hecho delante de todos?! ¡¿Delante de mis hombres?! —me grita. No es una pregunta; es una acusación cargada de una furia que hace vibrar las paredes. —Pero está claro que no tienes ni puta idea.

Da un paso hacia delante, obligándome a retroceder por el pasillo.

—Claro, como no... —respondo con puro sarcasmo, sintiendo el fuego en mi sangre—. Yo soy la que se ha portado mal, pero fuiste tú el que empezó.

El recuerdo de esa rubia besando su cuello vuelve a mi mente y me da el coraje que me faltaba. Su rostro se contorsiona, transformándose en una máscara de pura rabia.

—Mira, te lo voy a decir una sola vez, y espero por tu bien que lo grabes a fuego: mientras estés conmigo, mientras yo te esté protegiendo, mientras seas "mi mujer"...

—recalca esas palabras con una autoridad que me eriza la piel—...

nadie te tocará. Nadie te mirará. Nadie respirará cerca de ti.

Y si no lo entiendes por las buenas, ya me encargaré yo de metértelo en esa cabecita tuya.

Suelto una risa amarga, intentando contener el llanto.

—¿Entonces es eso? ¿Bajo tu techo todos tienen que pensar que nadie debe tocarme como si de verdad fuera tu mujer?

Ese papel de macho alfa te queda grande, Alekséi.

—Le doy un pequeño empujón para intentar apartarlo; su calor me abruma y no me deja pensar.

—Te recuerdo que esto no fue mi elección.

Si tanto te arrepientes, no seas tan imbécil, termina con este papel de protector y devuélveme a mi casa donde...

No termino la frase. De repente, estrella su frente contra la mía. Su aliento choca con el mío, abrasador.

—No me provoques, joder. Estás llegando al maldito límite —gruñe.

—¿Y tú no sabes que eres un gilipollas? —le contesto con la misma intensidad, pegada a sus labios.

—Y tú eres una tonta.

—Te odio.

—No lo creo.

—Te detesto.

Me obliga a retroceder paso a paso, sin separar su frente de la mía, hasta que mi espalda choca contra la pared fría. Estamos atrapados el uno contra el otro.

—Te amo.

—Te... espera... ¿Qué? —El susurro es tan bajo que apenas puedo oírlo por encima del latido de mi propio corazón.

Mi mirada queda hipnotizada en la suya. ¿He escuchado bien?

—No sabes ni por un momento lo difícil que me resulta no ser egoísta por primera vez en mi puta vida, Sulamita.

Lo que me cuesta no besarte hasta quedarme sin un hilo de aliento.

Lo que me cuesta encerrarte en esta casa y no dejarte marchar nunca...

porque sé lo importante que es para ti esa estúpida costumbre de mantenerte pura.

Trago saliva con fuerza. Sus palabras calan tan hondo que me asustan.

Él no sabe que yo tampoco quiero irme, pero me aterra que para él solo sea un capricho de posesión.

Me aterra que, cuando se canse, haga lo que todos en este mundo: pasar a la siguiente mujer que le cause curiosidad.

Mis palabras mueren asfixiadas por su intensidad.

—Así que te pido... No. Te ruego que no me provoques más —su voz se vuelve una súplica peligrosa—. Porque no sé cuánto tiempo más podré respetar esa línea que te mantiene intacta, tsigánka.

Nos quedamos un segundo en un silencio sepulcral, con su frente pegada a la mía.

Él sigue mirándome furioso, nuestras respiraciones son un desastre de aire caliente y entrecortado.

Las ganas de cometer una locura me nublan el juicio, una voz en mi interior me grita que no debo, que las consecuencias serán devastadoras, pero la adrenalina de mis dieciocho años recién cumplidos es más fuerte que mi prudencia.

—Así que solo te suplico eso —susurra él, apartando lentamente su frente sin dejar de buscar mis ojos.

Y entonces hago lo más estúpido que podría hacer. Sin pensarlo, agarro el cuello de su chaqueta en un movimiento rápido y lo beso. Es un beso torpe, fijo, sin experiencia; mi primer beso con el hombre que debería evitar a toda costa, pero ahí estoy, sellando mi destino contra sus labios.

Los nervios empiezan a quemarme por dentro en cuanto me doy cuenta de lo que acabo de hacer.

Necesito ver su reacción, saber si me he equivocado de forma irreversible.

Lo aparto un poco, apoyando la mano en su pecho firme, y lo que veo me deja sin aliento: me mira con los ojos de un loco hambriento.

—¡Y una mierda! —ruge él.

De repente, siento su mano fuerte y caliente cerrarse sobre mi nuca.

Con un tirón posesivo me atrae de nuevo hacia él y me devora la boca antes de que pueda procesarlo.

Me besa con furia, con un hambre que parece querer consumirme entera.

Estoy atrapada contra su cuerpo y descubro que su boca es más dulce que cualquier helado, pero sabe a peligro.

Siento su locura invadiendo mis sentidos; sus manos recorren mis costados y mi espalda en un baile de lujuria contenida que acaba de estallar en mitad del pasillo.

Se mueve con una rapidez asombrosa. Sin dejar de besarme, Alekséi barre con un solo brazo todo lo que hay sobre la mesita de madera; el sonido de los jarrones estallando contra el suelo se pierde bajo el ruido de nuestras respiraciones.

Antes de que el último cristal deje de vibrar, me agarra por los muslos y me sienta sobre la madera fría, devorándome la boca como si fuera su único trono.

Sigue recorriéndome con ansia, pasando sus labios por mi mandíbula hasta enredar de nuevo su lengua con la mía.

Joder, siento una humedad desconocida en lugares que nunca imaginé; la electricidad que me recorre el bajo vientre me arranca un gemido y él enloquece al sentirlo, apretándose con fuerza entre mis piernas y siento lo duro que está.

Se quita la chaqueta con desesperación y yo le ayudo con la camisa, con las manos temblorosas. Nos detenemos un segundo cuando su torso queda al descubierto y mis ojos se fijan en ese gran tatuaje que marca su piel; lo recorro con mis dedos, fascinada por la fuerza que emana de él.

Él recorre mis muslos con sus manos, marcando mi piel con sus dedos hasta llegar al borde de mi ropa interior, dispuesto a arrancármela.

En ese instante me tenso. El pánico a perder mi pureza, a lo que dirán en Cádiz y al peso de mi familia, me golpea de golpe.

Necesito que se detenga; esta es una decisión sin vuelta atrás.

Él nota mi rigidez de inmediato. Se detiene, jadeando, y me mira con una intensidad que me hace temblar.

—Tranquila... se me ha ocurrido una forma que no te perjudicará para nada. ¿Confías en mí?

Su mirada recorre cada palmo de mi rostro y yo me pierdo en el suyo. Asiento casi sin aliento, sorprendida de mi propia entrega y de lo que estoy a punto de permitirle hacer.

Me besa de nuevo, dejando sus labios contra los míos durante un tiempo que se siente eterno.

Es un beso lento, cargado de una promesa silenciosa, mientras sus manos expertas recorren mis muslos.

Siento el roce de la tela cuando levanta mi vestido hasta dejarlo amontonado en mis caderas.

Sus dedos rozan el borde de mi lencería y es entonces cuando se aparta solo un milímetro para buscar mi mirada, mientras desliza la prenda por mis piernas con una parsimonia que me vuelve loca.

A medida que las baja, él se va agachando hasta quedar de rodillas frente a mí, justo a la altura de mis caderas.

Veo cómo guarda la pequeña prenda en su bolsillo, como un trofeo, y vuelve a colocar sus manos sobre mi piel.

Sube lentamente, dejando un rastro de sensaciones tan excitantes que mi cuerpo reacciona por instinto, buscándolo, ansiando más contacto de él.

—Moyá tsigánka —murmura contra mi piel, y su aliento caliente me eriza el vello.

Sus manos ascienden por mis muslos y comienza a besar mis piernas, subiendo poco a poco, recorriéndome con la boca.

Siento cómo mi vientre se encoge en un espasmo de pura anticipación.

Abro más las piernas, entregándome a su voluntad, y es entonces cuando se sumerge entre ellas levantando una de mis piernas.

El primer contacto de su lengua me arranca un gemido que rompe el silencio del pasillo.

Desde mi posición, veo su espalda desnuda y musculosa, marcada por ese tatuaje que ahora parece cobrar vida con cada uno de sus movimientos. Sus manos me sujetan con firmeza, recorriéndome de arriba abajo, mientras su lengua me obliga a arquearme por primera vez en mi vida.

—Aleks... Oh, joder —suelto, incapaz de completar su nombre.

Retengo el aire en mis pulmones, sintiendo que el mundo desaparece.

Su boca me está haciendo perder el juicio, llevándome a un lugar donde no existen clanes, ni deudas, ni leyes gitanas.

Siento su lengua hacer un giro experto que me obliga a echar la cabeza hacia atrás, y es en ese momento cuando mis ojos encuentran el reflejo en los espejos del techo.

La imagen me impacta: veo a una Sulamita con las manos aferradas a los bordes de la mesa, con la respiración agitada y el cuerpo temblando bajo la atención de esa espalda ancha y fuerte. Es Alekséi, el hombre al que se supone que debe protegerme, dándome el mayor placer que he sentido jamás.

Agarro su cabello por puro instinto, tirando levemente mientras muevo las caderas en un ritmo desesperado. Él se aferra a mis muslos con fuerza, manteniéndome en el sitio, devorándome con una devoción casi violenta.

—Alekséi... Alekséi... —suplico entre jadeos.

Mi cuerpo se convierte en un terremoto de espasmos y placer. Las luces del pasillo parecen brillar con más fuerza antes de fundirse en negro mientras los espasmos me sacuden, anclándome a él en una unión que, aunque no haya roto mi pureza física, ha encadenado mi alma a la suya para siempre.