CAPITULO 49
ALEKSÉI
Estoy sentado en el reservado de terciopelo rojo y mis dedos aprietan el cristal del vaso con una fuerza que amenaza con astillarlo.
No dejo de observar a Sulamita. Las dos o tres copas que lleva encima la están soltando demasiado, y parece no darse cuenta de que está llamando la atención de todo el puto club.
Intento controlarme, joder, de verdad lo intento, pero no tiene suficiente con exhibirse; ahora se acerca y saca a Aras a bailar.
¿En serio tengo que ver cómo él se mueve cerca de ella?
El muy hijo de puta incluso me mira para provocarme. ¿A qué coño está jugando este imbécil? Le acribillo con la mirada como si mis ojos fueran una ametralladora cargada; noto cómo se pone tenso, carraspea y se aparta de ella de inmediato. Sabe que está cruzando una línea que puede costarle la vida.
Sulamita frunce el ceño descaradamente hacia mí, desafiándome con esa arrogancia que me enciende la sangre, pero finalmente se sienta de nuevo con Vika.
Aparto la mirada solo un segundo para vigilar el perímetro, y es entonces cuando veo a uno de esos desgraciados en la barra recolocándose la polla por encima de los pantalones mientras la devora con los ojos.
La mano me quema. Me pica el dedo por sacar el arma y volarle los huevos ahí mismo, dejarlo como un muñeco Ken para que aprenda a no mirar lo que es mío. Pero cuando vuelvo a centrarme en ella, ya es tarde: las dos se están dirigiendo a la barra.
El instinto me grita que me levante y la saque de allí a rastras, pero me obligo a quedarme quieto.
Quiero ver hasta dónde es capaz de llegar.
Aras intenta decirme algo, balbuceando sobre negocios o alguna mierda que ahora mismo me importa un carajo, y no le hago ni puto caso. Mi atención es suya. Solo suya.
Entonces ocurre.
Un tipo se le acerca. Le rodea la cintura con el brazo. Y ella, en lugar de apartarse, se inclina hacia él. Veo cómo sus labios rozan el cuello de ese desconocido mientras clava sus ojos en los míos. Me está retando. Está usando a ese imbécil para quemarme por dentro.
El ruido del cristal estallando en el suelo es lo único que me devuelve a la realidad. Me levanto del sillón con una lentitud letal, apartando a la mujer que intentaba llamar mi atención como si fuera un estorbo.
Mis hombres se tensan. El club parece contener el aliento. Empiezo a caminar hacia la barra, y cada paso que doy es una sentencia de muerte para el infeliz que tiene su mano sobre ella.
Estoy a dos pasos del hombre que, en mi mente, ya es un puto cadáver.
Saco mi arma con un movimiento fluido y, en un instante, el pulso del club se detiene por completo.
La música parece desvanecerse ante el sonido metálico del percutor.
Rodeo al imbécil y me planto frente a ellos, hundiendo el cañón de mi pistola directamente en su entrepierna.
El tipo palidece al reconocer quién soy. Su mirada se vuelve errática y levanta las manos, aterrado; la fama de desangrar a mis enemigos me precede allá donde mis pies pisan.
—Señor Alekséi... —tartamudea, con la voz quebrada, sin entender qué ha hecho para firmar su sentencia de muerte.
—Si quieres conservar tu polla pegada a los huevos, te recomiendo que te largues de este club ahora mismo y no vuelvas a entrar —sentencio con una calma gélida que asusta más que cualquier grito—. Si no lo haces, mi amiguita te enviará directo al hospital, pero por partes.
El cobarde se marcha tropezando con todo lo que encuentra en su camino. Guardo el arma mientras siento a Sulamita a mi espalda, paralizada. Puedo oír su respiración contenida; se ha dado cuenta, demasiado tarde, de que provocarme ha sido el mayor error de su vida.
Me giro hacia ella. Vika está a su lado, con los ojos muy abiertos.
No digo nada. Simplemente agarro a Sulamita del brazo con una fuerza que no admite réplica y empiezo a arrastrarla por el local.
Noto cómo su pecho sube y baja de forma errática; sabe perfectamente lo que le espera y esa conciencia la está asfixiando.
—¡Alekséi, hermano, por favor, suéltala! —grita Vika, siguiéndonos a duras penas—. ¡Es mi culpa, no he debido dejarla beber tanto!
No me detengo. No la escucho. Mi único objetivo es sacar a Sulamita de aquí antes de que pierda los papeles del todo. En el camino me cruzo con Aras, que observa la escena con el rostro serio.
—Lleva a mi hermana a casa —le ordeno sin mirarlo—. La fiesta se ha acabado.
Los dos se quedan atrás, observando en silencio cómo me llevo a Sulamita a rastras hacia la salida.
—Me estás haciendo daño —murmura ella con voz temblorosa, intentando zafarse.
No respondo. Sigo arrastrándola hasta llegar a la entrada, donde el aparcacoches ya tiene el motor en marcha. Abro la puerta del copiloto con un golpe seco y la obligo a entrar.
Esta noche no habrá más bailes, ni más risas, ni más hombres tocando lo que me pertenece. Esta noche va a aprender que jugar con fuego solo sirve para terminar quemada.
Arranco el motor con una rabia que me nubla la vista y acelero sin perdón.
El rugido del coche es lo único que compite con el ruido de mi propia sangre golpeándome las sienes.
Las luces de la ciudad, las calles y los árboles se convierten en imágenes borrosas a nuestro paso.
Solo quiero quemar el asfalto, borrar la imagen de ese imbécil tocándola.
—Alekséi, conduce más despacio —suplica ella, y noto el temblor del miedo en su voz.
—¡Silencio! —rujo, alzando la voz tanto que el habitáculo parece encogerse.
La miro de reojo. Tiene los ojos brillantes, inundados; una mezcla de miedo y furia que me enfurece todavía más.
Me saca de mis casillas que tenga el valor de enfadarse después de lo que acaba de hacer en el club, delante de mis hombres, delante de todo el mundo.
Mi reputación y mi paciencia se han ido a la mierda en un solo gesto suyo.
Vuelvo a pensar en sus labios rozando la piel de ese extraño y piso el pedal a fondo.
—Nos vamos a matar —la escucho sorber por la nariz.
Está llorando. Bien. Así entenderá que con el fuego del infierno no se juega.
Llegamos a la mansión derrapando sobre la grava.
Salgo del coche envuelto en una nube de furia negra.
Antes de que pueda llegar a su lado, ella se quita los zapatos, quedándose descalza sobre el suelo frío, y sale del coche por su cuenta.
Intenta adelantarse, corriendo hacia el recibidor para escapar de mí.
Entro detrás de ella y cierro la puerta principal con un golpe que resuena en toda la estructura.
Lira y Veles se sobresaltan al verme en este estado; sus instintos animales captan mi sed de violencia.
Les hago la señal silenciosa para que se retiren al sótano y obedecen de inmediato, desapareciendo en las sombras.
—¿A dónde piensas que vas? —le grito, siguiéndola por el recibidor.
—¿A dónde crees? ¡A mi habitación! —me escupe sin detenerse.
—Tenemos que hablar y me vas a escuchar, Sulamita —le advierto mientras subo las escaleras tras ella, acortando la distancia.
—¡No quiero hablar, así que déjame en paz!
La escucho luchar contra el llanto, intentando controlar los sollozos.
Es lo último que me faltaba: verla llorar ahora, cuando ella ha provocado este desastre.
La han tocado. Se ha atrevido a dejar que alguien pusiera sus manos sobre lo que me pertenece.
Al llegar al final de la escalera, la agarro con fuerza del brazo y la obligo a girarse para mirarme de frente.