CORONA DE SANGRE CAPITULO 48
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CAPITULO 48

SULAMITA

Cuando él entra en el coche y cierra la puerta, el espacio se vuelve minúsculo.

Siento la tensión vibrando hasta en mi alma; es una energía espesa que lo llena todo.

No sé qué me espera esta noche, pero de lo que sí estoy segura es de que algo está cambiando de forma irreversible en la manera de sentirme a su lado.

Miro por la ventanilla, viendo cómo las sombras de los árboles pasan a toda velocidad, y me invade la extraña sensación de que mis pesadillas no tienen poder mientras él esté cerca.

Alekséi enciende el motor y se pone en marcha en un silencio sepulcral. Sin embargo, apenas hemos dejado atrás el camino de entrada de la mansión, noto un calor súbito sobre mi piel. Al bajar la mirada, veo la mano de Alekséi descansando con firmeza sobre mi muslo.

Abro los ojos como platos. El pulso se me acelera tanto que temo que él pueda escucharlo.

Lo miro de golpe, pero él sigue con la vista al frente, concentrado en la carretera, como si su mano hubiera buscado mi cuerpo por puro instinto, sin que él se diera cuenta.

Trago saliva, sintiendo que el aire me quema, y le doy un manotazo para apartarlo.

Su reacción es de absoluta sorpresa. Gira la cabeza hacia mí, mirándome sin entender qué ha sucedido, hasta que baja la vista y ve dónde estaba su mano. La retira de golpe, como si se hubiera quemado con brasas.

—Lo... lo siento —murmura, y por primera vez detecto una grieta en su máscara de hierro.

Oculto el temblor de mis manos, y retiro mis piernas hacia el lado contrario, pegándome a la puerta del copiloto.

—Sigue conduciendo —digo en voz baja, intentando recuperar la compostura—. Espero que no falte mucho para llegar.

Alekséi aprieta el volante con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. No dice nada más, pero el ambiente en el coche ha pasado de ser tenso a ser eléctrico. Él sabe lo que ha hecho, y yo sé que, aunque me haya quejado, una parte de mí ha deseado que esa mano no se moviera de ahí.

Cuando el coche se detiene y miro a través del cristal, el aliento se me queda atrapado en la garganta.

Este lugar es un universo completamente distinto al club Zafiro donde entré en Cádiz; solo la fachada ya impone un respeto que hiela la sangre.

Transmite una exclusividad peligrosa, gritando a los cuatro vientos que tras esas puertas no entra cualquiera.

Es un bastión de acero y hormigón que parece guardar los secretos más oscuros de la ciudad.

Salimos del coche y el aire frío de la noche me golpea el rostro, recordándome que estoy muy lejos de casa.

Alekséi le lanza las llaves al aparcacoches con un movimiento seco y se coloca de inmediato a mi lado.

Antes de que pueda dar un paso, toma mi mano entre la suya.

Lo observo sorprendida, pero esta vez no intento soltarme; dejo que sus dedos se entrelacen con los míos y que su calor me guíe.

—Cuando estemos dentro, te diré dónde estarás tú y dónde estaré yo —dice, inclinándose hacia mí con una seriedad que me eriza la piel—. Pero ahora, entraremos juntos.

Es una orden y una declaración al mismo tiempo. Vika y Aras aparecen detrás de nosotros, uniéndose a nuestro grupo mientras nos acercamos a la entrada principal, donde los guardias se cuadran al ver la figura de Alekséi.

—Entremos ya —suelta Aras, frotándose las manos con la ansiedad de una bestia hambrienta—. Esta noche será inolvidable.

Me mira y me guiña un ojo con complicidad. Yo me encojo de hombros, dejando que la adrenalina borre por un momento el miedo. El deseo de divertirme, de sentirme viva en mi dieciocho cumpleaños, empieza a ganarle la batalla a la prudencia.

—Claro que sí —le respondo con una sonrisa desafiante.

Alekséi no dice nada, pero su agarre en mi mano se vuelve más firme, casi posesivo, mientras tira de mí para cruzar el umbral y entrar en su santuario.

Caminamos hacia una zona VIP, apartada del bullicio frenético del club, todavía agarrados de la mano.

Varios hombres trajeados miran a Alekséi con un respeto que raya en el temor, inclinando la cabeza a su paso.

Él se detiene al llegar a un reservado de terciopelo oscuro y se gira, quedando frente a mí.

—Este será tu lugar y... —gira levemente la cabeza, señalando con la barbilla una zona situada a dos mesas de la nuestra—... allí estaremos Aras y yo.

Suelto su mano y el cambio repentino al frío no me gusta nada.

—Está bien —respondo secamente.

Vika, que camina entusiasmada detrás de nosotros, se sienta primero.

Yo me quedo de pie un segundo, viendo cómo él se marcha con Aras a la otra mesa, sintiéndome extrañamente sola de repente.

"Joder, Sulami, ¿qué te pasa con él?", me recrimino internamente.

"Solo disfruta de que cumples dieciocho, de que estás viva y ya está".

Me siento al lado de Vika, obligándome a no volver a mirarlo.

—¿Estás bien? —me pregunta Vika preocupada—. Os he visto muy tensos. ¿Habéis discutido?

—No, solo... —intento encontrar el motivo—... la verdad es que lo noto extraño.

En ese momento, una idea punzante me atraviesa la mente: ¿y si está cansado de protegerme?

Por mucha deuda que tenga con mi padre, yo no soy su problema.

¿Es probable que esté pensando en terminar el trato ahora que soy adulta?

El pecho se me oprime, pero sacudo la cabeza para espantar esos pensamientos.

Una camarera se acerca y Vika toma el mando antes de que yo pueda pedir mi habitual whisky con Coca-Cola.

—Tráenos dos Pornstar Martinis —pide Vika con una sonrisa traviesa—. Pero que el sirope sea extra dulce para mi amiga, es su cumpleaños.

Las horas pasan y el ambiente se va caldeando.

La bebida dulce que pidió Vika está riquísima y, tras dos copas, siento un calor agradable subiéndome por las mejillas.

Veo a Aras de pie, vigilando a la gente que baila, y decido que no quiero estar más sentada.

Me acerco a su mesa, ignorando la figura rígida de Alekséi.

—Vamos, diviértete conmigo —le digo a Aras, cogiéndolo de la mano para llevarlo a un lado de la mesa.

—No sé bailar —se ríe él, aunque se deja arrastrar—. Pero te seguiré el ritmo.

Nunca he podido hacer esto: divertirme, sentir la música, disfrutar de esta libertad. Me muevo al ritmo de los bajos que retumban en el suelo, bajo las luces de neón, sintiendo la adrenalina recorrer cada fibra de mi cuerpo. Sin embargo, los ojos de Alekséi son como dos puñales clavados en mi nuca.

De repente, Aras se detiene y se aleja de mí carraspeando, con una expresión de incomodidad.

—Me ha encantado bailar contigo, pequeña, pero voy a volver a mi sitio —dice, lanzando una mirada rápida a su amigo.

Mi mirada se cruza con la de Alekséi. Me está atravesando; sus ojos desprenden una furia gélida que me hace temblar. "Debe de estar enfadado por acercarme a ellos", pienso molesta. "Seguro que quieren estar solos para sus asuntos".

Vuelvo con Vika, que está coqueteando desde lejos con dos hombres situados en la barra. Me siento a su lado, irritada. ¿En serio le molesto tanto? Vale... pues me divertiré por mi cuenta.

Tiro de la mano de Vika y nos vamos directas a la barra para pedir nosotras mismas. Cuando el barman nos entrega las copas, nos señala con un gesto a los dos hombres del otro lado.

—Dicen que las invitan ellos —nos informa.

Cojo la copa y la levanto hacia ellos.

—Gracias —gesticulo con los labios, asegurándome de que me entiendan.

—¡Woow, chica, qué cambio de repente! —dice Vika, imitando mi gesto.

—Tengo dos motivos: uno, estoy viva gracias a Dios; y dos, es mi cumpleaños.

—¡Así me gusta! —exclama ella. Chocamos nuestras copas con fuerza—. Hasta el fondo y sin atragantarnos —añade con un tono de doble sentido que me hace soltar una carcajada.

—¡Joder, Vika! —me río, casi derramando el cóctel.

—Bueno, vale... ¡solo yo! Hasta el fondo y sin atragantarme —me devuelve la risa antes de beberse el trago de un golpe.

Observo la mesa de Alekséi y compruebo que sigue fulminándome con la mirada.

Está furioso. Seguramente se siente molesto por tener que aguantarme aquí, perdiendo el tiempo con una cría que acaba de cumplir los dieciocho años cuando tendrá asuntos mucho más importantes que atender.

Pero si soy realista, yo no se lo pedí; él se ofreció sin darme oportunidad a rechistar.

Pues bien, ahora que se meta el enfado por donde le quepa, porque pienso decirle a la cara que, si está en esta situación, es porque él mismo se puso la soga al cuello.

Al final, la única perjudicada seré yo cuando todo esto termine y regrese a casa.

Volveré con una mancha que a mi etnia le costará olvidar; un matrimonio roto que, aunque no haya llegado a consumarse, ha destrozado mi reputación y puesto en duda mi pureza.

Todos hablarán de que me entregué a él. Aunque mantenga mi dignidad en alto, la gente creerá que, por ser la hija de Machín, el líder del clan calé, mi honra ha sido comprada o silenciada.

Aparto la vista con furia al recordar el destino que me aguarda en Cádiz. Pido otra ronda para Vika y para mí, y me la bebo de un solo trago, sintiendo cómo el líquido me raspa la garganta.

—Hasta el fondo y sin atragantarme —sentencio, y esta vez la frase no es una broma, es una promesa de guerra.

Si él cree que puede jugar con otras frente a mí, le voy a demostrar que yo también sé beberme el cáliz de la rebeldía sin soltar una sola lágrima.

Vika me observa con las cejas arqueadas y una sonrisa pícara.

—Vaya... me estás sorprendiendo esta noche. La pequeña Sulami ha dejado de serlo por fin —dice, agarrando su copa para imitarme—. Amén, hermana.

Trago con fuerza, intentando ignorar el ardor del alcohol, pero cuando vuelvo a mirar hacia el reservado, el corazón se me detiene un segundo para luego galopar con violencia.

Una rubia con curvas de infarto se ha acercado a Alekséi y se ha sentado a su lado con una confianza que me revuelve el estómago.

Él, sin apartar su mirada furiosa de donde estoy, la atrae hacia sí en un gesto posesivo.

Una sensación abrasadora se remueve en mi pecho, una mezcla de orgullo herido y algo mucho más oscuro que me impulsa a actuar sin pensar en las consecuencias.

Me giro hacia los dos hombres que nos han invitado a la bebida y me acerco a ellos con una sonrisa ensayada.

Empiezo a hablarles, dejando que mi cuerpo se incline ligeramente hacia el de ellos.

Vika me sigue, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, pero captando el juego de inmediato y siguiéndome la corriente.

Si Alekséi quiere jugar a provocar, yo le voy a enseñar que ya no soy la niña que rescató del frío. Soy una mujer de dieciocho años, y esta noche, el fuego lo voy a encender yo.

Nunca había sentido un enfado como este; es una rabia sorda que me quema por dentro.

Me niego a aceptar que la causa es verlo prestarle atención a otra mujer antes que a mí, pero el nudo en mi estómago dice lo contrario.

Los dos hombres intentan entablar una conversación con nosotras, aunque yo no entiendo ni una palabra de lo que dicen.

Uno de ellos, envalentonado por el alcohol y mi aparente cercanía, rodea mi cintura con su brazo.

Se lo permito. En este momento, la barrera del idioma es lo de menos; mi único lenguaje es el desafío.

Todo se intensifica cuando veo, por el rabillo del ojo, que la rubia se inclina sobre Alekséi para besarle el cuello.

Algo se quiebra dentro de mí. Siento un impulso destructivo, una necesidad visceral de golpear donde más le duela.

Me giro hacia el hombre que me sujeta, quedando frente a él, asegurándome de que Alekséi tenga una vista privilegiada de lo que soy capaz de hacer.

Rodeo el cuello de ese desconocido —del que ni siquiera sé el nombre— con mi brazo.

La rabia me ciega a tal nivel que ni siquiera me reconozco en mis propios actos.

Ahora soy yo la que se inclina, acercando mis labios a su piel.

El hombre echa la cabeza hacia un lado, dándome acceso, creyendo que ha ganado el premio mayor de la noche.

—Sulami, ¿qué haces? —escucho el susurro aterrado de Vika a mis espaldas.

No respondo. Me centro en lo que estoy haciendo.

Mantengo la mirada fija a la distancia y él clavada en mi su atención depredadora, mientras mis labios rozan el cuello de ese extraño.

Veo cómo Alekséi se incorpora bruscamente en el asiento, tensándose como un depredador a punto de saltar sobre su presa.

La atmósfera en el club parece detenerse.

El aire se vuelve denso, cargado de una electricidad estática que anuncia la tormenta.

Sé que he cruzado una línea de la que no hay retorno, pero mientras el corazón me late con fuerza contra las costillas, solo puedo pensar en una cosa: quería su atención, y ahora la tengo toda para mí.

Noto a Vika tensa a mi espalda, casi vibrando de puro nerviosismo.

Por el rabillo del ojo, veo que Aras le está hablando a Alekséi, gesticulando con cierta agitación, pero él no le presta la más mínima atención.

Sus ojos de hielo están fijos en mí, devorándome con una furia que parece física, ignorando por completo a la mujer que tiene al lado.

De repente, el tiempo parece detenerse antes de estallar.

Alekséi alza la mano en la que sostiene el vaso y, con un movimiento cargado de una violencia contenida, lo estampa con fuerza contra el suelo.

El sonido del cristal estallando contra el mármol resuena por encima de la música, como un disparo.

Me aparto de golpe del hombre que me sujetaba, sintiendo cómo la sangre se me congela en las venas.

El límite. Lo he cruzado.

Mi respiración se acelera y un nudo de pánico me cierra la garganta.

No es miedo a su violencia, es algo mucho peor: el terror a las consecuencias.

Por un segundo, la idea de que este arrebato le haga decidir que soy un estorbo y que debe devolverme con mi padre me golpea con la fuerza de un mazo.

Maldita sea, no quiero irme. No quiero volver a esa vida de silencios y sombras ahora que he probado el fuego de su protección.

Alekséi se levanta del reservado con una lentitud que me aterra más que cualquier grito. Aparta a la rubia sin siquiera mirarla, como si fuera un objeto molesto en su camino. Sus hombres, repartidos por el club, se tensan de inmediato, captando la vibración letal que emana de su jefe.

Él empieza a caminar hacia la barra, abriéndose paso entre la multitud que, por instinto, se aparta para dejarlo pasar.

Cada uno de sus pasos retumba en mi pecho.

Me quedo inmóvil, atrapada entre el hombre que todavía no entiende qué está pasando y el demonio de ojos azules que viene a reclamar lo que considera suyo.

Vika intenta decir algo, pero su voz se pierde en el estruendo de mi propio corazón. Sé que, cuando llegue a mi altura, nada volverá a ser igual. He jugado con el diablo en su propio infierno, y ahora me toca pagar el precio.