CAPITULO 47
ALEKSÉI
Estoy sentado en mi sillón de cuero, con el cuerpo tenso a pesar de la quietud del salón.
A mis pies, Lira y Veles flanquean mis piernas como dos estatuas de ébano, esperando una orden que no llega.
Saco el paquete de tabaco, extraigo un cigarrillo y lo enciendo con un movimiento mecánico.
El humo quema mi garganta, un rastro amargo que me ayuda a centrarme.
Gracias a Aras, por fin tenemos un rastro de Alfredo.
Estoy convencido de que ese bastardo está tan hundido en la mierda de Kemal que puedo olerla desde aquí.
Él será el primero en caer. Disfrutaré rompiéndolo antes de ir a por Kemal y, finalmente, a por esa hija de puta de Rosa.
Para ella tengo reservado algo especial; una muerte tan lenta que tendrá tiempo de arrepentirse de haber sobrevivido a aquel barco.
Tiro la colilla al cenicero de cristal y desvío la mirada hacia el ventanal. La nieve ha empezado a ceder, dejando parches de tierra oscura en el jardín. Hoy es el cumpleaños de Sulamita. Hoy cumple dieciocho años y el reloj de arena ha empezado a soltar sus granos con una velocidad que me asfixia.
Siento una presión desconocida en el pecho: culpa.
Es una emoción estúpida para alguien como yo, pero no quiero ser egoísta con ella.
Soy el líder de la Bratva, el hombre que disfruta del olor a hierro en el sótano durante los interrogatorios, el hombre que con un solo gesto mueve ejércitos...
y, sin embargo, frente a ella me siento desarmado.
Sé que su pureza es algo sagrado, el último hilo que la une a su identidad y a sus costumbres.
Si la hubiera conocido en otras circunstancias, esa pureza me habría importado una mierda; me habría embrujado igual, me habría arrastrado a su abismo con la misma fuerza.
Pero ahora, después de todo lo que le han arrebatado, no puedo ser el que le robe su última decisión.
No quiero romperla. Si ella decide que su camino no está a mi lado, tendré que aceptarlo...
aunque eso signifique que mi propio mundo se hunda en el hielo perpetuo.
Escucho pasos en la planta de arriba. Risas. Vika está en su elemento, y Sulamita... Sulamita está a punto de bajar y poner a prueba cada gramo de mi autocontrol. Me levanto, ajustándome la chaqueta del traje negro, y clavo mis ojos azules en el arranque de la escalera.
Que Dios me ayude, porque si ese vestido blanco es tan corto como recuerdo, voy a necesitar toda la voluntad de Rusia para no encerrarla en mi habitación y mandar la fiesta al infierno.
Aras entra por la puerta principal con una sonrisa de suficiencia, frotándose las manos como si estuviera a punto de recibir un banquete. Se nota que la perspectiva de salir de la mansión le ha inyectado una dosis de energía que me resulta irritante.
—Estoy deseando que llegue el momento de salir —dice, dejándose caer en el sillón de dos cuerpos que hay cerca de la entrada del salón—. Necesito distraerme; llevo todo el tiempo que estoy en Rusia sin follarme un buen coño.
Lo miro de reojo y ruedo los ojos, conteniendo un gruñido. Aras siempre ha sido directo, un animal de instintos básicos, pero esta noche no estamos para juegos.
—Te controlarás esta noche —le advierto con tono gélido—. No quiero que me distraigas. Sabes que, aunque el Krov’ i Stal sea mi territorio, uno siempre tiene que estar alerta. Necesito que seas mis ojos allí dentro.
—Venga ya... —Aras resopla, acomodándose en el cuero del asiento—. Claro que estaré atento, pero hablo en serio, amigo: si hoy no descargo la artillería, me tendrás que llevar al hospital por un puto ataque cardíaco.
Asiento con el cansancio de quien ha escuchado la misma historia mil veces.
En fin, quizás una mujer sea exactamente lo que necesita para despejar su mente y poder centrarse en el trabajo real si las cosas se tuercen.
Me levanto del sillón y siento el peso de las miradas de Lira y Veles; las panteras me siguen con sus ojos amarillos por todo el salón, pero permanecen inmóviles, como sombras protectoras.
Me acerco al mueble bar para servirnos un whisky. El sonido del hielo contra el cristal es lo único que rompe el silencio tenso de la habitación.
—Y cambiando de tema, ¿cómo van los negocios en Turquía? —pregunto, dándole la espalda mientras vierto el líquido ámbar—. Por lo que he escuchado, tu empresa tapadera está creciendo más de lo previsto.
Le alcanzo el vaso y él lo acepta con un brindis silencioso. Me apoyo contra el mueble bar, observando cómo el líquido ámbar se agita contra el cristal.
—Mejor de lo que esperaba —continúa Aras, recuperando esa seriedad profesional que solo muestra cuando estamos a solas—.
La fachada de la exportación de textiles en Estambul funciona como un reloj.
Mueve el dinero sin levantar sospechas y me permite tener oídos en cada puerto del Bósforo.
Si Kemal intenta mover un solo cargamento o contratar mercenarios por esa zona, lo sabré antes de que el barco suelte las amarras.
Pero no te voy a mentir, Alekséi... ese tipo es como una sombra.
Aparece y desaparece, y el hecho de que Rosa lo esté financiando lo hace el doble de peligroso.
—Rosa es el verdadero problema —respondo, y mi voz suena como el hielo rompiéndose—. Kemal es solo el perro rabioso que ella suelta para que le haga el trabajo sucio. Pero ella... ella conoce nuestra estructura. Sabe cómo pensamos.
Aras me mira fijamente, dejando el vaso sobre la mesa. Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Crees que Machín nos está contando todo? —pregunta en voz baja—. Lo escuché por teléfono, Alekséi. Sonaba como si hubiera visto a un fantasma. Si Rosa está viva, Machín tiene tanto miedo como nosotros deberíamos tenerlo.
—Machín está acabado emocionalmente si ella vuelve —sentencio, apretando el vaso con fuerza—. Pero yo no soy Machín. Si ella cree que puede volver de entre los muertos para reclamar a Sulamita o mi territorio, le enseñaré que el infierno es mucho más acogedor que lo que le espera aquí.
Aras asiente, reconociendo el brillo letal en mis ojos azules. Sabe que cuando me pongo así, no hay vuelta atrás. Intenta relajar el ambiente dándole un trago largo a su whisky.
—Bueno, por eso hoy es importante —dice Aras, recuperando un poco de su chispa—.
El club estará blindado. Igor ha puesto a sus mejores hombres en la entrada y en el área VIP.
Nadie entra sin que le revisen hasta el alma.
Hoy solo quiero que te relajes un poco, hermano.
Mira a la chica, celebra que está viva y deja que los problemas se queden fuera de la puerta del Krov’ i Stal al menos por unas horas.
Te hace falta soltar un poco esa mandíbula antes de que se te rompa un diente.
Suelto un bufido, casi una risa amarga.
—Relajarme no está en mi contrato, Aras. Y menos hoy.
Justo cuando voy a servirme un segundo trago, el sonido de unos pasos en el piso superior me detiene en seco.
No es el caminar pesado de los guardias, ni el correteo juguetón que Vika suele tener.
Es el golpe seco, rítmico y elegante de unos tacones sobre el mármol.
Un sonido que anuncia que la niña que rescaté de la nieve se ha quedado atrás.
El perfume de Sulamita —esa mezcla de flores dulces que ahora reconozco entre mil— empieza a descender por el hueco de la escalera, inundando el salón y haciendo que el aire se vuelva de repente demasiado denso.
Aras se pone en pie con lentitud, dejando su vaso olvidado, y ambos clavamos la vista en el arranque de la gran escalera.
—Olvida lo que te he dicho de relajarte —murmura Aras con un tono de advertencia—. Porque creo que tu autocontrol está a punto de arder en el infierno.