CORONA DE SANGRE CAPITULO 46
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CAPITULO 46

SULAMITA

Escucho los pasos pesados de Alekséi subiendo las escaleras, y cada uno de ellos retumba en mi pecho como si fuera un latido de mi propio corazón.

Estoy aquí, todavía sentada en la encimera, sintiendo el contraste brutal entre el frío del mármol bajo mi trasero y el rastro de calor abrasador que ha dejado entre mis piernas.

No sé si él se ha dado cuenta, pero estoy segura de que sí; la forma en que se ha apartado de golpe, con esa violencia contenida, lo dice todo.

Su... su hombría. Dios mío, se me hace extraño incluso pensarlo, que estoy rompiendo algo sagrado en mi cabeza.

Pero es imposible ignorarlo. La he sentido ahí, firme y demasiado grande, una presencia que nunca imaginé que podría desprender tanta electricidad.

Mi cuerpo todavía vibra por ese contacto, una sensación desconocida que me asusta y me fascina a partes iguales.

Dejo el bote de helado a un lado, olvidada ya el hambre que tenía.

Bajo de un brinco de la superficie de piedra y, con las manos ligeramente temblorosas, guardo el dulce de nuevo en el congelador.

Subo las escaleras casi de puntillas, intentando que mi respiración recupere la normalidad antes de cruzarme con alguien, aunque sé que en este pasillo solo estamos él y yo, separados por un par de muros y un abismo de cosas no dichas.

Entro en mi habitación y cierro la puerta con suavidad, apoyando la espalda contra la madera.

La oscuridad del cuarto me recibe, pero el silencio solo hace que el eco de su voz susurrándome al oído vuelva a sonar con fuerza: «No olvides nunca quién guarda la llave de cada una de las puertas que cruzas».

Me llevo las manos a las mejillas; están ardiendo.

Me meto en la cama y me tapo hasta la nariz, pero el olor de su colonia parece haberse quedado impregnado en mi piel.

Es inútil. Sé que, aunque el relajante haga efecto, esta noche no voy a soñar con nieve ni con hombres armados.

Esta noche, el peligro tiene un nombre, una mirada cortante como el hielo y unas manos que, aunque me salvaron de la muerte, ahora amenazan con robarme algo mucho más profundo: mi voluntad.

~~~

Mis ojos se abren lentamente al día siguiente y, para mi sorpresa, la oscuridad no ha traído pesadillas esta noche. El aroma de Alekséi sigue flotando en el aire de mi habitación, o quizás es que se ha quedado impregnado en mi memoria sensorial; sea como sea, me siento extrañamente protegida.

Me obligo a salir de la cama y busco algo que ponerme.

Elijo un vestido de lana en un tono rosa suave, con una flor bordada en un rosa más intenso en la parte izquierda del pecho.

Es una prenda cómoda, pero me gusta cómo se amolda a mi cuerpo ahora que mis heridas me permiten moverme con más libertad.

Me sumerjo bajo el agua caliente de la ducha, dejando que el vapor relaje mis músculos.

Intento frotar mi piel para quitarme su rastro, porque lo siento demasiado cerca, demasiado presente.

Últimamente, Alekséi ocupa mis pensamientos más de lo que la lógica permite.

Tengo que detenerme. Es el amigo de mi padre, un hombre que me dobla la edad...

Bueno, son quince años de diferencia, y en apenas una semana cumpliré los dieciocho, pero eso no justifica nada.

Debo arrancar de mi mente lo que sea que esté empezando a florecer.

Él es hielo y sombras; yo no debería buscar calor en su fuego.

Una notificación hace vibrar mi móvil sobre el mármol del baño. Es Vika: «Estoy esperándote en el salón. Baja, ¡te echo de menos!».

Sonrío a pesar de mis conflictos internos. Vika tiene ese don. Al bajar al salón, me la encuentro radiante. En cuanto me ve, extiende ambas manos hacia mí con los puños cerrados y una expresión solemne que no logra ocultar su entusiasmo.

—Elige —dice, con una sonrisa que hace que sus mejillas se sonrojen.

—¿Para qué? —pregunto entre risas, acercándome a ella.

—Tú elige y veremos qué te ha tocado —insiste haciendo un puchero.

Vuelvo a reír. Definitivamente, tengo la mejor suerte del mundo al haber encontrado a alguien como ella en mitad de este caos.

—Está bieeen... —alargo la palabra, dudando entre sus dos manos. Finalmente, toco su puño derecho—. Esta.

Vika gira la mano y la abre, revelando un pequeño papelito doblado. Me hace un gesto con la barbilla para que lo tome. Lo desdoblo con cuidado y leo en voz alta:

—"Has elegido un billete para una noche de amigas y una fiesta de pijamas".

Vika suelta un pequeño grito de alegría, lanza el papel por encima de su hombro y se lanza a mis brazos con tanta fuerza que casi me deja sin aire.

—¡Será perfecto! —exclama, aplastándome en su abrazo—.

Ya lo tengo todo pensado. Va a ser una sorpresa total, así que ese día...

—se separa un poco, mirándome de arriba abajo con una chispa de malicia divertida—, ese día tienes que vestirte como un auténtico "putón".

—¡Olvídate de la lana rosa! Quiero que esa noche seas un pecado andante.

Quiero que cuando entres en la habitación, a los hombres se les pare el corazón y a mi hermano se le atragante hasta el alma cuando se dé cuenta de lo que tiene delante.

Vika se aparta con un gesto teatral y me revela un pequeño arsenal de bolsas de marcas exclusivas amontonadas sobre el sofá.

—¿Qué es todo esto? —pregunto con una sonrisa, acercándome con curiosidad.

—¿Qué crees? —Vika se coloca a mi lado, radiante—. Ropa para probarnos. Necesitamos saber qué nos queda de infarto para esa noche.

Abro una bolsa de Chanel y extraigo una prenda de seda que se resbala entre mis dedos.

Nunca imaginé que algún día tendría algo así entre mis manos.

El salón se llena de nuestras risas mientras saltamos de bolsa en bolsa.

Vika, fiel a su estilo, selecciona tres vestidos en distintos matices de rojo y uno rosa chicle.

—Empezaré yo —dice ella, arrugando la nariz en ese gesto juguetón tan suyo.

Pasamos un buen rato en un desfile privado. Ella se prueba y yo juzgo. Cuando veo un vestido azul rey, de un tejido pesado y brillante, se lo lanzo sin dudar.

—Pruébate este. Te quedará de escándalo.

Cuando sale del probador improvisado, parece una muñeca de porcelana fina. Me levanto y le hago una reverencia exagerada.

—Estás de escándalo, Vika.

—Graciaaas... —Ella me devuelve el gesto como si fuera una princesa de la Bratva—. Ahora es tu turno.

Me lanza un conjunto que ella misma ha elegido de entre mis bolsas.

Es un vestido blanco inmaculado, de un tejido elástico que parece una segunda piel.

Asiento y me retiro a cambiarme. Al mirarme en el espejo, me quedo sin aliento.

El blanco resalta el tono canela de mi piel de una forma casi provocadora.

Es un diseño de cuello halter que deja mis hombros al descubierto, ajustándose con ferocidad a mi cintura y cayendo en una línea limpia hasta mitad del muslo.

La tela se frunce sutilmente en los costados, acentuando la curva de mis caderas de una manera que me hace sentir poderosa y, a la vez, terriblemente expuesta.

Me coloco el pelo hacia un lado, dejando libre la línea de mi cuello, y salgo al salón.

Pero el ambiente ha cambiado. Alekséi y Aras están allí, de espaldas, interrogando a Vika sobre el desorden de bolsas.

Al verlos, el recuerdo de la cocina —el calor de su cuerpo contra el mío— me golpea con fuerza.

Trago saliva, intentando disipar la tensión que me anuda el estómago.

Me aclaro la garganta.

—Vika... —La llamo para que sepa que ya estoy aquí.

Alekséi y Aras se giran al unísono. Vika se levanta del sillón, con los ojos muy abiertos.

—Sulami, estás... —Vika suelta un chiflido de admiración—. Estás increíble.

Sonrío con timidez, pero no es por el vestido. Es por la mirada de Alekséi. Sus ojos grises parecen haberse quedado anclados en otra galaxia; me recorre de arriba abajo con una intensidad que me quema la piel, una mezcla de deseo bruto y una furia que no sabe dónde esconder.

—Con ese vestido saltarán las cremalleras, amigo —Aras suelta una carcajada y le da una palmada sonora en la espalda a Alekséi.

Eso lo hace reaccionar. Su mandíbula se aprieta tanto que parece que se va a romper. Da un paso hacia adelante, recuperando su máscara de hierro.

—Ni lo pienses. Tú no sales a la calle con eso puesto —sentencia con una voz que no admite réplica.

Y ahí está otra vez. Ese tono. Esa forma de decirme qué debo hacer o qué no, como siempre han hecho todos.

Mi padre, mi hermano... ¿y ahora él? Ni de coña.

Siento que la rebeldía me sube por la garganta como hiel.

Pongo los brazos en jarras y levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada con un desafío que nunca antes me habría atrevido a mostrar.

—Oh, claro que lo pienso —respondo con voz firme—. Y además, me encanta cómo me queda.

—Joder, Alekséi, déjala. No está haciendo nada malo —interviene Aras, pinchándolo con una sonrisa burlona que solo él se atreve a lucir ante el líder de la Bratva.

Alekséi lo fulmina con una mirada que podría apuñalar a cualquiera, pero Aras solo levanta las manos en señal de rendición, aunque sigue riéndose en su cara. Vika aprovecha el momento y se coloca a mi lado, dándome apoyo.

—Vamos, no seas tan duro con Sulami —le regaña Vika, mirándolo con fijeza—. Es su cumpleaños y solo los cumplirá una vez.

La forma en que lo mira me confirma que, en esta familia, Vika es la única capaz de enfrentarse a su mal humor.

Alekséi aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensan; se pasa la mano por la cara en un gesto cargado de furia contenida, pero termina por ceder.

Yo no bajo la guardia; mantengo mi postura desafiante, sosteniéndole la mirada.

Me ha salvado de muchas, sí, pero no voy a dejar que abuse de su poder sobre mí.

—Está bien —dice Alekséi finalmente, señalándome con el dedo de forma acusadora—. Pero con una condición.

Aparto las manos de mis costados y las cruzo sobre el pecho, haciendo un gesto con la cabeza para que continúe. Mi corazón late con fuerza contra la tela blanca del vestido, pero no pienso retroceder.

—Iremos nosotros dos, Aras y yo, además de Igor. Estaremos allí donde vayáis a celebrarlo para asegurarme de que no corras peligro.

—¿Qué? —exclamamos Vika y yo al unísono.

Ambas abrimos la boca para protestar, pero Alekséi levanta la voz, dejando claro que, como siempre, su palabra es la ley en este territorio.

—Eso o nada. Si no aceptáis, lo celebraréis encerradas aquí dentro. Si queréis ir a tomar algo, iréis al "Krov’ i Stal". Es el único club de la ciudad donde sé que todo está bajo mi control absoluto.

¿Krov’ i Stal? El nombre suena áspero en sus labios, cargado de esa autoridad que me hace estremecer.

No tengo ni idea de cómo es ese lugar, pero imagino paredes oscuras y hombres con el mismo brillo letal en los ojos que tiene él.

Es su territorio, su santuario, y el solo hecho de que pronuncie el nombre con tanta posesividad me indica que no es un sitio para niñas.

Suspiro. Aunque me irrita que quiera vigilar cada paso que doy, una parte de mi mente —esa que aún tiene cicatrices— comprende su paranoia.

El monstruo de Kemal sigue ahí fuera, acechando como una rata.

Si ir a ese club desconocido es el precio por ponerme este vestido y sentirme libre por unas horas, lo pagaré.

Además, me muero por ver qué cara pondrá cuando me vea caminar por su preciado local bajo las luces.

—Está bien —digo al fin, esbozando una sonrisa que sé que lo descoloca—. Pero con una regla: sin molestar. Nosotras estaremos en nuestra mesa y vosotros en la vuestra. No quiero guardaespaldas respirándome en el cuello mientras intento celebrar que sigo viva.

Alekséi no responde de inmediato. Se queda mirándome, y por un segundo, su vista baja por la línea de mi cuello hasta la curva de mi cadera, resaltada por el blanco inmaculado del vestido.

Veo cómo traga saliva, luchando contra sus propios impulsos, antes de asentir con una frialdad que parece forzada.

—Trato hecho —gruñe—. Pero que te quede claro, Sulamita: en el Krov’ i Stal, mis ojos serán los únicos que tengan permiso para recorrer cada centímetro de ese vestido. Si alguien más se atreve a mirarte más de la cuenta... no saldrá caminando de allí.

Vika me da un codazo cómplice y yo trato de ocultar el escalofrío que me recorre la espalda. No sé qué me da más miedo o más curiosidad: si el club que no conozco, o el hombre que está dispuesto a quemarlo todo por una mirada que recaiga sobre mí.