CAPITULO 45 #2
Las horas en el despacho han sido un descenso a los infiernos.
Entre el humo de los puros y el rastro amargo del vodka, Aras y yo hemos levantado un muro de nombres, rutas y posibles escondites.
La sombra de Rosa planea sobre nosotros como un buitre hambriento, y la presión de saber que Sulamita está en su punto de mira me tiene los nervios a flor de piel.
Cuando finalmente decidimos que no podemos hacer más por hoy, el silencio de la mansión se me antoja pesado, casi asfixiante. Abro la puerta del despacho y me detengo en seco.
Allí está ella. Sentada en el primer escalón de la escalera, con ese pijama que le queda demasiado grande y la hace parecer pequeña, frágil...
y mía. Tiene el pelo revuelto y los ojos entornados por el sueño.
Al vernos, su rostro se ilumina con una sonrisa que, por un segundo, me hace olvidar la guerra que se avecina. Pero esa sonrisa no es solo para mí.
—¿Sulamita? —Mi voz suena más ronca de lo que esperaba. Me pica la garganta de tanto hablar, de tanto odiar.
—Me desperté... otra pesadilla —murmura ella. Su voz es apenas un susurro que me golpea directo en el pecho.
Antes de que yo pueda dar un paso, Aras se me adelanta. Lo observo con los ojos entrecerrados mientras se relaja frente a ella. Aras, mi hermano de armas, el hombre que ha visto lo peor de mí, le sonríe con una ternura que me revuelve el estómago.
—Vaya, parece que los monstruos de la nieve no saben cuándo rendirse —le dice él. Su tono es suave, demasiado familiar para mi gusto—. Pero tranquila, con la cara de pocos amigos que tiene tu marido hoy, hasta las pesadillas saldrían corriendo.
Escucho la risita de Sulamita y siento como si me clavaran mil agujas bajo la piel. Ella lo mira con una confianza que no ha tenido conmigo en semanas. Están ahí, compartiendo bromas sobre mi mal humor, creando una burbuja de normalidad de la que me siento excluido.
Meto las manos en los bolsillos del pantalón y aprieto los puños hasta que las uñas se me clavan en las palmas.
Siento una punzada de posesividad tan fuerte que me cuesta respirar.
Quiero agarrarla, subirla a la habitación y cerrar la puerta para que nadie más pueda verla así, vulnerable y hermosa en mitad de la noche.
Me molesta que Aras la haga reír. Me molesta que ella se sienta tan a gusto con él mientras yo soy el que carga con el peso de mantenerla viva.
—Es verdad —responde ella, y me lanza una mirada rápida antes de volver a centrarse en Aras—. A veces da más miedo él que lo que yo sueño.
Aras se apoya en la barandilla, hablándole del clima, de los perros, de estupideces que no importan.
Yo soy una estatua de hielo detrás de ellos.
Mi mandíbula está tan tensa que me duelen los oídos.
Cuento los segundos. Uno. Dos. Diez. Cada palabra que intercambian es una gota de ácido en mi paciencia.
—Bueno —dice Aras finalmente, y le da un ligero toque en el hombro. Ese contacto físico, por breve que sea, hace que un gruñido se me quede atascado en la garganta—. Es hora de que este viejo soldado se retire. Descansa, Sulamita. No dejes que el ruso te despierte con sus gruñidos.
—Buenas noches, Aras. Gracias —le dice ella.
Acompaño a Aras a la puerta en un silencio sepulcral.
Él me lanza una mirada de soslayo antes de salir, una de esas que dicen "sé que te estás quemando por dentro, idiota", pero tiene el suficiente instinto de supervivencia como para no decir nada.
Solo cuando escucho el motor de su coche alejarse y el cierre de la puerta principal retumba en el hall, me giro hacia ella.
Sulamita sigue allí, sentada en el escalón, observándome con esa curiosidad mansa que me desarma y me irrita a partes iguales. Camino hacia ella con paso lento, marcando cada pisada sobre el mármol hasta que mi sombra la envuelve por completo.
—¿Desde cuándo sois tan amigos? —Suelto la pregunta con una frialdad que apenas oculta el fuego que me recorre las venas.
No espero a que responda. Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que su aliento se mezcla con el mío.
Apoyo una mano en la barandilla, justo al lado de su cabeza, atrapándola en mi radio de acción.
Necesito marcar mi territorio, recordarle que, aunque cada noche se retire a su propia habitación y cierre la puerta, sigue estando bajo mi techo, bajo mi mando y bajo mi piel.
Me acerco a su oído, lo suficiente para que note el calor de mis labios sin llegar a rozarla, y le susurro con una voz que es casi un gruñido:
—Me alegra que te sientas tan cómoda en esta casa, Sulamita... pero no olvides nunca quién es el que guarda la llave de cada una de las puertas que cruzas.
Me aparto apenas unos centímetros para clavar mis ojos en los suyos, disfrutando de la forma en que su respiración se entrecorta. No necesito decirle que me pertenece; el peso de mi mirada sobre ella lo dice todo.
—A la cama. Ahora —sentencio, recuperando mi máscara de hierro antes de darle la espalda y encaminarme de nuevo hacia la soledad de mi propio cuarto.
Empiezo a subir las escaleras, esperando el sonido de sus pasos obedientes detrás de mí, pero solo encuentro silencio.
Me giro y la veo. En lugar de subir, echa a correr hacia la cocina con un pequeño correteo.
Su pelo suelto baila en el aire, siguiendo el compás de sus caderas, y siento un gruñido de frustración naciendo en mi garganta.
Ruedo los ojos, furioso, y no puedo evitar bajar detrás de ella.
Le he dicho que descanse, pero como siempre, hace lo que le da la gana.
Entro en la cocina justo cuando abre el congelador. Ya sé lo que busca. Le ordené a Irina que nunca faltara ese helado que tanto le gusta, un detalle silencioso que ella disfruta sin saber quién dio la orden.
—¿Es que siempre te entran ganas de comer helado a medianoche? —Me detengo junto a la isla de mármol, con el ceño fruncido y los brazos cruzados—. Te he dicho que vayas a descansar.
—Cuando no puedo dormir, me entra hambre. Eso ya lo sabes —responde ella, cogiendo el bote antes de girarse para buscar una cuchara.
Mientras la observo, la sombra de la amenaza de su madre cruza mi mente.
Rosa. Esa mujer ha estado usando a Kemal todo este tiempo, alimentando su obsesión, moviendo las piezas para arrebatármela.
La rabia me quema, pero ver a Sulamita aquí, tan real y tan ajena al horror que planea sobre ella, me obliga a actuar.
Sulamita hace amago de ir hacia la silla, pero me interpongo en su camino.
Antes de que pueda protestar, la agarro por la cintura.
Sus huesos se sienten pequeños bajo mis manos, pero su piel quema.
La elevo en el aire y la siento en el borde de la encimera de la cocina.
Necesito tenerla así, obligándola a mirarme desde arriba, atrapada entre mis brazos y el frío mármol.
Desde esta perspectiva, siento que puedo protegerla de todo y de todos.
—¿Oye...? —dice entre risas.
Es la primera vez que la escucho reír por algo que yo he hecho. El sonido es cristalino, como una canción compuesta solo para mis oídos. Me deja desarmado.
—Entonces disfruta de tu helado, Moyá tsigánka.
Sus enormes ojos brillan bajo la luz de la cocina y no puedo evitar que una sonrisa de medio lado escape a mi control. Ella abre el bote, intentando contener su propia sonrisa.
—¿Sabes? Me he dado cuenta de que cuando no te comportas como un viejo irritante... puedes llegar a caerme bien —comenta mientras hunde la cuchara y la lame con una lentitud que me pone a prueba—. Algún día tendrás que decirme qué significan esas palabras que me lanzas en ruso.
—Sigue esperando, porque no pienso decírtelo —le devuelvo el golpe con una sonrisa tranquila, disfrutando del juego.
Está tan hermosa bajo la luz de la luna que se filtra por la ventana que me quedo hipnotizado. Dicen que las mujeres de su etnia tienen el poder de embrujar a los hombres, y empiezo a creer que es verdad. Me tiene a su merced, y lo peor es que me encanta.
—Bueno, siempre puedo preguntárselo a Vika —suelta ella, echándose a reír bajito con la cuchara entre los dientes.
Maldita sea, quisiera que este momento fuera eterno. Nunca hemos estado así; es como si aquella noche en la nieve hubiera roto un muro entre nosotros.
—Si lo haces, tendrás que correr con las consecuencias —le advierto, bajando el tono de voz.
—¿Ah, sí? ¿Eso es una amenaza? —Sus cejas se inclinan hacia mí con desafío mientras vuelve a llenar la cuchara.
—Puede —respondo.
Tomo su mano con suavidad, rodeando sus dedos con los míos, y dirijo la cuchara hacia mi boca. No me doy cuenta de lo cerca que estoy hasta que siento el calor de su entrada atravez de su pijama rozando mi abdomen. Estoy justo entre sus piernas, atrapado en su espacio más íntimo.
Trago el helado con fuerza, sintiendo el frío en la garganta y un fuego abrasador en el resto del cuerpo. El autocontrol se me escapa de las manos como arena. Me aparto bruscamente, necesitando aire, necesitando distancia antes de cometer una locura.
—No tardes en ir a descansar —sentencio, dándole la espalda.
Aparto la mirada para no ver cómo su respiración también se ha vuelto agitada. Si me quedo un segundo más, no habrá puertas separadas que valgan esta noche.