CORONA DE SANGRE CAPITULO 45
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CAPITULO 45

ALEKSÉI

Cuando entré en el salón y vi a Aras tan cerca de Sulamita, sentí un impulso primario y violento.

Quise arrancarle esa maldita sonrisa de la cara con mis propias manos.

Nadie tiene derecho a mirarla ni a sonreírle de esa manera si no quiere descubrir lo que se siente al ser perseguido por dos panteras hambrientas.

Ya dentro del despacho, ignoro la silla y me siento en el borde del escritorio, frente a Aras. Cruzo los brazos sobre el pecho, sintiendo la tensión en cada músculo de mi cuerpo.

—¿Tienes información sobre Kemal? —Mi voz suena gélida, cargada de un control que me cuesta mantener.

Aras hace un gesto, una sutil mueca que me indica que está aguantando la risa. Me conoce demasiado bien; sospecha que verlos a solas me ha sacado de mis casillas, pero no es el momento de juegos. Su rostro cambia de repente, adoptando una gravedad que me pone en alerta.

—Tengo alguna pista, sí, pero quiero asegurarme de que sea viable antes de actuar —dice, dando un paso hacia adelante—. Por lo que he podido averiguar, su obsesión con la chica roza la locura. Pero hay algo más, Alekséi.

Aras se sienta en la silla frente a mí y me mira fijamente. El aire en el despacho parece volverse más pesado.

—Kemal no trabaja solo. Hay alguien por encima de él, alguien que mueve los hilos desde las sombras y que le ha prometido a Sulamita como trofeo si logra llevarla de vuelta.

Mis manos se aferran al borde de la madera del escritorio con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven blancos.

¿Quién demonios está detrás de esto? Algo se me escapa, una pieza del rompecabezas que no logro encajar.

Entonces, el recuerdo de aquella nota enviada el día de nuestra boda me golpea la mente como un disparo: «No comparto lo que es mío».

—¿Quién se cree ese bastardo para comprometer a Sulamita sin ser nada suyo? —escupo, y mi voz vibra con una furia sorda—. Ella no es un objeto. No es de nadie... solo será mía, y juro que nadie podrá arrebatármela.

—Esto no tiene buena pinta, colega —advierte Aras, recostándose en la silla—. Tienes que pensar con cabeza fría. ¿Quién más podría quererla aparte de esos dos?

—¡Joder, Aras, no tengo ni puta idea! —estallo, poniéndome en pie de un salto. La frustración me quema por dentro—. Cuando pienso que estoy a un suspiro de encontrar una respuesta, aparece un problema nuevo. Es una puta mierda.

Rodeo el escritorio con movimientos rápidos, como un animal enjaulado, y me desplomo en mi silla.

Me quedo mirando un punto fijo en la pared, sintiendo cómo la rabia me nubla la vista.

Sin poder contenerme, lanzo una patada violenta contra la base del escritorio; el impacto hace vibrar toda la mesa y el sonido resuena en las paredes del despacho.

—Te lo juro, Aras... —levanto un dedo en el aire, señalando el vacío—. Cuando encuentre a la persona que está moviendo todos los hilos, conocerá mi faceta más sangrienta. Lo torturaré de tal manera que terminará suplicando la muerte como si fuera un regalo bendito.

Aras suelta un suspiro largo y se levanta. Camina hacia el mueble bar con paso tranquilo, intentando calmar el ambiente. Sirve dos vasos de vodka y desliza uno de ellos por la superficie de la mesa hacia mí.

—Sabes que cuentas conmigo —dice, mirándome a los ojos mientras levanta su propio vaso—. Y cuando llegue ese día... espero que me dejes participar. Siempre me ha gustado jugar cuando estás "inspirado".

Aras y yo apenas hemos tenido tiempo de desplegar un par de mapas sobre el escritorio cuando la puerta se abre de golpe. No es una interrupción educada; es Igor, y su rostro está más pálido de lo habitual. Trae un sobre de color crema en la mano, apretándolo como si quemara.

—Señor... —Igor recupera el aliento, dejando el sobre frente a mí—. Esto acaba de llegar. Un mensajero lo ha dejado en la puerta principal y ha desaparecido antes de que los guardias pudieran reaccionar. No hay remitente.

Aras se tensa, llevando la mano instintivamente a su arma, pero yo ya estoy rompiendo el sobre. Del interior caen dos fotografías y una pequeña nota de papel amarillento.

Al ver la primera foto, el aire se escapa de mis pulmones.

Es una niña pequeña, de apenas un año, con unos ojos oscuros que reconozco al instante.

Es Sulamita. Es una imagen antigua, privada, de esas que solo un familiar muy cercano podría poseer.

Pero la segunda fotografía es la que me hiela la sangre: aparecen la madre de Sulamita, Machín, la propia Sulamita recién nacida en la cama del hospital...

y yo. Yo estoy allí, mucho más joven, al lado del hombre que fue mi mentor.

Mis dedos tiemblan ligeramente mientras alcanzo la nota.

“Se te hace demasiado grande el cargo de la Bratva. Deberías haber muerto tú aquel día en el barco”.

Las palabras actúan como un detonante en mi memoria. De repente, el despacho desaparece y me veo de nuevo allí, hace años, rodeado por el olor a salitre y sangre. El día del barco. El día en que Rosa, la mujer de Machín, decidió que mi vida era el precio a pagar por el poder absoluto.

Recuerdo la frialdad de sus ojos mientras me torturaba en la cabina del capitán.

Ella no quería matarme de inmediato; quería que le entregara mis territorios por las buenas, que firmara mi propia sentencia de muerte política.

Como no cedí, su paciencia se agotó. Recuerdo el peso de las cadenas y cómo me arrastraba hacia la borda, decidida a lanzarme al mar para que el océano terminara el trabajo.

Pero entonces apareció él. Machín. Llegó en una balsa, solo, fingiendo que apoyaba el golpe de Estado de su mujer.

Engañó a Rosa con una maestría que solo él poseía, convenciéndola de que estaba de su lado.

En cuanto ella bajó la guardia, Machín le asestó un golpe brutal que la dejó inconsciente sobre la cubierta.

Recuerdo cómo sus manos, firmes y seguras, me desataron mientras el barco se mecía.

Antes de sacarme de allí, Machín prendió fuego a la embarcación.

Vi las llamas devorar la madera mientras nos alejábamos.

Siempre creí que Rosa se había hundido con aquel barco, que las cenizas eran todo lo que quedaba de ella.

—Alekséi, ¿qué pasa? —La voz de Aras me devuelve al presente. Su mano está sobre mi hombro.

—No murió —susurro, apretando la nota hasta convertirla en una bola de papel—. Rosa está viva. Ella es quien está moviendo los hilos.

Me levanto con una furia renovada, tirando la silla hacia atrás.

Ahora todo encaja: la obsesión por recuperar a Sulamita, el mensaje de "no comparto lo que es mío".

Rosa no solo quiere el territorio; quiere destruir el legado de Machín y recuperarlo a través de Sulamita, o simplemente castigarme a través de ella por no haber muerto aquel día.

—Ella cree que el cargo me queda grande —digo, mirando a Aras con una expresión que le hace dar un paso atrás—. Voy a demostrarle que el fuego de aquel barco no me mató, sino que me forjó. Si quiere guerra, le daré un infierno.

Siento que las paredes del despacho se cierran sobre mí.

Agarro el teléfono con una fuerza que amenaza con trizar la pantalla y marco el número privado de Machín.

Aras me observa en silencio, con la mano aún sobre el pomo de la puerta, consciente de que lo que voy a decir cambiará el rumbo de esta guerra.

Al tercer tono, la voz ronca de Machín responde desde España.

—¿Alekséi? ¿Ha pasado algo con Sulamita? —Su instinto de padre siempre va por delante.

—Sulamita está a salvo, por ahora —respondo, tratando de que mi voz no tiemble de pura rabia—. Pero acabo de recibir un mensaje. Un sobre con fotos que solo alguien de tu círculo íntimo podría tener. Fotos de cuando ella nació, Machín. Y una nota mencionando el barco.

Se hace un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Solo escucho la respiración pesada de Machín.

—¿El barco? —repite, y su voz suena como si viniera de una tumba—. Eso es imposible. Nadie sobrevivió a ese incendio, Alekséi. Yo mismo vi cómo las llamas consumían todo.

—Pues alguien lo hizo —escupo, mirando las fotos sobre mi escritorio—. La nota dice que el cargo de la Bratva me queda grande y que debí morir aquel día. Machín... solo hay una persona con el odio suficiente para escribir eso. Rosa está viva.

Escucho un estruendo al otro lado, como si Machín hubiera golpeado algo o tirado un vaso. La tensión se vuelve tangible, casi puedo oler el miedo y la furia que emanan del teléfono.

—¡Es imposible! —brama Machín, y noto cómo su voz se quiebra por la tensión y el enfado—. ¡Yo la vi caer! ¡La dejé en ese maldito infierno! Si ella está viva... si Rosa ha vuelto...

—Si ha vuelto, viene a por lo que cree que es suyo —le interrumpo con frialdad—. Y eso incluye a tu hija. Tienes que avisar a Rafa. Que no baje la guardia ni un segundo, que vigile cada sombra en España. Ella sabe quiénes somos, dónde estamos y qué es lo que más nos duele.

—Rafa sabrá qué hacer —responde Machín, pero su tono ya no es el de un líder seguro, sino el de un hombre que acaba de ver a su peor fantasma materializarse—. Maldita sea, Alekséi... esto lo cambia todo.

Sin decir una palabra más, Machín cuelga el teléfono. El "clic" de la línea cortada resuena en el despacho como una sentencia. El ambiente está tan cargado de electricidad que parece que el aire va a prender fuego en cualquier momento.

Me quedo con el móvil en la mano, mirando fijamente a Aras.

—Ha colgado —digo en voz baja—. Está aterrado, aunque intente ocultarlo.

—No es para menos —responde Aras, cruzando los brazos—. Si esa mujer ha vuelto de entre los muertos después de lo que le hicisteis, no se va a conformar con un par de disparos. Va a querer quemar el mundo entero con nosotros dentro.

—Que lo intente —sentencio, guardando el teléfono y volviendo mi vista a la foto de Sulamita de bebé—. Porque esta vez, me aseguraré de que no quede ni una ceniza que pueda volver a levantarse.

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