CORONA DE SANGRE CAPITULO 44 #2
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CAPITULO 44 #2

El silencio se vuelve denso, pero es una quietud cargada de algo nuevo, una expectación que hace que hasta el aire parezca vibrar entre nosotros.

Alekséi baja la vista hacia los gemelos y, por un instante, la dureza de sus facciones se desmorona.

Es como si el regalo hubiera perforado la armadura que tanto se esfuerza en mantener.

—Es perfecto —murmura. Su voz ha recuperado la firmeza, pero hay un matiz de asombro genuino que no puede ocultar—. Es justo lo que necesitaba y no lo sabía hasta ahora.

Sin esperar un segundo más, deja la caja abierta sobre la palma de su mano y comienza a sacar uno de los gemelos.

Sus dedos, grandes y acostumbrados a manejar metal mucho más frío y peligroso, parecen torpes con la delicadeza de la plata.

Lo intenta, pero la posición de su puño y los nervios —esos que juraría que él no tiene— le juegan una mala pasada.

—Deja que te ayude —le digo, dando un paso más hacia él, acortando la distancia hasta que el aroma de su colonia me envuelve por completo.

Él no se retrae. Al contrario, extiende el brazo izquierdo hacia mí, ofreciéndome su muñeca con una confianza que me acelera el pulso.

Tomo el gemelo; el metal está frío, pero su piel quema.

Mis dedos rozan los suyos mientras paso la pieza por el ojal de la camisa negra.

Siento su mirada fija en mí, una presión constante que me obliga a concentrarme para que no me tiemblen las manos.

Una vez asegurado el primero, paso al derecho.

Alekséi exhala un suspiro lento, casi imperceptible, mientras termino de ajustar la joya.

Al levantar la vista, me lo encuentro de frente.

Está mucho más cerca de lo que esperaba, y por primera vez, no hay muros entre nosotros.

Aras observa la escena apoyado contra el marco de la puerta con una media sonrisa, mientras Vika finge buscar su móvil en su bolso, aunque sé perfectamente que no está perdiendo detalle.

Alekséi admira el resultado en sus puños, haciendo girar la plata bajo la luz. Luego, vuelve a clavar sus ojos en los míos y, por primera vez, no hay una advertencia o una orden en ellos. Solo una gratitud silenciosa y profunda.

—Gracias, Sulamita. De verdad —dice, y entonces sucede: esa sonrisa de lado, breve pero cargada de significado, ilumina su rostro antes de recuperar su porte profesional.

Se gira hacia su compañero, recuperando el mando de la situación.

—Vamos, Aras. No hagamos esperar a ese vodka.

Se marcha con paso decidido, dejando en el aire una estela de seguridad y esa extraña calidez que ahora siempre me acompaña cuando él está cerca.

~~~

Por fin estoy en la cama. El silencio de la habitación debería ser reconfortante, pero se siente pesado, cargado de recuerdos que no quiero invocar.

Últimamente, tengo miedo de cerrar los ojos; temo que, al hacerlo, la oscuridad me devuelva a esa maldita estepa, al frío que cala los huesos y al blanco infinito de la nieve manchada de mi propia sangre.

Sé que mis heridas físicas se curarán por completó, que la piel cerrará sus grietas, pero el terror de aquel día sigue recorriendo los pasillos de mi mente como un fantasma.

Suspiro y alargo la mano hacia la mesita de noche para tomar el relajante que el médico de Alekséi me recetó. Necesito que mi cerebro se apague, que la agonía me dé una tregua. Poco a poco, el efecto del medicamento me arrastra hacia un sueño denso, pero la paz no dura mucho.

De nuevo la nieve. El frío me quema los pulmones y siento el líquido caliente brotando de mi costado, empapando mi ropa mientras corro sin aliento.

—¿Dónde está esa puta? —El grito del hombre resuena detrás de mí, rebotando en los árboles secos.

Sus pasos crujen sobre el hielo, cada vez más cerca, cada vez más reales. La angustia me oprime el pecho de tal forma que el aire se vuelve veneno. Siento que voy a morir allí, sola y olvidada, hasta que mi propio grito desgarra la noche y me arranca del abismo.

Despierto de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas y el sudor frío recorriéndome la espalda. Pero no estoy sola. Antes de que el pánico me consuma, noto su presencia. Él ya está aquí.

Siento la calidez de sus manos grandes rodeando mi rostro con una delicadeza que no parece propia de un guerrero. Alekséi me sostiene el rostro con sus manos, obligándome a anclarme a la realidad de su contacto. Su respiración es lo único que escucho ahora.

—Shhh... ya acabó. Estoy aquí, Sulamita. Estoy aquí —susurra con una voz profunda que actúa como un escudo contra mis demonios.

En ese instante, no hay espacio para la duda ni para el protocolo.

Actúo por puro instinto, por la necesidad desesperada de sentirme segura, de saber que la nieve ha quedado atrás para siempre.

Levanto los brazos y lo rodeo con fuerza, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello.

Me aferro a él con la misma urgencia con la que me aferré a la vida cuando me recogió de la estepa.

Necesito sentir que sus brazos son de nuevo mi refugio, ese lugar donde el frío no puede entrar y donde, por primera vez en mucho tiempo, el miedo finalmente se rinde ante su fuerza.

Él se quedó sentado en el borde de la cama, una silueta protectora recortada contra la penumbra, hasta que el sueño volvió a reclamarme.

Esta vez, fue distinto. Una extraña sensación de calma me envolvió; su aroma, una mezcla de madera y esa seguridad que solo él desprende, actuó como un escudo invisible.

Esa noche, por primera vez, las pesadillas en la nieve no se atrevieron a cruzar el umbral de mi descanso.

~~~

A la mañana siguiente, tras una comida tranquila con Vika, me quedo sola en el salón.

Me hundo en el sofá de cuero marrón, dejando que el sonido de una serie en la televisión llene el vacío de la mansión.

Vika se marchó hace un rato, radiante, seguramente para encontrarse con ese "supuesto novio" del que no deja de hablar.

Alekséi, según me informó Irina con su habitual tono reservado, está sumergido en asuntos de trabajo que no admiten demora.

Veles está tumbado sobre mis pies, su peso es reconfortante, mientras que Lira se ha adueñado del espacio a mi lado en el sofá.

Últimamente, tengo la certeza de que su cercanía es genuina; ya no parecen estar aquí por una orden directa de Alekséi, sino porque ellos mismos han decidido que mi lado es su lugar.

El sonido de la puerta principal rompe la calma. Escucho a Irina recibir a alguien y, poco después, es Aras quien aparece en el salón.

—Hola, Sulamita —dice, entrando con paso relajado y una sonrisa que le suaviza las facciones.

—Hola —le respondo, devolviéndole el gesto con sinceridad—. Alekséi no ha llegado todavía.

—Sí, lo sé. Tengo que esperarlo en el despacho —comenta, pero en lugar de retirarse de inmediato, se queda allí, observando a los perros con curiosidad—. Veo que tienes a la guardia pretoriana muy bien entrenada. No suelen ser tan amigables con todo el mundo.

Me río levemente, acariciando la cabeza de Lira.

—Simplemente se han acostumbrado a mí. O quizá saben que soy la que más mimos les da.

Aras se acerca un poco más, apoyándose en el respaldo de un sillón cercano.

Empezamos a hablar de cosas triviales: el clima de Rusia comparado con el de España, la serie que estoy viendo y algunas anécdotas graciosas sobre los perros.

Resulta ser alguien mucho más elocuente y agradable de lo que su tamaño sugiere.

Hay una comodidad natural en la conversación que me hace bajar la guardia; es agradable hablar con alguien que me trate con normalidad, sin la tensión constante que siempre rodea a Alekséi.

Estamos en mitad de una risa por un comentario de Aras sobre la tozudez de Veles, cuando el aire del salón cambia de repente. La puerta se abre con un golpe seco y Alekséi entra. Se detiene en seco al vernos. Su mirada viaja de Aras a mí, y luego a la cercanía entre ambos.

—Alekséi, ya estás aquí —digo, tratando de disipar la súbita rigidez que ha llenado la estancia.

Él no responde de inmediato. Sus ojos están fijos en su amigo, y noto cómo su mandíbula se aprieta hasta que los músculos le tiemblan bajo la piel.

No dice nada que lo delate, pero su irritación es casi tangible, una vibración fría que choca contra nosotros.

Está molesto, enfadado de una manera silenciosa que resulta mucho más inquietante que un grito.

—Aras —gruñe finalmente, con una voz que suena como el crujido del hielo—. El despacho. Ahora.

Aras se yergue, captando al instante el cambio de humor de su jefe. Me lanza una última mirada de disculpa, aunque en el fondo de sus ojos brilla una chispa de inteligencia, como si hubiera comprendido perfectamente lo que acaba de suceder.

—Claro. Nos vemos luego, Sulamita —se despide Aras con un gesto amable.

Alekséi ni siquiera me mira. Se da la vuelta y camina hacia el despacho con paso pesado, seguido de cerca por Aras.

La puerta se cierra tras ellos con un estruendo metálico, dejándome de nuevo en el silencio del salón, con el corazón acelerado y la extraña sensación de que, sin quererlo, he provocado una tormenta bajo el techo de la mansión.