CORONA DE SANGRE CAPITULO 44
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CAPITULO 44

SULAMITA

El bullicio del centro comercial, con su olor a café recién molido y el eco de cientos de conversaciones triviales, se siente como un bálsamo después de las semanas de encierro y agonía que han marcado mi piel.

Por un momento, casi puedo olvidar quién soy y por qué hay hombres armados vigilando cada salida.

Observo a Vika de reojo; está concentrada en su teléfono, con los labios apretados en una mueca de fastidio antes de rodar los ojos con fingida paciencia.

Imagino que Alekséi le está dando órdenes, como siempre.

Cuando terminamos el café, nos ponemos en marcha.

Caminamos sin prisa, disfrutando de la libertad de los pasillos iluminados.

Aunque mis heridas han cerrado, mi cuerpo aún guarda memoria del trauma; de vez en cuando, un pinchazo agudo en el costado me recuerda que mi recuperación todavía es un proceso lento.

Pero necesitaba esto. Necesitaba sentir que mis piernas aún me pertenecen y que puedo avanzar por mí misma.

—¡Mira esto! —exclama Vika de repente, deteniéndose en seco ante un escaparate.

Pega la frente al cristal con la ilusión de una niña.

Es un vestido rojo sangre, vibrante y audaz.

No me sorprende; ese color parece ser su sello personal.

Le queda de escándalo; con su porte y esa elegancia natural que posee, siempre me recuerda a una muñeca de porcelana, hermosa pero con una fuerza interna que pocos perciben.

—No me digas... —le digo con una sonrisa divertida—. Quieres entrar a probártelo.

—¿Lo dudas? —me devuelve la sonrisa, con un brillo travieso en los ojos.

Me toma de la mano y me guía hacia el interior de la tienda.

Mientras caminamos, no puedo evitarlo: un escalofrío me recorre la nuca.

Siento ojos clavados en mi espalda. Racionalmente, sé que en medio de esta multitud sería un suicidio para mis enemigos actuar, pero el miedo no entiende de lógica; vive ahí, agazapado en el pecho, esperando el menor descuido.

Vika desaparece en el probador con el vestido entre los brazos. En ese momento, mi teléfono vibra en el bolsillo. Una sonrisa se dibuja en mi rostro al ver el nombre en la pantalla: Rafael. Acepto la videollamada de inmediato.

—Hola, Rafa. ¿Te has acordado hoy de que tienes una hermana? —le suelto a modo de broma, disfrutando del gesto de chincharlo.

—Qué graciosa te has levantado hoy —responde él desde la pantalla, aunque sus ojos me analizan con esa preocupación protectora tan suya—. Por lo que veo, ya estás recuperada.

—Claro que sí. ¿Cuándo han podido conmigo, eh? —Hago una mueca juguetona y le guiño un ojo, intentando restarle peso a lo que pasamos.

Rafa suelta una risa corta, pero su rostro se vuelve serio de repente.

—Espero que no estés sola, Sulamita. Porque si te vuelve a pasar algo, te juro que voy a Rusia y Alekséi y yo tendremos unas palabras que...

—¡Cómo me queda! —La cortina del probador se abre y Vika sale al exterior.

Me quedo sin habla. El vestido se amolda a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva y haciendo que su cabello oscuro destaque con una intensidad casi irreal.

—Joder, cómo te queda... —alzo la voz, olvidándome por un segundo de la llamada—. Ese color se creó para ti, Vika. De verdad.

—¿Sulamita? —La voz de mi hermano sale del teléfono, reclamando mi atención.

—Perdona... y no, no estoy sola —digo recuperando el hilo de la conversación. Giro el móvil para que la cámara nos enfoque a ambas. Vika, al ver a Rafa, saluda a la pantalla con un gesto elegante de la mano.

—Hola, mi manclayí —dice mi hermano, y una sonrisa de medio lado, cargada de un afecto extraño, aparece en su rostro.

Vika se inclina hacia mi oído, sin dejar de mirarse al espejo.

—¿Qué me ha dicho? —susurra con curiosidad.

—Es una palabra en caló —respondo en voz baja, sintiendo una punzada de nostalgia—. Pero no me preguntes qué significa, porque yo apenas sé hablarlo.

—Ya que te veo muy bien, me quedo un poco más tranquilo. Espero que Alekséi me llame pronto para solucionar el problema de una vez —dice mi hermano, y su tono de voz recupera esa gravedad que utiliza cuando habla de negocios, de deudas y de sangre.

—Que síii, tranquilo —le respondo, alargando las vocales con fingido cansancio pero sin perder la sonrisa. No quiero que se preocupe por mis pinchazos o por mi miedo; él ya tiene suficiente con lo suyo allá en España.

—Hasta pronto, Rafa —interviene Vika, asomándose a la pantalla con una chispa de picardía en los ojos—. Por cierto... ¿Cuándo es el cumpleaños de Sulami? Sé que ella es demasiado modesta para decírmelo, así que prefiero preguntártelo a ti.

Me giro para mirarla, completamente descolocada por la pregunta. Vika es impredecible, pero este interés genuino me toca una fibra sensible. Mi hermano suelta una risotada al otro lado de la línea, una de esas que le iluminan la cara.

—En semana y media —responde Rafa, aunque su mirada se vuelve un poco nostálgica—. Será el primer cumpleaños que pase lejos de nosotros.

—Perfecto —murmura Vika con una dulzura que me toma por sorpresa. De repente, se inclina y me planta un beso sonoro en la mejilla—. Quiero hacerle una fiesta de bienvenida, una celebración por haber aparecido en nuestras vidas. Es una amiga increíble, Rafa. Te lo aseguro.

Siento un calorcito agradable en el pecho. Rodeó a Vika con el brazo, apretándola contra mí con cariño. Es extraño cómo, en mitad de este caos de mafias y huidas, he encontrado a alguien que me hace sentir que pertenezco a algún sitio, aunque sea a miles de kilómetros de mi casa.

—Te cuelgo, hermano. Vamos a seguir con este maratón de compras antes de que cierren las tiendas —le digo, despidiéndome con la mano antes de cortar la comunicación.

Guardo el móvil y me quedo mirando a Vika, que ya está analizando su reflejo en el espejo, ajustándose el vestido rojo con una elegancia envidiable.

—¿De verdad quieres organizar algo? —le pregunto, todavía un poco incrédula.

Vika se gira hacia mí, su expresión vuelve a ser la de esa mujer decidida y sofisticada, pero sus ojos brillan con una sinceridad absoluta.

—Por supuesto. No todos los días llega alguien que pone el mundo de mi hermano del revés —dice con una sonrisa enigmática—.

Además, necesito una excusa para que Alekséi deje de comportarse como un bloque de hielo.

Y hablando de hombres... —se acerca un poco más, bajando la voz mientras se quita un pendiente—.

Hay algo que no le he dicho a mi hermano todavía.

Estoy conociendo a alguien, Sulamita. Un hombre que...

bueno, es diferente a todo lo que Alekséi esperaría para mí.

~~~

El aire de la mansión nos recibe con su habitual aroma a cera de muebles antiguos y ese silencio sepulcral que solo se rompe con el eco de nuestros pasos. Igor deposita la montaña de bolsas en el recibidor, aunque el noventa por ciento de la carga pertenece a Vika.

Lira y Veles aparecen como dos sombras blancas, sentándose con elegancia junto a las escaleras, dándonos una bienvenida silenciosa.

Vika vuelve a perderse en la pantalla de su móvil.

Me ha pasado media tarde hablándome de ese hombre, de lo diferente que es y de su firme intención de presentárselo a Alekséi.

No puedo evitar sentir una mezcla de curiosidad y lástima por el desconocido; enfrentarse a mi "protector" para reclamar la mano de su hermana va a requerir un valor que pocos hombres poseen.

—Dáselas a Irina, que las deje en la habitación de Sulami —ordena Vika, guardando el teléfono en el bolso con una sonrisa triunfal.

—Está todo muy silencioso, ¿no crees? —murmuro, quitándome el abrigo.

Pero el silencio es un espejismo. Las puertas pesadas se abren y Alekséi entra junto a Aras.

Al verlo, mi mente viaja inevitablemente a las imágenes de esta tarde en el gimnasio: su pecho agitado por el esfuerzo, el sudor brillando sobre la tinta negra de ese tatuaje inmenso que ahora cubre su piel.

No pude dejar de mirarlo. Recuerdo la calidez de sus brazos cuando me recogió de la nieve, la paciencia infinita con la que ha curado mis heridas estos días. Le debo la vida, y mucho más que eso.

—Ya... ya habéis venido —dice Alekséi.

Su voz suena extraña, casi temblorosa, rompiendo su habitual máscara de acero. Me clava una mirada tan intensa que siento un nudo en el estómago.

—Sí, hemos pasado una buena tarde. Gracias —respondo, intentando mantener la compostura mientras mis dedos juguetean nerviosos con el asa de una pequeña bolsa. Él no aparta los ojos de mí, y esa atención ininterrumpida me está poniendo al borde de un colapso nervioso.

Aras, que parece notar la electricidad que flota en el aire, se aclara la garganta con fuerza y le propina un golpe amistoso, pero firme, en el hombro.

—Vamos, muévete, que me debes un trago de ese buen vodka que te guardas —dice Aras, empujándolo sutilmente para que reaccione.

—E... estaré en el despacho por si me necesitáis —logra decir Alekséi antes de empezar a caminar.

—¡Espera! —exclamo antes de que se marche.

Él se detiene en seco y se da la vuelta con lentitud. Me acerco a él, sintiendo cómo el corazón me golpea las costillas. Meto la mano en la bolsa y saco una pequeña cajita de terciopelo.

—No sé cómo agradecerte que me cuidaras estos días... No soy buena con las palabras, así que...

Le extiendo la mano, ofreciéndole el regalo. Él lo toma con una delicadeza sorprendente para un hombre de su tamaño. Cuando abre la tapa, la luz de las lámparas de cristal se refleja en los gemelos de plata que descansan en el interior. Son sobrios, potentes, justo como él.

Alekséi se queda sin habla, mirando la joya como si fuera algo sagrado, mientras la tensión entre nosotros parece espesar el aire de todo el recibidor.