CORONA DE SANGRE CAPITULO 43 #2
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CAPITULO 43 #2

Retiro las manos de mi rostro con un gesto cansado y giro la cabeza hasta donde está él. Lo miro con el ceño fruncido, sintiendo cómo la frustración me quema por dentro.

—Joder, parece que no me has escuchado —le espeto, y mi voz suena más áspera de lo que pretendía—.

Una de ellas es que tiene diecisiete años.

Diecisiete. Putos. Años. Y un puto contrato de matrimonio falso de por medio.

Sabes que solo lo hicimos para mantener a Kemal a raya, para darle una base legal y de poder mientras terminamos con ese despojo.

Y lo más importante, Aras: que ella preferiría cualquier cosa antes que estar conmigo por obligación.

Aras se encoge de hombros con esa naturalidad que a veces me saca de quicio.

—Si el problema es su edad... es fácil. Entérate de cuándo cumple los dieciocho —se inclina hacia delante—.

Joder, Alekséi, no va a tener esa edad para siempre...

Y sobre lo del contrato, bueno, siempre sabemos cómo cambiar las reglas a nuestro favor cuando la partida se pone interesante.

Ya no sería para protegerla, sino porque tú lo quieres así.

—No es tan fácil y sí, se siente atrapada —insisto, apretando los dientes—.

No es que me tenga miedo, lo sé. Sulamita no es de las que se asustan fácilmente, tiene un fuego dentro que me desafía en cada mirada, pero me odia.

Me odia por ser el muro que la separa de su libertad, aunque ese muro sea lo único que la mantiene con vida.

—Eso lo tendrías que averiguar e intentarlo —me responde, dándome un golpecito firme en el hombro—. Deja de ser el Pakhan un puto segundo y sé el hombre que la rescató. A las mujeres como ella no las conquista el poder, las conquista la verdad.

Se queda pensativo un instante, ajustándose las vendas de las manos antes de volver a mirarme con una seriedad que rara vez muestra.

—Creo que me quedaré una temporada por esta parte de Rusia —anuncia—.

Te ayudaré a buscar a Kemal; no logrará esconderse para siempre por mucho que corra.

Además, puede que hasta pueda organizarle una trampa.

Ya hice negocios con él antes y sé qué es lo que le mueve: la avaricia y el orgullo. Esos son hilos fáciles de manejar.

Me levanto del banco, sintiendo que la presencia de Aras me da una ventaja que no tenía hace una hora. Si alguien sabe cómo piensa esa rata turca, es él.

—Si te quedas, Aras, prepárate para la mierda —le advierto, recogiéndome la toalla—. Esto no es un juego de niños. Alfredo está ahí fuera jugando a dos bandas, y ahora tengo a Kemal buscando un agujero en mi armadura.

Subo a mi habitación a paso rápido. Mientras el agua caliente resbala por mi espalda, las palabras de Aras se repiten en mi cabeza como un mantra: "No va a tener esa edad para siempre".

Es una verdad física, pero mi mente sigue anclada en el secreto que guardo.

El matrimonio fue una farsa para salvarla de Kemal, pero la realidad es que nuestras vidas se cruzaron mucho antes de que ese contrato existiera.

Me visto rápido con ropa oscura, ocultando mi arma bajo la chaqueta de cuero.

Cuando bajo al garaje, Igor ya tiene el motor del todoterreno en marcha.

Veo a Vika y a Sulamita subir al vehículo.

Sulamita ya no lleva el bikini; se ha puesto un vestido sencillo y una chaqueta, pero sigue manteniendo esa barbilla alta, esa mirada que me dice que, aunque no me teme, no me perdona.

—Igor, salid ya —ordeno por el intercomunicador—. Aras y yo iremos en su coche a dos minutos de distancia. Mantened las frecuencias limpias. Si alguien parpadea cerca de ella más de la cuenta, quiero saberlo antes de que el tipo toque el suelo.

Subo al deportivo de Aras y salimos de la propiedad, siguiendo la estela del coche de las chicas.

Mi mente vuelve a ese secreto de hace años en España.

Sulamita cree que soy su salvador frente a Kemal, pero si supiera que mis manos ya estaban manchadas con la historia de su familia mucho antes de casarnos de mentira, ese fuego que tiene en los ojos me reduciría a cenizas.

—¿En qué piensas, Alekséi? —pregunta Aras mientras acelera por la carretera secundaria—. Tienes esa mirada de estar contando pecados.

—Pienso en que el centro comercial va a estar lleno de gente, Aras. Y que las ratas como Alfredo aman las multitudes para morder y desaparecer. No voy a permitir que nadie le toque un solo pelo.

—Tranquilo, hermano. Hoy las ratas se van a encontrar con dos gatos muy grandes.

~~~

El zumbido del aire acondicionado del centro comercial se mezcla con el murmullo incesante de la gente, creando un ruido blanco que, lejos de relajarme, mantiene mis nervios en alerta máxima.

Aras y yo nos hemos apostado a una distancia estratégica, lo suficientemente lejos para ser sombras indistinguibles entre la multitud, pero con una línea de visión limpia hacia la mesa donde ellas han decidido detenerse.

Mis ojos, entrenados para detectar la anomalía en el caos, recorren sistemáticamente cada rostro que entra o sale de su perímetro.

Saco el teléfono del bolsillo con un movimiento seco y le escribo a Vika.

"No menciones que soy yo, solo averigua cuándo es su cumpleaños".

Los segundos de espera se sienten como minutos. Finalmente, la pantalla se ilumina.

"¿Para qué quieres saberlo?"

"No preguntes y averígualo", sentencio, impaciente.

"Pregúntaselo tú, joder Alekséi, no soy tu paloma mensajera. Por cierto... Bonito tatuaje, jajajaja".

Esa última frase golpea como un impacto directo al esternón.

El corazón se me acelera de forma violenta, una reacción física que odio no poder controlar.

El recuerdo de lo que ocurrió en el gimnasio vuelve a mí; la burla de mi hermana es un recordatorio de que mi mayor vulnerabilidad ahora tiene forma y tinta.

No quiero que ella, ni nadie, comprenda el peso real de lo que ese tatuaje significa.

Si el significado llega a oídos equivocados, la barrera que trato de construir entre mi mundo y Sulamita se desmoronará.

Mis dedos vuelan sobre el teclado, casi queriendo atravesar el cristal.

"Como se te ocurra decirle a Sulamita el significado, te mando de vuelta con mamá y papá con una patada en el culo".

"Tranquiiilooo hermanito, tu secreto está a salvo conmigo, jajaja. Quién iba a decirlo... que caerías a los pies de una tsigánka".

Bloqueo el teléfono con un chasquido sordo y lo guardo en el bolsillo. Me invade una incomodidad punzante, una mezcla de rabia y exposición que me remueve las entrañas. Me obligo a fijar la vista al frente, intentando que mi rostro vuelva a ser esa máscara de piedra impenetrable.

—Ese aparato te va a terminar dando una úlcera —la voz profunda de Aras me saca de mis pensamientos. No se ha movido un milímetro, su vigilancia es absoluta—. Tienes la mandíbula tan apretada que escucho el crujir de tus dientes desde aquí.

—Vika no sabe cuándo callarse —respondo con voz ronca, sin mirarlo—. Es lo único que sabe hacer: provocar.

Aras deja escapar un soplido que podría ser una risa contenida.

—Las hermanas pequeñas tienen un don para ver a través de las armaduras, Alekséi. Pero recuerda dónde estamos. Si pierdes el foco por un mensaje, el que está al acecho te llevará la delantera.

—No he perdido el foco —replico, agudizando la mirada mientras localizo de nuevo a Sulamita entre la gente—. Solo me aseguro de que los secretos se queden donde deben: bajo la piel.