CORONA DE SANGRE CAPITULO 43
60%

CAPITULO 43

ALEKSÉI

Cruzo las puertas del recibidor con el sabor metálico de la pólvora aún pegado a la lengua y el eco de los tres disparos retumbando en mis oídos.

Necesito ir a mi despacho; necesito que el vodka queme el rastro de suciedad que ha dejado Kang Tae-woo en mi sistema.

Sin embargo, antes de llegar, me detengo en mitad del pasillo.

La mansión, que suele ser un mausoleo de silencio y órdenes militares, hoy vibra con algo distinto.

Escucho risas. Es un sonido cristalino, casi ajeno a este lugar, que proviene de la piscina de invierno en la primera planta.

Sé que es Vika. Y sé que es ella, mi tsygánka.

Mi hermana está cumpliendo su promesa: intentar que Sulamita olvide, aunque sea por una hora, que vive rodeada de asesinos y que un hombre llamado Kemal se ha obsesionado con ella.

Aprieto los puños. La rabia no se va; al contrario, se transforma en una tensión física que me recorre la columna.

Sulamita sigue defendiendo a Alfredo, ese hijo de puta que nos vendió en el bosque y que ahora se esconde en algún rincón de esta Rusia infinita.

La lealtad de esa mujer es su mayor virtud y, al mismo tiempo, lo que más me desespera.

Estoy cerca de encontrarlo, lo huelo, y voy a pillarlo tan desprevenido que cuando se dé cuenta, le tendré metida la navaja tan adentro que olvidará cómo se suplica por la vida.

Pero ahora mismo, no puedo entrar en ese despacho.

Si bebo, la furia se volverá incontrolable.

Mis pies cambian de dirección por puro instinto hacia el gimnasio privado.

Necesito el castigo físico, el sudor y el agotamiento para silenciar los demonios que Kang despertó al mencionar a mi madre y a Sulamita en la misma frase que sus negocios de trata.

Me cambio de ropa con movimientos bruscos, deshaciéndome de la camisa de seda como si fuera una piel que me estorba.

Durante veinte minutos, el saco de boxeo se convierte en el rostro de cada enemigo que ha osado mirar a Sulamita.

Golpeo sin ritmo, solo con fuerza bruta, jadeando, sintiendo cómo el sudor me escuece en los ojos.

Estoy solo con mis pensamientos, o eso creo, hasta que una voz cargada de ironía rompe el aire.

—¿Dónde está el hombre caído que se acaba de casar? ¿Es este saco lo único que puedes dominar hoy, Alekséi?

Me detengo en seco, con los guantes pegados al cuero del saco, el pecho subiendo y bajando violentamente. Me giro para encontrarme con Aras, mi amigo de Turquía. Un hombre cuya boca es tan sucia como su alma, pero cuya lealtad ha sido probada en mil trincheras.

—¿Qué haces aquí, Aras? —logro decir, esbozando una sonrisa que me tira de los músculos de la cara. Nos saludamos con un choque de manos que resuena en toda la sala y un golpe seco en la espalda.

—Hermanito, da gracias que te aprecio más que a mi propia vida, porque te metería una bala por el culo por no invitarme a la boda. ¡Una boda real! ¡El gran Alekséi atado por una mujer! —Se ríe, echando la cabeza hacia atrás, pero sus ojos oscuros me analizan con la precisión de un halcón.

—No te ofendas tan rápido, fue... complicado —miento, apoyando las manos en mis rodillas mientras trato de estabilizar mi respiración—. Solo fueron negocios. Un matrimonio de conveniencia para mantener fuerzas. Fue todo tan inesperado que ni yo mismo tuve tiempo de comprar flores.

Aras se apoya en una de las máquinas de pesas, cruzando los brazos sobre su pecho macizo.

—Te veo muy bien, Alekséi. Pero por cómo golpeas ese saco y por la mirada de lobo hambriento que traes... la debes tener todo el día follando. No me digas que el gran oso ruso ha encontrado por fin una madriguera que le gusta.

Levanto un dedo, advirtiéndole con una media sonrisa que corta el aire. Solo él puede decirme algo así y conservar los dientes.

—No me deja ni tocarla, Aras. Me odia, aunque te cueste creerlo. Y hay más... todavía no tiene la mayoría de edad. Es una niña en un mundo de monstruos.

Aras frunce el ceño, dejando de lado la broma por un segundo. La gravedad de mis palabras parece calar en él.

—Vale... creo que necesitas descargar algo más que rabia contra ese saco.

Se quita la camisa negra, revelando un torso lleno de cicatrices de guerra, y coge un par de guantes del taquillero.

—Cuéntame. Sin dejarte nada por el camino. Sabes que lo que se habla entre estas paredes de sudor y hierro... muere aquí.

Empezamos a boxear. No es un entrenamiento suave; es un intercambio real de golpes donde cada impacto busca una verdad.

Entre el sonido de los guantes chocando y nuestras respiraciones entrecortadas, empiezo a soltar el lastre.

Le hablo de Kemal, del bosque, de la pureza que ella desprende y que parece quemarme cada vez que me acerco.

Le confieso que mi mente me está matando; el deseo que siento choca frontalmente con sus diecisiete años y con el hecho de que me mira como si yo fuera el carcelero que la ha arrancado de su hogar.

Sin embargo, hay un peso mayor en mi lengua que no me atrevo a soltar del todo.

Un secreto que guardo bajo llave en lo más profundo de mi conciencia.

Algo que ocurrió hace años, una sombra de mi pasado que, si Sulamita llegara a descubrir, haría que me odiara con una intensidad definitiva.

Si lo supiera, se iría de mi lado sin importarle si afuera la espera Kemal, los coreanos o el mismo diablo.

Y esa posibilidad, la de perderla por mi propia historia, me aterra más que cualquier enemigo.

—Supongo que esas risas que se escuchan por toda la casa son de tu hermana y de... —Aras se detiene para esquivar un gancho de izquierda—. No me has dicho cómo se llama. Tiene que ser un verdadero espectáculo para tenerte así de desquiciado, goteando como un jodido adolescente.

Le doy un gancho en el costado que le hace soltar el aire de golpe, pero él solo se ríe.

—Se llama Sulamita. Y sí, Aras. Es un espectáculo que no sabría ni cómo empezar a describirte.

—No me lo creo —se burla él, recuperando la posición—. El Pakhan de acero, enamorado. Llegará el día en que yo también lo esté, supongo que eso me dirás, ¿no?

—Cuando te enamores, Aras —le digo, bloqueando una derecha—, babearás por todos los rincones detrás de ella como un perro faldero. No te reconocerás en el espejo.

—Eso a mí no me pasará —responde él con suficiencia—. Yo la meto y paso a la siguiente. La libertad es el único negocio que no vendo.

Seguimos intercambiando golpes, pero las risas que venían de la piscina se vuelven nítidas.

Se acercan. De repente, veo a mis dos panteras, Veles y Lira, cruzar por el pasillo a toda velocidad.

Pasan por la puerta abierta del gimnasio como dos ráfagas de noche pura, ignorándonos por completo, siguiendo el rastro de su protegida.

—¡Joder, Alekséi! ¿Tienes a esas bestias sueltas por la casa? —Aras baja los guantes, genuinamente impresionado por la elegancia letal de los animales.

—Sí, pero es...

No puedo terminar la frase. El aire del gimnasio, cargado de sudor y testosterona, se transforma de golpe.

Por la puerta aparecen Vika y Sulamita. El tiempo se detiene.

Sulamita está empapada, con el cabello oscuro pegado a sus hombros y gotas de agua que brillan sobre su piel morena como diamantes líquidos.

Lleva un bikini blanco que resulta insultante por cómo resalta cada curva de su cuerpo, apenas cubierto por un pareo transparente que no oculta absolutamente nada a los ojos de un hombre que lleva días deseándola en silencio.

Siento una reacción violenta, física y dolorosa en mi entrepierna.

Mi polla reacciona con una fuerza que me obliga a tensar los músculos del abdomen.

Rezo para que los pantalones anchos de deporte disimulen mi estado, pero el calor que me sube por el cuello me delata.

Sulamita, al vernos, se cruza de brazos sobre el pecho en un intento instintivo de protegerse de nuestras miradas, pero es tarde.

Ya la he visto. Ya la he devorado con los ojos.

—Hermano —dice Vika, rompiendo el hechizo con esa voz autoritaria—. Ahora que Sulami está recuperada, me la voy a llevar al centro comercial. Necesita aire y ropa. Allí no hay peligro, hay demasiada gente y cámaras por todos lados.

Siento que Vika habla, pero sus palabras me llegan como si estuviera sumergido bajo el agua. Solo puedo ver el contraste del blanco del bikini sobre la piel de Sulamita, la forma en que el frío del gimnasio hace que sus pezones se marquen levemente a pesar de sus brazos cruzados.

—¿Alekséi? ¿Estás escuchando, pedazo de animal? —Aras me da un golpecito en el brazo, sacándome del trance.

—¿Qué? ¿Si? Vale... —respondo como un estúpido, perdiendo toda la autoridad que he construido durante años—. Ve. Pero que Igor y otros cuatro la sigan a tres metros. Sin excusas.

Vika asiente satisfecha, coge a Sulamita del brazo y se la lleva.

Antes de salir, Sulamita me lanza una última mirada.

No es de odio, es algo más profundo, una chispa de conciencia de lo que acaba de provocar en mí.

Cuando desaparecen por el pasillo, el gimnasio se queda en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de nuestras respiraciones.

Aras se quita los guantes, me mira de arriba abajo y estalla en una carcajada que hace vibrar las paredes.

—Si... estás jodido, hermano. Muy, muy jodido. Tienes la cara de un hombre que acaba de ver a Dios y se ha dado cuenta de que el cielo está cerrado para él.

Me dejo caer en un banco, con la cabeza entre las manos, sintiendo cómo el deseo y la rabia luchan por el control de mi cuerpo. Aras tiene razón. Estoy perdido.

Aras se sienta a mi lado echando la espalda hacia atrás hasta tocar la pared, con los brazos extendidos a cada lado apoyados en el banco. Se queda unos segundos en silencio, observando el techo del gimnasio, antes de soltar la pregunta que sabe que me va a escocer.

—¿Qué es lo que te detiene en decirle lo que sientes?