CAPITULO 42
ALEKSÉI
El motor del Mercedes ruge bajo mis manos como una bestia enjaulada, un eco perfecto de lo que siento por dentro.
Vamos de camino a vernos con el "polla pequeña" de Kang Tae-woo.
Esta reunión es una tregua frágil, un puente de cristal sobre un abismo de pólvora.
Solo tengo dos planes: mantener una paz armada o quemar a todo puto Corea con ellos en primera fila.
No tolero que vigilen mi casa. No tolero que pongan sus ojos sobre lo que es mío. Voy a averiguar qué buscaban realmente al observar a Sulamita desde mi propio perímetro.
—Quiero que te mantengas alerta en todo momento —le ordeno a Igor sin apartar la vista de la carretera gris—. Que los demás estén en posición. Si muevo la mano hacia el cuello, entrad barriendo. No quiero supervivientes si esto es una trampa.
—Sí, señor. Todo está preparado —responde Igor con esa calma glacial que lo hace mi mejor hombre. Lo escucho revisar el cargador de su pistola; ese clic metálico es la única música que me devuelve algo de foco.
Sin embargo, las palabras de Vika siguen ahí, golpeando las paredes de mi cráneo como un mazo.
"No es tu mujer realmente". Su voz, cargada de esa firmeza de porcelana, me recordó que no tengo derecho a reclamar lo que Sulamita todavía no me ha dado.
Y tiene razón, joder. Me comporto como un animal territorial, pero ella me mira como si yo fuera el carcelero, no el salvador.
Doy un puñetazo al volante por puro impulso. El cuero cruje y el coche da un pequeño bandazo. Igor me mira de reojo, sorprendido por mi falta de control.
—Lo siento, Igor. Últimamente... —No termino. Sacudo la cabeza. Necesito al Pakhan, no al hombre que suspira por una gitana de diecisiete años.
Llegamos al puerto. El almacén huele a salitre, gasóleo y miedo. Kang está allí, rodeado de una docena de hombres. Al vernos, esboza esa sonrisa de serpiente que hace que mi dedo índice pique por apretar el gatillo. Nos sentamos frente a frente.
—Alekséi —dice Kang, dadeando la cabeza con una falsa cortesía—. Sus perros mordieron a los míos en el bosque. Fue un malentendido muy costoso en términos de... personal.
—Déjate de mierdas, Kang —le corto, apoyando los puños sobre la mesa de madera podrida—. Mis hombres detectaron a los tuyos vigilando mi propiedad. ¿Por qué observabas a mí mujer? Dame una razón para no enterrarte en este mismo muelle.
Kang suelta una risita y se inclina hacia delante, entrelazando sus dedos.
—Solo queríamos observar de cerca la belleza de Sulamita, Alekséi.
No buscábamos conflicto. Verás... ella es el estándar.
Si las gitanas en España tienen esa misma pureza y esa belleza intacta, hay un mercado allí que estamos muy interesados en explotar.
Solo estábamos haciendo un "estudio de mercado" antes de enviar a nuestra gente a por otras como ella, pero jamás tocaríamos a tu mujer.
Siento que la mandíbula se me va a partir del esfuerzo por no saltarle al cuello. La idea de que usen a Sulamita como modelo para captar a otras gitanas me revuelve las entrañas.
—No volverás a acercarte a ella —le amenazo, y mi voz suena como una sentencia de muerte—. Si valoras tu vida y la de los tuyos, olvida que existe.
Kang levanta las manos, pero su sonrisa no desaparece.
—Deberías preocuparte más por los amigos que tú mujer confía, Pakhan.
Ese día, en el bosque, Alfredo estaba con nosotros.
Estábamos observándola, tranquilos, hasta que él recibió una llamada mientras estábamos fuera.
No sé quién llamó, pero Alfredo cambió de opinión en un segundo.
Se puso nervioso, empezó a gritar para dar la voz de alarma y provocar que ustedes se dieran cuenta de nuestra presencia.
Me quedo helado. Igor intercambia una mirada rápida conmigo. Así que Alfredo no fue un héroe que intentó salvarnos; fue una rata que luego se asustó o recibió órdenes de sabotear la observación.
—Si me mientes, Kang... —empiezo a decir, pero él me interrumpe.
—¿Para qué iba a mentir? Alfredo es un cabo suelto que te va a traer problemas. Y tú tienes cosas que proteger. Tu mujer, tu hermana... tu madre. Sé que la vieja todavía respira, Alekséi, no la dejes desprotegida por centrarte solo en la gitana.
Aprieto el puño bajo la mesa. Mencionar a mi madre es cruzar la última línea roja.
—Si tocas a un solo miembro de mi familia —susurro, acercándome tanto que puedo oler su miedo a pesar de su sonrisa—, no habrá rincón en este mundo donde puedas esconderte de lo que te haré.
Cuando estoy todo lo cerca que quiero estar de Kang, el mundo se detiene. No necesito pensar; mis músculos actúan por puro entrenamiento y una furia que quema más que el vodka. Saco mi arma con un movimiento fluido y, con una precisión quirúrgica, disparo tres tiros limpios.
Bang. Bang. Bang.
Tres coreanos caen al suelo antes de que el eco del primer disparo termine de rebotar en las paredes del almacén.
Tres balas en el centro del cráneo. Tres advertencias que no necesitan traducción.
Los hombres de Kang se tensan, sus manos vuelan hacia sus armas, pero Igor y mis hombres ya los tienen en el punto de mira.
El aire huele a pólvora y a muerte reciente.
Guardo el arma con una lentitud que resulta insultante, sin apartar los ojos de los de Kang, que han perdido ese brillo de suficiencia.
—Por mencionar a tres mujeres que no debieron pronunciar tu lengua —digo, y mi voz es un susurro que hiela la sangre—. Ahí está mi pequeña advertencia. A la siguiente...
Dejo la amenaza en el aire, pesada como el plomo. No hace falta decir qué pasará después; el rastro de sesos sobre el suelo habla por mí.
Doy media vuelta, dándole la espalda a Kang en un gesto de desprecio absoluto. Sé que no disparará. No ahora. Está demasiado ocupado procesando que acaba de perder a tres de sus mejores hombres solo por abrir la boca de más.
Camino hacia el coche con Igor a mi lado. El silencio nos sigue hasta que cerramos las puertas del vehículo. Arranco el motor, sintiendo que el pulso me va bajando, pero la rabia sigue ahí, instalada en la base de mi nuca.
—Igor —gruño mientras salimos del puerto a toda velocidad—. Quiero el registro de llamadas de Alfredo de los últimos tres meses. Todo. Cada mensaje, cada número oculto, cada señal.
—Ya estoy en ello, señor —responde él, tecleando en su dispositivo con rapidez—. Pero si lo que dice Kang es cierto... Alfredo no está trabajando solo para los coreanos. Alguien le dio la orden de sabotear la vigilancia en el bosque. Alguien que quería que estallara el tiroteo.
Aprieto el volante. Si Alfredo ha estado jugando a dos bandas, su muerte no será tan limpia como la de los coreanos de hoy.
—Asegura el perímetro de la planta superior —le ordeno a Igor, mientras el motor del coche ruge bajo mis pies—.
Llama a la seguridad interna. Quiero que suelten a Veles y Lira en el pasillo de Sulamita ahora mismo.
No quiero que ella se mueva de su habitación, ni siquiera para ir al baño.
Si alguien que no sea Vika intenta cruzar ese umbral, quiero que las panteras lo desgarren.
Ignoro el pinchazo de culpa en el pecho al pensar en la mirada de miedo que me lanzará Sulamita cuando vea a las fieras bloqueándole el paso, pero la seguridad no entiende de sentimientos.
—Si Alfredo está herido y acorralado en casa, es cuando más peligroso se vuelve —prosigo, apretando el volante—. Es una rata, Igor. Y las ratas muerden cuando se ven atrapadas. Él sabe que lo hemos descubierto, y no voy a permitir que la use a ella como escudo humano para escapar.
Acelero, quemando neumáticos sobre el asfalto frío. Necesito llegar antes de que la rata intente salir de su escondite. Mi mente ya no está en la reunión con los coreanos; está en ese pasillo lujoso de mi mansión que ahora se va a convertir en una zona de guerra.
Voy a por ti, Alfredo. Y reza para que las panteras te encuentren antes que yo, porque ellas serán mucho más rápidas en acabar con tu agonía.