CAPITULO 41
SULAMITA
Han pasado doce días. Doce días de un silencio espeso en la mansión y de una recuperación lenta, física y mentalmente.
Ayer finalmente me retiraron los puntos del costado, pero el alivio de no sentir el hilo tirando de mi piel no ha borrado el rastro del trauma.
Debo tomarlo con calma; todavía siento ese leve latigazo punzante cada vez que respiro profundo, un recordatorio constante de que estuve a centímetros de que la muerte me reclamara.
Las noches son lo peor. Las pesadillas me asaltan en medio de la oscuridad, despertándome entre llantos ahogados.
En mis sueños, el frío del bosque vuelve a calarme los huesos y vuelvo a sentir el peso insoportable de aquel hombre sobre mí, robándome el aire.
Grito en silencio pidiendo que me quiten ese peso, que limpien el hierro de mis manos.
Vika no se ha apartado de mi lado ni un solo segundo.
Su lealtad ha sido mi ancla, incluso cuando eso significó enfrentarse al Pakhan.
Hubo una noche, la más difícil de todas, en la que escuché sus voces discutiendo tras la puerta.
Alekséi quería ser él quien se quedara en mi habitación, velando mi sueño, pero Vika, con esa valentía de porcelana que me sorprende, le cerró la puerta en las narices.
—Tienes que mantener las distancias, Alekséi —le espetó ella con una firmeza que hizo vibrar las paredes—. No es tu mujer realmente, y hay cosas en las que necesita intimidad. Tú no puedes ayudarla aquí.
Desde esa noche, el ambiente se ha vuelto gélido.
Hoy, por fin, he podido bañarme yo sola, disfrutando del agua caliente sin la ayuda de Vika, sintiendo que recupero un poco de mi autonomía.
Cuando bajo las escaleras, el eco de mis pasos parece alertar a los ocupantes de la cocina.
Veo a Igor junto a Alekséi, que está de espaldas a mí, con esa espalda imponente que parece cargar con el peso de todo su imperio.
Él le habla en voz baja, con un tono urgente y sombrío, hasta que Igor desvía la mirada hacia arriba y se da cuenta de que estoy bajando.
Alekséi mira por encima del hombro. Su mirada es rápida, intensa, pero hay una distancia nueva en sus ojos, una barrera que no estaba ahí cuando me susurraba en el bosque.
—Buenos días —digo al terminar de bajar, intentando que mi voz no tiemble. Igor me saluda con un breve gesto de cabeza, respetuoso pero distante.
Últimamente, no sé por qué Alekséi está tan frío conmigo. Es como si aquella pelea con su hermana hubiera levantado un muro de hormigón entre nosotros.
—Buenos días —responde él. Su voz es seca, profesional—. Hoy tardaré en llegar a casa. Vika estará contigo, y Lira y Veles también.
Se gira hacia las fieras que descansan cerca de la puerta.
Alekséi no necesita palabras con ellas. Realiza un gesto seco con la mano derecha, cerrando el puño y señalando luego hacia mí con el índice, un código silencioso que las panteras comprenden al instante: Custodia total. No se aparten de ella.
Veles y Lira se incorporan con una elegancia letal, sus garras rozando el suelo con ese sonido que ya no me aterra, sino que me inquieta por lo que representa.
Sin decir nada más, Alekséi se marcha con Igor.
Me quedo ahí, de pie en el recibidor, observando la tensión en su espalda mientras cruza el umbral.
Me ha dejado protegida por sus sombras, pero me ha negado su presencia, y ese vacío duele más que la herida del costado.
Camino hacia la cocina, sintiendo cómo Veles y Lira se mueven a mis costados como dos sombras pesadas y silenciosas.
Me siento al lado de Vika, que ya tiene una taza humeante entre las manos.
Desayunamos juntas, compartiendo ese espacio que se ha convertido en nuestro refugio, mientras las dos panteras se echan a mis pies, cumpliendo la orden muda que Alekséi les dejó grabada antes de irse.
Su presencia es un recordatorio constante de que, en esta casa, nunca estoy realmente sola.
—Por cierto... te estuvo llamando una tal Saray —dice Vika de repente. Saca mi móvil de su bolso y lo desliza por la superficie de la mesa hacia mí—. Me dijo que, cuando estés recuperada, la llames. Solo quería escuchar tu voz y saber cómo estás.
Cojo el teléfono, sintiendo el frío del metal contra mi palma.
Lo guardo en el bolsillo de mi bata, notando cómo el corazón me da un vuelco.
Necesito llamarla; necesito saber si ella también ha sobrevivido a sus propios demonios mientras yo intentaba sobrevivir a los míos.
Saray tiene unos padres que agradezco al cielo no tener yo.
Su hogar no es una fortaleza como esta, sino un campo de batalla donde el enemigo duerme en la habitación de al lado.
Recuerdo las marcas que ella intentaba ocultar. Su padre, cuando el alcohol le nubla el juicio o cuando la furia le quema por dentro, se desahoga con ella o con su madre, que vive sumida en una depresión tan profunda que apenas puede levantar la cabeza.
—Gracias —le digo a Vika, tratando de que mi voz no suene tan preocupada como me siento—. ¿Sabrías si se le escuchaba bien? ¿Notaste algo raro?
Vika dalea un poco la cabeza, frunciendo el ceño mientras intenta recordar la breve conversación.
—No lo sé... —responde con sinceridad—. Cuando llamaba se le escuchaba tranquila. Quizás demasiado.
Asiento con la cabeza y dejo escapar un largo suspiro. Esa tranquilidad en Saray es lo que más me asusta; suele ser la calma que precede a la tormenta en su casa.
Miro a las panteras a mis pies. Ellas están aquí para protegerme de hombres como Kemal, pero ¿Quién protege a Saray de su propia sangre? La culpa de estar aquí, a salvo y rodeada de lujos, mientras mi amiga sufre en silencio, empieza a pesarme más que el dolor del costado.
—Tengo que hablar con ella —murmuro, rozando con el pulgar la pantalla apagada del móvil.
—Alekséi ya sabe que hablas con ella, Sulamita —dice Vika con naturalidad, como si leyera mis pensamientos sobre la vigilancia de la casa—.
Él mismo dio la orden de que te entregara el teléfono en cuanto estuvieras lo suficientemente fuerte.
No le importa que mantengas tus lazos, siempre que eso te ayude a estar tranquila.
Es extraño. Por un lado, me alivia saber que no tengo que ocultarle nada, pero por otro, me inquieta esa sensación de que mi vida es un libro abierto para él. En esta casa no se mueve una hoja sin que el Coronel lo autorice. Incluso mi consuelo depende de su permiso.
Me termino el café en silencio, sintiendo la mirada protectora de Vika y el peso cálido de las panteras contra mis tobillos.
—Voy a subir a llamarla —le digo, levantándome con cuidado.
Veles y Lira se incorporan al unísono, como si estuvieran conectados a mis propios músculos.
No hace falta que les diga nada; ellas saben que su lugar está donde esté mi sombra.
Subo las escaleras despacio, sintiendo el vacío de la casa ahora que Alekséi no está.
Su ausencia se nota en el aire, como si faltara el oxígeno, y aunque su distanciamiento me duele, no puedo evitar buscar su rastro en cada rincón mientras me dirijo a mi habitación para enfrentarme a la voz de mi pasado.
Entro en mi habitación y me siento en el borde de la cama.
Veles y Lira se acomodan a cada lado de la puerta, como dos estatuas de obsidiana vigilando mi intimidad.
Busco el contacto de Saray y pulso el icono de videollamada.
El corazón me late con fuerza; necesito ver su cara, sentir que mi mundo de antes sigue ahí, aunque yo ya sea otra.
La pantalla parpadea un par de veces hasta que el rostro de Saray aparece. Está en su cuarto, con la luz tenue, y aunque intenta sonreír, sus ojos ámbar de leona se ven cansados, cargados de una sombra que conozco demasiado bien.
—¡Sulamita! ¡Ay, amiga, qué alegría escucharte!
—exclama con ese chorro de voz que tanto he echado de menos.
Se acerca a la cámara, escaneándome—. Estás pálida, pero te veo más fuerte.
Cuéntame, ¿cómo estás de lo tuyo? Me enteré de lo que pasó en aquel bosque... por aquí corren rumores de todo tipo.
—Estoy bien, Saray. Ya me han quitado los puntos —le respondo, intentando que no se note el temblor en mi voz—. Ha sido duro, he visto cosas que no se me van a borrar nunca, pero Alekséi... él no me dejó sola.
Saray asiente, soltando un suspiro de alivio, pero de pronto su expresión cambia. Se muerde el labio inferior, ese gesto que hace cuando tiene una noticia que sabe que va a doler.
—Escúchame, Sulamita. Tienes que saber lo que está pasando aquí abajo, en el barrio. Tu familia está que echa chispas, y no es solo por lo de Kemal.
—¿Qué pasa? ¿Es mi padre? ¿Rafael?
—Es tu prima Ana —dice Saray, bajando la voz como si las paredes pudieran oírla—. ¿Te acuerdas de cómo se puso en tu boda? Aquella que no dejaba de mirar a tu marido y quería que se lo presentaras en la mesa nupcial... pues la niña ha cometido la locura más grande de su vida. Ana se ha escapado.
Me quedo sin aliento. En nuestra cultura, que una muchacha se escape sin la ceremonia del pañuelo, entregándose directamente a un hombre, significa que ya son marido y mujer a ojos de todos, pero sin el honor de la boda. Es una mancha que a veces solo se limpia con años de distancia.
—¿Con quién? —pregunto, temiendo la respuesta.
—Con un gitano de Madrid. De los Heredia —suelta Saray con desprecio—.
Ya sabes la fama que tienen esos. Son gente oscura, Sulamita.
Dicen que tratan a las mujeres como si fueran trapos, que no tienen respeto ni ley dentro de su propio clan.
Tu padre está loco de rabia porque los Bolindres siempre han querido meter las manos en los negocios de Cádiz, y que Ana se haya ido con uno de ellos es como clavarle un puñal por la espalda a los tuyos.
Siento un escalofrío que me recorre la espalda, más frío que la nieve rusa. Ana siempre fue una caprichosa, siempre quiso llamar la atención, pero esto... esto es meterse en la boca del lobo. Los Bolindres no son como nosotros; su fama de crueles con sus propias mujeres cruza fronteras.
—¿Y Ana? ¿Saben si está bien? —le pregunto, pegando mi rostro a la pantalla.
—Nadie sabe nada —responde Saray con una mueca de amargura—.
Se la llevaron a Madrid y allí el silencio es absoluto.
Machín dice que para él, Ana ya no tiene familia, pero Rafael...
tú conoces a tu hermano. Rafael dice que ningún Bolindres va a tocar a una mujer de nuestra sangre sin pagar el precio.
Cierro los ojos un momento. El peso del apellido pesa ahora más que nunca. Mientras yo estoy aquí, protegida por un Coronel ruso que ha tatuado mi destino en su piel, mi prima se ha hundido en el fango con el clan más peligroso de Madrid.
—Saray, prométeme que me mantendrás informada —le suplico—. Aquí las cosas son complicadas, pero no puedo desentenderme de lo que le pase a mi sangre.
—Te lo prometo. Pero ahora cuídate tú. Que ese ruso te tenga entre algodones, que falta te hace.
Cortamos la llamada y me quedo mirando el vacío.
Mis dedos rozan la cicatriz de mi costado.
Una guerra en Rusia con Kemal, y ahora una guerra de clanes en España por culpa de un capricho de Ana.
Me pregunto qué dirá Alekséi cuando se entere de que la familia de su "mujer" está a punto de entrar en guerra con los Bolindres.
En este mundo, parece que la paz es solo un espejismo entre una batalla y la siguiente.