CORONA DE SANGRE CAPITULO 40
56%

CAPITULO 40

SULAMITA

Han pasado tres días y ya no puedo estar más en esta maldita cama; las paredes de esta habitación, por muy lujosas que sean, empiezan a cerrarse sobre mí como una prisión.

Necesito levantarme, sentir que mis piernas aún me pertenecen y que el mundo sigue girando fuera de estas sábanas de seda que ya huelen demasiado a mi propia debilidad.

Retiro las mantas con una lentitud exasperante, midiendo cada centímetro de esfuerzo para no desgarrar los puntos que me mantienen unida.

Sin hacer movimientos bruscos, me acerco poco a poco al borde del colchón, dejando que mis pies descalzos cuelguen hacia el frío suelo de madera.

Cierro los ojos un momento, apretando los dientes para calmar el latigazo abrasador que me acaba de dar en el costado.

El dolor es un recordatorio físico de que sigo viva, pero también trae consigo fantasmas.

En la oscuridad de mis párpados cerrados, me viene a la mente la imagen de anoche.

Recuerdo que cuando Alekséi entró en la habitación, me hice la dormida por puro instinto de preservación emocional.

Lo escuché acercarse con pasos que, por una vez, no buscaban intimidar.

Se inclinó sobre mí con una lentitud casi sagrada, evitando cualquier roce que pudiera despertarme, pero entonces ocurrió algo extraño.

Se quedó ahí, a escasos milímetros, y se puso a oler mi cabello, inhalando profundamente como si buscara algo perdido en mí.

Susurró algo que no pude entender, una frase en ruso que sonó a oración y a sentencia al mismo tiempo, antes de marcharse como una sombra.

Vuelvo a moverme, incorporándome con esfuerzo, cuando el sonido de la puerta abriéndose me sobresalta. Es Vika. Entra con una bolsa de papel que inunda el aire con un olor delicioso a bollos recién hechos y azúcar.

—¡Sulamita...! —me regaña de inmediato, dejando la bolsa sobre la mesita con un golpe seco. Su tono es cariñoso, pero hay una molestia genuina en sus ojos grises—. Por Dios, espera a que estemos contigo. No seas terca.

—Vika, me duele el culo de estar dentro de esta cama —le respondo con una mueca, aunque agradezco que se acerque a mi lado—. Necesito moverme o me volveré loca entre estos espejos.

—Sí, lo sé, pero tienes que esperar a alguno de nosotros para ayudarte si quieres levantarte —me sujeta con firmeza del brazo, estabilizándome mientras me pongo de pie.

El mundo da un pequeño vuelco, pero su agarre es seguro—.

Venga, si quieres caminaremos un poco por el pasillo antes de merendar algo. Te vendrá bien el aire.

—Esto es una mierda, Vika. Quiero poder recuperarme ya. Odio sentirme así de inútil.

—Solo llevas casi una semana —se ríe con suavidad mientras salimos de la habitación a paso lento—. Tienes que ser paciente con tu cuerpo.

Caminamos por el pasillo infinito de la planta de arriba. El roce de mi camisón contra la piel me molesta, pero el movimiento me devuelve un poco de dignidad.

—Cuando te mejores y puedas andar por ti sola, nos iremos las dos de compras a un gran centro comercial —promete Vika, y sus ojos se iluminan con una ilusión casi infantil—. Nos compraremos ropa nueva, joyas... nos olvidaremos de estos días grises. Pero antes, recupérate.

Le devuelvo la risa, sintiendo un calorcito agradable en el pecho. En estos días de convalecencia, Vika y yo nos hemos cogido mucho cariño. Ella es el único rastro de luz en esta casa.

—No puedo creer que tú y Alekséi seáis hermanos —suelto de repente, mirándola de reojo.

—Eso es porque no lo somos —responde con naturalidad.

Giro el cuello en su dirección, sorprendida a pesar del dolor.

Ahora que lo dice, tiene todo el sentido del mundo.

Vika parece una muñeca de porcelana tallada con una delicadeza extrema de lo blanquita que es; sus ojos son preciosos, de un gris plateado que recuerda a la superficie del mar en un día de tormenta, cuando el cielo está cubierto de nubes y el agua brilla como el acero pulido, su pelo rubio platino le cae en cascadas hasta las caderas.

Tiene unas pequeñas pecas que saltan a la vista en cuanto se sonroja, lo cual sucede casi siempre por lo clara que es su piel.

—Entonces eso explica que tú me caigas tan bien —sonrío, y volvemos a caminar por la alfombra mullida.

—¿Y Alekséi dónde está? —pregunto, intentando sonar casual—. Lleva un par de días que desaparece toda la tarde y apenas lo veo.

Giramos para volver de nuevo hacia mi habitación. La curiosidad me pica más que la herida.

—Está terminándose el tatuaje que se estaba haciendo —me explica ella—. Hoy creo que es el último día de la sesión.

Ahora entiendo por qué la casa está tan inusualmente repleta de hombres armados y por qué Veles y Lira han estado patrullando los jardines exteriores con tanta insistencia. Alekséi está "fuera de servicio" mientras marcan su piel.

—¿Tú le has visto el tatuaje? —le pregunto con intriga—. El otro día solo pude ver unas palabras borrosas, a medias y en ruso, en su pecho.

Vika niega con la cabeza, soltando una pequeña risa nerviosa.

—No... no se ha dejado ver el tatuaje por nadie. Ni siquiera por mí. Nunca pensé que se tatuaría algo así, él siempre ha sido muy reservado con su cuerpo. Sea lo que sea, es algo importante para él.

Entramos de nuevo en el cuarto y me ayuda a sentarme en la butaca junto a la ventana. El misterio del tatuaje se queda flotando en el aire. ¿Qué palabras son tan importantes como para que él decida grabarlas en su piel precisamente ahora?

Instalada en la butaca con la caricia del aire frío entrando por la ventana, observo a Vika sentarse frente a mí.

El dulce aroma de los bollos recién hechos flota entre nosotras, haciendo que se me haga la boca agua mientras el hambre real empieza a ganarle la batalla al aturdimiento de las medicinas.

Irina aparece entonces, moviéndose con esa eficiencia silenciosa suya, portando una bandeja con dos vasos de café y leche caliente que desprenden un vaho reconfortante.

Vika me observa en silencio por un momento, jugueteando con el borde de su servilleta antes de romper el hielo.

—Quisiera preguntarte algo... —dice con un tono suave, cargado de esa curiosidad inocente que la caracteriza—. Ahora que tenemos más confianza.

—Sí, claro, pregúntame lo que quieras —le respondo, viendo cómo Irina termina de preparar el café y se retira, dejándonos en nuestra pequeña burbuja de intimidad.

—Mmm... ¿Las mujeres de tu cultura no tienen la opción de elegir a quien ellas quieran?

—Vika dalea un poco la cabeza con esa ternura que siempre desprende, como una niña tratando de entender un cuento complicado—.

Te lo pregunto porque soy muy curiosa...

¿Sus padres son los que deciden por ellas aunque no quieran?

No puedo evitar sonreír ante su pregunta. Sé perfectamente que nuestras costumbres suelen ser un laberinto de confusiones para los que nos miran desde fuera.

—Antiguamente sí solía ser así, aunque creo que hoy en día depende mucho del padre que tengas o de la familia de la que vengas —le explico, dando un bocado al bollo.

La mantequilla tibia y el dulzor de la masa se deshacen en mi boca, devolviéndome una energía que creía perdida—.

Yo tengo la suerte de saber que, si decido por mí misma, mi padre lo aceptaría; no me obligaría a mantener un matrimonio que yo no quisiera.

Hago una pausa, tragando saliva al sentir que la conversación toca un punto sensible.

—Este caso es diferente, Vika. Sé que mi padre ha permitido este pacto con Alekséi para protegerme, para mantenerme a salvo hasta que eliminen a Kemal.

Aunque no esté de acuerdo con la idea de ser tratada como un paquete, sé que tengo algo de culpa en todo este lío...

por eso acepté de alguna manera este matrimonio. Pero solo durará un tiempo.

Al pronunciar esas palabras, "solo un tiempo", noto un peso extraño y repentino que me oprime el pecho. Es una sensación fría que no tiene nada que ver con la brisa de la ventana. Me pregunto si estoy intentando convencerme a mí misma o si es el miedo a que ese tiempo se agote lo que me inquieta.

Vika bebe un sorbo de su café, asintiendo lentamente mientras procesa mis palabras.

—¿Y los hombres? —inquiere de nuevo—. ¿Ellos son los que deciden siempre?

Ruedo los ojos inevitablemente. Ese es el punto que más me escuece de mi mundo, ese machismo que se aferra a las raíces de nuestra historia.

—Ellos son los que tienen toda la libertad —admito con una sonrisa de lado, algo amarga—.

Pero hay de todo, como en cualquier sitio.

Mi padre y mi hermano son diferentes; aunque me prohíben cosas, sé que en el fondo es su manera de protegerme por ser quien soy.

Ser la hija de Machín no es fácil. Gobernamos el país entero en un silencio tan absoluto que nuestra influencia no cruza el mapa, pero dentro de España nadie se mueve sin nuestro permiso. "La Mafia Calé", nos llaman algunos.

Vika me mira con los ojos muy abiertos, sus pupilas grises captando cada uno de mis gestos.

—Mi hermano también dice que me protege —murmura ella, bajando la vista hacia su café—. Pero a veces la protección se siente como una cuerda que aprieta demasiado, ¿verdad?

La miro y, por un segundo, la conexión entre las dos es total. Dos mujeres en mundos de hombres, dos monedas de cambio en juegos de poder, buscando su propio reflejo en una habitación llena de espejos que no nos pertenecen.