CAPITULO 39
SULAMITA
Me siento súper aturdida y despertándome lentamente, mis párpados parecen dos anclas que me cuesta abrirlos.
Logro forzar la mirada solo un poco frunciendo el ceño, veo un poco borroso pero noto que en la habitación donde estoy no es la mía.
Es un espacio que respira un poder antiguo y peligroso, techos altos que parecen vigilarme y ese aroma a sándalo, tabaco caro y algo metálico que se me clava en la garganta.
—Mmm... —ronroneo con la garganta ronca, pero el sonido se quiebra en un quejido seco. Me sabe la boca a hierro. A muerte.
Siento un leve dolor en el costado, un latigazo punzante que me recuerda que mi cuerpo sobrevivió, y es cuando todo me viene a la memoria de golpe, como un alud de nieve que me entierra viva: el frío cortante del bosque, mis dedos entumecidos apretando un gatillo que pesaba como el plomo y el retroceso del arma golpeando mi hombro mientras el cañón se hundía en la carne del cuello de aquel hombre.
Siento su peso. Todavía siento su cuerpo inerte desplomándose sobre mí, robándome el aire.
O Dios mío, he matado a una persona yo... Dios, por favor, perdóname, no quería... No fue mi intención.
Sollozo casi en silencio al no tener fuerzas ni de abrir por completo los ojos. Trato de frotarme la cara, de quitarme esa sensación de viscosidad caliente que imagino que aún me cubre las mejillas, pero mis manos no me obedecen; se sienten ajenas, marcadas por una mancha que no se quita con agua.
—Sulamita, tranquila, estamos aquí contigo. Estás a salvo —distingo la voz de Vika en medio de mi aturdimiento y mi pequeño llanto—. ¡Irina, deprisa! Ve a decirle a mi hermano que Sulamita está despertando.
—¿Vi... Vika? —pronuncio su nombre mientras mis pulmones luchan por una bocanada de aire que no llega. Siento que me ahogo en mi propia culpa.
—Tranquila, sí... soy yo. Estoy aquí contigo —dice ella. Noto su mano sobre la mía, pero me estremezco. Siento que mi toque es veneno.
—He... he matado... —mi voz suena como un desgarro, podrida por el horror.
En ese momento, noto un peso en mis pies que se mueve y baja de la cama con un salto ágil. Escucho el roce de garras pesadas contra el suelo.
—Veles, déjala ahora —escucho decir a Vika.
Pero entonces noto cómo en mi otra mano la pantera me lame.
Su lengua áspera raspa mi piel, y por un segundo, siento que está intentando limpiar una mancha que solo yo veo.
El animal ronronea, una vibración ancestral que me recorre los huesos, reconociendo en mí el olor de la presa caída.
Me acepta como una igual, y eso me aterra aún más.
—Sulamita, no pienses en eso ahora. Has sobrevivido —Vika me acaricia el brazo, pero yo solo puedo revolverme en la cama, sintiendo que las sábanas de seda son sogas—. ¡Quítamelo, Vika! ¡Sigue encima de mí! ¡Siento su sangre en mi cara!
De pronto, el pomo de la puerta estalla. Unos pasos pesados, cargados de una urgencia violenta y una autoridad que hace que el aire vibre, se acercan hasta mi cama. El mundo parece detenerse cuando él entra.
—Estoy intentando calmarla, Alekséi, pero solo sabe decir que ha matado a un hombre —dice Vika con desesperación.
Siento cómo el colchón se hunde bajo un peso inmenso. El calor de Alekséi me rodea, una muralla de fuego que intenta protegerme de mis propios fantasmas.
—Vika, dame la jeringuilla de la mesilla. ¡Ahora! —su voz es un rugido bajo, cargado de una impotencia que me eriza la piel. Me sujeta de los hombros con una firmeza absoluta, obligándome a dejar de luchar—. ¡Mírame, Sulamita! ¡Abre los ojos y mírame!
Hago el esfuerzo. Mis párpados pesan una tonelada, pero logro enfocar su rostro. Alekséi está inclinado sobre mí. Tiene los ojos de hielo inyectados en sangre, la camisa negra arrugada y el rostro marcado por un cansancio feroz. Veo la venda en su hombro y la mancha roja que delata su sacrificio.
—¡Soy una asesina! —le grito, y cada palabra es un puñal que me clavo yo misma—. ¡Me iré al infierno, Alekséi! ¡Lo vi morir bajo mis manos!
Él me aprieta más fuerte, clavando sus pupilas en las mías con una intensidad que me obliga a escucharlo.
—¡Maldita sea, no! —gruñe, y por un segundo veo una grieta de pura agonía en su mirada—.
No vas a ir a ningún infierno porque yo ya estoy allí y no te dejaré entrar.
No eres una asesina, eres mía. Y ese desperdicio humano murió porque intentó tocar lo que no debía.
Escúchame: yo cargaré con ese muerto. Yo iré al infierno por ti, pero tú te vas a quedar aquí conmigo.
Siento el pinchazo rápido de la aguja en mi muslo. El líquido entra como hielo en mis venas, enfriando el fuego de mi pánico. Intento luchar, intento seguir gritando que el olor del hierro no se va de mi boca, pero la negrura empieza a arrastrarme.
—Estaba... caliente... Alekséi... —balbuceo, hundiendo mis dedos en su camisa, buscando su piel, su realidad—. Por favor... límpiame...
—Te tengo, tsigánka. Te tengo —es lo último que escucho antes de que el mundo se apague, sintiendo su frente contra la mía.
Él no me suelta. Se queda ahí, sujetando mis manos como si fueran el único tesoro que le queda en su imperio de ceniza, mientras me hundo en un sueño donde, por fin, la nieve ya no es roja.
En medio de mi sueño escucho esa palabra llamándome una y otra vez en una niebla de nieve en el bosque: “tsigánka”.
Intento seguir el camino por donde mis oídos lo escuchan, pero cuando creo que por fin puedo llegar a la sombra que está detrás de la niebla...
desaparece. Giro y giro una y otra vez porque la escucho ahora por todas las direcciones a la vez hasta que despierto de mi sueño.
Lo primero que veo es el techo de la habitación y mi reflejo en los espejos que están ahí arriba, mirándome como yo también veo mi reflejo.
Somos la misma y, sin embargo, parece que veo a otra en mi lugar.
Los ojos que me devuelven la mirada desde el cristal ya no tienen la luz de la chica que salió de España.
Hay una sombra nueva, un frío que se ha instalado en mis pupilas.
Sigo preguntándome el porqué de tantos espejos, que hasta en los vestidores hay espejos a todo lo largo de la pared, pero también me pregunto qué significa cómo él me llama: “tsigánka”. Suena a posesión, suena a un secreto que solo él conoce de mí.
Trago saliva al sentir la boca seca, con un sabor amargo a medicina y cansancio.
Al mirar hacia la izquierda de la cama, veo la cabeza de Alekséi apoyada en la esquina del colchón.
No se ha ido. Lleva una camisa negra abierta, revelando un nuevo vendaje a la altura del hombro, uno limpio que apenas oculta la violencia de lo que sufrió por mí.
Hago un gesto de dolor cuando alargo la mano para despertarlo. Quiero que se incorpore mejor para dormir o que se marche a descansar; verlo así, quebrado por el sueño en una postura tan incómoda, me hace sentir un peso extraño en el pecho.
—Alek... séi —digo atragantándome, sintiendo la garganta seca e irritada como si hubiera tragado arena—. Despierta.
Él se levanta como un resorte, enderezándose de golpe. Su instinto de soldado reacciona antes que su mente, y por un segundo veo en sus ojos una alerta letal, como si esperara que un enemigo fuera a entrar por la ventana en cualquier momento.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Su voz es un gruñido ronco, y sus ojos escanean la habitación antes de clavarse en mí con una urgencia que me corta el aliento.
Yo me encojo por el pequeño susto y hago otra mueca por el dolor punzante que me recorre el costado.
—No pasa nada. Solo te despertaba para que te levantes de esa postura —digo intentando colocarme un poco en la cama, buscando un alivio que no llega.
Tengo los ojos llenos de lágrimas, pero ahora estoy tranquila, con una calma pesada y triste.
Aunque el silencio de la habitación me rodea, todavía puedo ver y sentir toda esa sangre roja manchando la nieve blanca, y a ese hombre encima de mí, con la muerte casi besándome el alma.
Siento que una parte de mí se quedó en aquel bosque y que la mujer que está ahora en esta cama de espejos es alguien que apenas estoy empezando a conocer.
Alekséi se pasa una mano por el rostro, frotándose los ojos con frustración. Se queda sentado en el borde de la cama, tan cerca que su calor me envuelve como una manta. Me mira fijamente, y por un segundo, el Pakhan desaparece. Solo queda el hombre que se negó a dejarme sola.
—¿Qué significa? —le pregunto en un susurro, mientras una lágrima rebelde resbala por mi mejilla—. Eso que me dices siempre... “tsigánka”.
Sus dedos rozan el borde de mi mandíbula con una lentitud que me hace temblar.
En lugar de responder, una sonrisa cansada, extrañamente cariñosa y cargada de un significado que no alcanzo a comprender, aparece en sus labios.
Es una expresión que nunca le había visto; le quita dureza a su rostro, pero añade un peso nuevo a mi pecho.
—Ese secreto vas a tener que ganártelo, Sulamita —responde con una voz suave, casi un secreto compartido—. No te lo voy a poner tan fácil.
Bajo la mirada, abrumada por la intensidad de su cercanía y por el reflejo de ambos en los espejos del techo. Él, oscuro y protector; yo, pálida y perdida en una guerra que no elegí.
—Tengo mucha sed —logro decir, tratando de huir de la electricidad que surge entre nosotros cuando me mira así.
Alekséi se levanta de inmediato, pero sus movimientos son un poco más lentos de lo habitual; noto que el esfuerzo de haber estado sentado ahí toda la noche le está pasando factura a su hombro herido.
Se sirve un vaso de agua de la jarra de cristal de la mesilla y, en lugar de dármelo, pasa su brazo por detrás de mi nuca para ayudarme a beber.
El contacto de su piel contra la mía me hace vibrar. Bebo el agua con ansia, sintiendo cómo la frescura me baja por la garganta irritada. Cuando termino, él deja el vaso y vuelve a posar su mano en mi frente, comprobando mi temperatura.
—No tienes fiebre —murmura, casi para sí mismo—. Pero necesitas comer algo. Vika ha estado como una loca supervisando a los cocineros para que te preparen algo que no sea "comida rusa aburrida", como ella dice.
—Vika ha sido muy buena conmigo —digo en voz baja, recordando su voz entre mi delirio—. Alekséi... ¿por qué ella se preocupa tanto? No me conoce.
Él me mira con una fijeza que me desarma. Sus dedos acarician distraídamente mi muñeca, donde el pulso me late con fuerza.
—Porque ella ve en ti lo mismo que yo, aunque le cueste admitirlo —dice, y su mirada se oscurece—. Pero ahora no pienses en Vika. Piensa en recuperarte. Te necesito fuerte.
Él se inclina y besa mi frente, un gesto tan cargado de una ternura inesperada que me obliga a cerrar los ojos con fuerza.
Siento el roce de su barba desarreglada de varios días y el calor de su aliento, un rastro de humanidad que desaparece en cuanto se endereza y recupera esa postura rígida de soldado.
—Descansa —ordena, y esta vez su voz vuelve a ser el acero que corta el aire—. Tengo asuntos que resolver en el sótano.
Lo escucho salir. El clic de la puerta al cerrarse resuena en la habitación como el cerrojo de una celda de oro. Me quedo sola, envuelta en el silencio sepulcral de la mansión, mirando de nuevo mi reflejo en los espejos del techo.
Tsigánka.
Esa palabra sigue vibrando en mis oídos. Intento buscar en mi interior esa gratitud que debería sentir porque me ha salvado, pero lo que encuentro es una sospecha amarga. No puedo olvidar quién es él, ni cómo llegué aquí.
Me acomodo en las sábanas de seda, sintiendo el escozor de la herida en mi costado, y una idea se instala en mi mente con la fuerza de una verdad absoluta.
Alekséi no está aquí por amor, ni por una piedad que no posee.
Él mismo lo ha dicho mil veces, y su gente también: todo en su vida son contratos, pactos y sangre.
Es por la deuda, pienso para mis adentros mientras cierro los ojos.
Él cree que me debe algo por lo que pasó con mi familia, o quizás piensa que ahora, después de lo del bosque, mi vida le pertenece doblemente.
Todo este despliegue de cuidados, el hecho de que no se haya movido de mi lado y que haya sangrado por mí...
no es más que su forma de equilibrar la balanza.
En su cabeza, yo soy un activo que no puede permitirse perder.
Se comporta bien conmigo porque soy su responsabilidad, su carga de honor. Y mientras yo sea una "deuda" pendiente en su libro de cuentas, estaré a salvo bajo su techo, pero nunca seré realmente libre.
Con ese pensamiento amargo quemándome más que la propia herida, dejo que el cansancio me arrastre de nuevo.
Mañana tendré que empezar a caminar, mañana tendré que ser fuerte, porque en el mundo de Alekséi Volkov, las deudas se pagan tarde o temprano...
y no quiero imaginar qué precio me pedirá él cuando decida que la suya ha sido saldada.