CORONA DE SANGRE CAPITULO 38
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CAPITULO 38

ALEKSÉI

Estoy de vuelta en la mansión, en las entrañas de mi propio infierno privado.

Estoy sentado con la silla al revés, los brazos apoyados en el respaldo, mirando como un demonio al hombre que tengo enfrente.

Mis sospechas se han confirmado de la forma más sangrienta posible: no han sido los coreanos los del ataque, sino hombres de Kemal.

Ese hijo de puta se esconde como una maldita cucaracha y no he logrado encontrar ni una sola pista de su paradero, pero este despojo humano que tengo atado me dará lo que necesito, o morirá en el intento.

Estoy fumando un cigarro, dejando que la brasa ilumine la oscuridad del sótano antes de soltar el humo directamente en su puta cara.

El pánico en su mirada es el único combustible que me mantiene en pie tras recibir un disparo en el hombro.

Lo tengo sentado con las manos atadas a la espalda con alambre de espino.

He rodeado su cara y su boca con el mismo alambre, apretándolo como si fuera una venda metálica.

No es para que guarde silencio... es para que cada vez que mueva un solo músculo de su asqueroso careto, las púas le rajen la carne de las mejillas y los labios.

—¿Sabes a quién tengo arriba con sedantes para que el médico pueda coser sus heridas? —pregunto con una calma que precede a la tormenta.

Mi mano vuela a su mandíbula, apretándola con una fuerza brutal y moviéndola de lado a lado. El alambre desgarra su piel de inmediato. El hombre gruñe de dolor mientras la sangre empieza a empapar el metal y a gotear sobre su pecho. Hoy estoy especialmente motivado.

—Habéis herido a mi mujer... sí, mi mujer, pedazo de mierda seca. Pero intentaré ser un poco amable y jugaremos a un juego: te haré una pregunta. Si me contestas con la verdad y logras convencerme, te ganarás un punto para que yo no te toque.

El muy imbécil parpadea una sola vez, aceptando el trato del diablo.

Sonrío con desprecio, una mueca que no llega a mis ojos.

Miro a Igor; él sabe perfectamente lo que quiero.

Se acerca al turco con unas alicates y, con una precisión quirúrgica, corta el alambre y se lo retira de un tirón.

El hombre suelta un quejido ahogado al sentir cómo las púas salen de su carne.

En ese momento, dos sombras se materializan desde la oscuridad del fondo del sótano.

Veles y Lira caminan con elegancia mortal, el sonido de sus garras contra el cemento es lo único que se escucha.

Al llegar a mi altura, levanto la mano derecha con la palma abierta hacia ellos y cierro el puño con un movimiento seco. Es la señal de alto y guardia.

Ambas panteras se detienen en el acto y se sientan a cada lado de mi silla, como esfinges de ébano esperando la orden de devorar. El hombre, al ver a las bestias tan cerca, palidece hasta quedar del color de la cera.

—¿Q... qué? ¿Pan... teras? —tartamudea. Apenas puede mover la boca; los alambres le han dejado el rostro hecho un mapa de surcos sangrientos.

—Ahora empecemos el juego —digo, inclinándome hacia él—. Si no logras convencerme, empezaré por arrancarte los ojos. Después los dedos de las manos, los de los pies... y por último te arrancaré la polla y se la daré de comer a mis panteras. Así que juega limpio para que yo no pierda la paciencia.

El hombre deja escapar un lloriqueo agudo, un sonido patético que alimenta mi sed de venganza.

—Si... sí... Te diré lo que quieras, pero no me mates, por favor...

Me pongo en pie y quedo a un solo paso de él, invadiendo su espacio vital. El olor a miedo es penetrante.

—¿Quién os ha mandado y por qué? Tienes diez segundos. ¡Ya!

El hombre empieza a llorar de forma histérica y noto que sus pantalones se oscurecen. El muy cobarde se ha meado encima.

—¡Dios, joder! Me matarán si te lo cuento... Por... por favor, yo...

Saco mi navaja del bolsillo trasero, el acero de Damasco brilla bajo la bombilla desnuda del techo. Extiendo la hoja con un chasquido que corta el aire y me acerco a su cuello.

—¡Vale, vale! ¡Te lo diré! —Cierra los ojos con fuerza, las lágrimas mezclándose con la sangre de sus mejillas—. Kemal. Él mandó instrucciones directas a mi jefe para que nos lleváramos a la chica. Dijo que era una mercancía que no podía perderse.

—Bien —le escupo, sintiendo una furia volcánica quemándome por dentro—. ¿Dónde se esconde ese malnacido?

Sacude la cabeza con pánico, mirando de reojo a Lira, que ha empezado a lamerse una garra sin apartar la vista de su garganta.

—No lo sé, te lo juro por mi vida. Solo mi jefe sabe dónde está el refugio principal. Nosotros solo recibimos coordenadas por radio.

Guardo la navaja. El juego ha terminado para él, pero mi noche no ha hecho más que empezar. Me doy la vuelta y camino hacia la escalera, pero antes de subir, me detengo. Extiendo el brazo izquierdo hacia el prisionero y abro y cierro la mano dos veces rápidamente. Es la señal de "acecho libre".

Veles y Lira se levantan lentamente, enseñando los colmillos en un gruñido bajo.

—Igor, sácale el nombre del jefe —ordeno sin mirar atrás, abrochando el botón de mi chaqueta con dedos implacables—. Y después, deja que las panteras se diviertan un poco. No quiero que quede nada de él cuando salga el sol.

El despojo del suelo empieza a sollozar, rompiéndose en ruidos patéticos mientras suplica por una piedad que en este submundo no se conoce.

—Me… Me dijiste que no me matarías —gime entre lágrimas.

Ni siquiera me giro. No gasto saliva en los muertos.

—Y mantengo mi palabra —suelto con una tranquilidad aterradora—. No te tocaré ni un pelo. Disfruta de la inmunidad que te prometí… mientras dure tu última hora.

Subo las escaleras mientras los gritos del turco empiezan a resonar en el sótano. Necesito verla a ella. Necesito asegurarme de que el pulso de Sulamita sigue siendo fuerte, porque ella es lo único que mantiene lo poco que queda de mi alma lejos del abismo.

Mis pasos resuenan en el pasillo mientras el hombro me punza...

Y el alma cargada de una furia que no se apaga.

Llego a mi habitación, que es donde la he dejado para que la traten; no podía permitir que estuviera en otro lugar que no fuera bajo mi mirada constante.

Toco la puerta y entro sin esperar respuesta.

La imagen me detiene en seco. Mi hermana Vika está sentada a un lado de la cama, sujetando la mano de Sulamita, mientras el médico termina de observarla al otro lado.

Vika ya estaba aquí cuando aparecí por las puertas de la mansión con Sulamita en mis brazos, cubierta de sangre y con la mirada perdida.

Mi hermana había venido de visita, buscando un café y una charla, sin esperarse que se encontraría con el rastro de una carnicería.

Cierro la puerta detrás de mí, aislando el mundo exterior y los gritos que aún resuenan en el sótano. Me acerco a los pies de la cama. Verla así me desgarra más que cualquier bala. Está pálida, casi translúcida, con los ojos cerrados y la respiración lenta, pesada por los sedantes.

—¿Cómo se encuentra Sulamita, doctor? —Mi voz suena más ronca de lo habitual, cargada de una urgencia que no me molesto en ocultar.

El médico guarda los últimos utensilios en su maletín y exhala un suspiro largo, cansado tras tantas horas de tensión. Se limpia las manos y me mira con profesionalidad.

—Se recuperará, no se preocupe. Solo necesita descanso absoluto para que los puntos no cedan y que su cuerpo procese el shock. Ha tenido suerte... la rama no tocó ningún órgano vital por apenas unos centímetros.

Vika se lleva la mano a la boca, ahogando un sollozo. Sus ojos están rojos de tanto llorar por una mujer que apenas conoce, pero que sabe que ahora es parte de nuestra familia.

—Le he dejado en la mesilla las instrucciones de la medicación y los cuidados de la muchacha. Estaré disponible en cuanto me necesite —dice el médico mientras se retira.

Asiento en silencio, sin apartar la vista del rostro de Sulamita. Cuando la puerta se cierra, el silencio de la habitación se vuelve opresivo. Vika se levanta y se acerca a mí, mirándome con una mezcla de miedo y reproche.

—Alekséi... ¿cómo ha sucedido esto? ¿Cómo ha podido Kemal acercarse tanto? Se supone que esta zona es impenetrable.

Eso es lo que me taladra... Que una rata de los turcos esté moviéndose entre nosotros, filtrando coordenadas, y yo no tenga ni puta idea de quién puede ser.

Me equivoqué al pensar en Alfredo; me cegué por los celos y el deseo de marcar mi territorio, y por mi error, Sulamita está como está.

Está herida por mi culpa. Por haberme creído invencible.

—Lo descubriré, Vika. Sabes que nadie se me escapa. El hombre de abajo no verá el amanecer, pero antes me dará el nombre del traidor.

Vika me pone una mano en el hombro sano, obligándome a mirarla. Sus ojos reflejan una verdad que me niego a aceptar.

—Tienes que avisar a su padre, Alekséi. Si se entera por otros medios de que su hija ha sido herida bajo tu protección, habrá una guerra que ni tú podrás detener. Los gitanos no perdonan que se derrame la sangre de sus mujeres.

Aprieto los puños. Avisar a su padre significa admitir mi fracaso. Significa dejar que el mundo sepa que el gran Alekséi Volkov no pudo proteger a su propia esposa. Pero tiene razón. Si no hablo ahora, el silencio será mi sentencia.

Miro a Sulamita una última vez antes de salir al balcón de la habitación para hacer la llamada más difícil de mi vida.

—Si ella despierta y pregunta por mí... dile que no me he ido. Dile que estoy quemando el mundo para que ella pueda dormir tranquila.

Salgo al balcón de mi habitación. El aire gélido de la noche rusa me golpea la cara, pero apenas lo siento; tengo el cuerpo ardiendo de una rabia contenida que solo se calmará con la cabeza de Kemal en una bandeja.

Saco el móvil y busco el contacto de Machin.

Mis dedos dudan un segundo sobre la pantalla.

Admitir debilidad ante un gitano es como lanzarse a una fosa de leones, pero Vika tiene razón: el honor es lo único que mantiene nuestras armas enfundadas.

Marco el número. Al tercer tono, la voz profunda y rasposa de Machin suena al otro lado, cargada de una sospecha inmediata.

—Alekséi Volkov —dice mi nombre como si fuera una advertencia—. No es habitual que llames a estas horas. ¿Qué le pasa a mi hija?

El instinto de un padre es algo que no se puede engañar. Trago saliva, sintiendo el peso de la responsabilidad como una losa en mi hombro herido.

—Ha habido un ataque, Machín —suelto sin anestesia. En nuestro mundo, las verdades se dicen de frente—. Kemal. Sus hombres nos emboscaron en el bosque, cerca de la frontera.

El silencio al otro lado de la línea es absoluto, un vacío que precede a la tormenta. Puedo imaginar a Machín apretando el teléfono, con sus hombres observándolo en algún lugar de España.

—¿Está viva? —La pregunta es un susurro letal.

—Está viva. Pero está herida. Una rama le desgarró el costado durante la huida. La tengo en mi casa, mi médico personal la ha atendido y está bajo sedantes.

Escucho un golpe seco al otro lado, como si el patriarca hubiera golpeado una mesa.

—¡Te la entregué para que estuviera a salvo!

—ruge, y su voz destila un odio que me hace apretar los dientes—.

Te di lo más valioso de mi linaje para sellar un pacto, Volkov.

Me prometiste que estaría protegida por tu bandera y tus perros de presa.

¡Y ahora me dices que mi Sulamita ha derramado su sangre en tu tierra de hielo!

—Escúchame bien, viejo —le corto, recuperando mi tono de autoridad—. Sus hombres están muertos. Todos ellos. Yo mismo saqué a Sulamita de la nieve y yo mismo me encargaré de que Kemal no vea el próximo sol si es necesario. Pero tienes que saber algo más. Tu hija... ella no es la niña que enviaste.

Machín guarda silencio, confundido.

—¿De qué hablas?

—Ella mató a uno de ellos. Le disparó a quemarropa para salvar su vida cuando yo no estaba a su lado. Se defendió como una loba, amigo. Tiene tu sangre, eso no lo dudo, pero ahora también tiene la marca de mi mundo. Sus manos ya no están limpias.

Un suspiro largo y pesado viaja por la línea. El tono de Machin cambia; ya no es solo rabia, es una tristeza profunda.

—Has convertido a mi flor en un arma, Alekséi. Sabía que esto pasaría si se quedaba contigo. Escucha mis palabras: si Sulamita no se recupera, si una sola cicatriz de esa herida le impide ser quien es, el pacto se quema. Iré a buscarla yo mismo y no quedará piedra sobre piedra en tu mansión.

—Ella se recuperará —sentencio con una frialdad absoluta—. Porque si no lo hace, yo seré el primero en pegarme un tiro. No necesito que me amenaces, Machín. Ya me estoy castigando yo solo.

—Cuídala —dice él antes de colgar—. Porque si ella muere, tú ya estás muerto, aunque sigas respirando.

Guardo el móvil en el bolsillo y me quedo mirando la oscuridad del bosque.

Machin tiene razón. Si Sulamita muere, mi alma se irá con ella.

Entro de nuevo en la habitación. Vika me mira con interrogación, pero yo solo camino hasta el lado de la cama de Sulamita.

Me siento en la poltrona, ignoro mi hombro sangrante y le cojo la mano. Está fría.

—No te atrevas a dejarme, tsigánka —susurro, entrelazando mis dedos con los suyos—. Porque todavía tengo que enseñarte cómo se siente ser amada por un monstruo que ha quemado el mundo por ti.