CAPITULO 37
SULAMITA
Corro. Mis pulmones arden como si estuviera tragando cristales rotos y el aire gélido de Karelia me quema la garganta con cada bocanada desesperada.
No miro atrás. Las palabras de Alekséi —Ese ¡Vete!
cargado de una autoridad suicida— retumban en mi cabeza como latigazos.
Mis botas se hunden en la nieve virgen, que me llega casi a las rodillas en algunas zonas, dificultando cada zancada.
Las ramas bajas de los pinos me azotan la cara, cortándome la piel, pero no siento el dolor; el miedo ha anestesiado todo mi cuerpo, dejando solo el instinto más primitivo: sobrevivir.
Llevo lo que me parece una eternidad vagando por este laberinto blanco.
El silencio del bosque es engañoso. A veces escucho el crujir de una rama a lo lejos y mi corazón da un vuelco, golpeando contra mis costillas como un pájaro enjaulado.
El sol empieza a caer, tiñendo la nieve de un azul mortecino y proyectando sombras alargadas que parecen dedos queriendo atraparme.
Son cerca de las cuatro de la tarde y la luz en Rusia se desvanece rápido, como la esperanza de salir viva de aquí.
De repente, el pie se me engancha en una raíz oculta bajo el manto blanco.
Lanzo un grito sordo mientras caigo de bruces, golpeando el suelo helado.
El impacto me saca el aire de los pulmones, pero lo peor viene después.
Al intentar levantarme, un gemido de agonía escapa de mis labios.
Una rama robusta y afilada, oculta entre la maleza, me ha atravesado el abrigo y la piel del costado derecho.
Siento un tirón violento y un calor pegajoso empieza a empapar mi ropa interior.
Me he desgarrado el costado. El dolor es punzante, como un clavo al rojo vivo hundiéndose en mi carne con cada movimiento.
—¡Ahí está la perra! ¡Por aquí! —Una voz ronca, cargada de una malevolencia que me hiela la sangre, rompe el silencio del bosque.
El pánico me inyecta una dosis de adrenalina pura.
Me obligo a ponerme en pie, presionando con una mano la herida del costado para intentar frenar la hemorragia.
Camino a trompicones, dejando un rastro de gotas rojas sobre la nieve perfecta.
Es como una señal para mi cazador. Escucho sus pasos detrás de mí, pesados, seguros.
Él no tiene prisa; sabe que estoy herida, sabe que no tengo a dónde ir.
El terreno cede bajo mis pies de forma inesperada.
No es una caída, es un precipicio. Ruedo por un terraplén empinado, golpeándome contra rocas y troncos cortados.
El mundo se vuelve un torbellino de blanco y gris hasta que golpeo un tronco grueso en la base.
El impacto me deja aturdida; un pitido agudo invade mis oídos y la vista se me nubla.
Cuando logro enfocar, él ya está bajando por la pendiente.
Es uno de los hombres de la emboscada. Lleva el pasamontañas puesto, pero sus ojos, fijos en mí, brillan con una crueldad que no es de este mundo.
Se lanza sobre mí antes de que mis músculos respondan.
Su peso me aplasta contra la nieve helada, sacándome el último rastro de oxígeno.
—Se acabó el juego, gitanita —gruñe, y el olor a tabaco barato de su aliento me revuelve el estómago—. Deja de luchar o te vuelo la tapa de los sesos aquí mismo. O solo llevare tu cabeza a quien paga.
Me presiona el cañón de su pistola contra la frente.
El metal está frío, una promesa de vacío absoluto.
El miedo me paraliza un segundo, pero entonces, algo dentro de mí cambia.
No es el miedo lo que toma el control, es la rabia.
Una rabia gitana, antigua, que se niega a ser apagada por un cobarde con máscara.
No me va a llevar; si voy a morir, será peleando.
Le agarro la muñeca con mis manos entumecidas.
Forcejeamos en la nieve, dos sombras luchando a muerte mientras el bosque observa en silencio.
Él es mucho más fuerte, sus manos son como tenazas de hierro, pero yo tengo la desesperación de quien no tiene nada que perder.
Sus dedos se cierran sobre el gatillo y yo pongo los míos encima, tirando con todas mis fuerzas para desviar la trayectoria del arma.
En un movimiento frenético, logro girar su muñeca hacia un lado de su cabeza. Mi mente no razona, solo actúa. Presiono sus dedos contra el gatillo con una fuerza que no sabía que poseía.
¡PUM!
El estruendo del disparo a centímetros de mi oído me deja sorda de un lado.
La bala se pierde entre los árboles, pero el calor abrasador del cañón al disparar quema el lateral de su cabeza, chamuscando el pasamontañas y la carne.
El hombre suelta un alarido de dolor y sorpresa, aflojando el agarre por un instante para llevarse la mano a la herida.
Es mi única oportunidad. El ahora o el nunca.
No lo dudo. No pienso en el perdón, ni en Dios, ni en las leyes de mi pueblo. Agarro el arma con ambas manos, hundiendo el cañón directamente en el hueco de su cuello, justo por debajo de la mandíbula, donde la carne es blanda y desprotegida. Siento el metal caliente vibrar contra su piel.
Vuelvo a disparar. Una vez. Dos veces.
El cuerpo del hombre se sacude bajo un espasmo violento.
Siento un chorro de líquido caliente, espeso y con un olor metálico insoportable salpicarme la cara, metiéndose en mis ojos y empapando mis labios.
El peso muerto de su cuerpo cae sobre mí como una montaña, atrapándome.
Sus manos, que hace un segundo querían matarme, ahora se agitan espasmódicamente antes de quedar rígidas.
Me quedo allí, enterrada bajo el cadáver de mi atacante, con la cara pegada a la nieve manchada de su sangre. Mis manos siguen apretando la pistola, el dedo rígido en el gatillo. No puedo moverme. El peso del hombre me aplasta el pecho y mi herida del costado late al ritmo de un tambor de guerra.
El silencio vuelve al bosque, pero es un silencio diferente.
Ahora es el silencio de la muerte. Me quedo mirando al cielo gris, viendo cómo caen los primeros copos de una tormenta que promete enterrarnos a ambos.
Soy una asesina. He quitado una vida. La sangre se enfría rápidamente sobre mis mejillas, convirtiéndose en una máscara pegajosa y roja.
Pasan los minutos. O quizás horas. Mi cuerpo empieza a entrar en ese sueño dulce y peligroso que precede a la hipotermia. "Déjate llevar", me dice el frío. Pero entonces, un sonido lejano me obliga a abrir los ojos.
—¡Sulamita! —Es un grito roto, cargado de una agonía que no reconoce fronteras.
Cierro los ojos, pensando que es una alucinación de mi cerebro moribundo. Pero el sonido se repite, más cerca, acompañado del crujir frenético de la nieve bajo unas botas pesadas.
—¡Sulamita! ¡Contéstame!
Es él. Es Alekséi.
Siento que retiran el cuerpo del hombre de encima de mí con un tirón tan violento que parece que lo han lanzado a metros de distancia. El aire me vuelve de golpe, haciéndome toser. Abro los ojos y me encuentro con su rostro.
Alekséi está irreconocible. Su abrigo de cachemir está destrozado, tiene el hombro empapado de sangre oscura y el rostro desencajado por una emoción que nunca pensé ver en el Coronel: terror puro.
Se queda paralizado al verme. Estoy bañada en rojo de la cabeza a los pies, con la mirada perdida en el vacío y el arma todavía apretada entre mis manos, apuntando a la nada.
—¿Sulamita? —Se arrodilla a mi lado, hundiendo sus rodillas en la nieve sin importarle nada. Sus manos grandes, que han causado tanto dolor, ahora tiemblan de forma visible mientras acunan mi rostro manchado de sangre—. Mírame, tsigánka. Por favor, mírame. ¿De dónde es esta sangre? ¿Es tuya?
Intento hablar, pero solo sale un sollozo seco. Él me escanea con desesperación hasta que ve la herida de mi costado. Su mandíbula se aprieta tanto que parece que se va a romper.
—Lo has matado tú... —susurra, mirando el cuerpo del hombre y luego volviendo a mis ojos con una mezcla de orgullo salvaje y un dolor profundo—. Gracias a dios. Has sobrevivido.
Sin decir nada más, me arranca de la nieve y me pega a su pecho con una fuerza que parece querer fundirme con su propio cuerpo.
Me abraza como si fuera el tesoro más valioso que le queda en este mundo podrido.
Me hundo en su cuello, llorando por fin, dejando que el olor a tabaco, pólvora y su propio perfume me envuelva.
—Ya estoy aquí —murmura contra mi pelo, y por primera vez, siento que sus palabras son una promesa sagrada—. Juro que nadie más volverá a tocarte. Vamos a salir de aquí.
Me levanta en brazos como si no pesara nada, ignorando su propia herida en el hombro, y empieza a caminar a través de la tormenta.
Mientras me desvanezco en sus brazos, solo puedo pensar en una cosa: ya no soy la misma Sulamita que salió de España.
Esa chica murió en la nieve. La que Alekséi lleva en brazos ahora tiene las manos manchadas para siempre.