CAPITULO 36
ALEKSÉI
Mis ojos escanean cada rincón, cada puto hueco de esta maldita casa.
El olor a pólvora quemada y madera astillada me llena los pulmones, recordándome que estamos en una emboscada de libro.
Y yo, el Pakhan, el hombre que nunca deja cabos sueltos, he caído como un imbécil.
Tengo a Sulamita atrapada entre mi cuerpo y la piedra fría de la chimenea, sintiendo sus temblores contra mi pecho.
Tengo que buscar la forma de sacarla de este infierno de balas antes de que el número de enemigos nos sobrepase.
Estaba convencido de que esto era cosa de Alfredo.
Hubiera apostado mi propio cuello a que ese niñato era el epicentro de la traición, pero esto es mucho más profesional, mucho más organizado.
Esto no es un rescate desesperado; es un asalto militar.
Alguien grande está detrás de esto. Puede ser Kemal, pero hay algo en la forma en que se mueven que me grita que hay una pieza que aún no encaja.
Levanto mi arma, apoyo el cañón en el borde de la piedra y disparo dos veces. El retroceso me golpea el hombro, pero acierto en el blanco: un hombre cae desplomado cerca de la ventana este.
—¡Igor! ¡Despejad la salida trasera! ¡Salimos hacia el bosque! —grito por encima del estruendo ensordecedor de los disparos del enemigo y la respuesta de mis hombres.
—¡Sí, señor! —responde Igor, vaciando un cargador antes de dar órdenes por radio—. ¡Los de la izquierda, cubrid la puerta delantera! ¡El resto, abrid paso hacia la parte de atrás! ¡YA!
Mis hombres actúan como los soldados profesionales que son, moviéndose con una precisión letal en medio del caos.
Sin embargo, no somos invencibles. Uno de mis escoltas, que cubría el flanco derecho, cae de espaldas con una bala incrustada en el centro del cráneo.
Su cuerpo golpea el suelo con un sonido seco, definitivo.
—¡Maldita sea! —rujo, sintiendo una punzada de rabia pura.
Cojo a Sulamita del brazo y tiro de ella con fuerza.
No hay tiempo para sutilezas. Nos movemos agachados, esquivando los restos de cristal y madera.
Con un giro brusco de mi cuerpo, nos encajonamos entre la pared de la cocina y un mueble de roble macizo que nos sirve de escudo temporal. Miro hacia abajo y la veo.
Sulamita está pálida, con los ojos desorbitados y el cuerpo sacudido por espasmos de miedo.
Y todo por mi culpa. Por mi maldita necesidad de demostrarle la traición de Alfredo, por arrastrarla a este claro del bosque solo para saciar mis celos.
Sí, estoy obsesionado con ella hasta el punto de la autodestrucción, y esa obsesión casi nos ha costado la vida hoy.
—Te sacaré de esta, tsigánka. Te lo prometo —le digo al oído, con una voz que es puro acero.
Aunque yo tenga que caer, aunque mi sangre se mezcle con la nieve de Karelia, ella saldrá de aquí.
No hay otra opción. Cierro los ojos un momento para centrar mi mente, ignorando el silbido de las balas que pasan a centímetros.
La protejo con mi cuerpo, pegándola tanto a mí que puedo sentir el latido desbocado de su corazón.
Apoyo mi barbilla un segundo sobre su cabeza y beso su frente con una ternura desesperada que me resulta extraña.
Quiero que entienda que, mientras yo respire, ella tiene un escudo.
—Igor, ¡ahora! —bramo, levantándome para abrir fuego de cobertura.
Llegamos a la puerta trasera. El aire gélido nos golpea como un latigazo. El bosque está a apenas veinte metros, una masa de sombras blancas y pinos que prometen refugio.
—¡Escúchame bien! —la agarro por los hombros, obligándola a mirarme a los ojos—. Cuando dé la señal, vas a correr. No mires atrás, no te detengas por nada ni por nadie. Corre hacia la espesura, hacia el norte, donde los árboles son más densos. ¡Corre todo lo que puedas!
—¿Y tú? —susurra ella con la voz rota, agarrando mi camisa con dedos entumecidos.
—Yo estaré detrás de ti. Ahora, ¡VETE! —le doy un empujón hacia la libertad mientras yo me quedo en el umbral, vaciando mi cargador contra los hombres que emergen de la maleza.
Sulamita me obedece. Sale disparada con una fuerza que nace del puro instinto de supervivencia. La veo correr sola hacia la inmensidad del bosque, su silueta perdiéndose entre la nieve y las sombras.
Me quedo solo en la puerta, con Igor a mi lado disparando ráfagas cortas. Siento el impacto de una bala en mi hombro, un calor abrasador que me nubla la vista un segundo, pero no dejo de disparar. Si ellos quieren llegar a ella, primero tendrán que pasar por encima de mi cadáver.
—Señor, estamos perdiendo terreno —grita Igor—. Tenemos que movernos.
Miro hacia donde se ha ido Sulamita. El bosque se la ha tragado. Está sola, en mitad de la nada, pero al menos está lejos de este matadero. Ahora me toca a mí sobrevivir para ir a buscarla.