CORONA DE SANGRE CAPITULO 35
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CAPITULO 35

SULAMITA

Agarro el móvil con tal fuerza que los nudillos me duelen.

Mis dedos vuelan sobre la pantalla; tengo que borrar el registro de llamadas antes de que se le ocurra mirar mi teléfono.

Su presencia en el umbral es como una sombra que lo abarca todo, asfixiante y gélida.

Camino hasta la puerta sin dejar de mirarlo, intentando que mis ojos no traicionen el temblor de mis manos.

No sé por qué tengo esta sensación tan extraña cada vez que me observa de esa manera, como si pudiera leer mis pecados a través de la piel.

Cojo el pomo de la puerta, intentando sonar segura.

—Espérame abajo, no tardaré en prepararme.

Cuando intento cerrar la puerta para que se quite del marco, él la detiene plantando la mano con firmeza sobre la madera. El movimiento es seco, dominante. Alekséi no se mueve; es una montaña de músculo y voluntad.

—¿Con quién hablabas por teléfono? —Su voz es un susurro peligroso, casi inaudible.

—No te importa. No tengo por qué decirte con quién hablo —le espeto, apretando los dientes—. Soy bastante mayorcita para saber con quién debo hablar y con quién no. No soy una de tus panteras a la que le das órdenes con un silbido.

Él no parpadea. Se queda allí, bloqueando mi salida, y solo con la dureza de su rostro me dice que, hasta que no obtenga una respuesta, nadie se moverá de esta habitación. La tensión es tan alta que el aire parece estático.

—En serio, no te soporto —digo, fingiendo una indignación que oculte mi miedo—. Estaba hablando con Saray... ¿Contento? Echo de menos a mi amiga y necesitaba escuchar una voz que no fuera la tuya o los gritos de tu sótano. Así que márchate ya para que pueda vestirme.

Alekséi entrecierra los ojos, escaneando mi cara en busca de una grieta en la mentira. Siento que el corazón se me va a salir por la boca.

—Está bien, pero no tardes —se aparta por fin, liberando la puerta—. Te espero fuera, en el coche. No me hagas subir a buscarte.

Le veo caminar por el pasillo. La chaqueta del traje le marca la espalda ancha, una armadura de tela cara que oculta al carnicero que vi anoche.

Trago saliva porque su sola presencia me inquieta de una manera que no puedo explicar; es un calor extraño que me confunde, una atracción prohibida que odio sentir.

Cierro la puerta con llave y lo primero que hago es entrar en el registro y borrar la llamada.

Listo. Respiro hondo. He podido avisar a Alfredo.

Cuando lleguemos al lugar, lo encontraremos vacío.

Le he dado tiempo para que huya, aunque una parte de mí teme que su orgullo sea más grande que su instinto de supervivencia.

Termino de prepararme mecánicamente. Me pongo ropa de abrigo, consciente de que el invierno ruso no perdona los errores. Bajo las escaleras hasta el recibidor y salgo de la mansión. El frío del lago Ladoga me golpea el rostro como un bofetón de realidad.

Frente a la entrada, el Mercedes-AMG de Alekséi ruge suavemente, como un animal al acecho.

Veo a Alekséi en el asiento del conductor, fumando.

Suelta el humo con una fuerza violenta, una señal clara de que la tensión de la semana en el sótano todavía corre por sus venas.

Me acerco y rodeo el coche hasta el asiento del acompañante.

Entro sin decir una palabra y cierro la puerta, dejando el mundo helado fuera.

Él tira la colilla por la ventana y se coloca para conducir, con las manos enguantadas apretando el volante de cuero.

No me mira. Arranca y el coche se desliza por el camino de grava seguido por tres todoterrenos negros donde viajan Igor y el resto de sus hombres.

Somos una procesión de muerte avanzando entre los pinos.

El silencio dentro del coche es ensordecedor. Solo se oye el motor y el crujir de la nieve bajo los neumáticos. Alekséi conduce con una precisión quirúrgica, pero noto cómo sus mandíbulas están apretadas.

—¿A dónde vamos realmente? —pregunto, rompiendo el silencio cuando ya nos hemos alejado de la mansión.

—A terminar con las mentiras, Sulamita —responde él sin apartar la vista de la carretera—. Me dijiste que Alfredo era un "buen chico". Yo te dije que es una rata que te puso precio. En unos kilómetros, tú misma decidirás quién de los dos tiene la razón.

Siento un escalofrío. La seguridad con la que habla me aterra.

¿Y si Alfredo me mintió por teléfono? ¿Y si Alekséi tiene pruebas que yo no quiero ver?

Miro por la ventana la niebla que se enreda en los árboles.

Alfredo dijo que estaba cerca, que me había visto...

Si se ha quedado allí esperando, Alekséi lo encontrará.

—Si le pones una mano encima y resulta que es inocente, Alekséi... —empiezo a decir, pero él me corta con una mirada fugaz y gélida.

—Si es inocente, podrá volver a España en el primer vuelo. Pero si descubro que ha tocado el dinero de Kang Tae-woo... —hace una pausa y su voz se vuelve letal—, desearás que las panteras lo hubieran matado en el bosque antes de que yo llegara a él.

Me hundo en el asiento, rezando en silencio para que Alfredo me haya hecho caso y su rastro se haya borrado con la nieve. Pero en el fondo de mi alma, sé que este viaje no terminará con un adiós, sino con un disparo.

~~~

El viaje se hace eterno. Tres horas de carretera rodeados de un paisaje que parece repetirse hasta el infinito: árboles desnudos, nieve acumulada y un cielo gris que parece a punto de desplomarse sobre nosotros.

Nadie habla. Alekséi mantiene la vista al frente, con una mano en el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios, moviendo los dedos al ritmo de una furia que solo él comprende.

Finalmente, nos desviamos por un camino secundario, apenas visible tras unos matorrales densos.

Las ruedas del Mercedes crujen sobre la nieve virgen hasta que llegamos a un claro.

Allí, en medio de la espesura del bosque, se alza una casa de madera vieja, con las ventanas oscuras y aspecto de haber sido abandonada hace años.

Me extraña que Alfredo esté en este lugar. Él es de sol, de playa, de espacios abiertos; este sitio huele a encierro y a muerte. Alekséi frena en seco y los coches de Igor y los guardias hacen lo mismo, levantando una nube de polvo blanco.

Baja del coche con una calma que me aterra.

Hace una señal silenciosa y sus hombres se despliegan como sombras.

Igor y dos guardaespaldas sacan sus armas, moviéndose con un sigilo profesional hacia la puerta principal.

Alekséi rodea el Mercedes, llega hasta mi lado y abre la puerta con un movimiento seco.

Me agarra del brazo, obligándome a bajar, y sus dedos se entierran en mi piel con una posesión que me corta el aliento.

—Vamos, preciosa —me susurra al oído, y su aliento cálido contrasta con el aire gélido de Karelia—. Visitemos a tu querido amigo por última vez.

Cuando cierra la puerta del coche a mis espaldas, me quedo apoyada un momento contra el metal frío, con la espalda pegada a la carrocería.

Él se planta frente a mí, a escasos centímetros, impidiéndome cualquier vía de escape.

Saca su pistola, una mole de acero negro que brilla bajo la luz mortecina del día, y comprueba el cargador con un clic metálico que resuena en todo el bosque.

Mi pecho sube y baja atropelladamente. No sé si es por el miedo a que Alfredo esté de verdad ahí dentro y le hagan daño, o por cómo estamos Alekséi y yo ahora mismo: a un solo paso de distancia, manteniéndonos firmes en un silencio que parece a punto de estallar.

Sus ojos de hielo me escanean, buscando cualquier rastro de la traición que sospecha.

—Vamos a entrar en esa casa y te mantendrás detrás de mí en todo momento —dice, y su voz es una orden que no admite réplica—. Haga lo que haga, te quedarás callada. Vas a escuchar la verdad de boca de ese imbécil. ¿Entendido?

Joder. No sé qué me está pasando. Algo dentro de mi alma quiere estar furiosa, y me esfuerzo en estarlo porque es lo más lógico, porque él es quien me tiene retenida.

Pero hay una voz pequeña y persistente que me dice que Alekséi no suele equivocarse, que su instinto de cazador es infalible.

Siento que debería confiar más en él que en las excusas que me dio Alfredo por teléfono.

Encojo los hombros, incapaz de sostenerle la mirada, y me muerdo el labio inferior con nerviosismo. Alekséi nota el gesto y sus ojos bajan a mi boca un segundo antes de endurecerse de nuevo. Me empuja suavemente para que caminemos hacia el porche.

La puerta de la casa está entreabierta. Igor nos hace una señal: está despejado.

Entramos con cautela. El interior huele a humedad, a madera podrida y a algo más... a rastro de tabaco reciente. Pero no hay nadie. Las sillas están volcadas, hay restos de comida en una mesa desvencijada, pero el silencio es absoluto.

—¡Alfredo! —grito, incapaz de contenerme.

—Cállate —me sisea Alekséi, agarrándome por la cintura para pegarme a su espalda mientras apunta a las habitaciones vacías—. Aquí no hay nadie, Sulamita. Tu amigo ha sido más rápido de lo que pensaba. O se ha asustado, o nos estaba esperando.

Igor sale de la cocina, negando con la cabeza.

—Señor, el motor de la parte de atrás está frío. Hace horas que no hay nadie aquí.

Me invade una mezcla de alivio y confusión.

Si no hay nadie, Alfredo me hizo caso. Se ha ido.

Pero justo cuando Alekséi baja el arma un milímetro, convencido de que la pista se ha enfriado, un sonido metálico resuena desde el piso de arriba.

Luego, el estruendo de los cristales de las ventanas rompiéndose al unísono nos golpea.

—¡Al suelo! —grita Alekséi, lanzándose sobre mí para protegerme con su cuerpo.

De repente, la casa deja de estar vacía. Por las ventanas y las puertas traseras irrumpen varios hombres vestidos con uniformes tácticos negros y pasamontañas que ocultan cualquier rasgo de humanidad. No llevan insignias. No dicen nada. Solo disparan.

Fuera, el ruido de motores desconocidos y gritos en un idioma que no distingo envuelve el lugar. Estamos rodeados. Alekséi se levanta lo justo para devolver el fuego mientras me arrastra hacia un rincón protegido por la chimenea de piedra. Su rostro es una máscara de concentración letal.

—¿Quiénes son? —le grito entre el estruendo de las balas que astillan la madera sobre nuestras cabezas.

—No lo sé —responde él, disparando con una precisión asombrosa mientras Igor intenta cubrir la puerta trasera—. Pero no han venido a negociar.

Miro hacia la ventana rota y veo a más hombres saliendo de la espesura del bosque, avanzando hacia la casa como una marea oscura. No es Alfredo. Esto no es un rescate. Es una ejecución. Y por primera vez, veo en los ojos de Alekséi que no sabe si saldremos vivos de esta casa.