CAPITULO 34
SULAMITA
Me quedo inmóvil en el centro del recibidor, observando cómo Alekséi sube las escaleras con esa zancada poderosa y depredadora.
No aparta sus ojos de los míos ni un segundo, sosteniendo una mirada furiosa que parece querer castigarme, como si yo hubiera cometido un pecado imperdonable por el simple hecho de tener sentimientos o un pasado.
Pero no me amilano. Le devuelvo la misma mirada, cargada de un desafío que sé que le irrita y le fascina a partes iguales.
Alekséi desaparece por el pasillo de la planta superior, dejando tras de sí un rastro de tensión que se puede cortar con un cuchillo.
Justo cuando me dispongo a subir a mi habitación, huyendo de la pesadez de ese aire viciado, noto algo suave y cálido rozándome la pierna.
Agacho la cabeza y veo a Lira. La pantera ronronea contra mi piel, un sonido vibrante que en otro momento me habría reconfortado, pero entonces noto una humedad excesiva en su pelaje.
Al mirar mis propios pies, ahogo un grito. Tengo la pierna manchada de un rojo brillante y espeso. Ya sé dónde ha estado todo este tiempo... dentro del sótano, siendo la sombra silenciosa de Alekséi e Igor mientras hacían pedazos la voluntad de ese hombre.
—Lira... Por Dios... —Doy un paso hacia atrás, con una mueca de absoluta grima.
Siento el calor de la sangre de ese coreano pegándose a mi piel, un calor que me revuelve el estómago.
Por la cantidad de sangre que Lira tiene en el hocico y en los costados, no hace falta ser un genio para saber que el hombre que estaba allí abajo ya no respira.
Sus pulmones se han detenido bajo la mirada de estas bestias.
—Lira, venga, apártate de Sulamita —ordena Igor con voz cansada. Se acerca a nosotros y hace una señal con la mano—. Veles, tú también. Iros a vuestro cuarto. Ahora.
Las dos bestias obedecen. Lira me dedica una última mirada, sus ojos amarillos brillando con una sabiduría salvaje, antes de desaparecer por la puerta que lleva de nuevo a las profundidades del sótano. Me quedo mirando ese hueco oscuro, sintiendo un vacío en el pecho.
Esto es demasiado asqueroso. Empiezo a entender por qué el mundo entero tiembla cuando escucha el nombre de Alekséi Volkov.
Aunque yo me obligue a no tenerle miedo, aunque me enfrente a él cada vez que puedo, hoy he visto algo distinto.
Al verlo cubierto de esa manera, con esos ojos que parecían pozos de furia ciega, he visto por un momento al monstruo que intenta mantener oculto delante de mí.
El problema es que el monstruo ya no solo vive en el sótano; ahora está marcado en su pecho.
—Ya es hora de irnos a descansar —dice Igor, pasándose una mano por el rostro, limpiando el agotamiento y esa mota de sangre que antes vi en su rostro. Irina asiente en silencio, dándole la razón con la mirada.
Nadie dice nada más. La violencia ha terminado por hoy, pero el daño está hecho.
Cada uno nos dirigimos a nuestras habitaciones.
Al llegar arriba, me detengo un segundo frente al pasillo que conduce a la suite de Alekséi.
Aprieto los labios con fuerza, controlando las ganas de entrar allí, derribar su puerta y gritarle que no puede controlar mi vida.
Estoy harta. Se supone que he venido aquí por protección, no para ser una pieza de ajedrez en sus juegos de guerra.
Entro en mi habitación y cierro la puerta con todas mis fuerzas. El estruendo retumba en las paredes y hace vibrar los cristales de las ventanas, pero no me importa. Necesito que sepa que sigo aquí, que sigo viva y que no me he quebrado.
Directamente, me encierro en el baño. No puedo soportar un segundo más la sensación de la sangre ajena sobre mí.
Me arranco la ropa con manos temblorosas y abro la ducha.
El agua sale ardiendo, pero no me importa; quiero que me queme, quiero que se lleve el rastro de Lira y el olor metálico que parece haberse quedado pegado a mis poros.
Entro bajo el chorro y dejo que el agua retire el peso que siento sobre mis hombros.
Es el peso de ser una mujer gitana, de cargar con las expectativas de mi familia, de mi linaje, y ahora, de este matrimonio impuesto.
Me pesa cada vez más. Quiero vivir mis propias decisiones.
Me gustaría decidir de quién enamorarme, decidir por mí misma a quién entregarle de por vida lo que yo también valoro.
Y no por una ley antigua o por una costumbre de mi pueblo, sino porque sea una decisión que solo me pertenezca a mí.
Sí... soy una gilipollas romántica. A pesar de estar en una fortaleza en Rusia, sigo soñando con que mi entrega sea para el único hombre que yo quiera de verdad en mi vida. Alguien que no tenga las manos manchadas de sangre, alguien que no me mire como si fuera una propiedad.
La sangre del coreano termina de irse por el desagüe, diluida en el jabón y el agua ardiendo. Me pongo un camisón de seda limpia y me meto en la cama, envolviéndome en las mantas como si fueran un escudo.
Cierro los ojos, pero las palabras de Alekséi sobre Alfredo se repiten en mi mente como un mantra maldito.
"Ha vendido tu dirección... te ha puesto una etiqueta de precio".
Niego con la cabeza contra la almohada. No me creo ni una de sus malditas palabras.
Alekséi es un estratega, un manipulador.
Solo me está mintiendo para que desconfíe de lo único que me une a mi hogar, para que me sienta sola y termine creyéndole solo a él.
Alfredo no es capaz de algo tan turbio. Él es el chico que me traía flores, el que me esperaba en la esquina. No es un traficante de personas. Alekséi simplemente quiere destruir mi pasado para que yo no tenga más futuro que él.
Pero no lo va a conseguir. Mañana salimos hacia la frontera, y si Alfredo está allí, yo misma le preguntaré a la cara. No dejaré que este ruso me robe también la verdad.
~~~
No he podido dormir en toda la noche. He dado vueltas tras vueltas en la cama, enredándome en las sábanas de seda como si fueran cadenas.
Cada crujido de la madera, cada ráfaga de viento golpeando los cristales, me hacía saltar el corazón.
Cuando por fin el día se asoma con el primer rayo de sol, un resplandor pálido que apenas logra calentar la nieve de fuera, decido levantarme de un salto.
He estado pensando sin parar en llamar a Alfredo.
Necesito hablar con él. Sé que no ha tenido nada que ver con esas historias horribles de tráfico de personas; lo conozco desde que éramos críos.
Pero que pueda estar en Rusia... eso sí me cuadra.
Alfredo siempre ha sido impulsivo, un romántico sin remedio que no sabe cuándo una batalla está perdida.
Al final, me decido. El pulso me retumba en los oídos.
Cojo el móvil y marco su número mientras me encierro en el cuarto de baño, abriendo el grifo del lavabo para que el ruido del agua amortigüe mi voz.
No quiero que los oídos de Alekséi, o de Igor, o de las malditas panteras, capten una sola sílaba.
Una... dos... tres señales... Joder, venga, cógeme el puto teléfono.
"El número que usted ha marcado se encuentra apagado o fuera de cobertura en estos momentos".
—Maldita sea, Alfredo... —susurro, golpeando el mármol del lavabo con el puño.
Vuelvo a marcar inmediatamente. El tono de espera me pone de los nervios, cada segundo parece una hora en este silencio de cemento. De repente, la línea se abre.
—¿Sulamita? Joder, Sulamita, ¿cómo estás? ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? —Su voz suena agitada, lejana, pero con ese acento de mi tierra que me hace sentir, por un segundo, que no estoy en el fin del mundo.
—Alfredo, maldita sea, por poco me da un ataque. ¿Por qué no me contestabas? —le recrimino, tratando de no gritar.
—Lo... lo siento. Tenía el móvil en el coche y estaba fuera —se queda un segundo en silencio, y oigo el sonido de una puerta metálica cerrándose al otro lado—. Escucha, tengo que decirte algo, pero no quiero que pongas el grito en el cielo ni te pongas a hacer locuras de las que sé que eres capaz.
La bilis empieza a notarse en mi garganta. Ese tono de voz... es el tono de cuando ocultaba algo que sabía que me iba a cabrear.
—Escupe ya, que ya decidiré yo si grito o no —le digo, apretando el móvil contra mi oreja. Escucho un resoplido largo al otro lado.
—Estoy en Rusia, Sulami. Estoy cerca de donde te tienen.
—¡Qué! —me tapo la boca de inmediato con la mano libre, mirando con pánico hacia la puerta del baño.
El corazón me va a mil—. Mira, quiero pensar que lo del otro día tú no tuviste nada que ver, porque te juro por mis muertos que te mato yo misma antes que lo haga Alekséi. ¿Te has vuelto loco viniendo aquí?
—¿Qué? No, joder. Claro que yo no tuve nada que ver con esos tipos, Sulami. Déjame decirte qué es lo que pasó realmente.
Me mantengo en silencio, obligándome a respirar hondo para calmarme. Necesito que hable, necesito sus explicaciones para poder restregárselas a Alekséi en la cara y demostrarle que se equivoca. Me siento en el borde de la bañera, con las piernas temblándome.
—Estaba justo en la parte de fuera, entre los árboles, donde podía ver la casa...
Estaba buscando una forma de acercarme cuando me di cuenta de que había alguien más merodeando el lugar.
Tipos que no eran de los de tu marido. Estuve siguiéndoles un poco para ver qué tramaban cuando me di cuenta de que eran coreanos o chinos, la verdad es que yo no los distingo bien.
Cierro los ojos, sintiendo un escalofrío. Entonces Alekséi no mentía sobre los coreanos, pero ¿sobre Alfredo?
—Cuando vi que uno de ellos sacaba un arma...
lo único que pensé fue en gritar, en hacer ruido para poneros en alerta de alguna forma.
Pero me cagué de miedo cuando vi una puta pantera salir de esa casa, Sulamita.
No he corrido tanto en toda mi vida. ¿En serio ese tío tiene una jodida pantera en vez de un Rottweiler? ¡Casi me arranca la cabeza!
Suspiro de alivio, una presión inmensa abandonando mi pecho.
Lo sabía. Sabía que él no sería capaz de venderme.
Alfredo simplemente ha sido un idiota que ha intentado jugar a los espías y casi termina siendo la cena de Veles.
Sonrío un poco al escuchar el tono de pavor en su voz cuando menciona a las panteras.
—Dos. Tiene dos panteras, Alfredo.
—Ese hombre está mal de la cabeza, te lo digo yo. Tienes que salir de ahí.
De repente, la realidad me golpea. La sonrisa desaparece de mi rostro. Alekséi está convencido de que Alfredo es un traidor. Ha torturado a un hombre hasta la muerte basándose en esa idea. Si Alekséi lo encuentra, no le va a preguntar su versión de la historia.
—Escúchame bien y quiero que hagas exactamente lo que yo te diga —le digo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro urgente—.
Alekséi sabe que estás por aquí. Está furioso y va a ir a buscarte para matarte, Alfredo.
No es una broma. Tienes que mover tu culo de donde estés y marcharte ahora mismo de vuelta a Cádiz.
Yo estoy bien, de verdad. Puedo manejarlo, pero tú no tienes ninguna oportunidad contra él.
—No me voy a ir sin ti, Sulami. He venido a por ti y...
—¡Alfredo, hazme caso! —le corto, sintiendo un sudor frío—. Si te quedas, te va a encontrar. Y créeme, no querrás ver lo que hay en el sótano de esta casa. Vete. Ahora.
Cuelgo antes de que pueda replicar. Me quedo mirando la pantalla del móvil, temblando. He intentado salvarlo, pero sé cómo es Alfredo de cabezón.
Salgo del baño y me encuentro a Alekséi apoyado en el marco de la puerta de mi habitación.
No sé cuánto tiempo lleva ahí. No sé si ha escuchado mi voz.
Está vestido de negro, impecable, como si la carnicería de anoche nunca hubiera ocurrido.
Pero sus ojos... sus ojos me dicen que la cacería no ha hecho más que empezar.
—Vístete —dice con una frialdad que me corta el aire—. Nos vamos. Ha llegado la hora de que saludes a tu pasado antes de que yo lo borre para siempre.