CORONA DE SANGRE CAPITULO 33
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CAPITULO 33

SULAMITA

Ha pasado una semana desde que aquella sombra blanca me vigilaba desde el jardín de invierno, y la mansión se ha convertido en una olla a presión. Alekséi apenas ha salido del sótano; se ha transformado en un fantasma que solo emerge para dormir un par de horas cuando el mundo exterior está muerto.

A veces, cuando paso cerca de la escalera, escucho gritos.

Son sonidos amortiguados, pero suficientes para hacerme vibrar los huesos.

Sin embargo, cada vez que intento acercarme, Veles aparece de la nada.

El "gatito de los cojones" me enseña esos colmillos que me revuelven las tripas, soltando un gruñido que marca un límite infranqueable.

Hoy, la curiosidad y la culpa son más fuertes que el miedo.

Estoy a la distancia exacta que la pantera me permite, intentando escuchar algo.

No dejo de pensar que puede ser Alfredo.

Alekséi pronunció su nombre en el despacho con una rabia que prometía entierros.

Pero me niego a creerlo. Alfredo es un buen chico; me ha querido desde que éramos niños.

No sería tan estúpido ni tan cruel como para venir a Rusia.

—Señorita Sulamita —una voz me hace dar un brinco.

—Irina, ¡joder! —exclamo, intentando recuperar el aliento—. Ni siquiera te he escuchado los pasos.

Ella sonríe con esa calma suya y se acerca. Yo trato de disimular, pero sé que me ha pillado.

—Por Dios, señorita, son las tres de la mañana. Deje que el señor haga su trabajo y descanse.

—¿Cómo quieres que lo haga si sé que están torturando a alguien ahí abajo? —le espeto, con la voz quebrada.

Entonces, el sonido de un pesado cerrojo retumba. La puerta del sótano se abre. Es Igor quien sube primero. Está despeinado, con el rostro gris de cansancio y los puños de la camisa de seda hacia arriba. Al vernos, se detiene. Bajo la luz amarillenta, veo una mota de sangre fresca en su mejilla.

—Señorita Sulamita, debería subir a su cuarto antes de que Alekséi se entere de que está intentando bajar —advierte Igor con voz ronca.

—Quiero saber quién es el que tenéis ahí abajo —le digo, dando un paso al frente—. Solo quiero saber si es Alfredo. Si le estáis haciendo daño, no se lo perdonaré nunca.

Igor suspira, pero se interpone como una torre.

—No puedo dejarla pasar. Alekséi me mataría antes de que llegara al último escalón.

No le dejo terminar. Veo que Veles se retira un segundo y aprovecho para colarme. Mis pies vuelan por los primeros escalones. Necesito ver. Necesito saber que Alfredo no es el que grita. Pero no logro cruzar la puerta del todo.

Alekséi aparece de repente, emergiendo de la negrura como un demonio. Me paro de golpe, a un escalón de distancia de su pecho. El aire a su alrededor huele a hierro y tabaco. Nos quedamos mirando fijamente. Él, tremendamente serio; yo, con un nudo en el estómago.

Sube un escalón y yo hago lo mismo, retrocediendo pero subiendo otro para no perder la altura, hasta que quedamos de nuevo en el recibidor, cara a cara.

Bajo la luz de la luna que entra por la ventana, sus ojeras son profundas.

La camisa está abierta, el tatuaje a medias todavía irritado, y su ropa está mucho más manchada de sangre que la de Igor.

—No es Alfredo, si tanto te importa saberlo —me lo escupe furioso.

—Pues claro que me importa —respondo, levantando la barbilla para desafiarlo.

—Esa lealtad tuya es patética —dice, dando un paso que me obliga a pegarme a la pared—. El coreano que está ahí abajo no ha venido a buscarte para llevarte a casa. Ha venido a tasarte.

—¿Qué dices? Estás loco —susurro, negando con la cabeza.

—Alfredo ha vendido tu dirección, Sulamita.

Ha vendido los detalles de tu linaje y tu rostro a la red de Kang Tae-woo.

Querían asegurarse de que los rumores eran ciertos: que España esconde una "belleza pura" que el mercado de la trata aún no ha explotado del todo.

Han venido a verificar si las gitanas de tu sangre son el nuevo negocio de lujo.

Me quedo helada. Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el clima de Rusia.

—Mientes. Alfredo nunca haría eso. Ese coreano te está engañando, o está mal informado. Alfredo me quería. ¡Él me aceptaría de vuelta sin dudarlo! —grito, sintiendo cómo las lágrimas de rabia nublan mi vista.

Alekséi suelta una risa seca y amarga, una que da más miedo que sus gritos. Se limpia la mancha de sangre de la mejilla, extendiéndola sobre su piel.

—¿Tanto te cuesta aceptar que tu "buen chico" te ha puesto una etiqueta de precio? No ha tenido los huevos de venir él mismo, así que ha cobrado su parte para que los coreanos vean si vale la pena secuestrar a más como tú. Ese chico te ha convertido en el cebo de un mercado de esclavas.

—¡Es mentira! —le empujo el pecho, pero es como golpear una roca. Mis manos se manchan con la sangre que todavía está húmeda en su camisa—. Estás intentando que lo odie para que solo te crea a ti. Pero tú eres el monstruo, no él.

Alekséi me agarra de las muñecas, apretando lo justo para que no pueda moverme, y se inclina hasta que su aliento choca con mis labios.

—El monstruo soy yo porque estoy limpiando la mierda que tu "buen chico" ha dejado en mi puerta.

He terminado el interrogatorio. Mañana salimos hacia la frontera.

Si Alfredo cree que puede vender lo que es mío para que unos cerdos vean si eres "pura", le voy a enseñar que en Rusia no negociamos con la traición.

—Él no lo hizo... —insisto, aunque mi voz se quiebra. No puedo creerlo. Si Alfredo me ha vendido para que traten con mujeres de mi raza, mi mundo entero es una mentira.

—Igor, termina con el de abajo —ordena Alekséi sin apartar los ojos de los míos—. Y asegúrate de que sufra por haber puesto sus ojos en ella.

Alekséi me suelta y camina hacia su despacho sin mirar atrás. Me quedo temblando en el recibidor, mirando mis manos manchadas con la sangre de un hombre que vino a mirarme como si fuera ganado. No me creo lo de Alfredo. No puede ser. Él no es capaz de algo tan turbio...

¿verdad?