CORONA DE SANGRE CAPITULO 32
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CAPITULO 32

SULAMITA

El silencio en la mansión es diferente cuando Alekséi no está.

No es un silencio tranquilo que te invite a descansar; es una calma tensa, pesada, como la que precede a una tormenta eléctrica en el mar de Cádiz, cuando el aire se vuelve irrespirable y el horizonte desaparece.

Aquí, en Karelia, el silencio tiene el peso del hormigón y el frío del acero.

He desayunado con Irina en la cocina, un espacio inmenso y profesional que huele a especias caras y pan recién horneado.

Ella ha cumplido su promesa de hacerme churros.

Aunque la masa es un poco más densa y no tienen ese crujido exacto de los que compro en el puesto de la plaza, el gesto me ha conmovido profundamente.

Tras la fachada de ama de llaves eficiente y severa, Irina oculta una compasión que Alekséi parece haber olvidado que existe.

Pero ahora estoy sola en el gran salón. El espacio es tan vasto que me hace sentir pequeña, casi insignificante.

Lira está tumbada cerca de la chimenea, una mancha de sombra absoluta contra el mármol claro.

Me observa con sus ojos amarillos, fijos, sin parpadear.

Veles ha desaparecido hace rato; supongo que patrullará los pasillos superiores o el sótano.

—¿Te aburres, gatita? —le pregunto a Lira, solo por romper el silencio que me zumba en los oídos.

La pantera bosteza, mostrando una dentadura blanca y perfecta que podría triturar mis huesos en un segundo sin esfuerzo. Me mira con una inteligencia que me eriza la piel, como si entendiera que su dueño me ha dejado aquí en custodia.

Me levanto y camino hacia el ventanal que da al lago Ladoga.

La niebla es tan espesa hoy que parece una pared blanca que ha borrado el mundo.

No hay agua, no hay pinos; solo vacío. Me siento inquieta.

La imagen de Alekséi anoche no deja de martillearme la cabeza.

Su espalda ancha, el plástico transparente pegado a su piel, y ese tatuaje a medio terminar que parece sangrar bajo la luz de los espejos.

¿Por qué se tatuaría eso? ¿Por qué marcarse de forma tan brutal?

—Necesito aire —murmuro, sintiendo que las paredes de cristal se cierran sobre mí.

Me dirijo a la puerta principal, decidida a salir al menos al porche para sentir el frío real.

Al tirar del pesado pomo de bronce, noto que no cede.

Pruebo de nuevo, con más fuerza. Nada. Está bloqueada electrónicamente.

Un nudo de pánico y rabia se me forma en la garganta.

Pruebo con las puertas correderas de la terraza del salón. Bloqueadas.

—Señorita, el señor Volkov prefiere que permanezca dentro mientras él no está —la voz de Irina suena desde el umbral del salón. No hay hostilidad en su tono, pero hay una firmeza absoluta, la de alguien que obedece órdenes de un hombre que no acepta errores.

—¿Prefiere o me lo prohíbe? —me giro, con la sangre empezando a hervir—. Irina, no soy un animal doméstico. No soy una de sus panteras. Necesito caminar, necesito que me dé el aire en la cara antes de que me vuelva loca en este mausoleo de lujo.

—Hay hombres fuera, señorita. Hombres que no son tan amables como los que usted conoce en su tierra. Alekséi ha redoblado la guardia por una razón. Es por su seguridad.

Me cruzo de brazos, indignada, sintiendo las lágrimas de frustración picándome en los ojos.

—Dile a tu jefe que si lo que quería era una estatua para decorar su salón, que la hubiera comprado de mármol. Yo soy una persona. Necesito moverme.

Irina suspira y camina hacia mí. Me mira con una mezcla de lástima y un respeto que no esperaba. Quizás ella también se ha sentido así alguna vez en esta casa de sombras.

—Vaya a la biblioteca, en el segundo piso.

Hay un pasaje tras las estanterías de historia rusa que lleva a un jardín de invierno acristalado.

Es una estructura que sobresale hacia el bosque.

Podrá ver el exterior y sentir el sol si es que la niebla decide marcharse, pero estará bajo techo y protegida.

Es lo máximo que puedo ofrecerle sin arriesgar mi cuello, Sulamita.

Asiento, incapaz de decir nada más, y subo las escaleras casi corriendo. La biblioteca es un sueño para cualquiera que ame el saber: miles de volúmenes que huelen a papel viejo, cuero y sabiduría antigua. Pero no me detengo a mirar los lomos dorados. Busco el pasaje y llego al jardín de invierno.

Es una estructura impresionante de cristal y hierro forjado que parece flotar sobre el desnivel del terreno.

Dentro, el ambiente es radicalmente distinto: hace calor, el aire es húmedo y denso, saturado por el aroma de orquídeas y plantas exóticas que contrastan con la muerte blanca de la nieve exterior.

Me siento en un banco de hierro frío, apoyando la frente contra el cristal, mirando hacia la linde del bosque.

De pronto, un movimiento capta mi atención entre los pinos. Al principio pienso que es una rama vencida por la nieve, o quizá Veles patrullando. Pero el movimiento es demasiado rítmico, demasiado calculado. Es una figura humana.

Un hombre vestido con ropa de camuflaje blanco se mueve entre los árboles con una destreza que me hiela la sangre. No lleva el uniforme oscuro de los guardias de Alekséi. Se detiene a unos veinte metros, oculto parcialmente tras un tronco grueso, y mira directamente hacia el jardín de cristal.

No puedo verle la cara por el reflejo del sol débil en el vidrio, pero veo cómo saca algo del bolsillo. Un destello metálico. Una lente. Me está observando con binoculares. Mi corazón da un vuelco violento. No es un guardia. Es alguien que está vigilando la casa... o vigilándome a mí.

—¡Irina! —intento gritar, pero la voz se me queda trabada en la garganta.

Antes de que pueda reaccionar para salir de allí, escucho un sonido que me detiene el pulso.

Un golpe seco contra el cristal, como si alguien hubiera lanzado una piedra pequeña o un perdigón.

Y luego, una voz que llega distorsionada por el viento y el grosor del vidrio, pero que tiene una cadencia que me resulta terroríficamente familiar.

—Sulamita... pronto nos veremos. Te sacaré de aquí.

Me pego al cristal, con las manos temblando, tratando de ver los rasgos del hombre. ¿Es Alfredo? ¿Ese imbécil se ha atrevido a seguirme hasta el fin del mundo? ¿O son hombres de Kemal? La figura desaparece entre los pinos con una rapidez asombrosa justo cuando un estruendo rompe la paz del jardín.

Veles salta desde la terraza inferior directamente hacia la nieve virgen, soltando un rugido que hace vibrar la estructura de cristal.

La pantera ha olido al intruso. Veo al animal correr como una exhalación negra hacia el lugar donde estaba el hombre, pero la espesura del bosque y la niebla se tragan la persecución.

Regreso corriendo al interior de la casa, jadeando, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis pies descalzos vuelan sobre la madera fría de los pasillos. Bajo al recibidor justo cuando la gran puerta principal se abre de par en par.

Alekséi entra como un vendaval. Está cubierto por una fina capa de nieve en los hombros, y su rostro está más oscuro y endurecido que de costumbre.

La tensión que trae de la reunión con el coreano emana de él como ondas de calor.

Detrás de él, Igor entra hablando frenéticamente por una radio, dando órdenes en un ruso rápido y autoritario.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Alekséi en cuanto me ve. Nota mi palidez y el temblor de mis manos al instante.

Se acerca a mí en tres zancadas y me sujeta por los hombros con una fuerza que roza el dolor. Su tacto, a pesar del frío de la nieve que trae consigo, quema a través de mi ropa. Sus ojos oscuros me recorren el rostro buscando heridas, buscando respuestas.

—Sulamita, ¿qué has visto? Habla ahora —su voz es un gruñido que denota una preocupación feroz.

—Había alguien... en el bosque —logro articular, y mi voz suena pequeña, quebrada—. Me ha hablado a través del cristal del jardín de invierno. Ha dicho que nos veríamos pronto.

Alekséi se tensa de tal manera que parece que sus músculos, tallados en piedra, van a estallar bajo la camisa de lino. Sus dedos se entierran un poco más en mis hombros. Gira la cabeza hacia Igor sin soltarme.

—Rastread el sector norte. Quiero un perímetro total. Si es uno de los hombres de Kang que ha intentado pasarse de listo, quiero su cabeza en una bandeja antes de que anochezca. Si es alguien de Kemal, quiero que quemen el bosque entero si hace falta para sacarlo de su agujero. ¡Moveos ya!

Igor sale disparado hacia el exterior. Alekséi vuelve a clavar su mirada en la mía. La furia que desprende es asfixiante, una mezcla de protección obsesiva y rabia por haber perdido el control de su fortaleza por un segundo.

—Te dije que no salieras —sisea, y puedo ver la vena de su cuello pulsando con fuerza.

—¡No he salido! Estaba donde Irina me dijo, en el jardín de cristal —le grito, recuperando algo de mi orgullo y soltándome de su agarre con un tirón—. ¿Quién era, Alekséi? ¿Quién demonios me busca en este lugar olvidado de Dios? ¿No era aquí donde estaba a salvo? ¿O son tus enemigos?

Él no responde de inmediato. Su mandíbula está tan apretada que me sorprende que no se le rompan los dientes. Sin decir una palabra, me agarra de la muñeca y me arrastra hacia su despacho. Entramos y cierra la puerta de un portazo que retumba en toda la mansión.

Me empuja suavemente, pero con firmeza, contra el borde de su escritorio de caoba y se inclina sobre mí, atrapándome entre sus brazos apoyados en la mesa. No tengo escapatoria. El olor a pólvora y ese perfume suyo que huele a bosque y peligro me marean, nublándome el juicio.

—Nadie va a sacarte de aquí —dice con una voz que es puro acero líquido, vibrando contra mi pecho—. Grábatelo en esa cabecita rebelde. Este lugar es mi fortaleza, y yo soy el único que decide quién entra, quién sale y quién respira en este suelo. ¿Te queda claro?

Me mira con una intensidad que me hace daño físico, una mezcla de hambre y posesión que me deja sin aire.

Entonces, su mirada baja de mis ojos a mi cuello, donde mi pulso late desbocado, y finalmente a mis labios.

La adrenalina de su reunión y el shock de saber que alguien ha vulnerado su seguridad han detonado una bomba de relojería en su interior.

Con un gesto brusco pero controlado, se desabrocha los primeros botones de la camisa. El tatuaje incompleto queda a la vista, rodeado de piel enrojecida e inflamada. Las palabras parecen arder sobre su pectoral. Se nota que cada movimiento le causa un dolor agudo, pero parece alimentarse de él.

—Anoche me ayudaste —murmura, acercando su rostro al mío hasta que puedo sentir su aliento cálido—. Te colaste en mi habitación y pusiste tus manos sobre mi piel. ¿Por qué, Sulamita? ¿Por qué cuidarías a un monstruo como yo después de todo lo que te he hecho pasar?

—Porque necesitabas ayuda... y porque no soy como tú —miento, aunque mi respiración es ya un jadeo entrecortado. La cercanía de su cuerpo me produce una sacudida eléctrica que odio y deseo al mismo tiempo.

Alekséi suelta una risa seca, carente de alegría, una burla hacia sí mismo.

—Eres una mentirosa preciosa, mi gitana. Pero aquí, en Karelia, las mentiras se congelan y se rompen. Sé que sentiste lo mismo que yo cuando tus dedos me tocaron.

Se inclina más, rozando la punta de mi nariz con la suya.

El mundo exterior, los traidores y el frío desaparecen.

Solo existe el calor volcánico que desprende su cuerpo y la promesa de un beso que rompería definitivamente todas mis defensas.

Estoy a punto de cerrar los ojos, de rendirme a la gravedad de su presencia, cuando el intercomunicador de su mesa suena con un pitido estridente.

Alekséi se detiene a milímetros de mis labios. Su expresión cambia, volviendo a ser la del Pakhan frío y letal. Presiona el botón sin apartar la mirada de la mía.

—Habla, Igor.

—Señor, hemos encontrado algo en el linde del bosque, cerca del sector donde la señorita vio al intruso. Es una marca... una navaja plegable con una inscripción en el mango. Es española, señor. No es de Kang ni de Kemal. Alguien que conoce muy bien el pasado de Sulamita ha estado aquí.

Alekséi se aparta de mí como si le hubieran dado un latigazo. El calor desaparece, sustituido por un frío polar que emana de sus ojos. Sus puños se cierran y veo cómo el tatuaje del pecho se tensa bajo la piel irritada.

—Alfredo... —susurra el nombre como si fuera una maldición, una sentencia de muerte—. Ese imbécil sin honor. Cree que puede entrar en mi casa y andar como si nada.

Se gira hacia la puerta, pero antes de salir, se detiene y me mira por encima del hombro. Su mirada ya no tiene rastro de deseo, solo una promesa de violencia absoluta.

—No te muevas de esta habitación, Sulamita. He dado órdenes de cerrar el perímetro. Si cruzas esa puerta sin mí, no podré garantizar que las panteras te distingan de un enemigo. Voy a terminar con esto de una vez por todas.

Sale del despacho dejando un silencio sepulcral tras de él.

Me quedo apoyada en la mesa, temblando, con el sabor de su beso no dado aún en los labios y un miedo atroz creciendo en mi pecho.

¿Alfredo ha venido de verdad hasta aquí?

Si Alekséi lo encuentra... no quedará nada de él para enviar de vuelta a Cádiz.