CORONA DE SANGRE CAPITULO 31
44%

CAPITULO 31

ALEKSÉI

Apenas he dormido tres horas. Cada vez que cerraba los ojos, el fantasma de la seda negra y la piel cálida de Sulamita me arrastraba de vuelta a ese momento en mi habitación.

Tuve que echarla; la tuve que echar porque me faltaba solo un suspiro para perder el control, para atraparla contra uno de esos espejos y mostrarle por qué he llenado mi casa de reflejos.

Quería verla desde todos los ángulos posibles mientras la hacía mía, pero el honor —o lo que queda de él— y su edad me frenaron en el último milímetro.

El tatuaje en mi pecho es un incendio constante bajo la camisa de lino negro.

La tinta fresca, todavía difuminada en los bordes y con zonas donde el pigmento parece una sombra borrosa y grisácea, me recuerda que el trabajo de Iván está lejos de terminar.

Es una obra incompleta, como nosotros. Pero el dolor es real, punzante, necesario.

Cada vez que el tejido roza la piel irritada, siento el fantasma de sus dedos aplicando la crema anoche.

Su tacto fue tan suave que casi me hizo olvidar que me odia.

Me miro en el espejo del despacho antes de salir. La marca está ahí, emergiendo del caos de líneas rojas y poros inflamados: las siluetas de Lira y Veles custodian las palabras en cirílico que ella aún no sabe leer, pero que ya rigen mi existencia: Tolko mne tantsuyesh.

Igor entra sin llamar. Su rostro es una máscara de granito.

—Los coches están listos, señor. Kang Tae-woo acaba de cruzar la frontera del sector norte. Llegará a la nave en treinta minutos.

—Bien —respondo, ajustándome el reloj con un gesto seco. El simple movimiento hace que el tatuaje tire de mi piel, enviando una descarga de dolor directamente a mi centro—. ¿Cómo está la seguridad aquí?

—Doblada, tal como ordenó. He dejado a cuatro hombres apostados en el perímetro del bosque, camuflados con trajes térmicos.

Irina tiene órdenes estrictas: la señorita Sulamita no sale de la casa bajo ningún concepto.

Y las panteras... bueno, ellas saben quién no pertenece a este lugar. Veles está especialmente inquieto hoy.

Asiento, aunque una punzada de inquietud me recorre.

No me gusta dejarla sola. En este mundo, la ausencia del líder es el momento que los carroñeros esperan.

Kemal tiene ojos en cada rincón de Europa, y el coreano con el que voy a sentarme no es un aliado, es un tiburón que huele la sangre a kilómetros.

—Vámonos —sentencio, cogiendo mi chaqueta—. Cuanto antes terminemos con Kang, antes volveré. Mi paciencia hoy es un hilo muy fino, Igor. No dejes que nadie lo tense.

Salimos de la mansión. El aire de la mañana es un cuchillo de hielo que me corta la cara, un recordatorio de que aquí, en Karelia, la naturaleza no perdona la debilidad.

Subimos a los coches. El Mercedes-AMG ruge, rompiendo la paz sepulcral del bosque.

Durante el trayecto, mantengo la vista fija en la niebla que se enreda entre los pinos.

Mi mente debería estar repasando los números del flete, los códigos de las unidades tácticas y las rutas de San Petersburgo.

Pero no. Solo puedo pensar en ella, en cómo se quedó mirándome desde el umbral de la puerta, con esos ojos hechizándome desde la oscuridad.

Llegamos a la nave industrial a orillas del Ladoga.

Es un edificio de hormigón y acero que parece una cicatriz gris en medio del verde profundo del bosque.

Al bajar del coche, el sonido metálico de mis hombres cargando las armas me devuelve a la realidad.

Entro con paso firme, e Igor me sigue un paso por detrás.

Kang Tae-woo ya está allí. Está sentado a una mesa de metal oxidado, rodeado de cuatro guardaespaldas que parecen bloques de hormigón armado. Kang viste un traje gris perla que desentona con la suciedad del lugar. Su mirada es gélida, calculadora.

—Coronel Volkov —dice en un inglés perfecto, inclinando la cabeza con una cortesía que es puramente cosmética—. Un placer volver a verle en su territorio. Karelia es... hermosa, aunque algo salvaje para mi gusto.

—La belleza suele ser peligrosa, Kang —respondo, sentándome frente a él. La silla de hierro cruje bajo mi peso. El tatuaje me da un latigazo de dolor al apoyar la espalda—. Vamos al grano. No he venido a hablar del paisaje ni a intercambiar cortesías que ambos sabemos que son falsas.

Kang sonríe, pero sus ojos permanecen muertos.

—Directo como siempre. Me gusta. Mis clientes en Seúl están muy interesados en las nuevas unidades tácticas que han "evaporado" de los almacenes de San Petersburgo. Queremos la ruta del Báltico despejada. Sin interferencias de la Bratva, sin aduanas "curiosas". Solo paso libre hacia los cargueros.

Me inclino hacia delante. El movimiento hace que la camisa presione la tinta fresca y siento cómo el pecho me late con fuerza.

—La ruta del Báltico es mía, Kang. He pagado cada kilómetro de ese mar con sangre.

Si queréis usarla, el peaje no es solo dinero.

Quiero acceso a vuestros puertos en Incheon.

Sin preguntas. Sin registros de manifiesto.

Necesito meter mercancía en Asia sin que los satélites americanos se enteren de que existo.

Kang entrecierra los ojos. El ambiente se vuelve denso, casi sólido. Noto cómo Igor tensa los hombros a mi espalda.

—Eso es pedir mucho, Alekséi. Sabes que los controles internacionales en Corea del Sur están... complicados desde el último incidente con los contenedores.

—Entonces buscad otra ruta por el Ártico y buena suerte con el hielo y los rompehielos rusos —sentencio, haciendo el amago de levantarme—. No estoy aquí para regatear como un mercader de feria. O me das Incheon, o tus clientes se quedarán esperando sus armas hasta que se oxiden en el muelle.

—Espera —Kang levanta una mano, su voz perdiendo parte de su barniz diplomático—. Podemos llegar a un acuerdo. Incheon es negociable. Pero... he oído rumores, Alekséi. Rumores que me preocupan como socio.

Me detengo a mitad del movimiento. Una alarma interna se dispara en mi cabeza.

—¿Ah, sí? ¿Y qué dicen esos rumores, Kang?

—Dicen que el gran Coronel Volkov, el hombre de acero de la Bratva, se ha distraído —Kang se inclina, apoyando los codos en la mesa—.

Dicen que hay una mujer. Una gitana española que te ha hecho perder el enfoque.

Que ahora tus prioridades no están en los cargamentos, sino en una niña de diecisiete años que tienes escondida en tu mansión.

El silencio que sigue es absoluto. Es un silencio tan profundo que puedo oír el goteo de la humedad resbalando por las vigas de acero de la nave.

Siento cómo la sangre me hierve, superando el ardor del tatuaje.

Mi mano se cierra en un puño sobre la mesa, tan fuerte que los nudillos se vuelven blancos.

—Tus oídos son demasiado largos, Kang —mi voz es ahora un susurro letal, el tipo de sonido que precede a un disparo—. Y tu lengua parece que te estorba en la boca.

—Solo es una observación de mercado —dice él, aunque noto un ligero temblor en su barbilla—. Una distracción es un riesgo para los negocios. Mis clientes temen que una debilidad emocional te haga vulnerable a las presiones de Kemal o de la Interpol.

Me levanto de golpe. La silla sale despedida hacia atrás, golpeando el suelo de hormigón con un estruendo que hace que los guardaespaldas de Kang echen mano a sus armas. Al instante, Igor y mis hombres apuntan a sus cabezas. El aire se llena del sonido de los seguros de las armas al quitarse.

Me inclino sobre la mesa hasta que mi rostro está a centímetros del suyo. Puedo oler su miedo bajo su colonia cara.

—Escúchame bien, escoria —siseo, agarrándolo por la solapa de su traje impecable—.

Si vuelves a mencionar mis asuntos personales, si vuelves a pronunciar una sola palabra sobre lo que tengo o dejo de tener en mi casa, te aseguro que lo último que oirás será el sonido de tu propio cuello rompiéndose bajo mi bota.

Kang palidece. Sus ojos bailan entre las armas que lo apuntan. Sabe que he cruzado la línea. Sabe que ya no me importa el trato, solo me importa su insolencia.

—S-solo... solo quería asegurar la inversión —tartamudea.

—La inversión está asegurada por mi nombre, no por tu opinión —le suelto la solapa con desprecio, empujándolo hacia atrás—. Tienes diez segundos para decidir si firmas el acceso a Incheon o si prefieres que mis hombres practiquen tiro al blanco con tus guardaespaldas.

Kang me mira, respira hondo y hace un gesto a su secretario para que saque los documentos. Firma con la mano temblorosa.

—Incheon es tuyo, Volkov. Pero ten cuidado. Las distracciones en este negocio terminan en funerales.

—El mío no será el primero, Kang —respondo, arrebatándole el documento—. Sal de mi vista. Ahora.

Ellos se retiran rápidamente, casi huyendo hacia sus coches.

Me quedo de pie en mitad de la nave, sintiendo cómo el tatuaje me arde como si la aguja de Iván siguiera allí, perforándome.

La rabia no se va. El hecho de que Kang sepa de Sulamita significa que la filtración es real.

Alguien en mi círculo o en el de Kemal ha hablado.

—Igor —llamo sin girarme.

—¿Sí, señor?

—Quiero que rastrees cada llamada, cada mensaje y cada contacto de los hombres que estuvieron en el avión y en la frontera.

Alguien ha abierto la boca sobre la chica.

Y cuando lo encuentre... —me giro hacia él con los ojos encendidos en una promesa de violencia pura—, le tatuaré yo mismo su traición en la lengua antes de cortársela.

—Lo haré, señor. ¿Volvemos a la mansión?

—Sí. Volvemos ya —digo, sintiendo una urgencia física por verla, por asegurarme de que el mundo exterior no ha tocado ni un solo pelo de su cabeza—. Y llama a Irina. Quiero saber qué está haciendo.

Subo al coche y cierro los ojos. El dolor del pecho palpita al ritmo de mis sospechas. Kang tiene razón en algo: ella es mi enfoque ahora. Y ese es el problema. Si mis enemigos saben que ella es mi punto débil, la mansión ya no es una fortaleza. Es una diana.

Mientras el coche vuela de regreso entre los pinos, solo puedo pensar en una cosa: tengo que terminar ese tatuaje. Tengo que terminar de marcar mi territorio, antes de que alguien más intente invadirlo.