CAPITULO 30
SULAMITA
Por fin estoy relajada. El baño de espuma ha sido mi único refugio en este palacio de cristal y sombras.
El agua caliente consiguió drenar parte del cansancio del viaje y ese peso plúmbeo que llevo en el pecho desde que las ruedas del avión tocaron el suelo de Karelia.
Ahora, envuelta en un pijama de tirantes de seda negra que Irina dejó sobre la cama —tan suave que parece una segunda piel—, me tiro boca arriba.
Mis brazos se extienden en cruz y mis ojos se pierden en el techo de espejos.
Mi imagen me devuelve una versión de mí misma que parece flotar en el vacío, rodeada de lujo y de una soledad que grita.
Me incorporo de golpe. La necesidad de contacto con mi mundo anterior es casi física. Cojo el móvil y marco a Saray. Necesito su voz, su risa estridente, cualquier cosa que me recuerde que Cádiz sigue existiendo bajo el sol.
—Pensaba que ya me habías olvidado —suelta ella al tercer tono. Su ironía es el mejor bálsamo.
—Jamás —respondo, y mi voz suena quebrada—. Aquí me haces más falta que nunca, Saray. Esto es... otro planeta.
Me acerco al ventanal. La luna llena cuelga sobre el lago Ladoga, transformando el agua en una lámina de plata líquida custodiada por pinos que parecen lanzas negras apuntando al cielo.
—Además... ¿sabes qué tiene como mascota? —susurro, como si las paredes, o los espejos, pudieran oírme.
Saray suelta una carcajada. —Déjame adivinar. ¿Un oso siberiano? ¿Un Rottweiler que come cadenas?
—Te quedas corta —digo con una sonrisa triste—. Tiene dos panteras negras. Enormes. Se llaman Lira y Veles. Están abajo, vigilando el recibidor como si fueran demonios personales.
El silencio al otro lado es absoluto.
—... ¿Panteras? ¿De verdad? ¡Suli, joder! ¿Estás bien? Dime que no te han intentado comer.
—No... de momento no. Lira me olisqueó antes. Creo que le caigo bien, o quizás solo está comprobando si soy un bocado tierno. Veles es el problema; me mira como si estuviera decidiendo si soy parte de la familia o el plato principal.
Hablamos un rato más. Le confieso que me siento en una cárcel de oro, que los espejos me agobian y que, lo más aterrador de todo, es que durante el vuelo me sentí a salvo en sus brazos.
—Ay, mi niña... estás jodida —sentencia Saray.
—Lo estoy —admito con una risa que muere antes de nacer—. Pero sigo respirando.
Colgamos y la habitación vuelve a sumirse en ese silencio denso de la montaña rusa. Mis ojos vuelven al espejo del techo. Veo a una chica que parece haber envejecido una década en un solo vuelo.
Unos nudillos golpean la madera. Me sobresalto, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—Señorita Sulamita, le traigo la cena —la voz de Irina es como una manta caliente en medio de la nieve.
—Pase... —respondo, tratando de recomponerme.
Irina entra con una bandeja de plata. El aroma es embriagador: sopa de champiñones silvestres, salmón al eneldo y ese postre ruso, el kissel de bayas, que brilla como rubíes.
—Espero que le guste, señorita. He pensado que algo ligero le sentaría bien. El señor Volkov es exigente, pero aquí cuidamos lo que es suyo. Y usted ahora es su prioridad.
—¿Su prioridad o su propiedad, Irina? —pregunto mientras pruebo la sopa. Está deliciosa, reconfortante.
Irina sonríe con una sabiduría que me desarma. —A veces, para hombres como él, es lo mismo. Pero he visto cómo la mira. No es como mira a sus negocios.
Tras la cena, el tiempo se vuelve elástico.
No puedo dormir. La mansión parece viva, llena de crujidos y susurros.
Me levanto descalza. El frío del suelo de madera me mantiene alerta.
Abro la puerta de mi cuarto y salgo al pasillo de espejos.
Mi reflejo camina sobre mí, una sombra negra en la penumbra.
Camino sin rumbo hasta que una luz dorada me llama desde una puerta entreabierta al final del ala derecha. Es su habitación. Mi pulso se acelera. Debería darme la vuelta, pero la curiosidad es un veneno que ya corre por mis venas.
Me acerco con sigilo. Alekséi está de espaldas.
Se ha quitado la camisa y el espectáculo de su musculatura me deja petrificada.
Sus hombros son anchos, su espalda una fortaleza de piel y músculo.
Pero lo que me detiene es el plástico transparente que intenta despegar de su pecho con una mueca de dolor.
Mis nudillos golpean la madera casi sin que yo lo decida.
—¿Puedo pasar?
Él se gira. Sus ojos de hielo, cargados de una fatiga peligrosa, me recorren. Asiente en silencio. Entro y el olor me golpea: tinta fresca, whisky caro y ese aroma a bosque y tabaco que es puramente suyo.
—¿No puedes dormir? —su voz es un gruñido bajo.
Se gira del todo. Está medio desnudo, imponente. Intenta aplicarse una crema, pero el ángulo es difícil y el dolor le hace apretar la mandíbula.
Sin decir nada, doy un paso adelante. Le quito el tubo de las manos. Él se queda petrificado. Sus ojos bajan a mi pijama de seda, a mis pies descalzos, y luego vuelven a mi rostro.
—Yo te ayudo —susurro, y mi propia voz me suena extraña, ajena.
Me coloco frente a él. La diferencia de altura es abrumadora. Echo la crema con cuidado y empiezo a extenderla. Mi tacto es ligero, casi un soplo. Siento el calor volcánico que desprende su cuerpo.
Paso la mano por su pectoral, siguiendo las líneas de los espinos.
Su piel está caliente, tensa como una cuerda de violín a punto de romperse.
Noto cómo sus músculos reaccionan a mi roce, una pequeña sacudida eléctrica que viaja de su piel a la mía.
Mi pulgar acaricia una de las letras rusas que todavía está en fase de sombreado, una zona donde la aguja solo ha dejado un rastro de puntos grises.
—¿Por qué haces esto? —murmura él. Su voz no es un susurro, es una advertencia. Una súplica de que me detenga antes de que pierda el control.
—No lo sé —confieso, vuelvo a pasar el dedo sobre las letras—. Supongo que soy idiota.
Mi mano se demora en su hombro, justo donde el tatuaje empieza a difuminarse hacia el brazo.
Siento la fuerza contenida en su deltoides.
Alekséi cierra los ojos un instante, soltando un gruñido sordo que nace desde lo más profundo de su garganta.
De repente, su mano grande y callosa se cierra alrededor de mi muñeca, deteniendo mi movimiento. Su agarre no es brusco, pero es férreo.
Me obliga a mirarlo. Sus ojos están inyectados en sangre, cargados de un hambre salvaje que me hace comprender que está al límite de su resistencia. El aire entre nosotros está tan cargado de electricidad que parece que el oxígeno va a prender fuego.
—Sulamita… —dice mi nombre como si fuera un pecado—. Sal de aquí. Ahora.
Su voz tiembla con el esfuerzo de no atraparme contra la pared, de no demostrarme de qué forma quiere poseerme en esta habitación llena de espejos. El control que está ejerciendo es inhumano, una batalla interna entre el protector y la bestia que lleva dentro.
Doy un paso atrás, con las piernas temblorosas. El frío de la habitación me golpea como un bofetón al separarme de su calor. Le devuelvo el tubo con las manos temblando y me giro hacia la puerta sin poder decir una sola palabra más.
—Buenas noches, Alekséi —logro articular cuando ya estoy en el umbral.
Salgo rápido. Mientras recorro el pasillo de espejos, miro mis dedos.
Todavía brillan por la crema y huelen a él.
Miro hacia arriba y mi reflejo me devuelve una mirada de pánico.
Porque me he dado cuenta de algo terrible: mientras curaba su tatuaje incompleto, he sentido que yo también soy como esa tinta...
una obra que él ha empezado a dibujar y que, tarde o temprano, terminará de rellenar hasta que no quede un solo rastro de la chica que salió de Cádiz.