CORONA DE SANGRE CAPITULO 29
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CAPITULO 29

ALEKSÉI

Con un vaso de cristal tallado lo lleno de un whisky de dieciocho años, estoy sentado en el sillón de cuero de mi despacho, envuelto en la penumbra que tanto me gusta.

Solo la luz mortecina de una lámpara de escritorio ilumina los informes que no he sido capaz de procesar en toda la tarde.

A cada costado de mi mesa, como gárgolas vivas salidas del mismísimo infierno, Lira y Veles permanecen inmóviles, sus pechos subiendo y bajando en un ritmo pausado.

El olor a pino y humo de la chimenea inunda el aire, pero no consigue calmar la tormenta que llevo dentro.

Mi mente, entrenada para la estrategia y la guerra fría de las mafias, aún no puede procesar la realidad: Sulamita está bajo mi techo.

Está a escasos metros de distancia, en la planta superior, respirando el mismo aire gélido de mis bosques.

Me siento furioso. Una furia sorda y eléctrica que me recorre la columna cada vez que el silencio de la casa se rompe por algún ruido suyo.

Noto cómo mis puños se aprietan involuntariamente, la adrenalina corriendo por mis venas con una intensidad que no sentía hace años.

Estoy furioso porque las cosas se me han complicado de una forma que nunca planeé.

Mi vida era un mecanismo de relojería suizo: expansión, sangre, tratos y un poder absoluto que nadie cuestionaba.

Ahora estoy aquí, con el pulso acelerado, preocupado por una niña.

Joder… una niña. Y aunque intento convencerme de que es solo una deuda con Machín, no puedo evitar verla como algo mucho más peligroso.

Estoy jodido, y lo peor es que lo sé. Ella ha encendido un fuego en mí que temo que me consuma por completo.

Veles emite un ronroneo grave que vibra en la madera del suelo.

Giro la cabeza y me encuentro con sus ojos de oro líquido fijos en mí, analizando mi debilidad con esa inteligencia animal que a veces me resulta inquietante.

Es como si él supiera lo que estoy sintiendo, como si viera a través de mi máscara de control.

—¿Qué pasa? No me mires así —murmuro, dando un sorbo largo al whisky, sintiendo cómo el alcohol me quema la garganta—. Solo será un tiempo. Es por ayudar a un viejo amigo. Nada más.

Veles resopla fuerte por la nariz y aparta la mirada, girando la cabeza hacia el otro lado con un desdén evidente. Levanto una ceja, sorprendido por el juicio de mi propia bestia. Él también lo siente. Ella ha cambiado algo en esta casa.

—¿En serio? ¿Tú también, Veles?

Ahora soy yo quien resopla. Echo la cabeza hacia atrás, cierro los ojos y, sin quererlo, la canción que ella cantó en la boda vuelve a mí como un eco traicionero, grabándose en mi cerebro con la fuerza de un mantra.

Me bebo el resto del whisky de un trago y dejo el vaso sobre la mesa con un golpe seco que parece una sentencia de muerte. Me levanto, sintiendo la necesidad física de escapar de mis propios pensamientos. Al instante, Lira y Veles se ponen en pie, listos para la acción.

—Iros a vuestra habitación —ordeno con voz ronca.

Ambos obedecen sin protestar caminando por el pasillo que lleva al sótano. Salgo al recibidor y encuentro a Igor sentado en el sillón junto a la puerta del salón. Se levanta como un resorte al verme.

—¿A dónde va, señor? —pregunta, alerta—. ¿Le acompaño?

—No —respondo mientras guardo el móvil—. Quédate y vigila que no le falte nada a Sulamita. Si pregunta por mí… —me detengo un segundo, pensando en qué mentira darle—. Solo dile que tuve que atender unos asuntos urgentes de la organización.

Igor asiente, aunque su expresión muestra una curiosidad que no se atreve a verbalizar.

Por el rabillo del ojo veo cómo Lira y Veles terminan de bajar las escaleras.

Lira le gruñe suavemente a Veles, y el macho —el muy cabrón— agacha las orejas y la sigue sumiso, derrotado por la hembra.

La comisura de mi boca se curva en una sonrisa breve y amarga.

—Voy a visitar a Iván. Necesito que me haga un trabajito.

Igor frunce el ceño, genuinamente sorprendido.

—¿Ahora? Tú nunca has querido tatuarte, jefe. Siempre decías que la piel limpia era tu mejor camuflaje.

—Siempre hay una primera vez para todo —respondo, mirando hacia las escaleras que llevan al piso de arriba, donde ella duerme—. Y hoy necesito recordar algo de forma permanente.

Salgo de la mansión y el aire frío de Karelia me golpea el rostro. Camino hacia mi Mercedes-AMG GT Black. El motor ruge con un gruñido grave cuando lo enciendo. Salgo de la propiedad sin mirar atrás, dejando que la niebla del bosque trague las luces de mi casa.

Mientras conduzco, mi mente es un campo de batalla.

Sulamita. Debajo de mi techo. En mi casa.

Joder. Me tiene la cabeza hecha un desastre.

Antes solo me preocupaba cerrar tratos y derramar la sangre necesaria.

Ahora estoy aquí, conduciendo de noche hacia una aguja porque necesito llevarla marcada en la piel, como si así pudiera poseer su alma antes que su cuerpo.

Llego a la cabaña de Iván una hora después. Es un lugar que parece abandonado, pero las cámaras térmicas me siguen desde los pinos. Iván, un gigante calvo lleno de tatuajes hasta en los párpados, me abre la puerta antes de que llame.

—Alekséi Volkov. El hombre que odiaba la tinta —dice en ruso—. ¿Qué es tan importante que no puede esperar al alba?

—No es importante, Iván. Es necesario —respondo entrando.

Me quito la chaqueta del traje y me desabrocho la camisa de seda, dejando al descubierto mi pecho.

—«Tolko mne tantsuyesh, tsyganka» —le digo, marcando cada sílaba—. Quiero que las letras recorran el pecho, suban por el hombro y bajen por el brazo. Quiero que estén envueltas en enredaderas de espinos, y que Lira y Veles aparezcan entre ellas.

Iván suelta un silbido bajo, impresionado.

—Un trabajo grande… y muy personal. Entendido. Va a doler, jefe.

—Que duela —respondo.

Mientras la aguja empieza a perforar mi piel justo sobre el corazón, cierro los ojos y solo la veo a ella: moviéndose como fuego vivo, mirándome con ese odio que me pone a mil. El zumbido de la máquina llena el silencio de la cabaña.

—Se dice que el gran Alekséi ha caído —dice Iván con una sonrisa burlona mientras trabaja—. Casado con una gitana de diecisiete años. ¿Estás seguro de que no te ha hechizado, jefe?

—No es un hechizo —murmuro, apretando la mandíbula por el dolor agudo—. Es una necesidad.

Iván trabaja en silencio durante horas. Me grabo esas palabras para no olvidar que ella solo me bailará a mí. Cuando termina la primera sesión y cubre la zona con film, el dolor es un incendio bajo mi camisa. Me visto y salgo a la noche.

Ya de regreso en el Mercedes, el móvil suena a través de los altavoces. Es Igor.

—Igor, ¿todo bien? —pregunto, manteniendo la vista en la carretera envuelta en niebla.

—Sí, señor. Le llamo para confirmarle que la reunión de mañana con Kang Tae-woo está arreglada. Iré ahora mismo a organizar todo en la nave que tenemos en la zona norte del lago Ladoga, lejos de la mansión. Me llevaré a algunos hombres para preparar la seguridad perimetral.

Asiento para mí mismo, apretando ligeramente el volante. El nombre de Kang me pone en guardia instantáneamente.

—Perfecto. Yo llegaré a casa en unos minutos. Asegúrate de que todo esté impecable, Igor. Kang no es de los que perdonan errores, y mucho menos de los que aceptan una falta de respeto en su mesa.

—Entendido, señor. ¿Quiere que prepare algo especial para la reunión? He oído que a los coreanos les gusta la hospitalidad ostentosa.

—Solo discreción y control —corto con frialdad—. No quiero lujos innecesarios. Quiero que vean fuerza. Si Kang trae a sus perros de Seúl, que sepan que están en mi territorio y que aquí, el que muerde soy yo. No quiero que se acerquen a la mansión bajo ninguna circunstancia. Esa zona es sagrada.

—Lo sé, señor —la voz de Igor suena seria—. ¿Qué hay de la mercancía? ¿Le mostramos el inventario de las nuevas unidades tácticas?

—Sí. Muéstrales lo que tenemos, pero no el precio final. Quiero que Kang se desespere un poco. Es ambicioso y eso lo hace predecible. Mañana cerraremos el trato de las rutas de transporte hacia el Báltico. Si sale bien, tendremos el control total.

—Entendido. Por cierto, señor… ¿qué hacemos con la chica mañana durante la reunión? Estaremos fuera varias horas.

Me quedo en silencio un segundo. Pensar en dejar a Sulamita sola me incomoda más de lo que debería.

—Deja a dos hombres en la entrada del bosque, pero que no los vea. Que Irina se encargue de que no salga de la casa. Si intenta hacer una de las suyas, que las panteras hagan su trabajo de vigilancia, pero que no la toquen.

Cuelgo y el silencio vuelve a llenar el Mercedes. Kang Tae-woo es un hombre peligroso, con redes que se extienden desde el contrabando de armas hasta la trata. Un hombre sin escrúpulos que no dudaría en usar a una mujer como Sulamita para presionarme si supiera de su existencia.

Llego a la mansión casi cuarenta minutos después. El tatuaje recién hecho arde bajo la camisa, recordándome cada vez que respiro que ahora llevo su recuerdo clavado en el pecho. Al entrar, Lira y Veles me reciben con su elegancia letal.

Igor aparece desde el pasillo, ya con la chaqueta puesta para salir hacia la nave.

—Todo preparado para mañana, señor. Kang Tae-woo llegará a las once con solo cuatro hombres, como acordamos. He revisado la seguridad tres veces.

—Bien —respondo, quitándome la chaqueta con cuidado extremo—. ¿Y Sulamita?

—Irina le llevó la cena a su habitación. No ha bajado ni ha hecho ruido. Parece… inquieta. Como un animal enjaulado que aún no sabe si atacar las rejas o dormir.

Asiento, sintiendo un nudo de preocupación y posesión en el pecho. Inquieta. Claro que lo está. Acaba de llegar a una fortaleza en medio de la nada rusa con un hombre que la mira como si fuera su dueño. Ella es mía, y haré todo lo que sea necesario para mantenerla a salvo.

—Vigila que no intente nada esta noche —ordeno en voz baja—. Pero no la presiones. Quiero que empiece a entender que aquí nadie podrá ponerle una mano encima sin mi permiso.

Igor asiente y se retira. Me quedo solo en el recibidor.

Paso la mano por el pelaje de Lira, que ronronea bajito, y luego miro hacia arriba, hacia los espejos del techo que reflejan mi rostro cansado pero decidido.

Subo las escaleras. El tatuaje palpita al ritmo de mi corazón.

Me detengo frente a su puerta, escuchando el silencio del otro lado.

Mañana cerraremos tratos con los coreanos, pero esta noche…

esta noche solo me importa que ella esté a salvo detrás de esa madera. Mi Tsyganka. Mi dulce perdición.