CORONA DE SANGRE CAPITULO 28
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CAPITULO 28

SULAMITA

El coche se detiene frente a la mansión y, por un momento, el mundo se queda en un silencio sepulcral, solo roto por el crujido de la grava bajo los neumáticos.

Es enorme. Imponente. Una mole construida en madera oscura, casi negra, y piedra gris cortada a mano, con ventanales tan altos que parecen querer tragarse la niebla que sube desde el lago Ladoga.

Los bosques de Karelia la rodean como un ejército de gigantes mudos, densos y sombríos.

No hay luces de otras casas. No hay ruido de civilización.

Solo el susurro del viento entre los pinos y el lamento lejano del agua golpeando la orilla.

Alekséi sale primero del Rolls-Royce Cullinan y, con esa elegancia letal que lo caracteriza, rodea el coche para abrir mi puerta.

Extiende el brazo para ayudarme a bajar.

No acepto su mano; me bajo por mi cuenta, asegurándome de que mi bota golpee el suelo con firmeza.

No soy una muñeca de porcelana que se romperá por el camino.

Una vez fuera, el aire gélido me corta los pulmones, pero la vista me deja sin aliento.

La mansión es un laberinto de sombras y picos.

—Por cierto —dice Alekséi, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de tela cara. Su voz suena casual, casi divertida—. ¿Te gustan los gatos?

Lo miro con una risita burlona, entrecerrando los ojos bajo el frío.

—¿Es que acaso tienes gatos? ¿Tú? —mi sarcasmo es mi única defensa—. Sí, me gustan. ¿Por qué?

—Sí, yo. Tengo dos gatos preciosos. Negros, elegantes y... adorables —su sonrisa se estira hacia un lado. Es una sonrisa lenta, de esas que te dicen que hay una trampa delante y ya has caído en ella.

—¿A quién no? —levanto un hombro, tratando de restarle importancia. Pero esa mirada suya me saca de quicio. ¿Qué demonios trama ahora?

Igor sale del coche de escolta, cargando con un par de bolsas, y se acerca a nosotros con su habitual gesto de cansancio.

—¿Le has dicho ya sobre Lira y Veles? —pregunta Igor en voz baja, mirando a su jefe.

—Sí, le he dicho que tengo dos gatitos muy tiernos —Alekséi me clava esa mirada azul como el hielo—. Me ha dicho que le encantan.

—Sí, sí... muy tiernos —Igor rueda los ojos, soltando un bufido—. Casi tanto como tú, jefe.

Alekséi camina hacia la entrada principal.

Yo lo sigo, sintiéndome pequeña bajo la magnitud de la fachada.

Al entrar al gran recibidor, el lujo me golpea.

Es impresionante pero frío, como un museo dedicado al poder.

Techos altísimos con vigas de madera que parecen costillas de un animal gigante, una chimenea de piedra que podría albergar una hoguera medieval y un olor penetrante a pino, humo antiguo y algo más... algo salvaje.

De pronto, un sonido suave, un ronroneo grave que vibra en el suelo, llega desde el fondo del pasillo. Dos sombras se deslizan desde la penumbra con una gracia sobrenatural.

Se me para el corazón.

No son gatos. Son dos panteras negras, enormes, con el pelaje brillando como el azabache y unos ojos de oro líquido que perforan la oscuridad.

Son máquinas de matar musculosas, fluidas, salidas de una pesadilla gótica.

Doy un paso atrás instintivamente, chocando contra el pecho de Alekséi, que se ha colocado detrás de mí.

—Joder... —susurro, y la voz me sale como un hilo tembloroso—. ¿Gatitos? Creo que tienes un problema muy serio con la realidad, Alekséi. Mierda... son monstruos.

Las panteras se detienen a escasos metros.

La hembra, Lira, inclina la cabeza, olfateando el aire, tratando de descifrar mi rastro.

El macho, Veles, se queda un paso atrás, observándome con una fijeza que me pone la piel de gallina.

Siento que, si doy un paso en falso, me arrancarán la yugular antes de que pueda gritar.

Alekséi chasquea la lengua dos veces. El sonido es seco, una orden absoluta. Ambas fieras se sientan al instante, sincronizadas, pero sus ojos amarillos no se apartan de mi rostro ni un segundo.

—Lira y Veles —presenta Alekséi con orgullo—. Mis gatitos.

Trago saliva con dificultad.

—Bienvenida a la familia, Sulamita —murmura Igor, pasando por nuestro lado hacia las escaleras—. Un consejo: intenta no hacerlas enfadar. No son tan "tiernos" como este loco quiere hacerte creer.

Lira da un paso lento hacia mí. Me quedo paralizada mientras su nariz húmeda roza mi bota. Veles deja escapar un gruñido bajo, una advertencia que retumba en mis huesos, pero Alekséi levanta una mano y el silencio vuelve a reinar.

—No te harán daño —dice él, y noto su aliento cerca de mi oreja—. Mientras yo esté presente.

—¿Y cuando no lo estés? —pregunto, sin dejar de mirar a la bestia.

—Entonces espero que ya hayas aprendido a ser parte de la manada.

Alekséi se acerca más, su presencia envolviéndome, reclamando el espacio.

—Bienvenida a casa, Sulamita —susurra—. Aquí empiezas a ser realmente mía.

Esa palabra... "mía". Me dan ganas de sacarle la lengua como una niña pequeña solo para romper su aire de superioridad, pero Lira está justo enfrente de mí, mirándome como si fuera un postre exótico. Alekséi se encamina hacia las escaleras de mármol.

—Sigamos. Te enseñaré tu habitación.

Lo sigo, caminando tan tiesa que parece que me han metido un palo por el culo.

Siento el peso de las dos panteras siguiendo mis pasos en silencio absoluto.

Miro por última vez a Veles por encima del hombro.

El animal, sin hacer ruido, levanta el labio superior y me enseña unos colmillos blancos y afilados como dagas.

«Qué inteligente eres, cabrón... No gruñes para que él no te oiga, pero me estás amenazando».

Subimos al segundo piso. Al llegar al final de la escalera, levanto la vista y me quedo helada.

—¡Joder! —exclamo sin poder evitarlo.

Todo el techo del pasillo está cubierto de espejos perfectamente pulidos. Veo mi propio reflejo multiplicado al infinito: yo, pequeña y tensa, caminando detrás de un gigante que parece controlar el mundo. La sensación de ser observada desde arriba es asfixiante.

—¿Espejos en el techo? ¿Enserio? —pregunto con sarcasmo—. Parece que estoy entrando en la casa de un psicópata con gustos muy... específicos.

Alekséi se detiene y me lanza esa sonrisa oscura.

—Tal vez lo sea. Pero es mi casa. Y ahora también es la tuya. Acostúmbrate a ver todas tus caras, Sulamita.

Seguimos caminando hasta una puerta doble de madera tallada.

Al abrirla, me quedo sin palabras. Es una suite real.

Una cama king size con dosel, ventanales que dan al lago, una chimenea ya encendida que crepita con fuerza y un vestidor que parece una boutique de lujo.

Todo es excesivo, oscuro y cargado de una frialdad que me cala los huesos.

—¿Y tú? —le pregunto, tratando de sonar indiferente—. ¿Dónde duermes?

Alekséi se apoya en el marco de la puerta, cruzando sus brazos potentes sobre el pecho. Su mirada me recorre de arriba abajo.

—Mi habitación está al final del siguiente pasillo. Pero si alguna noche tienes miedo... las puertas de esta casa no tienen llave para ti. Puedes venir.

—No voy a tener miedo —sentencio, aunque mi voz suena menos firme de lo que planeaba.

—Ya lo veremos, tsigánka.

Cierra la puerta con suavidad, pero el sonido del pestillo encajando resuena en mi cabeza como una celda.

Me quedo sola. El silencio de la habitación es denso.

Me acerco a la cama, extiendo los brazos y me dejo caer boca abajo, hundiendo la cara en el edredón de seda.

Luego giro y me quedo boca arriba, mirando al techo.

—¡Ay Dios! —me llevo la mano al pecho, pegando un brinco. El techo de la habitación también es un espejo inmenso. Me veo ahí arriba, tirada en la cama, pequeña y perdida—. Esto tiene que ser un fetiche. ¿Por qué querrá tanto espejo? ¿Para verse lo guapo que es mientras duerme?

Me levanto de un salto, necesitando aire.

Abro las puertas de cristal de la terraza y el frío de Rusia me golpea la cara, despertando mis sentidos.

El aroma del agua dulce me alcanza. El lago Ladoga brilla bajo la luna como una sábana de plata.

Es acogedor, de una forma extraña. Me recuerda al mar de Cádiz, aunque este agua no sea salada.

Escucho pasos y me giro a la defensiva. Es Igor, dejando mis maletas. Junto a él, una mujer de unos cincuenta años, de aspecto pulcro y mirada serena, me observa con curiosidad.

—Sulamita —dice Igor—. Le presento a Irina, la ama de llaves. Habla español perfectamente. Ella se encargará de todo lo que necesite.

Irina me dedica una pequeña inclinación de cabeza.

—Es un placer, señorita. Si desea un baño caliente, algo de comer o que deshaga sus maletas, solo tiene que pedírmelo. Estoy a su servicio.

—Gracias... Irina —respondo, sintiendo un alivio real al escuchar mi idioma en esta tierra extraña—. Es bueno saber que alguien aquí me entiende.

Igor se endereza antes de salir.

—Alekséi dice que puede moverse por la mansión, pero no entre sola al bosque. Las panteras conocen las reglas de la casa, pero el bosque tiene las suyas propias. Y los lobos de Karelia no son tan educados como Lira y Veles.

Cuando se marchan, vuelvo a la barandilla de la terraza. El bosque me rodea como un abrazo asfixiante. Miro el agua, miro las sombras de los árboles y, por primera vez en días, el miedo se mezcla con algo nuevo. Una curiosidad peligrosa.

Estoy en una jaula de cristal y espejos, protegida por bestias negras y un hombre que me mira como si fuera su tesoro más preciado. Y lo más aterrador no es estar aquí... lo más aterrador es que, por un segundo, siento que este lugar salvaje encaja conmigo mejor de lo que quiero admitir.